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Mensaje por fabiolaselene el Mar Ago 25 2015, 09:08



Apuntes en hojas perdidas

Miércoles

Cómo se hace para que las palabras nazcan entre las rayas de la hoja, en la pantalla de la pc o dónde sea, pero que crezcan y se multipliquen. Cómo encarar una sequía de palabras escritas. Cuál es la lluvia, las gotas que vivifican, que broten de adentro y humedezcan la aridez callada. Tu parte optimista te propone pensar que se están gestando en el silencio, que callan para salir después en un grito guerrero.

Este otoño no tuviste una sola historia para desenredar y le echaste la culpa a las palabras que no encontraban el camino de salida. No creés en la “inspiración”, eso abstracto que se supone surge de un misterioso punto de la mente o del espíritu y susurra cosas. La experiencia te indica que escribís respondiendo al ímpetu de una necesidad, inexplicable e impredecible.

Hoy comprendés que no hay culpas ni culpables: hay momentos para la página vacía, el silencio y la espera.

Jueves

Los miedos del tiempo te aceleran las alas y vos, frágil gorrión, vas perdiendo plumas, que caen levemente junto a las hojas del otoño. Las pisaste, mientras caminabas por esa calle bajo la bóveda ocre de los árboles, escuchaste su quejido y sentiste piedad.

Sábado

La boca se abre y aparece una ventana negra que te mira con su ojo de cíclope ciego. Escuchás un castañeteo y ves que los dientes están temblando en un ataque de epilepsia o en una danza convulsa. Las muelas agitan las caderas, los premolares zapatean. La lengua, bien estiradita, parece la alfombra roja del Oscar. Algunos dientes se zafan del rigor de las encías y se deslizan por ella en un desfile estelar.

Te despertás sobresaltada y te acordás de que el lunes tenés un turno con el dentista.

Domingo

Nunca escribiste un diario ni te compraste un cuaderno especial que te tentara a volcar emociones, actos cotidianos, mínimos o extraordinarios.

Únicamente lo hiciste aquel año, en un cuaderno ajeno y olvidado, ya ni recordás por quién. Fue una escritura catártica, cada palabra destilaba dolor. Las páginas se cubrieron de letras, se salpicaron de exiguos globitos que, con su humedad, corrieron la tinta en una acuarela desgarbada.

Después lo abandonaste en el banco de una plaza, para que el tiempo lo destruyera o para que alguien se llevara esas palabras.

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Mensaje por fabiolaselene el Mar Ago 25 2015, 09:10





Otoñal

Atardece. Las sombras se estiran y el sol, en su último esfuerzo, intenta dejar su brillo en las paredes de los edificios.

Abril: es otoño. El ciclo de la vida desgrana una estación más, la naturaleza mengua, muere y vuelve a nacer.

"Cada hoja amarilla que se desprende y cae es como un pájaro de oro que abandona el nido, para convertirse en otra cosa."

Eso solías decirme cuando tenías doce años. También recuerdo:

"El otoño es elegante en su desprolijidad de hojarasca. Es un hombre maduro, vestido en gama de sepias, que se desnuda en un lento striptease."

Ya tenías la mirada de poeta, mientras que yo sólo veía veredas sucias que había que barrer para que no se taparan los desagües. ¿A quién saliste? Tampoco te parecés a él que, furtivo, se mete en las palabras de los demás aprovechando las pausas, para contar sus banalidades.

Atardece. Es la mejor hora, es el momento de los puntos suspensivos, de la tregua, igual que el otoño, como si algo se detuviera unos segundos y hasta me creo capaz de atrapar el tiempo con mi mente. Claro que no se puede pensar el tiempo, a medida que lo pienso, el ahora ya es pasado.

Sé que donde estás cae una lluvia tibia, que permite a los brotes nuevos fortalecerse. Hoy una ráfaga exaltada atacó con su espada filosa y tuve que limpiar lo que trajo a mi balcón. La brusquedad del aire que se revuelve me provoca la sensación de que las hojas son como cadáveres que se depositan en mis pensamientos, corrompiéndolos.

Me gustaría que el viento convocara algo tuyo que olvidaste junto a la ventana abierta. Desde la mía observo que golondrinas rezagadas quebraron los puntos suspensivos y se alejan en una amplia curva, de oeste a este, como si escaparan del cielo incendiado, hacia el refugio de la noche. Como hiciste vos, labrando tu destino en un vuelo áureo.

Cierro la puerta de vidrio que da al balcón, pero el viento igualmente se filtra por los burletes viejos con su risa sarcástica.

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Mensaje por Araghon el Mar Ago 25 2015, 09:11

ok1 aplauso1 aplauso1




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Araghon
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Mensaje por fabiolaselene el Vie Ago 28 2015, 10:11



Soliloquio

Sabrías decirme a qué recurso apelar cuando un día descubrís que algo falta o se apagó. Te miras en el espejo, quizás te veas un poco ojerosa o con la boca más apretada, pero comprobáis que los cambios no son visibles.

O qué hacer cuando doblas una esquina y no sabes dónde estás, reconoces la calle, los negocios, alguna cara, sin embargo estás perdida, el mundo es extraño, igual que si vinieras de otra galaxia. No toleras los ruidos y la hostilidad circundante es tan densa como un cuerpo.

Y cómo proceder si te asomas a la ventana y te parece que la infinitud del cielo se te metió adentro y no sois más que una cáscara sin contenido, que se vuelve transparente hasta desaparecer. Lo único que queda flotando, sin forma, es la percepción de inexistencia.

La nada no se siente a sí misma, ni sabe que no es, o que es el agujero del vacío absoluto. En cambio sos consciente de tu estado actual.

Será que siempre viviste en blanco y negro y no soportás esta supervivencia de helecho. Es cierto, te sentís sola, aunque no por falta de personas. Desde tu nacimiento fue así. Quedaste en la frialdad de la balanza hasta que una enfermera te envolvió en una mantita y apurada te llevó a neonatología.

—Estamos en una situación de emergencia, hay poco personal —le comunicaron a tu padre.

Tal vez por eso hay épocas en que el invierno te alcanza y congela hasta el dolor. La aridez del espíritu en soledad, murmurás, y tu voz es un vidrio escarchado que se quiebra en astillas como lágrimas. No hay nadie, ni lo habrá, que pueda acompañarte en esta búsqueda.

Varias veces atravesaste los huertos de la muerte, comiste de sus frutos amargos y la tierra te pareció una jaula vacía. Sólo veías los barrotes, desde una vida de bordes oxidados.

Ahora no hay más que silencios y oquedades. El amor es pura congoja y la esperanza es un pájaro esmeralda, que se aleja en el crepúsculo punteado de grillos.

Sabrías decirme…

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Mensaje por fabiolaselene el Lun Jul 25 2016, 10:24



En el camino

Las cascadas tienen la tonalidad esmeralda que les otorga el follaje de los árboles. El grito de un pájaro corta la tarde y yo en la orilla me estremezco, los pies desnudos aferrándose a la aspereza de las rocas.
Siento frío, el sol desciende. Tampoco sé dónde estoy, tomé un camino al azar: ¿en qué recodo me perdí? Se acerca la noche, tendré que volver. A qué sitio, si acabo de escapar.
No encuentro respuesta. ¿El rumbo soy yo, con mi búsqueda? Quiero creerlo, estoy rumbeando hacia otros territorios y trazo un mapa nuevo de mi vida, igual que un cartógrafo con Parkinson.
Más adelante veo el arco de una playa de piedras blancas como terrones de azúcar. La libertad es algo próximo y rutilante: es esa playita, el agua que cae, forma remolinos y corre lejos. Mis ojos ardidos la esquivan en el temor de enturbiarla.
Me gustaría oír a mis espaldas una voz que pronuncie mi nombre, escuchar pasos que se acercan, unos brazos rodeándome. Que haya palabras susurradas junto a mi cuello, palabras húmedas, con aliento a nostalgia. Dedos que recorran mis omóplatos, la cintura, en el intento de rearmar las piezas de un derrumbe.
Que esas manos tiemblen. Darme vuelta y reconocer, por fin, el puerto, el muelle que cobijará mi deriva.
Para eso falta mucho, apenas salí a construir un camino.

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Mensaje por fabiolaselene el Lun Jul 25 2016, 10:26




Receta

Las cáscaras confitadas de limón y de naranja, los canditi, como los llamaba mamá, fueron algunos de los escasos dulces que tuve en mi infancia.
Ella los preparaba en grandes cantidades, eran económicos en épocas donde no se desperdiciaba nada. Solo hacían falta naranjas —que se conseguían por pocos pesos en la feria de la calle Piedrabuena— y un par de quilos de azúcar. Los limones los proveía el limonero, alto y fecundo, que señoreaba en el pequeño huerto detrás de la casa.
El proceso previo era el que despertaba mi interés: ver cómo mamá cortaba en tiras finas, parejas, la cáscara porosa de las frutas. Antes había exprimido las naranjas para hacer jugo o pelaba los gajos, sacándole piel y semillas, la única forma que yo los comía.
La cocción tomaba un tiempo; el azúcar se disolvía en un almíbar cristalino y se adhería, en un abrazo ardiente, a las tiritas que, ablandadas, se arqueaban voluptuosas dentro de la olla.
El milagro se producía después, cuando ella las retiraba del fuego y dejaba que se enfriaran, tan lentamente como se habían cocinado. Entonces el azúcar se tornaba escarcha consistente, formando una capa irregular que envolvía cada cáscara en vestidos extravagantes.
Mamá llenaba enormes frascos de vidrio y duraban lo que un suspiro. Siempre ponía unos trocitos junto al pocillo de café, que yo no tenía permitido beber.
Me desquitaba a la hora de su siesta, sacaba puñados de canditi y los comía en el huerto jardín, en mi rincón preferido, debajo del limonero.
Muchas veces le escuché decir con su voz cantarina: debe visitarnos con frecuencia algún duende goloso al que le encantan mis canditi.

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Mensaje por fabiolaselene el Mar Jul 26 2016, 02:59





Hay un hombre que camina en la nieve. Lo veo como si lo mirase desde una cierta altura: algo oscuro, achatado contra el suelo blanco. Desde mi posición de árbol parece que se arrastrara igual que un insecto a punto de morir. El viento le agita el abrigo e imagino que lo empuja hacia la ruta de los pájaros que emigran.
Es un nómade que invadió mi mente. El cuerpo flojo, como el de un invertebrado, lucha en la nieve para avanzar un paso más.
Lo único que hace es caminar, encorvado y vacilante. Cruza la desolación de ciudades invernales, baja o sube cuestas afelpadas por la nieve. Sus pies se hunden, se levantan, dejan huellas que son violaciones a eso inmaculado y frío que cubre la tierra.
Él sigue su éxodo, como si al final del recorrido le esperase un santuario que emanara el incienso dulzón y ambiguo de la libertad. Su andar se ha lentificado, temo que desfallezca. Si quedara tendido no podré ayudarlo; la nieve, que cae incesante, lo cubrirá con su pálida mortaja.
Es una escena que se repite, que parece suceder en un lugar sin tiempo. Él es como un menhir eterno, clavado en la soledad blanca de mi mente.
Escribo para que siga en su peregrinaje, se mantenga vivo, por lo menos en mis pensamientos. Creo que cada vez se acerca un poco más. Lo veo reptar por los cajones del escritorio, resbala como si hubiese pisado escarcha y se inclina para sortear las ramas de un bosque petrificado que únicamente él puede distinguir.
Yo sólo lo observo, aún no sé quién es, qué quiere de mí. Quizás un día me revele su historia.


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Mensaje por fabiolaselene el Mar Jul 26 2016, 10:07




Una voz en el teléfono...
Son las dos de la madrugada. El teléfono repiquetea largamente antes de que contesten.
—… nas cargarnos eléctricas.
—Hola —digo.
—Sí, hola —la voz suena menos difusa. Es un hombre, me siento peor.
—Soy Natalia, Nati —contesto, para arrancar con algo.
—Buenas noches —después de una pausa, agrega—: Jorge.
Lo escucho soñoliento, tal vez lo desperté.
—Perdón por la hora.
—Estoy en mi horario de trabajo —se queda en silencio.
¿No le correspondería incitarme a hablar, tengo que decir todo yo? Titubeo, digo:
—No sé por dónde empezar.
—Ajá. Por donde quieras.
Silencio.
—¿Llaman mucho en tu horario? —pregunto.
—Según. Los sábados no tanto, los domingos son fatales. Estamos en verano, en enero hay menos trabajo. La gente sale a divertirse, se va de vacaciones.
—Te debés aburrir.
—Leo.
—Ah, qué leías.
—Una novela policial. Dashiell Hammett.
—¿Está buena?
—Me cortaste cuando Sam Spade, el detective, está por encontrarse con el supuesto asesino.
—Perdón. —Me digo: tarada, terminala con las disculpas. Junto coraje y sigo—: ¿No se supone que me tendrías que hacer alguna pregunta?
—No necesariamente, dejo que fluya, es mi estilo.
Hasta en esto tengo mala suerte, justo me toca uno que no facilita.
—Pero si lo preferís así —capto que se arrepintió. Después de unos chirridos en la línea, continúa—: ¿Con quién vivís?
—Con dos chicas amigas. Salieron.
—¿Por qué no fuiste con ellas?
—No me gustan los recitales, no soporto las multitudes. Tampoco me gusta la gente, me refiero en general.
—Tenés fobia social.
—¿Sos psicólogo? —la incomodidad del diálogo me ha secado la garganta.
—Ni loco —suelta una especie de risita de hiena.
—Voy a buscar un vaso de agua y vuelvo ¿me esperás?
—De acá no me puedo ir hasta las siete.
La heladera está desoladamente vacía y no hay agua fresca. Me sirvo los restos de un jugo de naranjas.
—Hola, estoy de vuelta.
—Okey.
—Los demás, los otros que llaman, cómo empiezan.
—Depende. Los hombres van al grano, las mujeres lloran y al principio no se les entiende nada.
—Yo no lloro, ni recuerdo la última vez que se me cayó una lágrima.
—¿Y cómo te desahogás? Tendrás una forma de desahogarte, de largar todo.
—Me asomo al balcón, miro el vacío, sin ver, es como si también me vaciara y dejo de pensar.
—Te alivia —es una afirmación más que una pregunta.
—Qué se yo, en esos momentos no estoy, no soy, no siento.
Me froto el entrecejo, el dolor de cabeza ha aumentado como una marea vehemente. Estiro el cable del teléfono al máximo para acercarme al balcón. El aire de afuera es plomo, igual que el de adentro. Cuando hablo por teléfono con alguien desconocido, tengo la costumbre de ponerle una cara, según lo que me sugiera la voz. Al tal Jorge, por su tono nasal, lo imagino parecido a Edward Norton, flaco, con la nuez prominente que sube y baja, ojos muy azules, unos ojos en los que podrías sumergirte y quedar congelada, como en la película que hacía de nazi.
—Hola, seguís ahí —la voz me llega con un timbre de impaciencia. El aficionado a las novelas policiales necesita más datos para construir mi personalidad y ver si soy culpable.
—Sí, pensaba —estoy por decir disculpame, pero me contengo a tiempo.
—En cómo lo harías.
La sangre se me sube a la cara en un fuego repentino y las sienes se humedecen. Tartamudeo algo inaudible.
—Hablá más fuerte. En qué piso vivís.
—En el quince.
—Muy alto. ¿Ahora estás en el balcón?
—Al lado de la puerta, el departamento venía sin teléfono inalámbrico y no quisimos gastar en uno. Son caros y alquilamos.
—Cuando salís, ¿mirás para abajo o te da vértigo?
—Al contrario, hay algo hipnótico. Todo se ve distorsionado, parece un paisaje abstracto y mi mirada le da el sentido que yo quiero.
Bebo el último sorbo que quedó en el vaso y continúo:
—La sensación que me produce es la de observar el fondo de un cubo animado. Los autos, son como cucarachas de lata, corriendo hacia algún destino para procurarse un día más. Las personas se asemejan a hormiguitas diligentes, que acarrean su porción de tedio y miedo. Un zoológico.
—Vos mirás desde arriba y juzgás.
—No, les encajo a ellos lo que siento.
—Decirme ¿qué tienen que ver con tu hastío y con tu miedo?
Barrí con el índice la transpiración de la frente. Contesté:
—Es la estupidez general, la indiferencia, pero no quiero hablar de eso.
—De qué, entonces.
—Tampoco lo sé. Llamé siguiendo un impulso. No podía dormirme, tengo insomnio.
—¿Tomás somníferos?
—Me los recetaron, los evito, al otro día amanezco atontada.
—Tienes el frasco lleno.
—Sí, debe andar por alguna parte.
—No planificaste nada, todavía.
Ese todavía me golpea como un puño en el diafragma. No contesto. Cambio el auricular de mano, se me está acalambrando el brazo.
—Y vos ¿alguna vez lo pensaste? —las palabras brotaron como si las escupiera.
—Seguro, quién no. —la voz es menos impersonal.
—¿Alguien te disuadió?
—Un tipo que laburaba acá y al que ahora estoy reemplazando. Lo ascendieron. De él aprendí el método.
—El método —repito tontamente.
—Claro, de no dar demasiada bola, no hay que ponerse dramático, intervención mínima, permitir que el otro crea que conduce la conversación.
—No deberías revelarme el método —digo, acentuando la palabreja.
—Es que a vos ni se te cruzó concretar nada.
—No estés tan seguro.
—Lo sé porque tampoco elaboraste el modo. El 99 % de los que llaman no lo hacen. Quien está decidido no pierde tiempo marcando este número.
—Hay un 1 % restante.
—Esos, aunque les hables tres horas seguidas y te desgañites para mostrarle el lado positivo de todo, dolor incluido, ya no tienen remedio.
—De mí, qué dirías.
—El conflicto está en la soledad que te imponés. Te vendría bien conseguirte un novio.
—¿Con eso te curás?
—No, pero mientras dura la pasás mejor.
—¿El consejo forma parte del método, te lo dijo el que te disuadió?
—Es mío, a veces improviso.
—Qué creativo —me percato que lo estoy sobrando, algo inédito en mí—. Con tanto drama que escuchás, debes estar inmunizado. Digo, esas historias son vacunas que te protegen del amor.
—Mi vida personal no es tema de discusión, —habla con un tono más vacilante— decime de vos, te enamoraste, tuviste novio.
—Sí, tuve. Se suicidó hace dos meses. Gracias por el consejo y el diagnóstico, me ahorré una sesión con el analista. Te dejo para que termines la novela.
—Espera, qué vas a hacer ahora —en la voz hay ansiedad.
—Voy a salir al balcón —después de una pausa, agrego—: A contemplar la noche.
Corto la comunicación.
hescen… d… —las palabras se pierden y emergen entre de

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Mensaje por fabiolaselene el Miér Ago 03 2016, 02:11



Matrioskas

Algo sagrado habrás querido legarme. Seguramente, si fue así, no pude captarlo del todo. Casi no existían lazos afines que nos unieran. Los sanguíneos —la vida me lo ha demostrado—, no alcanzan.

Para vos eran sagradas cuestiones que no tenían repercusión en mí: la obediencia más absoluta hasta el sometimiento, guardar las apariencias.

Tal vez en la importancia de la casa, del hogar, en eso coincidimos. En mantenerlo limpio, ordenado, en sentir que ese espacio es nuestro amparo. Claramente, yo lo experimenté mucho después, porque el hogar primigenio no brindaba calor, libertad ni comprensión y menos el cobijo emocional que necesité en la infancia.

Estaba hecho con paredes de nieves eternas que no daban reparo a los sueños, los congelaban. Sin embargo, en ese interior levanté el andamiaje necesario para construir mi propia casa. Un mundo dentro de otro mundo, una serie de matrioskas que albergaban otras en su interior, los escondites perfectos según fueran las circunstancias externas: cuanto más destempladas, más adentro me instalaba.

Es probable que haya sabido hacer ese hogar porque vos me enseñaste a colocar los ladrillos, a levantar los muros.

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Mensaje por fabiolaselene el Miér Ago 03 2016, 23:44



La historia del hombre gordo

El mocoso está más desatado que nunca y no logro ponerlo en vereda. Hoy se porta peor porque la madre fue a cenar con el señor que conoció en la oficina.
Parece una araña, trepándose por los muebles; ya me cansé de correrlo por todos los cuartos. Se me acabaron los argumentos, decirle: Ariel, calmate o se lo voy a contar a tu mamá, con él no surte efecto. Claro que la culpa no es suya, cómo va a hacer caso si ella jamás lo reta. El mocoso le tomó el tiempo, cada vez que se manda una macana o quiere conseguir algo patalea y se revuelca por el suelo, ella empalidece y le promete el oro y el moro con tal de que se calme. Entonces Ariel hace los últimos pucheros, se refriega los ojos con los puños y detrás de las lágrimas finales asoma la sonrisa compradora que usa para desarmarla.
Conmigo todavía se frena bastante, lo tengo cortito, no le festejo las payasadas y me pongo seria cuando dice que le duele la panza para no hacer lo que le pido. Sin mosquear le muestro el remedio de gusto asqueroso y, mágicamente, se le pasan las ñañas.

Esta noche andaba con ganas de mirar la película romántica de los viernes, por sus berrinches me la voy a perder. No quiere acostarse, el muy turro. Se escondió debajo de la mesa y está déle golpear el auto nuevo contra el piso; sé que no va a parar hasta romperlo. A veces me da lástima, por lo del padre, que se fue de un día para el otro y nunca más se supo.

Lo voy a dejar que se canse y después lo meto en la cama. Cuando está así hablarle no sirve, se retoba más, justo esta noche que necesito un poco de tranquilidad. Una también tiene sus problemas y me iba a venir bien distraerme con la peli.
Él sigue debajo de la mesa y me canta: Susi dientuda, Susi tarada y tac-tac-tac con el auto golpeando el piso. No aguanto más tanto bochinche. Trato de sacarlo, pero él se corre y con la voz ya afónica grita:

—Soltame o le digo a mamá que me pegaste.

Con que esas tenemos. No quiero ponerme en cuatro patas y arrastrarme por el piso atrás de él. Vuelvo a sentarme en el sofá y me cruzo de piernas. Que le quede bien claro que no voy a seguirle el tren. Es entonces que me acuerdo del hombre gordo y con voz indiferente le digo:

—Si no salís de ahí y dejás de decir mentiras, va a venir el hombre gordo a buscarte.

Lo del hombre gordo se me ocurre por lo que pasó esta tarde. Mientras íbamos en el ascensor subió un tipo que era como una montaña de gelatina de frutilla, Ariel se me pegó a las piernas y llorando pidió que nos bajáramos. Sé que asustarlo con el recurso del gordo es igual a cuando la abuela nos amenazaba con el hombre de la bolsa, las primeras veces nos achicábamos, pero al ver que nunca aparecía, no se lo creímos más.

Con Ariel funcionó: se calla de golpe, suelta el auto y se asoma. Apoya el mentón en las rodillas y se las abraza. Oigo el inicio de unos hipos inconfundibles. En fin, va a moquear un poco y después se quedará dormido.

Esquiva las patas de la mesa y se acurruca junto a mis pies. Siempre me impresionó su piel tan lechosa, con las venitas azules que se le transparentan a lo largo del cuello. Sus mejillas están mojadas, los ojos se le agrandan y brillan, parece perdido.

Con un dedo sucio rasca la costura de mi zapatilla. Me hace acordar al cachorro que encontré una vez en la calle y me siguió hasta la puerta de casa. Lo empujo con el pie suavemente.
—Vamos que te acuesto —le digo. Me agarra el tobillo con las dos manos.

—Quedate conmigo, no quiero dormir solo —me pide con una voz que nunca le escuché. Chau película, van a ser las diez y está sin sueño.

Lo ayudo a levantarse y lo llevo al dormitorio. Le pongo el piyama; está manso, entregado. Me doy cuenta de que no deja de mirarme mientras abro las sábanas, aparto el edredón y doblo su ropa. Ariel se tapa hasta el pescuezo y con esa vocecita nueva, dice:

—Susi, contame la historia del hombre gordo.

Eso no me lo esperaba, qué sé yo del gordo del ascensor. La abuela no nos hablaba del hombre de la bolsa, no sabíamos quién era ni de dónde venía, era sólo una sombra escurriéndose en la noche o unos pasos que resonaban en la oscuridad. Sin embargo algo tengo que inventar. Le arreglo la almohada, pienso en el hombre gordo y en verdad es escalofriante. Como la masa de una torta gigantesca que leuda sin parar, desborda el molde y chorrea blandamente. Lo más siniestro es la cara, tan inflada que la boca y la nariz casi desaparecen. Los ojos son dos pasas de uva, apenas sobresalen de la masa. De pronto quiero olvidar al hombre gordo, con su impermeable oscuro que parece una carpa y los pobres mechones que le decoran la calva rosa.

A pesar mío empiezo a fabricar su historia, lo miro a Ariel y digo:

—Había una vez un hombre muy pero muy gordo y malvado, aunque antes él no era así, era flaco y tremendamente bueno.

—¿Y por qué se vuelve gordo y malo? —me interrumpe Ariel, ansioso.

—Eso sucedió después que lo engañaron —prosigo—. Él tenía siete hijos y trabajaba duro para que no les faltara nada. A la noche volvía cansado, pero contento de poder estar con ellos. A pesar de que eran desobedientes y caprichosos les traía regalos, sin embargo cada dos por tres los chicos le faltaban el respeto, hasta se reían de él, que sin darle importancia, decía que eran travesuras de chicos sanos. El hombre gordo, cuando era flaco y bueno lo podía perdonar todo, menos una cosa.

—Qué —pregunta Ariel, antes de que yo tuviera tiempo de seguir.

—Las mentiras —contesto sin pensar y al mirarle la cara blanca, tensa, algo se me contrae en el estómago y me acuerdo de la expresión de Sergio, cuando quise arreglar la metida de pata y él descubrió que había estado con Julián.

—¿Y? —me apura Ariel. Sigo:

—Un día se entera de que sus hijos le mienten siempre… y cuando un hombre bueno se enoja, agarrate Catalina, porque la desilusión le hace saltar la parte oscura que todos tenemos adentro y… —qué estoy diciendo, Ariel me mira y no entiende una palabra—. Esa noche, mientras sus hijos duermen, el flaco que se volverá gordo, agarra un cuchillo y los mata a los siete.

—¿En serio? —dice Ariel, con los ojos igual a dos lunas negras. Se ha destapado, saca un brazo y mete su mano en la mía. Digo:

—Sí, y para que nadie se entere le pide a la mujer que se los cocine, que le prepare niños envueltos. Y él se los come. Así empieza a engordar y se convierte en el hombre gordo.

Ariel parpadea y su cabeza se hunde un poco más en la almohada. Presiento que comenzar una historia es como abrir una puerta. Quizás todavía esté a tiempo de cerrarla, de retroceder y darle un final feliz. Sin embargo algo me empuja a seguirla en los términos en que la empecé. El mocoso está asustado, no se va a dormir y me pasa lo mismo que cuando la abuela nos contaba de la última esposa de Barba Azul, que entra en la habitación prohibida y del horror de lo que descubre se le cae la llave en un charco de sangre, y por más que la limpia no le puede quitar la mancha.

—¿Y después que se los comió a los siete, qué hizo?

La pregunta de Ariel me devuelve al dormitorio y a su alegre empapelado con ositos jugando. Froto mi mano libre contra el edredón, como para limpiar una salpicadura que sólo yo puedo ver.

—Bueno, de ahí en más el hombre gordo se dedica a perseguir a los que dicen mentiras. Cada noche sale a buscar mentirosos y siempre encuentra a alguno, por el olor los encuentra, las conciencias sucias largan un olor feo. El hombre gordo puede olerlo y el mentiroso terminará en la olla.

—¿Y la mujer del hombre gordo?

—Ah, ella también lo engañó y fue a parar a la olla.

Ariel gira los ojos, inquieto, sus dedos están fríos.

—¿Y por dónde entra?

—Eso no lo sé, pero siempre consigue entrar.

—¿Y qué más?

—Nada más. Él camina por las calles, después que todos se fueron a dormir. Camina despacio, por lo gordo que es. Usa un impermeable oscuro. Sus ojos, que habían sido hermosos, ahora son como virutas de metal incrustadas en su cara gorda.

Van a dar las doce, la mamá de Ariel no tardará en llegar y al fin podré irme. Él se chupa los labios resecos y dice:

—No te vas a ir, verdad Susi.

Niego con la cabeza y le sostengo la mano fría y mis dedos también están tiesos y húmedos.

—Cerrá los ojos y dormite de una vez.

Pero él no quiere y los mueve constantemente. Me duele ver su cara pálida, como si le hubieran exprimido toda la sangre. Miro como los ositos en la pared arman juegos en un bosque esmeralda.

El ruido de la llave en la cerradura nos pone alerta. Unos pasos lentos se acercan por el pasillo. Ya ni sé si los dedos que tiemblan son los míos o los de Ariel.

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Mensaje por fabiolaselene el Vie Ago 05 2016, 09:01

Jueves en el parque



Qué distinto era volver a casa los jueves por la tarde, después de haber estado en el parque. Eloísa comprobaba que sus pasos eran más rápidos, siempre arrastrando un poco los pies y con sus rodillas que crujían como ramitas a punto de quebrarse, sin embargo había una energía renovada en su andar tambaleante. Y sí, tenía unos quilos de más, a pesar de que comía como un pajarito. Los jueves ni notaba los achaques, porque había muchas cosas en qué pensar, tantas palabras dichas. Los relatos eran el hilo que la unía a las demás, como en el bordado: una puntada seguía a otra y se formaba una flor. Palabra tras palabra, se componían historias jubilosas o dramáticas, según el dibujo de la vida de cada una.
Neli era una mujer alegre, con mil anécdotas a flor de labios y una risa franca. Fedora, recién jubilada, tenía la voz grave de tanto fumar y un aire enigmático, así la describía Neli. Eloísa era la más vieja del grupo, con sus ochenta y cinco años, el tejido constante y el orgullo de no usar anteojos. Hablaba poco Eloísa… y con lo burra que sos qué podés contar, qué les voy a decir con las cosas interesantes que les pasan a ellas.
Hasta los momentos trágicos, si los vivís con dignidad, tienen su colorido —palabras de Fedora—, yo no sé bien qué quiere decir, pero suena lindo. Lo había dicho en voz alta, mientras encendía la luz de la cocina y abría la heladera. Hoy por suerte dejé la cena lista, con el frío que hace la sopa de verduras te sentará de maravillas.
Eloísa, mientras calentaba la sopa, hizo sus comentarios sobre la reunión de la tarde, costumbre adquirida desde que iba al parque y se encontraba con las otras. Hablar sola, consecuencias de la chochera o de alguien que no fue escuchada. Ni se te ocurra llorar sobre leche derramada, arruinando lo bueno de la tarde, no seas aguafiestas.
Bajó la tabla de la mesa empotrada y sirvió la sopa humeante y espesa. Le puse de todo, calabaza, acelga, cebolla, apio, morrones y los daditos de panceta, que le da ese saborcito ahumado… Hoy Fedora contó algo sobre su divorcio, qué mujer culta, sabe hablar, cómo no va a saber si por más de veinte años fue la secretaria de ese artista plástico muy conocido, del que nunca me acuerdo el apellido.
Buscó una servilleta y se sentó en un banco sin respaldo; la cocina era un pañuelito, ella prefería comer allí y no en la mesa del comedor, repleto de los muebles oscuros de cuando se casó y vivía en la casa grande, y ahora amontonados en este departamentito de morondanga… Fedora, qué nombre especial. Ella sí que es una mujer fuerte, se le plantó al marido y le dijo a mí con la división de bienes no me vas a joder, no te olvides que los escorpianos somos estrategas. Qué linda palabra “estratega”, la voy a escribir antes de que se me olvide.
Eloísa dejó el plato vacío sobre la mesada, se dirigió hasta el bargueño del comedor y sacó un cofre de madera. Adentro estaba revestido con una felpa que alguna vez fue roja y contenía varias hojitas de anotador. La última palabra que había escrito era “enigmática” y —entre paréntesis— Neli. Que también se luce, fue maestra, pero ni comparación con Fedora, que viajó por casi todo el mundoo acompañando al artista en sus exposiciones. Según Neli, el marido de Fedora estaba muerto de celos y lo llamó Otelo, para mí se equivocó, Fedora le dice Pancho, Pancho esto, Pancho lo otro… en fin, la cosa es que junto con el divorcio, la jubilación, y Fedora quedó triste y amargada, todas le dieron ánimo, a mí no me salía ni una palabra, entonces me acerqué con la bandeja de los bizcochitos y le cebé un mate. Menos mal que en el parque encontramos siempre alguna de las mesas de cemento desocupada; yo me encargo de llevar el termo con el agua caliente y la yerba y las demás se turnan con las facturas o los bizcochos de grasa.
Eloísa releyó algunas palabras de la lista y al final agregó: estratega (Fedora) y cerró el cofre. Cuántas palabras había en ese cofre, formaban parte de vidas ajenas compartidas, y cada palabra de la lista había sido un momento precioso de compañía.

Fue en una tarde tibia, a fines de febrero, que ella tuvo ganas de ir al parque con su tejido, el termo y el mate. Se acomodó en una de esas columnas mochas de cemento que rodeaban la mesita y miró a los chiquilines que corrían por el sendero de piedras. A sus espaldas la voz ronca de Fedora preguntó si podía sentarse, los bancos estaban todos ocupados.
Cómo no va poder, es un lugar público. Eloísa se asombró al escuchar su voz en un tono firme y alto. Pero esto era ahora, allí, en su comedor abarrotado, en el parque simplemente había asentido con un movimiento de cabeza.
Le impresionó la mujer alta, con una onda que le caía sobre la frente, la mirada de pájaro herido, los labios aún parecían los de una muchacha. Hice lo único que sé hacer, le ofrecí un mate y Fedora me miró con sus ojos alargados, sonrió, su boca fue todavía más hermosa, y tomó el mate. Seguí con mi tejido, ella fumaba, esa tarde no hablamos. Días después vino con una amiga, me la presentó: ella es Clara y yo soy Fedora.
Conversaban, como si Eloísa no estuviera, aunque no sintió la sensación de ser inexistente, como le ocurría ante los extraños. Saben mi nombre, que soy viuda, nunca les hablé del difunto, que en paz descanse, total para qué, mucho para contar no tengo, a lo sumo que cada tanto me llevaba al cine o a caminar por el centro, eso fue en los primeros tiempos de casados, después como no le pude dar hijos, ya ni eso, y entré a ser un mueble más en la casa enorme y vacía de risas.
Apoyó las palmas sobre la mesa cubierta con una de sus carpetas tejidas al crochet y acarició distraídamente la tapa combada del cofre. Cuando apareció Neli, con su risa contagiosa, corriendo detrás de su nieta, decidieron juntarse todos los jueves. Siempre hay temas: el lío del divorcio de Fedora; Clara es astróloga, tiene un programa en la radio y saca de la manga historias increíbles; o la familia enorme de Neli, con tantos yernos y nueras me los confundo a todos.
Los jueves lluviosos eran una decepción, esa semana se hacía interminable. Las invitaría acá, pero el comedor con los muebles viejos, las sillas que tienen el asiento medio hundido… ellas son tan finas, estarán acostumbradas a ciertas comodidades, a ambientes elegantes.
Este jueves tuvo un regalo extra. Fedora se quedó un rato más después que Neli y Clara se fueron. Me di cuenta de que me miraba. Estás pálida como la luna, me dijo. Le contesté que era un poco de cansancio, nada importante. Ella metió la mano en el bolso y me dio una tarjeta: por cualquier cosa que necesites no dudes en llamarme. Y al irse me dio un beso.
Eloísa guardó cuidadosamente el rectangulito blanco en el cofre, un obsequio inesperado de los astros, diría Clara. O una alegre sorpresa de la vida y, tras la frase de Neli, su carcajada resonando en el aire manso del parque.

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Re: <<<Apuntes en hojas perdidas...

Mensaje por fabiolaselene el Dom Dic 04 2016, 10:25



Criticar Y Murmurar

En la antigua Grecia Sócrates tenía una gran reputación de sabiduría. Un día vino alguien a encontrar al gran filósofo, y le dijo:

– ¿sabes lo que acabo de oír sobre tu amigo?

– un momento – respondió Sócrates – antes de que me lo cuente, me gustaría hacerte un test, el de los tres tamices.

– ¿los tres tamices?

– pero sí, – continuó Sócrates – antes de contar cualquier cosa sobre los otros, es bueno tomar el tiempo de filtrar lo que se quiere decir. Lo llamo el test de los tres tamices. El primer tamiz es la verdad. ¿Has comprobado si lo que me dices es verdad?

– No… Solo tengo oído hablar…

– Muy bien. Así que no sabes si es la verdad. Continuamos con el segundo tamiz, el de la bondad. ¿Lo que quieres decirme sobre mi amigo, es algo bueno?

– ¡Ah no! Por el contrario.

– Entonces – continuó Sócrates – quieres contarme cosas malas acerca de él y ni siquiera estás seguro de que son verdaderas. Tal vez aún puedes pasar la prueba, sigue siendo el tercer tamiz, el de la utilidad. ¿Es útil que yo sepa qué me habría hecho este amigo?

– No, en serio.

– Entonces – concluye Sócrates – lo que querías contarme no es ni cierto, ni bueno, ni útil; ¿Por qué querías decírmelo?

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Re: <<<Apuntes en hojas perdidas...

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