Todos los extremos son malos.

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Todos los extremos son malos.

Mensaje por tay el Miér Oct 09 2013, 22:32

No tiene, ni con mucho, la repercusión mediática de los juicios de Núremberg. Tanto es así, que el Tribunal de Camboya todavía sigue trabajando sobre el juicio, y poco escuchamos sobre ello.
No tiene el genocidio de Pot, a mi parecer, la férrea condena social que acusa al Holocausto judío de ser el mayor de los conocidos. Pero está ahí.
Los jemeres se cargaron a un cuarto de la población de Camboya, y no hace tanto tiempo. España ya estaba en democracia.
Si tenéis tiempo; leed. Aunque sea por homenaje a las víctimas, merecen que aquello sea recordado de vez en cuando.


El infierno de los Jemeres Rojos
Por: Julio Patán 9 de Octubre de 2013
Asesinaron a unos dos millones de personas.

Puede decirse sin titubeos: lo que sucedió en Camboya entre 1975 y 1979, cuando Angkar, la fuerza guerrillera comunista conocida como Jemeres Rojos, se hizo  con el poder y exterminó a más de dos millones de personas, fue un genocidio.  La afirmación parece un regodeo en la obviedad, pero no lo es. Genocidio es  un término legal que se puso en práctica en 1945 durante los Juicios de Núremberg, cuando se procesó a los criminales de guerra nazis. Se refiere a un crimen de masas que consiste en perpetrar una masacre por motivos étnicos, raciales,  religiosos o nacionales. Con esto quedan fuera de la definición exterminios motivados por criterios políticos. ¿Por qué fue un genocidio el de Camboya, si el objetivo de los Jemeres Rojos era transformar a su país en una  versión local del maoísmo? Porque en su ideario se mezclaron las dos grandes plagas ideológicas del siglo XX: el nacionalismo y el comunismo. Tener presente esa letal combinación permite entender que en cuatro años haya desaparecido la cuarta parte de la población de un país pequeño, pero rico en infortunios.

Lecciones del Gran Timonel

Se dice que Mao Zedong tenía muchos defectos, pero al menos una gran virtud: haber alimentado a la famélica población china. Falso. En realidad, a finales de los cincuenta, China padecía un hambre inédita y venía sufriéndola de siglos antes. Parte de la culpa era del clima, que había ocasionado desastres en los cultivos. Sin embargo, el problema tenía su origen en el diseño económico del maoísmo, una adaptación china del modelo soviético, basado en la concentración y la colectivización de los medios de producción en el Estado. Este arquetipo había comprobado ser funesto en la extinta URSS, donde el estancamiento de la producción agrícola había costado millones de muertes por hambre en los días fundacionales del estalinismo. Igual de dramático que en China, donde la economía y la producción se desplomaban sin misericordia. ¿Qué decidió hacer Mao entonces? ¿Revisar sus axiomas? Sí, para radicalizarlos. Dos grandes proyectos así, estructuralmente extremistas, azotarían a China en los siguientes años: el Gran Salto y la Revolución cultural.

El Gran Salto es el diseño económico maoísta llevado al paroxismo. A partir de 1957 el país se llenó de comunas, es decir, unidades de producción que debían ser autosuficientes y a las que fueron arrastradas miles de personas, bajo la forma de deportaciones masivas. Una locura. Por destruir, el maoísmo aniquiló incluso el núcleo familiar. Ahí, los niños eran educados en guarderías, no por sus padres; los ancianos, puestos al cuidado de la colectividad, y los alimentos, servidos en comedores comunitarios, para permitir que las mujeres trabajaran en el campo, y, especialmente, para desmantelar toda forma de privacidad. Los ojos del Estado debían controlarlo todo: el totalitarismo quintaesenciado. El modelo se replicaría poco después en la industria pesada, con resultados igual de lamentables.

Aun así, el Gran Salto fue solo un paso más, aunque fundamental, en el encumbramiento de Mao como líder providencial. El corazón de su doctrina es la llamada Revolución cultural. En el ideario maoísta, el objetivo último es la creación de un “hombre nuevo”, aquel individuo anunciado por el marxismo que será ajeno a la codicia, a los vicios intelectuales de la burguesía, al individualismo. Si Lenin veía en la figura del proletario la posibilidad de ese sujeto, para Mao este solo podía encarnar en la figura del campesino, una hoja en blanco sobre la que se podía escribir una vida completamente inédita. Sobre esta premisa, a partir de 1966, todos los rincones de China se vieron invadidos por hordas de jóvenes uniformados, los Guardias Rojos, que velaban por la rectitud cultural de la población. La biblia de la Revolución cultural era un cuadernito conocido como el Pequeño libro rojo que glosaba el pensamiento del Gran Timonel, repetido a manera de mantra en todos los contextos. La regla: purificar de herencias burguesas, occidentalizantes o tradicionales esas pestes ideológicas acarreadas por las ciudades, toda la producción artística e intelectual o, para el caso, la cotidianidad en todos sus ámbitos. El resultado: la prohibición total de la música, las artes marciales, la danza prerrevolucionaria y el cine extranjero, pero incluso de la cría de perros, vestigio de un pasado latifundista.
Más que nada, el resultado fue la represión contundente de cualquier desviación de la norma, por medio de humillaciones públicas, golpizas, cárcel y hasta ejecuciones. La violencia creció hasta lo indecible. Destruyeron templos, libros antiguos, palacios, lienzos, al tiempo que saqueaban e incendiaban laboratorios, fábricas, escuelas... Con el tiempo, la represión se extendió a los miembros del Partido Comunista. Al final de este largo periodo, China sumó a la bancarrota una cantidad de muertes muy discutida, pero que según historiadores como Jung Chang, probablemente haya rondado los 38 millones. De manera incomprensible, el modelo se exportó. Camboya lo adoptó, si cabe, en un modo todavía más agresivo. Fue así como Mao se convirtió en el padre de la ideología jemer.

Hermano Número Uno

Desde luego, entender el genocidio camboyano obliga también a conocer a sus autores ideológicos y materiales. El responsable principal es el líder de la guerrilla comunista y futuro dictador: el hombre que nació en 1925 como Saloth Sar y que se convirtió con el tiempo en Pol Pot, el “Hermano Número Uno”. Becado para estudiar radioelectrónica en París, Saloth Sar descubrió la literatura francesa y la filosofía marxista. Tras perder su beca, regresó a Camboya. Vinieron tiempos difíciles. Toda la región (Vietnam en primer término) entraba de lleno a una lucha sangrienta contra el colonialismo que encabezarían los comunistas, primero contra Francia y luego contra Estados Unidos, que bombardearía sin tregua a Vietnam y la propia Camboya, refugio del Vietcong. En ese clima, Saloth Sar se hizo profesor y se afilió al Partido Comunista, de cuyo Comité Central fue secretario hasta 1965, cuando el rey Norodom Sihanouk lo invitó a formar parte de su gobierno, una evidente argucia para asesinarlo, según su inmediato entender. Entonces, desapareció entre los grupos guerrilleros del norte, hizo un viaje a China que influyó mucho en su conformación ideológica definitiva y, en 1970, se rebautizó como Pol Pot, un esfuerzo de redescubrimiento individual que avisaba ya de su proyecto de reinvención colectiva. En esencia, para Pol Pot se trataba de lo mismo que para Mao. Costara lo que costara, Camboya tendría que dar lugar al hombre nuevo que proclamaba el leninismo de toda la vida, con una peculiaridad: este hombre nuevo sería una versión reeditada de un hombre muy viejo, el camboyano que dio lugar a la civilización jemer originaria, aquella que había dejado vestigios de su grandeza en las ruinas de Angkor. El socialismo camboyano tenía que ser una vuelta al pasado, a una edad de oro, a la vez que un salto al futuro. Un sueño venidero fincado en una utopía desaparecida: socialismo más nacionalismo.
Sin embargo, no era una idea original. En París, Pol Pot conoció a Keng Vannsak, filólogo de fervorosas convicciones marxistas. Se convenció de que la gloriosa civilización primitiva camboyana debía resurgir de las cenizas, y para lograrlo, era preciso evitar, primero que nada, relacionarse con otras culturas, destacadamente la vietnamita. Con esta influencia surgió la Asociación de Estudiantes Jemeres, cuyos representantes más radicales eran Saloth Sar, Ieng Sary  y Khieu Samphan, quienes terminarían  por encabezar la guerrilla y el implacable gobierno jemer.

De la selva a la sombra

La huida de Pol Pot a la jungla anunciaba la lógica de su gobierno: la paranoia asesina como pauta de comportamiento universal, el secreto como condición existencial, premisas compartidas con otros cuantos fantasmas, es decir, antiguos militantes que un día desaparecieron en la nada, solo para volver años después, triunfantes, con nombres cambiados, a gobernar la patria.

Uno de ellos fue Kim Tang, también estudiante en París y profesor de literatura francesa, marxista, admirador de Robespierre, cuñado de Saloth Sar y rebautizado como Ieng Sary, quien fungió como Secretario del Exterior del gobierno jemer. Otro fue Khieu Samphan, un asceta de ideas comunistas al que no se le conocieron ni parejas ni lujos materiales de naturaleza alguna; fue presidente de la Asamblea. A esta nómina, con tres o cuatro nombres añadidos, debemos la atrocidad sin par que vivió Camboya, renombrada como República Popular de Kampuchea. Las cifras varían, pero Angkar asesinó a cerca de 95% de los profesores, médicos y periodistas, a más de 85,000 monjes budistas, a 230,000 musulmanes y a más de 750,000 chinos o chino-jeme-res de una población de 80,000, sin
mencionar a los enfermos terminales.

A partir de 1976, los jóvenes Guardias Rojos locales, los chlorbs, recorrieron el país en busca de cualquiera que llevara anteojos o dominara alguna lengua extranjera, pecados imperdonables que se pagaban con la vida.
Durante el mandato de Pol Pot se prohibió el dinero, y se ejecutó a gente por padecer hemorroides. Se extendió el hambre, por supuesto. Y, al final, se castigó salvajemente a la vieja cúpula comunista, empezando por los más moderados. Las ciudades fueron evacuadas, porque eran el corazón de la ideología burguesa. Nada más entrar en Nom Pen, en abril de 1975, los nuevos propietarios de Camboya ordenaron el desalojo. Primero, los heridos y enfermos; luego, en una semana, hasta dos milones de personas. A los sobrevivientes (muchos fueron asesinados en el camino) los recluyeron en las populares comunas agrícolas.

La misma suerte corrieron los vietnamitas residentes en el país o los camboyanos de origen vietnamita. En 1976, unos 150,000 de ellos fueron repatriados, y debieron considerarse los más afortunados, ya que 37% de los restantes, más o menos, fueron exterminados entre ese año y el siguiente. Con ello, Angkar firmaría su sentencia. A diferencia de Mao, Pol Pot y los suyos, convencidos de que el mundo conspiraba contra ellos, gobernaron en secreto, lejos de los reflectores. Cuando finalmente, en 1979, las tropas de Vietnam entraron al país para terminar con esta locura y tratar de defender a sus minorías, aquellos huyeron a la selva de la que habían salido. Hasta bien entrados los años noventa, todavía mantenían escaramuzas con las tropas gubernamentales.

Pol Pot, en realidad Saloth Sar, murió en 1998, oculto entre la floresta, sin haber sido juzgado en los tribunales. En cambio, Kaing Guek Eav, el temible Duch, encargado de la prisión política de Tuol Sleng en la capital camboyana, y Nuon Chea, el “Hermano Número Dos” y lugarteniente del macabro líder Pol Pot, han tenido que comparecer ante un tribunal internacional para responder por el cargo de genocidio, entre otros. Lo mismo que Ieng Sary, quien murió el pasado 14 de marzo sin escuchar el veredicto por los crímenes cometidos.
Infamia  carcelaria

El genocidio camboyano es conocido por los “campos de la muerte”, entierros colectivos al aire libre, verdaderos océanos de cuerpos humanos dejados como descuidado testimonio por los Jemeres Rojos y llevados al cine por Roland Joffé en Los gritos del silencio (1984), cinta basada en la historia del fotógrafo Dith Pran. No menos oscura es la reputación de las prisiones camboyanas, particularmente la de Tuol Sleng. Este presidio capitalino, secreto celosamente cuidado por la cúpula jemer que se refería a él con la clave S-21, vio pasar por sus rejas a unas 14,000 personas, de las que sobrevivieron 12. Fue el escenario de un sinfín de torturas, incluidas vivisecciones y violaciones de un sadismo inexpresable, cuya concepción se debe a uno de los muchos profesores que encabezaron el comunismo camboyano: Kaing Guek Eav. Fugado tras la invasión vietnamita, el Duch fue detenido en los años noventa, y, en 2009, juzgado por el Tribunal Internacional de Camboya.
http://quo.mx/2013/10/09/plus/el-infierno-de-los-jemeres-rojos

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Re: Todos los extremos son malos.

Mensaje por cripton36 el Sáb Oct 24 2015, 11:42

primera vez que leo, que el hombre nuevo es atribuido a marx.
un marxista

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Re: Todos los extremos son malos.

Mensaje por MARTIMONI el Miér Ene 13 2016, 02:40

que aberraciones puede hacer el hombre! es terrible

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Re: Todos los extremos son malos.

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