RELATOS DE VAMPIROS

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RELATOS DE VAMPIROS

Mensaje por misterio el Miér Sep 11 2013, 08:11



Berenice.
Edgar Allan Poe.


La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiar naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.

En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad (una enfermedad fatal) cayó sobre ella mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligida y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.

Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.

Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.

Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

Edgar Allan Poe.


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Re: RELATOS DE VAMPIROS

Mensaje por misterio el Miér Sep 11 2013, 08:19

Cita en Averoigne (A rendezvous in Averoigne) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, publicado en las ediciones de abril y mayo de 1931 de la revista Weird Tales. Averoigne pertenece exclusivamente a la creatividad de Clark Ashton Smith, aunque la región francesa que la circunda es real. Algunos, incluso, sostienen que podría tratarse de Auvergne, una provincia histórica del sur de Francia.

Más allá de las cuestiones geográficas, vale destacar el intento de Clark Ashton Smith por crear un relato de vampiros diferente a los densos panfletos sanguinolentos del romanticismo, y lejano al acartonamiento victoriano. Personalmente, opino que Cita en Averoigne es un cuento muy logrado, aunque su originalidad no haya podido suavizar la tenaz inclinación barroca de Smith.



Cita en Averoigne.
A rendezvous in Averoigne, Clark Ashton Smith (1893-1961)


Mientras se dirigía a Vyones por el sendero cubierto de hojas que atravesaba los bosques de Averoigne, Gerard de l'Automne meditaba sobre las rimas de una nueva balada que estaba componiendo en honor de Fleurette. Pero más que en la balada, sus verdaderos progresos radicaban en él mismo, sobre todo desde que se había puesto en marcha para encontrarse con Fleurette, a quien había prometido una cita entre robles y hayas, como se promete a cualquier muchacha campesina que se precie. Su amor estaba en esa fase en que, incluso para un trovador profesional, anda más cautivo de la ensoñación que de la inspiración. Así, continuamente pensaba en situaciones que iban más allá del intercambio de palabras amorosas. Los árboles y los prados habían adquirido el fresco esplendor de las primaveras medievales; la hierba estaba salpicada de diminutas poblaciones de flores azules, blancas y amarillas, como bordadas artísticamente; junto al camino discurría un arroyuelo cristalino cuyo murmullo remitía al delicioso parloteo de ondinas bajo las aguas. El aire, acunado por los rayos del sol, llegaba como en bocanadas de juventud y aventura; y los deseos que emanaban del corazón de Gerard semejaban mezclarse de modo místico con la balsamina silvestre.

Gerard era un trovero cuya juventud y numerosas peripecias le habían reportado fama considerable. Siguiendo la costumbre de su oficio, vagaba de corte en corte, de castillo en castillo. En aquellos días era el invitado del conde de la Frenaie, cuya elevada fortaleza dominaba más de la mitad de los bosques circundantes. Un día, cuando visitaba Vyones, singular ciudad catedralicia muy próxima al bosque de Averoigne, el trovador vio a Fleurette, hija de un adinerado mercero que se llamaba Guillaume Cochin; y aunque parezca extraño, se enamoró sinceramente de la joven, más de lo que suele ser común entre personas de su talante y oficio. Se las arregló para revelarle sus sentimientos. Y así, tras un mes a base de cartas de amor, baladas y entrevistas furtivas mediadas por una alcahueta, ella concertó una cita silvestre aprovechando que su padre debía ausentarse. Escoltada por una dama de compañía y un sirviente, a primera hora de la tarde debía salir de Vyones y encontrarse con Gerard bajo un haya enorme y muy vieja. Una vez allí, los sirvientes debían retirarse discretamente para que los amantes pudieran estar solos. Era poco probable que alguien los viera o importunase: el tupido e inmemorial bosque tenía muy mala fama entre los campesinos. En algún lugar yacían las ruinas del derruido y encantado castillo de Faussesflammes. Asimismo, había una doble tumba sin consagrar en la que el señor Hugh du Malinbois y su castellana, célebre por sus prácticas brujescas, estaban enterrados desde hacía más de doscientos años. Circulaban leyendas espeluznantes en torno a sus figuras y espectros, había historias de hombres lobo y duendes, de hadas, demonios y vampiros que infestaban Averoigne. Gerard había prestado poca atención a aquellos rumores y consideraba improbable que tales engendros osaran aparecérsele a plena luz del día. La alocada Fleurette también era del mismo parecer; ahora bien, para que los criados la acompañasen había sido necesario prometerles una sustanciosa recompensa, ya que ellos sí creían plenamente en las supersticiones de la comarca.

Gerard se había olvidado por completo de las siniestras leyendas de Averoigne; aceleró su marcha por el sendero moteado por los rayos del sol que se filtraban por las enramadas. Estaba a sólo un recodo del punto de encuentro; el corazón le latía con desenfreno y emoción al preguntarse si Fleurette ya lo estaría esperando. Desistió de seguir componiendo la balada; en las tres millas recorridas desde La Frenaie, se había quedado a mitad de esbozar la primera estancia. Aquellos pensamientos propios de un joven enamorado e impaciente fueron interrumpidos por un horrísono grito, nacido de la repulsa y el terror más intensos, que parecía proceder de la verde calma de los pinos que se alzaban junto al sendero. Sorprendido, escrutó las gruesas ramas. Y cuando se restableció el silencio, percibió el son de pasos amortiguados y apresurados y el correteo de varios cuerpos. Volvió a oír el grito, inconfundiblemente proferido por una mujer que se encontraba en peligro. Aflojó las correas de la daga envainada y, empuñando con decisión un largo garrote de carpe para protegerse de las víboras que, se decía, acechaban en los bosques de Averoigne, se internó sin demora ni indecisión entre los troncos de denso follaje. En un pequeño claro abierto más allá de los árboles, descubrió a una mujer que pugnaba por zafarse de tres rufianes excepcionalmente brutales y malvados. A pesar de las circunstancias, Gerard se dio cuenta de que jamás los había visto en su vida. La mujer, ataviada con una toga esmeralda como el verde de sus ojos, manifestaba en el rostro la palidez de las cosas muertas, una belleza sobrenatural, y sus labios lucían el carmesí intenso de la sangre joven. Por su parte, los hombres eran oscuros como sarracenos, sus ojos ardientes brasas bajo las cejas, tupidas y gruesas como las cerdas de una bestia. Sus pies guardaban una forma muy peculiar; sin embargo, Gerard no reparó en aquel hecho hasta mucho después, cuando recordó que, aunque se movían con agilidad pasmosa, exhibían una extraña deformidad. Por algún inexplicable motivo, nunca fue capaz de rememorar cómo iban vestidos.

La mujer le dirigió una mirada suplicante nada más reparar en él. Los agresores, en cambio, parecieron no prestarle atención. Sin embargo, la peluda mano de uno de ellos aprisionó las de la mujer, que en vano intentaba ir junto al hombre que venía a salvarla. Enarbolando el garrote, Gerard se precipitó contra los villanos. Asestó tal golpe sobre la cabeza del que estaba más cerca que debería haberlo tumbado. Sin embargo, el palo sólo hendió el aire y Gerard hizo grandes esfuerzos para mantener el equilibrio. Desconcertado y sin entender nada, se dio cuenta de que el barullo de las figuras se había desvanecido por completo. Los tres hombres habían desaparecido pero, en medio de las ramas de un alto pino alejado del claro, las pálidas facciones de la mujer, antes de fundirse en la espesura, por un instante le sonrieron con tenue, casi imperceptible malicia. Se hizo la luz en Gerard; y mientras se persignaba, un fuerte estremecimiento le recorrió el cuerpo. Unos fantasmas o demonios lo habían engañado, sin duda con maléficos propósitos; había sido objeto de algún extraño encantamiento. Todo aquello tenía que ver con las sombrías leyendas de los bosques de Averoigne. Retrocedió sus pasos hasta el sendero. Sin embargo, cuando pensó que estaba de nuevo en el punto donde había oído los gritos, el sendero ya no existía; tampoco reconoció ni vio nada que le recordase un solo rasgo del bosque. El follaje ya no era de un verde intenso, sino lúgubre. Los árboles presentaban las trazas propias de los cipreses, o eran presa del decaimiento otoñal o de su muerte definitiva. En lugar de aguas cantarinas había una laguna de aguas oscuras y espesas como sangre coagulada, sin que en ellas se reflejasen las oscuras juncias otoñales que la flanqueaban como la cabellera de un suicida y los troncos de las mimbreras que se retorcían en las márgenes.

Gerard tenía la plena convicción de padecer un malvado encantamiento. El precio de atender a la llamada de auxilio había sido cazado por el hechizo, haber sido atraído hacia el centro de su influjo. Ignoraba qué clase de poderes brujescos o demoniacos lo habían elegido como víctima; no obstante, estaba seguro de que acechaban fuerzas sobrenaturales. Asió con más fuerza el garrote de carpe y, mientras intentaba descubrir indicios tangibles de una maligna presencia, se encomendó a todos los santos que conocía. Imperaba la más absoluta desolación; el entorno era lugar propicio para una reunión entre cadáveres y demonios. Nada se movía, ni una sola hoja caída, ni un solo murmullo de ramas movidas por el viento, ni un solo trino de pájaro ni zumbido de abejas, ni un solo borboteo de agua. Parecía como si el sol jamás se hubiese alzado sobre aquellos cielos mortecinos; la luz diurna brillaba débilmente, sin matices ni variaciones, sin claros ni oscuros. Gerard escrutó aquel entorno con suma atención: cuanto más se fijaba más aumentaba su intranquilidad, a cada mirada descubría algo inquietante. En el bosque se movían unas luces que, si las observaba con atención, huían como espejismos; sobre la laguna se dibujaban rostros que aparecían y desaparecían cual burbujas con vida propia antes de poder discernir sus rasgos. Y al escudriñar todo el lago, se preguntó por qué hasta entonces no había visto aquel castillo con tantas torretas de piedra vetusta cuyas murallas se asentaban cerca de las aguas estancadas. Tan gris y desgastado lo vio, que semejaba haber permanecido de aquella guisa durante incontables eras entre aguas putrefactas y cielos gangrenados. Era más antiguo que el mundo, anterior a la luz, coetáneo del miedo y la oscuridad. En él habitaba y se extendía un terror inmaterial que se intuía en sus bastiones.

No se apreciaban indicios de que estuviese habitado, ni en las torretas ni en la torre del homenaje ondeaban banderas o estandartes. Pero Gerard tenía la certeza, como si una voz se lo hubiera advertido con total nitidez, de que allí se encontraba el origen de la brujería de la que era víctima. Le envolvió un pánico creciente, creyó notar el batir de unas alas malignas, el murmullo de amenazas y conjuras demoniacas. Se dio la vuelta y, a carrera tendida, se zambulló en la fúnebre maleza. En medio de su azoramiento, en plena carrera, pensó en Fleurette, se preguntó si lo estaría aguardando en el punto de encuentro, o si ella y su séquito también habrían sido atraídos hacia aquel reino de enfermizas fantasías y estarían atrapados en él. Volvió a elevar sus plegarias e imploró a los santos por que velasen tanto por ella como por él mismo. La floresta era un cúmulo de desconciertos y misterios. Carecía de rasgos distintivos ni huellas de animales. Los oscuros cipreses y los moribundos árboles otoñales eran cada vez más espesos, como si una perversa voluntad los aunase para impedirle la huida. Las ramas eran brazos implacables que procuraban por todos los medios cerrarle el paso. Gerard habría jurado que sentía cómo se le enroscaban con el vigor y la suavidad de cosas vivas. Se resistió con todas sus fuerzas, al borde de la locura, y le pareció oír el chasquido de una carcajada mefistofélica que se mofaba de sus denuedos. Por fin, con un respingo de alivio, dio con una especie de camino forestal. Se internó en él y corrió como alma que lleva el diablo. Y al cabo de poco, se topó con las orillas de la laguna y, sobre las impávidas aguas, divisó las altas torres del castillo intemporal. Volvió a dar la vuelta y a fundirse en la espesura. Y de nuevo, tras peripecias parecidas, sus pasos lo condujeron a la laguna.

Abatido, sintiéndose botín de lo inevitable, se resignó y abandonó cualquier tentativa de huida. Tenía totalmente embotado el entendimiento, afligido como por designio de una voluntad superior que le anulaba cualquier atisbo de minúscula oposición. Incapaz de resistirse, una asoladora y aborrecible coacción lo empujó por la orilla de la laguna en dirección al castillo. Cuando estuvo más cerca, vio que lo rodeaba un foso de aguas estancadas como las de la laguna, cubiertas por espumarajos de corrupción. El puente levadizo estaba bajado, la poterna abierta, como si ya estuvieran esperándolo hacía rato. Sin embargo, no parecía habitado, los muros de aquella gris edificación estaban tan silenciosos como los de un sepulcro. Y más fúnebre que todo el conjunto era la mole cuadrada y alta de la impresionante torre del homenaje. Impelido por el mismo poder que lo había guiado desde la laguna, cruzó el puente levadizo y superó la barbacana para acceder hasta un patio vacío. Ventanas con barrotes semejaban contemplarlo con mirada vacua desde las alturas; y en el extremo opuesto del patio, una puerta inexplicablemente abierta revelaba un oscuro vestíbulo. Al aproximarse a la entrada, un hombre estaba plantado bajo el umbral. Hubiera jurado que, justo un momento antes, allí no había nadie. Gerard seguía llevando su garrote; y aunque su entendimiento le decía que resultaría inútil contra cualquier enemigo sobrenatural, una enigmática intuición lo urgió a asirlo con más resolución a medida que se aproximaba a la figura de la puerta.

Era un hombre extraordinariamente alto y de facciones cadavéricas, ataviado con prendas muy anticuadas. Tenía los labios acentuadamente rojos, que contrastaban aún más con su barba azulada y la mortuoria palidez del rostro. Se acordó de los labios carmesíes de la mujer que, junto con sus agresores, se había desvanecido misteriosamente cuando Gerard se había acercado a ellos. Tenía los ojos blancos, la mirada pálida. Gerard se estremeció al mirarlos, al percibir la sonrisa fría e irónica de sus labios escarlatas, madriguera de un universo de secretos demasiado abominables para revelarlos.

-Soy el señor du Malinbois -dijo el individuo con tono empalagoso y huero, lo que incrementó la sensación de repulsa del trovador. Y cuando separó los labios, Gerard entrevió unos dientes artificiosamente pequeños, puntiagudos como los de una bestia feroz-. La Fortuna ha querido que seais mi huésped -prosiguió-. Ruda e insuficiente es la hospitalidad que os puedo dispensar, y no sería de extrañar que encontraseis mi morada más bien lúgubre. Pero mi bienvenida es absolutamente sincera; considerad vuestro cuanto haya en mi casa.
-Os doy las gracias por tan gentil ofrecimiento -contestó Gerard-. Pero debo reunirme con un amigo y, por extraños designios, parece que me he perdido. Os agradecería en grado sumo si pudierais indicarme el camino hacia Vyones. No lejos de aquí debe haber algún sendero; he sido lo suficientemente estúpido como para desviarme de él.

Sus propias palabras le sonaron vacías, desesperadas a medida que las pronunciaba; y aquel nombre, señor du Malinbois, le resonaba en la cabeza como los acordes de una marcha fúnebre, aunque fuese incapaz de recordar las ideas macabras y fantasmagóricas a las que lo asociaba.

-Lamentablemente, desde mi castillo no hay senderos hacia Vyones -replicó el extraño-. Y en cuanto a vuestra cita, la tendréis en otro lugar y de un modo distinto. Así pues, insisto en que aceptéis mi hospitalidad. Entrad, os lo ruego, y dejad vuestro garrote en la puerta. Ya no os hará ninguna falta.

Gerard creyó que sus últimas palabras las había pronunciado con desagrado y aversión, que sus ojos observaban el garrote de carpe con oscura inquietud. El peculiar tono de sus palabras y sus ademanes le despertaron más pensamientos macabros y espectrales, si bien no los pudo expresar del todo hasta mucho después. Algo le aconsejaba no separarse del objeto, pese a la probable ineficacia contra un enemigo etéreo o un ser diabólico. Por ese motivo, dijo:

-Apelo a vuestra magnanimidad para que me permitáis quedarme con el garrote. Hice voto de llevarlo conmigo, empuñarlo en la derecha y no dejarlo más allá del alcance de mi brazo hasta haber matado dos víboras con él.
-Extraño voto el vuestro -observó su anfitrión-. Llevadlo con vos, si os place. Que decidáis cargar con un bastón de madera no es asunto de mi incumbencia.

Se giró abruptamente y le instó a que lo siguiese. Gerard obedeció con renuencia; antes de entrar, miró por última vez el pálido cielo y el patio vacío. Se percató, ya sin maravillarse, de que una repentina y furtiva oscuridad sin luna ni estrellas se hubiese cernido sobre el castillo, como si para hacerlo hubiera estado aguardando a que Gerard penetrase en la morada. Grande como los pliegues de un tapiz desgastado, sin aire fresco, el interior era agobiante como las tinieblas de un sepulcro sellado durante siglos. Nada más cruzar el umbral fue presa de una auténtica opresión, resultaba difícil respirar con normalidad. Unos faroles ardían en la penumbra del vestíbulo, aunque no podía precisar si en realidad iluminaban algo. La luz que irradiaban era singularmente vaga, indefinida, y en el vestíbulo se proyectaban infinitud de sombras que se movían con desasosiego, pese a que las llamas estaban quietas como si ardiesen en el velatorio de una cripta sin ventanas. Al final del corredor, el señor du Malinbois abrió una pesada puerta de madera oscura. Más allá, en lo que parecía el refectorio del castillo, vio a varias personas sentadas a una larga mesa a la luz de faroles no menos débiles e inquietantes que los del vestíbulo. En una atmósfera tan ambigua y extraña, sus rostros inspiraban una tenebrosa desconfianza, como víctimas de una escabrosa distorsión. Le pareció que apenas podía discernir las sombras y las figuras reunidas alrededor de la tabla. Aun así, reconoció a la mujer del vestido verde esmeralda que se había desvanecido tan misteriosamente entre los pinos cuando había corrido a rescatarla. A su lado, tremendamente pálida, triste y aterrorizada, estaba Fleurette Cochin. En el último extremo, reservado a los criados y demás servidumbre, se hallaban la dama y el criado que la habían acompañado a la cita.

El señor du Malinbois se giró hacia el trovador con una sonrisa de sardónica diversión.
-Creo que ya conocéis a los aquí presentes -observó-. Ahora bien, todavía no os he presentado formalmente a Agathe, mi esposa, que preside la mesa. Agathe, permitidme que os presente a Gerard de l'Automne, joven trovador de profusa fama y prestigio.

Sin musitar palabra, la mujer asintió levemente y señaló la silla que estaba enfrente de Fleurette. Gerard se sentó y el señor du Malinbois, a la usanza feudal, ocupó plaza en la cabecera de la mesa al lado de su esposa. Por primera vez, Gerard se percató de que había servidumbre. Varios criados penetraron en la estancia y depositaron sobre la mesa diversas clases de vinos y viandas. Prodigiosamente rápidos y silenciosos, resultaba muy difícil precisar sus facciones o la clase de atavíos que llevaban. Parecían moverse como el presagio de un siniestro y perpetuo crepúsculo. Gerard se turbó al notar que le recordaban a los villanos demoniacos que habían desaparecido en el claro del bosque poco después de su ataque. La comida se celebró entre sensaciones extrañas y fúnebres. Una ineludible pesadumbre, un horror sofocante, una terrible opresión, apabullaron a Gerard. Tenía un alud de preguntas que hacer a Fleurette, así como pedir explicaciones a sus anfitriones y, sin embargo, le resultó imposible construir y articular el más mínimo sonido. Sólo podía mirar a su amada y contemplar reflejado en ella su mismo desconcierto y horrendo cautiverio. El señor du Malinbois y su esposa permanecieron en silencio; durante la comida intercambiaron miradas de complicidad cuyo significado sólo conocían ellos. Obviamente, los criados de Fleurette estaban paralizados por el terror, como el pájaro encadenado por la mirada hipnótica de una serpiente venenosa.

Los alimentos tenían un sabor peculiar pero muy exquisitos; los vinos eran extraordinariamente añejos, semejaban retener en sus posos de topacio o púrpura el fuego perpetuo de siglos olvidados. Ahora bien, Gerard y Fleurette apenas si mojaron los labios, y se dieron cuenta de que el señor du Malinbois y su dama ni bebieron ni probaron la comida. Las tinieblas de la estancia se acentuaron; los movimientos de la servidumbre devinieron más furtivos y espectrales; el aire estancado, portador de un peligro innombrable, estaba poseído por el hechizo de una magia negra y letal. Pese a los penetrantes efluvios de las exóticas viandas y los vinos de solera, se percibía el hedor de criptas ocultas, de putrefacción embalsamada y centenaria, junto con la peculiar fragancia especiada que parecía emanar de la dama. Gerard recordó las numerosas historias de las leyendas de Averoigne y que había menoscabado tras escucharlas. Evocó la historia de un tal señor du Malinbois y de su dama, la última y más depravada de su estirpe, ambos enterrados en algún lugar de aquel bosque desde hacía varios siglos; que la gente evitaba su sepulcro pues, aun después de muertos, seguían atormentando con sus hechizos. Se preguntó qué habría aturdido su memoria de tal modo que, la primera vez que oyó el nombre de su anfitrión, había olvidado quién era -o había sido- en realidad. Le vinieron otras historias a la cabeza, y no hicieron sino confirmar las sospechas que tenía respecto a la naturaleza de aquella gente en cuyas manos había caído. Asimismo, se acordó de una superstición popular que hablaba de cómo usar una estaca de madera y cayó en la cuenta del interés que el señor du Malinbois había manifestado por su garrote de carpe. Lo había dejado en el suelo, junto a su silla; comprobó que seguía allí. Muy lentamente y con disimulo, apoyó el pie sobre él.

Finalizó la comida. El anfitrión y su dama se levantaron.
-Os conduciré a vuestros aposentos -anunció el señor du Malinbois, con una sombría e inextricable mirada que abarcó a todos sus convidados-. Cada cual dispondrá de su propia cámara, si ese es vuestro deseo; o Fleurette Cochin y su dama, Angelique, pueden dormir juntas, y Raoul, el criado, puede compartir habitación con messieur Gerard.

Fleurette y Gerard se inclinaron por la segunda opción. Aborrecían hasta extremos insufribles la mera idea de pasar una noche solos en aquel enigmático castillo. Los cuatro fueron acompañados a sus estancias respectivas, emplazadas una frente a la otra en un pasillo cuya longitud apenas si esbozaban las tenues luces. Fleurette y Gerard se desearon unas desesperadas buenas noches sin querer separarse el uno del otro bajo la coaccionadora presencia de su anfitrión. ¡Cuán poco se parecía la cita con que habían soñado! Ambos estaban trastornados ante la situación sobrenatural, los inciertos horrores e ineluctables embrujos de que eran víctimas. Nada más dejar a Fleurette, Gerard comenzó a maldecirse por cobarde, por no haberse opuesto a separarse de su lado. Se maravilló de los efectos del servilismo que gobernaba sus facultades. Parecía como si no fuese él, que una extraña voluntad se hubiese apoderado de la suya y que lo manejara a su antojo. La habitación del trovador estaba amueblada con un diván y un lecho enorme cuyas cortinas estaban dispuestas y tejidas con tela muy antigua. Ardían velas que recordaban a las de un funeral y el aire hedía a estancado, como si no se hubiera renovado en siglos.

-Que tengáis dulces sueños -deseó el señor du Malinbois. La sonrisa que acompañó a sus palabras era tan turbadora como el tono pringoso y sepulcral con que las pronunció.

Cuando salió y cerró la puerta, un profundo alivio reconfortó a los dos jóvenes. Un alivio que apenas alteró el chasquido de una llave en la cerradura de la puerta. Gerard inspeccionó la estancia y se acercó a su única ventana; a través de ella sólo vio la opresiva oscuridad de una noche muy cerrada, como si todo el lugar estuviera sepultado bajo tierra y asfixiado por el moho. Después, poseído por un acceso de ira a causa de su separación de Fleurette, se precipitó contra la puerta y la golpeó, en vano, con sus puños. Dándose cuenta de la inutilidad de su acción, desistió y se giró hacia el criado.

-Bueno, Raoul -dijo-, ¿qué te parece todo esto?

Antes de contestarle, Raoul se persignó y su rostro devino la encarnación de un terror inmenso.

-Creo, messieur -contestó al fin-, que nos han echado un maléfico hechizo, y que los cuerpos y almas de vos, yo, mademoiselle Fleurette y dama Angelique corren mortal peligro.
-Soy de la misma opinión -repuso Gerard-. Lo mejor será dormir por turnos. El que esté de guardia empuñará el garrote de carpe. Pero antes voy a afilarle el extremo con mi daga. Estoy convencido de que sabrás cómo usarlo si tenemos visita. Pues si tal cosa sucede, no me cabe la menor duda de quiénes serán y cuáles serán sus propósitos. Estamos en un castillo irreal en calidad de invitados de gente que lleva muerta, o presumiblemente muerta, más de doscientos años. Y esos seres, cuando despiertan, practican una serie de hábitos que, supongo, no hace falta que te explique.
-Decís bien, messieur -dijo Raoul sin poder reprimir un estremecimiento, pero mirando con vivo interés cómo Gerard afilaba el bastón.

Dejó el extremo aguzado como una lanza; escondió con cuidado las virutas. Incluso labró en la madera una pequeña cruz en medio del garrote pensando que, de este modo, quizá aumentaría su eficacia o los preservaría de ser molestados. Acto seguido, bastón en mano, se sentó sobre la cama; desde allí dominaba toda la estancia entre las cortinas.

-Duerme tú primero, Raoul -le indicó el diván, que estaba cerca de la puerta.

Durante algunos minutos se cruzaron unos pocos comentarios más. Tras oír el relato de Raoul sobre cómo Fleurette, Angelique y él mismo habían sido atraídos por los gritos de auxilio de una dama entre los pinos y habían sido incapaces de volver al camino, el trovador cambió de tema. Para contrarrestar la torturante preocupación por Fleurette, comenzó a hablar frívolamente sobre asuntos que nada tenían que ver con su actual situación. De repente, notó que Raoul ya no le replicaba: se había dormido. En contra de su voluntad y los temores que lo acechaban, casi inmediatamente se apoderó de él un irresistible cansancio. A través de su imparable somnolencia, percibió un susurro como de alas que batían por los corredores del castillo; captó la pronunciación sibilante de voces ominosas, como las de los allegados que responden a invocaciones de magos, y creyó oír, aun en las bóvedas, torres y estancias más apartadas, pisadas de pies que se apresuraban a cumplir secretos y malignos cometidos. Pero pronto una negra malla de olvido se cernió sobre su cabeza y la sitió implacablemente, hasta ahogar los recelos de sus agitados sentidos.

Cuando al fin despertó, las velas se habían consumido por completo; una artificial claridad diurna se filtraba por la ventana. El garrote seguía en su mano y, aunque continuaba con los sentidos embotados a causa del extraño sueño, fue consciente de que nada malo le había sucedido. Pero al mirar entre las cortinas, descubrió que Raoul yacía sobre el diván mortalmente pálido, exangüe, con apariencia de moribundo agotado. Corrió hacia él. Una pequeña herida escarlata le brillaba en el cuello; el pulso le latía muy despacio, débilmente, como cuando se ha perdido mucha sangre. Tenía un aspecto muy mustio, como si la vida ya no corriese por sus venas. Un penetrante aroma emanó del diván, evocación espectral del perfume de dama Agathe. Tras muchos esfuerzos, Gerard consiguió incorporar al sirviente. Raoul estaba muy débil y somnoliento. No podía recordar nada; le invadió un profundo horror al darse cuenta de lo que le había sucedido.

-La próxima vez será vuestro turno, messieur -gritó-. Los vampiros nos retendrán entre estos muros con sus malas artes hasta haber bebido nuestra última gota de sangre. Sus hechizos son como la mandrágora o los brebajes narcotizantes de Catay, nadie se puede resistir a ellos.

Gerard intentó abrir la puerta y, para su sorpresa, descubrió que no estaba cerrada. Satisfechos sus apetitos, la vampiresa había descuidado las precauciones. Imperaba una gran tranquilidad. Le pareció a Gerard que el inquieto espíritu del mal ahora estaba apaciguado, que las oscuras alas del horror y la maldad se habían marchado para cumplir otras misiones siniestras invocadas por hechiceros, que sus acólitos estaban sumidos en un sueño temporal. Abrió la puerta, miró a ambos lados del desierto corredor y llamó a la puerta de enfrente. Completamente vestida, Fleurette abrió la puerta al instante y se echó en sus brazos sin pronunciar palabra, buscando su mirada con tierna ansiedad. Por encima de ella, vio a Angelique, sentada sobre la cama, inmóvil, con una herida en el cuello similar a la de Raoul. Antes de que Fleurette comenzase a explicarlo, comprendió que la mujer había sufrido un percance nocturno idéntico al del sirviente. Mientras procuraba confortar y tranquilizar a Fleurette, sus pensamientos se obsesionaron con un hecho peculiar: fuera no se veía a nadie, y era más que probable que el señor du Malinbois y su dama estuviesen dormidos, resarciéndose del festín. Gerard se imaginó el lugar y el modo como dormían, y se volvió aún más pensativo al calcular algunas de las posibilidades que se le ocurrieron.

-Animaos, ángel mío -dijo a Fleurette-. Quizá dentro de muy poco podamos huir de esta abominable telaraña de superchería. Pero debo dejaros por un rato y hablar de nuevo con Raoul, pues precisaré de su ayuda.

Regresó a su aposento. El sirviente estaba sentado sobre el diván, persignándose una y otra vez, debilitado, murmurando oraciones con voz hueca, casi a punto de apagarse.

-Raoul -dijo el trovador con cierta brusquedad-, debes reunir todas las fuerzas que te queden y acompañarme. Entre estos muros que nos aprisionan, los pasadizos antiguos y sombríos, las elevadas torres y los pesados bastiones, sólo una cosa existe de veras, el resto no es sino mero espejismo. Debemos encontrar esa realidad a la que me refiero y enfrentarnos a ella con coraje, como auténticos cristianos. Recorramos el castillo antes que sus dueños despierten de su vampírico letargo.

Se desplazó por los tortuosos corredores con una rapidez impensable. En su mente había reconstruido el vetusto montón de almenas y torreones que había visto el día anterior. Y conjeturó que la torre del homenaje, emplazada en el centro de la fortaleza, bien pudiera ser el lugar que buscaba. Con el afilado garrote en mano, y Raoul rezagado como sin fuerzas detrás de él, cruzó las puertas de muchas estancias secretas, miró por las numerosas ventanas que daban a la ceguera de un patio interior. Finalmente, salió a la planta baja de acceso a la torre del homenaje. Era una estancia de grandes proporciones, desprovista de ornamentación, construida totalmente en piedra. Las estrechas saeteras de la parte superior del muro la iluminaban deficientemente; pese a todo, Gerard distinguió la brillante silueta de un objeto que, en un lugar como aquel, forzosamente llamaba la atención: una tumba de mármol. Al aproximarse, descubrió que estaba extrañamente desgastada, maculada por líquenes grises y amarillos que florecían sólo al incidir sobre ellos los rayos fugaces del sol. La losa que la cubría tenía doble espesor y, para levantarla, se precisaba toda la fuerza de dos hombres.

Raoul contemplaba la tumba con expresión embobada.
-¿Y ahora qué hacemos, messieur? -inquirió.
-Estamos a punto de penetrar en el tálamo de nuestros anfitriones, Raoul.

Siguiendo sus indicaciones, el criado asió un extremo de la losa y Gerard tomó el otro. Con un esfuerzo que les hizo forzar al máximo tendones y músculos, intentaron apartarla, pero la losa apenas se movió. Por fortuna, cogiendo los dos el mismo extremo, pudieron inclinarla; se deslizó y cayó sobre el suelo provocando un enorme estruendo. El interior de la tumba contenía dos ataúdes: en uno yacía el señor Hugh du Malinbois; en el otro, su esposa, Agathe. Ambos parecían disfrutar un sueño tan plácido como el de los niños; las facciones de sus rostros llevaban estampada una serena maldad, una perfidia saciada, y el escarlata de los labios refulgía como nunca. Sin pensárselo dos veces, Gerard hendió el pecho del señor du Malinbois con la punta afilada del garrote. El cuerpo se desmenuzó como si estuviese hecho de cenizas amasadas y pintadas hasta darles apariencia humana. Se percibió un ligero hedor de corrupción y antigüedad. A continuación, repitió la maniobra en el pecho de la señora. Y a la par que su disgregación, el suelo y los muros de la torre del homenaje parecieron disolverse en un atormentado vapor, se desmoronaron por cada uno de los lados de la torre como sacudidos por un trueno mudo.

Confundidos, embriagados por una inefable sensación de vértigo, Gerard y Raoul se apercibieron de que todo el castillo se había desvanecido como las almenas y torreones de una tormenta extinguida; que la laguna muerta y sus ominosas orillas ya no agredían con maléficas visiones. Ambos se hallaban en medio de un claro silvestre, bajo la hermosa luz de un sol vespertino. Del castillo sólo quedaba la tumba sucia de líquenes. Fleurette y su dama quedaban a cierta distancia. Gerard corrió hacia la hija del mercero y la tomó en sus brazos. Ella estaba confundida por aquellas experiencias, como quien escapa del laberinto nocturno de una pesadilla para descubrir que todo ha sido un sueño.

-Creo, dueña mía -afirmó Gerard-, que el señor du Malinbois y su dama no interrumpirán nuestra próxima cita.

Fleurette, todavía aturdida, sólo le pudo responder con un beso.


Clark Ashton Smith (1893-1961)

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Re: RELATOS DE VAMPIROS

Mensaje por misterio el Miér Sep 11 2013, 08:22

Claro de Luna (Clair de Lune) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Seabury Quinn, publicado en 1947.

Posiblemente sea uno de los cuentos de vampiros que menos abordan la cuestión horrorífica del asunto, centrándose más en el misterio y en las cuestiones detectivescas que plantea la trama.



Claro de Luna.
Clair de Lune, Seabury Quinn (1889-1869)


De Grandin, mi amigo, se volvió hacia mí, enarcando las cejas y con los labios redondeados, como si se dispusiera a emitir un silbido.
-Comment? –preguntó-. ¿Qué decía usted?
Sonreí.
-Usted me comprende perfectamente -repuse-. Le decía que de no saber yo que es un misógino empedernido pensaría que está considerando en estos momentos la posibilidad de tener un affaire con esa muier. No ha apartado un intante los ojos de ella desde que nos instalamos aquí.
Sus pequeños y azules ojos se animaron. Retorcióse las puntas de su diminuto y rubio bigote, recordándome su gesto los movimientos de un gato tras una comida especialmente sabrosa.
-Eh, bien! Lo cierto es que ella me interesa...
-Es lo que he deducido...
-¿No es acaso une bonne bouchée, merecedora del interés de cualquier hombre?
-Es verdad -admití-. Resulta una mujer exquisita. Sin embargo, su forma de observarla...
-¡Oh! ¡El doctor Trowbridge! ¡El doctor De Grandin! -La señorita Templeton, la patrona del establecimiento, eterna promotora de buenos momentos, cruzó la terraza, dirigiéndose a nosotros-: ¡Estoy emocionada!
-¿De veras, mademoiselle? -El doctor De Granjin se puso en pie, acogiéndola con una sonrisa particularmente cordial- Me intriga usted. ¿Y cuál es la causa de su emoción?
-¡Se trata de Madelon Leroy! ¡Va a asistir a nuestro baile de esta noche! ¿Sabe usted? Se ha mostrado tan terriblemente solitaria desde su llegada aquí... Decía que había elegido la costa para descansar y que no quería ver a nadie. Pero se ha aplacado...
-Esto, por supuesto, es muy interesante -dijo mi amigo, interrumpiéndola-. Desde luego, puede usted contar con nuestra asistencia a la velada, mademoiselle...
Mientras Dot Templeton danzaba de un sitio para otro, haciendo saber a otros huéspedes la buena nueva, él consultó su reloj.
-Mon Dieu!, amigo Trowbridge –exclamó-. Es casi la una ya y todavía no hemos almorzado. Vámonos a toda prisa al comedor. Estoy medio muerto de hambre. Me siento desfallecido, verdaderamente.

Dos mesas más allá de nosotros, junto a una ventana, por la que entraba la fresca brisa del océano, Madelon Leroy hacía los honores al almuerzo indiferente, casi despreciativa, ante las miradas de que era objeto continuamente. Era, corno Jules De Grandin había señalado, une bonne bouchée, merecedora de la atención de cualquiera. Su actuación en el Claro de Luna de Eric Maxwell, había llevado a la crítica al delirio. No solamente había sido elogiado su talento como actriz, sino también su exquisita belleza de heroína de cuento de hadas, su delicada fragilidad, que hacía pensar en algo ultraterreno.

Cuando después de su resonante y prolongado triunfo en Broadway se negó a considerar siquiera las ofertas más tentadoras de Hollywood se desencadenó una tormenta de publicidad que puso a los agentes teatrales en estados delirantes. A muchos dibujantes y pintores se les permitió que esbozaran retratos suyos, pero ella se negó con firmeza a ser fotografiada, y con objeto de burlar a los reporteros y otros fanáticos de la cámara siempre que aparecía en público lo hacía envuelta en velos y telas, como una odalisca o una monja. Las representaciones de Claro de Luna fueron suspendidas hacia el verano. Su misteriosa estrella descansaba junto al mar cuando Jules De Grandin y yo nos hospedamos en el Adlon.

Disimuladamente, utilizando el menú como pantalla, la estudié. De Grandin no se molestaba en fingir, mirándola como sólo un francés sabe mirar a una mujer para no llegar a ofenderla. Era una hermosa mujer, de piel casi transparente, de dorados cabellos, que dibujaban una especie de halo glorioso en torno a su menuda cabeza; los ojos eran grandes, de suave mirar y de un tono azul cerúleo. Tenía su persona la fragilidad del hada, casi angélica; el cuello poseía una graciosa curvatura; su perfil resultaba perfecto. Aunque no era pequeña realmente, lo parecía, por su esbeltez, por su justa corpulencia. Sus movimientos eran suaves, casi lentos. Perfilada contra la ventana, parecía una princesa de cuento de hadas.

-Une belle créature, n'est-ce-pas? -comentó De Grandin cuando hizo acto de presencia el camarero para tomar nota de lo que queríamos comer.
Con esto, mi amigo se desentendió de la joven. Las mujeres eran para él las flores que embellecían el sendero de la existencia, pero la comida... y la bebida... Mon Dieu!, como hubiera dicho él, ¡sin estas dos cosas la vida resultaba imposible!

La señorita Leroy llamó la atención de todos durante la recepción que precedió al baile aquella noche. Si había parecido cautivadora en las discretas sombras del comedor, o en la terraza del hotel, o al emerger de las aguas embutida en su blanco traje de baño de satín, atractiva como una náyade, aquella noche se hallaba en condiciones de provocar el delirio en sus admiradores. Más que nunca, parecía ahora un ser de otro mundo. Su vestido, de, género de punto, se ceñía fielmente a su cuerpo, careciendo de mangas. Eran apreciables todas sus curvas, que componían una figura impecable, por sus proporciones. El vestido se le ajustaba al talle mediante un cordón que terminaba en dos tiras rematadas con borlas. De vez en cuando, al andar, podían verse las plateadas sandalias que calzaban sus lindos y desnudos pies. Había recogido sus dorados cabellos en un moño suelto, del que pendía una estrecha cinta blanca. En el brazo izquierdo, por encima del codo, lucía un ancho brazalete de oro labrado con motivos griegos. No llevaba más joyas ni ornamentos.

En tales condiciones, aquella mujer debía resultar forzosamente encantadora, atractiva, incluso. Pero existía algo vagamente repelente en su persona. Tal vez fuera su lenta y más bien condescendiente sonrisa, en la que no se advertía el menor indicio de cordialidad, de humana simpatía; quizá se tratara de la rara expresión de sus ojos... Eran ojos de persona experimentada, cansada, más bien triste, como si desde el momento en que se abrieran a la luz hubieran visto en los seres humanos una raza nada agradable, como si los hombres hubieran sido algo que no valía la pena mirar dos veces. Podía ser, sí, que todo residiera en sus ojos, los cuales, pese a los trabajos de los expertos en el terreno de la belleza, presentaban en sus comisuras una tupida red de arrugas; de otro lado, los párpados habían sido tratados con un producto débilmente verdoso que los hacía brillar un tanto siniestramente. Desde luego, aquellos no eran los párpados de una mujer de veinte años, ni siquiera de treinta y tantos.

-Doctor Trowbridge... -Ella extendió una mano pequeña como la de una niña, de rosadas uñas, frágil como un iris blanco-, Doctor De Grandin...
El francés hizo sonar sus tacones al cuadrarse ante ella.
-Enchanté, mademoiselle –el hombre se inclinó sobre la mano, acercándosela a los labios-. Je suis très heureux de vous voir! Me siento encantado de verla...

No existe una manera preasa de poner esto en palabras. Lo cierto es que cuando De Grandin se irguió, él y Madelon Leroy se miraron a los ojos directamente, y aunque en sus rostros no se movió nada, algo vago, intangible como el aire, perceptible sin embarao como un escalofrío, pareció formarse alrededor de los mismos, igual que una envoltura de frío vapor. Por unos instantes se calibraron mutuamente, cautos como unos practicantes de la esgrima, o unos boxeadores que tantean sus fuerzas. Tuve la impresión de que eran como dos productos químicos que aguardaran solamente la adición de un agente catalítico para explotar, provocando una devastadora detonación. Luego, fue presentado el siguiente invitado y nosotros nos apartamos. Sentí lo mismo que si nos hubiéramos visto inmersos en la temperatura normal del verano, procedentes de un frigorífico puesto al máximo de su rendimiento.

-¿Qué...?
Le llegada de Mazie Schaeffer me impidió acabar de formular la pregunta, apenas iniciada.
-¡Oh, doctor Trowbridge! ¿Verdad que es adorable? -inquirió Mazie-. Es la más bella, la actriz más maravillosa del mundo. No hay nadie como ella, Yo he oído hablar a papá y a Mumsie de Maude Adams, de Sara Bernhardt, de la Duse, pero Madelon Leroy... ¡las supera a todas! ¿La recuerdan ustedes en la última escena de Claro de Luna, cuando dice adiós a su amante en la puerta del convento, quedándose plantada simplemente allí, a la luz de la luna, sin pronunciar una sola palabra? No necesita realmente decir nada, ya que el espectador ve, ve palpablemente su corazón destrozado.
De Grandin dispensó a Mazie una cordial sonrisa.
-Tal vez sea debido todo, mademoiselle, a que ha dispuesto de mucho tiempo para perfeccionar su arte...
Mazie respondió inmediatamente, alzando su chillona voz:
-¿Cómo puede usted decir eso? ¡Si es una niña!... ¡Es casi una criatura! Yo cumplo veintiún años en agosto y apuesto lo que usted quiera a que le llevo dos. No se trata de cosa del tiempo, doctor De Grandin, ni siquiera de talento. En ella es que hay genio, un genio extraordinario. De estas mujeres sólo se da una en cada generación...
El pequeño francés estudió a la joven atentamente.
-¿Has llegado a conocerla, quizá?
-¿Que si la he conocido? -Las manos de Mazie fueron instintivamente hacia su pecho, como si hubiera querido contener los latidos de un tumultuoso corazón- ¡Oh, sí! Fue muy amable conmigo... Me invitó a visitar su «suite» mañana, para tomar el té juntas...
-Mon Dieu! -exp1otó De Grandin-. ¿Tan pronto? ¿Es verdad lo que dices, jovencita?
-¡Pues claro que es verdad! ¿No le parece maravilloso? Todavía me lo parece más por el hecho de ocurrirme a mí. Sí. Es terriblemente maravilloso.
-Ahora te has expresado correctamente -manifestó él con un gesto de asentimiento-. Terriblemente maravilloso, es cierto. Bon soir, mademoiselle.
Cuando hubimos dejado atrás el atestado salón, pasando a la amplia y fresca terraza, le pregunté:
-Bueno, ¿qué significa todo esto?
-También yo quisiera saberlo -respondió mi amigo, sombrío.
Pero yo me sentía intrigado y no me molestaba en disimularlo.
-¡Por el amor de Dios. De Grandin! No sea usted tan condenadamente misterioso. Yo sé que existe algo entre usted y esa mujer... Me di cuenta, lo percibí cuando se saludaron. ¿Qué es lo que...?
-También yo quisiera saberlo -repitió él-. Una cosa es sospechar algo y otra muy distinta saber... Y yo, hélas!, no abrigo más que una leve sospecha. Si le dijera qué es lo que en estos momentos atormenta mi mente, me expondría a cometer una grave injusticia contra un ser inocente. Au contraire, si me mantengo en silencio podría causar un daño grave, irreparable, a otra persona. Parbleu!, amigo mío. No sé qué hacer.
Consulté mi reloj.
-¿Por qué no nos vamos a la cama? Son más de las once y emprendemos el regreso mañana por la mañana. Es nuestra última oportunidad de lograr una noche entera de descanso, sin desagradables interrupciones, sin pacientes que nos saquen del lecho a horas intempestivas...
-Aquí no hay bebés que tengamos que ayudar a nacer, ni vieillards que se deciden a abandonar el mundo... Es decir: seguramente -manifestó De Grandin, con una burlona sonrisa-. Sí, creo que está usted en lo cierto. Disolvamos nuestras preocupaciones en el sueño.

A la mañana siguiente, cuando precedidos por dos botones que llevaban nuestro equipaje nos disponíamos a abandonar el hotel, yo me eché a un lado con el fin de dejar paso a dos mujeres que se encaminaban a la playa. Era la primera de mediana edad, hallándose en posesión de una larga y afilada nariz, pequeños ojos y una piel morena. En sus negros cabellos se observaban ya muchas canas; llevaba el clásico gorro blanco almidonado de las doncellas. Vestía de uniforme, de tela oscura, con puños y un delantal blancos. Sobre el brazo derecho se había echado una enorme y esponjosa toalla de baño. A mí me pareció una mujer de aspecto imponente, que debía de haber conocido mejores días. Detrás de ella, cubierta como una mujer árabe, con telas blancas, avanzaba una figura más pequeña, que calzaba chanclos de playa. Los dedos de una de sus manos asomaban al coger un pliegue de la holgada prenda. Observé que eran de rojizas yemas, con unas uñas largas y afiladas, extremadamente finas. Pude captar fugazmente el rostro de su dueña. Se trataba de Madelon Leroy. Pero aquella cara se hallaba tan alterada que apenas guardaba semejanza con la del radiante ser de la noche anterior.

Era una faz aquella tan pálida como la luz de la luna de marzo; las delicadas y pequeñas depresiones bajo los pómulos se habían acentuado hasta dar al rostro una expresión desagradable. Sus labios, un poco separados, parecían haberse marchitado; sus ojos daban la impresión de haberse hecho más grandes, pero ahora estaban exageradamente hundidos en la cara. La cara tenía una expresión anhelante, pero con un tono impersonal. Lo único que no había cambiado en ella era la gracia de sus movimientos. Caminaba con toda naturalidad, sin que el paso revalera el menor esfuerzo, moviendo sus lisas caderas ligeramente.

-Grand Dieu! -oí murmurar a De Grandin.
Al pasar ante él la mujer, De Grandin se inclinó en una leve reverenda, llevándose la mano al ala del sombrero-. Mademoiselle!
Ella pasó como si De Grandin no se hubiera encontrado allí. Sus cavernosos ojos se fijaron en la playa, sobre cuyas arenas unas suaves olas dejaban encajes de espumas.
-¡Santo Dios! -exclamé a mi vez cuando avanzábamos ya hacia el coche que nos esperaba-. Parece haber envejecido veinte años o más... ¿Qué piensa usted de eso?
De Grandin me miró, muy serio.
-No sé a qué atenerme, amigo Trowbridge. Anoche concebí unas sospechas; hoy las veo casi confirmadas. Es posible que mañana pueda estar al tanto de todo con exactitud. Ahora bien, mañana podría ser demasiado tarde.
-¿A qué se está usted refiriendo? -inquirí-. ¿Qué significa este misterio?
-Plus ça change, plus c'est la même chose... ¿Recuerda usted esta cita? -contraatacó él.
Permanecí en actitud reflexiva un momento.
-¿No es eso lo que Voltaire dijo acerca de la historia? «Cuanto más cambia, más viene a ser la misma»...
-En efecto -asintió mi interlocutor-. Y nunca dijo una verdad de mayor calibre. Una vez más, la historia se repite. Nadie puede afirmar con qué trágicas consecuencias.
-¿Trágicas consecuencias? ¿Para quién?
-On ne sait pas -De Grandin se encogió de hombros-. ¿Quién puede decir dónde descargará su furia el rayo, amigo mío?

Hacía cosa de una semana que habíamos regresado de la costa. Me disponía a dar por terminada mi jornada de trabajo cierto día cuando sonó el timbre del teléfono.

-Sam: soy Jane Schaeffer -dijo la turbada voz de mi comunicante-. ¿Podrías venir inmediatamente?
-¿Qué ocurre?
El día había sido muy caluroso y cansado, y Nora McGinnis había preparado para mí un plato de ternera con salsa agridulce. No tenía el menor deseo de efectuar un desplazamiento de más de tres kilómetros, perdiéndome el cóctel de la noche y la sabrosa cena.
-Se trata de Mazie. Al parecer, se encuentra peor...
-¿Peor? -repetí-. A mí se me antojó que estaba perfectamente cuando la vi en la costa. Tenía la viveza de los grillos...
-A su regreso a casa no podía hallarse mejor. Pero luego ha empezado a comportarse de una manera muy extraña, debilitándose día por día. No sé si será algo de pecho, o una leucemia...
-Bueno, tómatelo con calma -aconsejó-. No se puede estar bailando todas las noches hasta las tres de la madrugada, jugando además al tenis por la tarde, sin perder algo. Dale a modo de cena una tostada y una taza de té, métela en la cama y me la traes a la consulta por la mañana.
-¿Quieres escucharme, Sam Trowbridge? Mi hija se está muriendo, la tengo en la cama, y todo lo que me dices es que le dé una tostada y una raza de té. Vas a hacerme el favor de meterte en seguida en tu coche. Te esperamos.
-Bueno, de acuerdo -contesté para aplacar a mi comunicante-. Que guarde cama y...
-Pero, ¿no te he dicto que la tengo en la cama?... No se ha levantado en todo el día. Está demasiado débil.
-¿Por qué no me lo has dicho antes? -inquirí, bastante irrazonablemente-. Estaré ahí en seguida.
-¿Qué sucede, mon vieux? -De Grandin apareció en la puerta de la consulta, llevando una coctelera en las manos-. No me diga que se va. Los martinis tienen ahora el grado de frialdad preciso.
-Hay que aplazar eso -repuse entristecido-. Acaba de llamarme Jane Schaeffer para decirme que Mazie no se encuentra nada bien. Está tan débil que esta mañana no pudo levantarse.
-Feu noir du diable! ¡Fuego negro de Satanás! ¿Me está usted hablando de aquella jovencita que fue seleccionada como víctima? Morbleu! Debiera haberlo comprendido...
-¿Qué significa eso? -le interrumpí con viveza-, ¿Que es lo que sabe usted?
-Yo, hélas!, no sé nada. Absolutamente nada. Pero si lo que tengo buenas razones para sospechar es cierto... ¡vámonos!, apresurémonos, volemos para poder ayudarla. ¿La cena? ¡Al diablo la cena! Tenemos cosas más importantes en qué pensar ahora.

Su madre no había exagerado al hablar del estado en que se encontraba Mazie. La hallamos en estado de semi-coma, con unas profundas concavidades bajo los pómulos, con unas ojeras terribles. Tenía los ojos como de fiebre, brillantes, pero la mano que tomé entre las mías parecía estar muerta. Recurrí a mi termómetro y vi que apenas llegaba a los veintisiete grados. Su pulso era débil, latiendo a menos de setenta pulsaciones por minuto. Echó la cabeza a un lado cuando me dejé caer sobre una silla, junto a la cama. La sonrisa que me ofreció era una bnrda imitación de la suya de siempre, eternamente contagiosa. En ésta de ahora no existía ningún destello de alegría.

-¿Qué sucede aquí? -pregunté, notando que la epidermis de sus manos estaba reseca, áspera, endurecida-. ¿Qué le han estado haciendo a mi niña?
Los párpados se abrieron perezosamente y ella pronunció unas palabras, en un tono de voz tan débil que no pude entender nada.
-¿Cómo has dicho, pequeña?
-De... dejadme ir... Tengo que irme... Debo hacerlo... -musitó la chica, en un susurro-. Ella estará esperándome... me necesita...
-¿Está delirando?
De Grandin hizo un movimiento denegatorio de cabeza.
-No lo creo así, mi amigo. Está débil, en efecto, muy débil, pero no ha perdido el conocimiento. ¿Qué síntomas aprecia en ella?
-Si no la hubiéramos visto fuerte y bien alimentada sólo dos semanas atrás, yo diría que es víctima de una evidente desnutrición. He tenido ocasión de asistir a casos como éste después de la primera guerra mundial, cuando servia con las unidades belgas de auxi1io...
-Su saber y experiencia no le han abandonado, amigo mío. La chica está desnutrida, en efecto, y nosotros le prescribiríamos nuez vómica, de seguir el consejo de alguien, pero primero procuraremos darle carne, una buena taza de té, y a continuación un huevo y leche con un poco de coñac...
-Pero, ¿cómo ha llegado a tal estado de desnutrición?
-Sí, desde luego. Es lo que tendremos que averiguar.
Cuando bajábamos las escaleras, Jane Schaeffer preguntó:
-¿Qué le ocurre? ¿Habrá contraído alguna infección durante su estancia en la costa?
De Grandin apretó los labios, cogiéndose la barbilla entre el pulgar y el índice.
-Pas possible, madame. ¿Cuánto tiempo lleva así?
-Casi desde el día de su regreso. En la costa conoció a Madelon Leroy, la actriz, que convirtió en seguida en su ídolo. Se pasaba todo el día prácticamente con la señorita Leroy. Creo que el segundo o tercer día fue a verla a sus habitaciones, regresando a casa casi exhausta y yéndose derecha a la cama. A la mañana siguiente se sentía muy débil. Se levantó hacia el mediodía, comió algo y se fue en busca de Madelon Leroy de nuevo. Por la noche, a la vuelta, no podía tenerse en pie. Su debilidad, a partir de entonces, ha ido en aumento.
De Grandin escrutó atentamente el rostro de Jane.
-Nos ha dicho usted que la chica tiene un apetito excelente...
-¿Excelente? ¡Soberbio! ¿No cree usted que podría ser una solitaria, algún parásito que...?
Mi amigo asintió, pensativo,
-Verdaderamente, cabe tal posibilidad, madame.
A continuación, preguntó con toda naturalidad, como si la cosa no tuviera importancia:
-¿Dónde vive en la actualidad la señorita Leroy? ¿Usted lo sabe?
-Tomó una «suite» en el Zachary Taylor. No me explico por qué prefirió esto a Nueva York.
-Quizás haya alguien que lo sepa, madame Schaeffer. Bien. Muy bien. Así pues, se instaló en el Hotel Taylor y...
-Y Mizie ha ido a verla allí día tras día.
-Très bon. Uno comprende, en parte, al menos. La enfermedad de su hija no es desesperada, pero resulta mucho más seria de lo que al principio nos figurábamos. La enviaremos al Sanatorio Sidewell en seguida, donde hará reposo absoluto, vigilada constantemente por una enfermera. Bajo ningún concepto dirá usted a nadie dónde se se encuentra, madame. Y no tendrá visitantes de ninguna clase. Ninguno. ¿Me ha comprendido?
-Sí, señor, pero...
-Pero... ¿qué?
-La señorita Leroy ha llamado hoy dos veces, sintiéndose al parecer muy afectada cuando le dije que Mazie no había podido levantarse. Si viniera a verla...
-He dicho que nada de visitantes, madame. Es una orden, hágase cargo.
-Espero que sepa usted lo que está haciendo -gruñí cuando dejamos la casa de los Schaeffer-. No encuentro desacertado su diagnóstico, ni el tratamiento, pero, ¿ a qué viene tanto misterio? Si usted sabe algo...
-No se trata de que yo me empeñe en crear en este caso un ambiente de misterio -declaró De Grandin-. Es que me confieso un hombre ignorante. Soy como un hombre ciego que estuviese siendo objeto de las travesuras de unos chicos traviesos. Extiendo las manos en un sentido y otro, pero no acierto a asir nada. ¿Usted se acuerda de que hace poco estuvimos refiriéndonos a la frecuencia con que la historia se repite?
-Sí, la misma mañana en que abandonamos aquel lugar de la costa.
-En efecto. Ahora escúcheme atentamente, amigo mío. Lo que voy a decirle puede ser que no tenga sentido, pero podría ocurrir también lo contrario. Considere esto:

Hace algunos años, más de los que a mí me gustaría que hubieran pasado, asistí a una representación en el Théâtre Français, donde actuaba una mujer llamada Madelon Larue. Era la gran atracción de París porque en un época muy distinta de la que vivimos se atrevía a practicar la danza au naturelle. Era muy bella, parbleu! No se podía decir que era una Venus o una Minerva. Se asemejaba más a Hebe, o a Clitie. Su aire juvenil, ingenuo, purificaba su desnudez. Suscitaba, en fin, más admiración que pasión. Eh bien, mi gran père había sido un tipo alegre en sus buenos tiempos. Como veraneaba cerca de Narbonne aquel año, fui a visitarle para, entre otras cosas, participar de su excelente Château Neuf. Le dije que había estado viendo a la Larue y se quedó desconcertado.

¿Por qué razón? Porque, al parecer, parbleu!, en los días del Segundo Imperio había habido una actriz que era también la atracción máxima de París, una tal Madelon Larose. También ésta bailaba à découvert ante la dorada juventud que rodeaba al tercer Napoleón. Mi abuelo se prendó de ella en seguida. Me habló de su frágil y aniñada belleza, que encendía los corazones y los cerebros de los hombres. Al final de aquella conversación llegué a la conclusión de que Madelon Larose y Madelon Larue tenían que ser madre e hija, o bien la misma persona. No cabía otra alternativa. ¡Ah! Pero mi abuelo me contó algo más. He de decir que por el hecho de ser un experto en medicina legal se hallaba relacionado con la préfecture de police. Esta Madelon Larose, la de la frágil y aniñada belleza, empezó a envejecer de repente. En el espacio de sólo un mes se hizo diez o veinte años más vieja. A los dos meses era una anciana tan débil que no podía salir al escenario. Y yo le pregunto a usted ahora: ¿qué cree que pasó?

-Se retiraría -sugerí irónicamente.
-Nada de eso. Contrató los servicios de una secretaria y dama de compañía, una joven bretona rebosante de salud, y... escúcheme con atención, por favor, al cabo de dos meses la chica había muerto, de inanición, al parecer, y Madelon Larue se dedicaba una vez más a bailar sans chemise para regocijo de los jóvenes de París.

Se produjo un escándalo, naturalmente. La policía y la Sûreté llevaron a cabo algunas investigaciones. Pero al final de ellas no se averiguó nada en concreto. La secretaria había sido una moza fuerte, de saludable aspecto. Y había fallecido, por lo visto, de inanición. Larose, que había estado al borde de la desaparición, se veía más joven, fuerte y atractiva que nunca. En eso quedó todo. Nadie puede basar una actuación judicial en tales hechos. En fin, la chica fue enterrada decentemente en el cementerio del Père Lachaise, y Larose, por sugerencia de la policía, se trasladó a Italia. ¿Qué hizo en este país? Cualquiera puede suponérselo. Ahora, emparejemos mi historia con la de mi gran' père. Yo había visto actuar a la Larue en 1905. Cinco años más tarde, siendo yo miembro de la Faculté de Médicine Légale, me enteré de que se hallaba afligida por una extraña enfermedad, una dolencia que la hacía envejecer diez años en una semana; a las dos semanas ya no se halló en condiciones de presentarse en el escenario. ¿Qué pasó? Parbleu! Yo se lo explicaré.

La mujer contrató los servicios de una masseuse, una joven fuerte, de excelente salud, en posesión de un físico robusto. A las dos semanas falleció, de inanición, al parecer... La Larue, mordieu!, se rejuveneció de nuevo, quedando ya que no como una rosa sí como un lirio. Fui designado ayudante del juge d'instruction que se ocupó del caso. Llevamos a cabo detenidas investigaciones. ¡Oh, sí! ¿Y qué descubrimos en fin de cuentas? Solamente esto, morbleu!: La chica había sido una persona fuerte, de gran salud. Había muerto, al parecer, de inanición. La Larue había estado a punto de disolverse a consecuencia de una extraña enfermedad, una dolencia sin nombre, Ahora era joven, fuerte y atractiva como antes. C'est tout. Nadie puede basar un proceso criminal en eso. En fin, la pobre masseuse fue recientemente enterrada en Saint Supplice, y la Lame, por sugerencia de la policía, se trasladó a Buenos Aires. ¿Qué hizo alli? Cualquiera puede suponérselo.

Veamos ahora qué es lo que tenemos... Ello no constituirá una prueba, pero podemos hablar de unos hechos: Larose, Larue, Leroy. Estos nombres son bastante similares. Una Madelon Larose qúe está a punto de morir, aparentemente, a causa de una rara enfermedad -de vejez, quizás-, establece contacto con una joven y recupera la salud y. por lo visto, la juventud, en tanto que la otra persona fallece, seca como una naranja chupada. Esto ocurre en 1867. Una generación más tarde, una mujer llamada Madelon Larue, que se acomoda a la descripción de la Larose perfectamente, se ve afectada por la misma dolencia, y recupera la salud, como le había pasado a la Larose, dejando a su espalda los restos de lo que había sido una joven fuerte, vigorosa, con la que había estado asociada. Esto sucede en 1910. Ahora, en nuestra época, una mujer llamada Madelon Leroy...

-Pero... ¡todo esto es una cosa totalmente fantástica! -objeté-. Usted se limita a formular suposiciones. ¿Cómo identifica a Madelon Leroy con esas dos...?
-Siga escuchándome... Concédame unos momentos más, amigo mío- dijo De Grandin-. Usted se acordará, seguramente, de que nada más entrar la Leroy en nuestro campo de observación me sentí interesado...
-Ciertamente. No apartaba los ojos de ella...
-Précisement. Porque, parbleu!, en el momento en que la tuve delante me pregunté: «¿Dónde has visto tú esa cara antes, Jules De Grandin?» Me contesté en seguida: «No trates de engañarte a ti mismo, Jules. Sabes muy bien dónde la viste por primera vez. Se trata de Madelon Larue, la misma mujer que te causó tanta impresión cuando la viste bailar nu comme la main en el Théâtre Français en tus buenos tiempos. Volviste a verla, con todo su encanto y belleza, cuando llevabas a cabo indagaciones sobre la muerte de su joven y robusta masseuse. ¿Te acuerdas, Jules De Grandin?»

Sí que me acuerdo, me dije.
Muy bien, Jules, seguí interrogándome. ¿Y qué hace esta encantadora dama aquí hoy, al parecer con los mismos años que en 1905, o en 1910? Tú te has hecho mayor, tus amigos han envejecido... ¿Es que ella constituye una excepción de la regla general? ¿Va a estar siempre lozana, fresca, indiferente al paso del tiempo como la luz de la luna? La lógica más elemental te dice, Jules, que esto no puede ser, que esto se aparta de la norma que rige la vida de los seres vivos», continué considerando. Bueno, ¿y qué ocurre después? Hay una gran velada. Mademoiselle Leroy se enfrenta con su público. Nos vemos, nos miramos a los ojos, nos reconocemos mutuamente, pardieu! En mí, ella ve al juge d'instruction causante de algunas situaciones embarazosas años atrás. En ella, yo veo... ¿Qué puedo decir? De todos modos, nos reconocemos, y ninguno de los dos nos sentimos felices con tal reconocimiento mutuo. No, desde luego que no.

Al día siguiente, por la tarde, fuimos al sanatorio para ver a Mazie. La encontramos más mejorada, pero todavía muy débil e inquieta.

-¿Cuándo voy a salir de aquí? -inquirió la joven-. Por favor... Tengo un compromiso al que no quiero faltar, y me encuentro ya tan repuesta...
-Precisamente, mademoiselle -contestó De Grandin-. Estás mucho mejor, en efecto, Y no tardarás en recuperarte por completo. Para ello bastará con que tu organismo se empape de alimento comme une éponge.
-Pero...
-Pero... ¿qué? -inquirió De Grandin, enarcando las cejas expresivamente-. ¿A qué viene ese «pero»? Explícate.
-Se trata de Madelon Leroy, señor. Yo estaba ayudándola...
-No lo dudo ni por un momento -manifestó mi amigo, asintiendo-, ¿En qué forma?
-Dice que mi juventud y mis energías le dan fuerzas para seguir... Está realmente al borde de una crisis, ¿sabe usted? Asegura que mis visitas le confortan, que suponen mucho para ella...
La severa mirada que sorprendió en el doctor De Grandin hizo guardar silencio a la muchacha momentáneamente.
-¿Qué ocurre, doctor? -inquirió luego.
-Escúcheme, Mazie, ¿Qué pasaba en el curso de tus visitas a la «suite» de esa dama, en el hotel?
-Nada, nada en realidad, Madelon.., Me permite que la llame así, ¿no es maravilloso? Madelon se encuentra tan fatigada que apenas habla, Se tiende en una chaise-longue y hace que le coja las manos y que le lea. No he visto nunca unas negligées más bonitas que las suyas... Luego, tomamos el té. Ella se acurruca entre mis brazos, como si fuera una niña. A veces sonríe en su sueño. Parece entonces un ángel...
-¿Y tú disfrutas con esta amistad, hein?
-¡Oh, sí! ¡Mucho! Nunca había vivido una cosa tan maravillosa.
De Grandin sonrió al incorporarse.
-Bien. Dentro de unos años, esto constituirá para ti un feliz recuerdo, estoy convencido de ello. Entretanto, si te vas recuperando como hasta ahora, dentro de unos días...
-Pero... ¿Y Madelon?
-Iremos a verla y se lo explicaremos todo, ma petite. Sí. No faltaba más!
-¿Lo hará usted así, doctor? ¡Es usted muy bueno!
Mazie despidió a De Grandin con una sonrisa y se acomodó en el lecho para entregarse al sueño.
-La doncella de la señorita Leroy ha llamado tres veces hoy -nos explicó Jane Schaeffer, cuando nos detuvimos en su casa unos minutos, de regreso del sanatorio-. Parece ser que aquélla se encuentra enferma y siente unos deseos enormes de ver a Mazie...
-Ya me lo imagino -contestó De Grandin, secamente.
-Da la impresión de sentir un gran afecto por mi hija... Le conté finalmente lo que habían dicho ustedes, diciéndole dónde paraba ahora Mazie...
-¿Hizo usted eso? -inquirió De Grandin, como tragando saliva.
-¿Qué hay de malo en ello? Me figuré que...
-Ha cometido usted un error, madame. Recordará que le dijimos que la chica no podía recibir visitas. Vamos a poner remedio a la cosa, con la mayor rapidez posible, pero si a su hija le ocurre algo suya será la culpa. Bon jour, madame!
De Grandin hizo sonar sus tacones al mismo tiempo que hacía una fría reverencia.
-Vámonos, amigo Trowbridge. Tenemos cosas por hacer, cosas que no admiten el menor aplazamiento.
Una vez en la calle, explotó como un petardo.
-Nom d'un chat de nom d'un chien de nom d'un coq! Uno puede intentar defenderse ante los enemigos mal intencionados; en cambio, frente a la ingenuidad o la ignorancia no se puede hacer nada generalmente, pardieu! Vamos, amigo mío. La rapidez viene a ser aquí ahora lo más esencial.
-¿A dónde tenemos que ir? -pregunté al poner en marcha el motor del coche.
-¡Al sanatorio, diablos! Si no nos damos prisa puede ser que lleguemos demasiado tarde.

El azul con que se ofrecían a la vista las distantes Montañas Oranges había perdido intensidad a causa de la calina de la tarde veraniega. La cinta de asfalto de la carretera se alargaba interminablemente a nuestras espaldas.

-¡Más de prisa, más de prisa! -dijo De Grandin, apremiante-. Tenemos que correr todo lo que podamos, amigo Trowbridge.
Unos minutos después teníamos a la vista un gran automóvil negro, muy elegante. Los ojillos de De Grandin escrutaron atentamente el vehículo.
-¡Es el de ella! -exclamé-. Tenemos que adelantarle... ¿No puede usted sacarle más rendimiento a este moteur?

Pisé a fondo el acelerador y la aguja indicadora de la velocidad se inclinó un poco hacia la derecha. Ochenta, ochenta y cinco, noventa... Con cada revolución de las ruedas se aminoraba la distancia que nos separaba del otro vehículo. El conductor del otro automóvil debía de habernos visto en el espejo retrovisor del coche. O quizá estaba pendiente de nosotros su pasajera. El caso es que también aceleró, despegándose, desvaneciéndose en una curva a los pocos minutos, entre un remolino de polvo y de humo de su tubo de escape.

-Parbleu! Pardieu! Par la barbe d'un porc vert! -exclamó De Grandin- Se nos escapa, corre más que nosotros...

Un enervante chirrido de frenos, seguido de un golpe sordo, le hizo callar. Al doblar por fin la curva se nos ofreció a la vista el gran sedán negro volcado a un lado de la carretera, con las ruedas girando al aire alocadamente; tenía el parabrisas y los cristales de las ventanillas destrozados. Del capó del motor salía una columna de humo.

-Triomphe! -exclamó mi amigo, al tiempo que se apeaba, nada más detener yo nuestro coche, para echar a correr en dirección al automóvil siniestrado-. ¡Ya la tenemos en nuestras manos, Trowbridge!

El chófer se habla quedado detrás del volante. Hallábase inconsciente, pero no sangraba. En los asientos posteriores había dos mujeres: una muy fornida, en la que reconocí a la doncella de la señorita Leroy; envuelta en velos, hasta el punto de parecer un fantasma gris, vi a Madelon Leroy, una figura muy diminuta al lado de su criada.

-Cuide de ese hombre, amigo Trowbridge -me ordenó De Grandin, cuando ya había dejado caer la mano sobre el tirador de una de las puertas traseras-. Yo me ocuparé de sacar de ahí a esas mujeres.

Haciendo acopio de fuerzas, extrajo del coche a la doncella, desmayada, depositándola en un lugar seguro. Después, concentró su atención en Madelon Leroy. Yo me las había arreglado para dejar al chófer junto a la carretera. Segundos después, surgió una llamarada del sedán siniestrado. El depósito de gasolina estalló como si hubiera sido una bomba, saliendo proyectados en todas direcciones numerosos trozos de vidrio.

-¡De buena nos hemos librado! -exclamó, jadeante, abandonando el árbol cuyo tronco utilizara como parapeto-. Si tardamos unos momentos más en llegar esta gente hubiera ardido con el coche.
De Grandin asintió, un tanto absorto.
-Si usted se queda aquí con ellos yo intentaré localizar un teléfono para llamar a una ambulancia... Estas personas necesitan cuidados inmediatos, especialmente mademoiselle Leroy. ¿Tiene usted influencia en el Mercy Hospital?
-¿Que si tengo...? No le entiendo, De Grandin.
-Quiero que se ocupe de que estas personas queden instaladas en habitaciones independientes. Si es así, todos saldremos ganando con ello.

Nos sentamos junto a la cama de ella, en el Mercy Hospital. El chófer y la doncella ocupaban sendas habitaciones. A Madelon Leroy le había sido asignada una «suite» en el último piso. El sol se acercaba al ocaso, convertido en una especie de balón carmesí, flotando en un mar rosado; una leve brisa jugaba incansablemente con las blancas cortinas de la ventana. De no haber conocido su identidad, ninguno de nosotros habría dicho que la mujer que se encontraba en aquella cama era la atractiva, la deslumbrante Madelon Leroy. Su faz aparecía lívida, casi gris, de un gris verdoso; a través de la piel se adivinaban las líneas de su cráneo... Tenía las sienes hundidas, como los ojos; la nariz se había hundido extrañamente también, acortándose, haciendo más saliente la mandíbula y los arcos superciliares. Unas venitas azules acentuaban la extrema palidez de las mejillas, dando al rostro una apariencia de objeto de cera; las orejas eran casi transparentes; los labios se habían resecado, replegándose sobre los dientes, como si la mujer se esforzara para hacerse con un poco de aire.

-Mazie -murmuró, en un débil susurro-: ¿dónde estás, querida? Ven... Ha llegado la hora de nuestra siesta. Tómame en tus brazos, querida; apriétame contra tu frente y juvenil cuerpo...
De Grandin se incorporó, inclinándose sobre el lecho, mirándola no como un médico mira siempre a un paciente que sufre, sino con la frialdad del ejecutor que estudia a la persona condenada.
-Larose, Larue, Leroy... como quiera usted llamarse.. Ha llegado por fin a la meta de su viaje por la vida. Ya no dispone de víctimas que puedan renovar su pseudojuventud. Llegó un día al mundo (le bon Dieu sabe cuantos años hace de eso) y ha sonado para usted la hora de irse.
La mujer volvió hacia él los ojos, unos ojos sombríos, sin el menor brillo. En su marchita faz fue apareciendo trabajosamente una expresión elocuente: le había reconocido.
-¡Usted! -exclamó en voz muy baja, delatadora de un gran pánico-. Por fin me has encontrado... Tú, mi enemigo.
-Tu parles, ma vielle -replicó De Grandin, con naturalidad-. Tú lo has dicho. Te he encontrado por fin. No me fue posible materialmente evitar que absorbieras la vida de aquella desgraciada persona en 1910; tampoco pude interponerme entre tú y la joven de los días de Napoleón III. Pero esta vez estoy aquí, sí. Todo queda atrás ya; el fin se aproxima.
-Ten piedad de mí -rogó ella, temblorosa-. Ten piedad de mí, hombre cruel. Yo soy una artiste, una gran actriz. Mi arte hace felices a millares de seres. Durante años, he llevado un poco de alegría a los que vivían tristes o atribulados. Compáreme con otras mujeres... ¿Qué representan a mi lado las campesinas, las hijas de los comerciantes, las de la bourgeoisie? Yo soy Claro de Luna, la luz de la luna reflejándose en unas aguas remansadas; la dulce promesa del amor todavía no logrado...
-Tiens... Yo creo que la luna se está poniendo, mademoiselle -dijo De Grandin, interrumpiéndola secamente-. Si desea los auxilios de un sacerdote...
-Nigaud, bête, sot! -susurró ella. Y su susurro fue como un apagado grito-. ¡Estúpido! ¡Necio! ¡Hijo de padres imbéciles! No necesito a mi lado a ningún sacerdote, no quiero que me hablen de arrepentimientos ni de redenciones. Lo que sí deseo es recuperar mi juventud y mi belleza. Haz venir aquí a una muchacha limpia, joven, llena de salud...

Ella se interrumpió al ver una dura mirada en los ojos de De Grandin. Apenas tenía fuerzas ya para insultarle. Pero de sus labios salieron todavía epítetos que habrían hecho enrojecer de vergüenza a una comadre de los muelles de Marsella. De Grandin encajó aquel discurso con serenidad. Ni sonreía ni se mostraba irritado. Había en él una aire de indiferencia total, como si en aquellos instantes se hubiese hallado en un laboratorio, observando en el microscopio un nuevo y curioso espécimen.

-Eres una bestia, un perro, un cerdo -siguió diciendo la mujer-. Desciendes de apestosos camellos... Eres un hijo bastardo de una gata callejera y de un demonio de los infiernos...

Los médicos estamos habituados al espectáculo de la muerte. Al principio de nuestra carrera, ésta nos causa siempre una gran impresión; luego, nos acostumbramos. Sin embargo, en aquel caso, no pudé evitar un escalofrío, al observar el cambio que se estaba operando a mi vista. La azulada blancura de su piel tomó un tinte verdoso; todo parecía indicar que los microorganismos de la putrefactión operaban ya en ella; el rostro de la mujer se pobló de arrugas que eran como las grietas que se abren en el hielo; el tono rubio de sus cabellos se trocó en un tono amarillento sin brillo; las manos que asomaban por encima de las sábanas parecían las garras de un animal muerto y disecado. La cabeza de la mujer se incorporó un instante sobre la almohada; los ojos estaban enrojecidos y carecían de vida. Bruscamente, se quedó sentada en el lecho, doblándose en seguida por la cintura como una burda muñeca rota; las manos buscaron su propio pecho, agitado por una tos estértórica. Luego, cayó sobre su espalda, quedándose inmóvil.

No se oía nada, absolutamente nada en la habitación mortuoria. Ningún sonido llegaba hasta allí por las abiertas ventanas. El mundo parecía haberse paralizado con la quietud de la puesta del sol. Nora McGinnis habíase superado aquella noche. La cena que nos ofreció habría representado la máxima satisfaeción para un buen «gourmet». Su ternera en salsa agridulce fue un regalo para nuestros paladares; lo mismo que sus pastelillos, sus quesos, su melocotón y la compota de ciruela. De Grandin apuró con delectación su taza de café; luego, sonrió como un querubín; a continuación aspiró el aroma de su Chartreuse vert con los ojos entreabiertos...

-¡Oh, no, amigo mío! -me dijo-. No puedo ofrecerle una explicación adecuada. Esto es como la electricidad: nos beneficiamos de sus efectos a cada paso, pero nada sabemos en cuanto a sus orígenes.

Ya le dije que la reconocí nada más verla. Pero no acertaba a tomar en serio mis sospechas. Para esto, tuvo que reconocerme ella. Luego, me di cuenta de que nos enfrentábamos con algo maligno, con algo que rebasaba la experiencia cotidiana, aunque no se tratara de nada sobrenatural. Ella fue una especie de vampiro, un vampiro diferente de los tradicionales. El vampiro normal posee vida en su muerte. Ella permaneció enteramente viva. Seguiría así mientras encontrara en su camino víctimas frescas. De una manera u otra, Dios sabe cómo, adquirió la habilidad de absorber la vitalidad, la fuerza de las mujeres jóvenes y vigorosas, tomando de ellas todo lo que podían darle, dejándolas virtualmente vacías, hasta tal punto que sus víctimas perecían a consecuencia de su extrema debilidad, mientras que la actriz estrenaba una nueva juventud, gozando de un renovado vigor.

De Grandin hizo una pausa para encender un puro, añadiendo a continuación:
-Usted sabe que se admite generalmente que cuando un niño duerme con una persona de edad, o inválida, aquél cede su vitalidad a su compañero de lecho. En el «Libro de los Reyes» leemos que David, rey de Israel, al llegar a la edad madura, encontrándose muy debil, era reforzado por tal procedimiento. Ella se valía de un proceso similar, pero mucho más acentuado.

En 1867 necesitó sesenta días para pasar de una juventud aparente a la edad avanzada. En 1910, el proceso duró dos semanas o diez días; este verano, se nos presentó joven por la mañana y al día siguiente era una anciana o mujer de edad madura, al menos. ¿Cuántas veces, entre los días de mi gran' père y los nuestros renovó su juventud y su vida valiéndose de jóvenes amigas? No lo sabemos... Estuvo en Italia y en América del Sur. Sólo le bon Dieu sabe qué otras partes del mundo visitó. Hay, no obstante, una cosa que parece ser cierta: con cada renovación de su juventud se tornaba más débil. Incidentalmente, habría llegado así al momento de la transformación casi repentina, a un instante en el que no hubiera dispuesto de tiempo para encontrar una víctima a la que «chupar», por así decirlo, su vitalidad.

Mazie había sido escogida como víctima esta vez, y de no haber estado nosotros donde estuvimos... Eh bien! Yo creo que tendríamos otra tumba en el cementerio, gracias a la cual mademoiselle Leroy proseguiría sus actuaciones teatrales. Sí, sin duda. ¿Desea usted saber algo más? -inquirió De Grandin, al ver que yo no formulaba ningún comentario.

-Hay una o dos cosas que me desconciertan -respondí-. En primer lugar, quisiera saber si existe alguna relación entre su poca corriente habilidad para rejuvenerse a expensas de otras personas y su negativa a verse fotografiada. ¿Cree usted acaso que pudiera comportarse así, por otra parte, persiguiendo un efecto publicitario?
De Grandin consideró mi pregunta durante unos instantes, replicando luego:
-No, no es eso... Sucede que el objetivo de la cámara fotográfica es más detallista que nuestros ojos. Un buen maquillaje puede engañar al ojo humano; las lentes de la cámara, en cambio, van más allá, mostrando todas las imperfecciones, por menudas que sean. Por esta razón, seguramente, no quería que le hiciesen fotografías. ¿Se hace usted cargo?
Asentí.
-Otra cosa. Usted dijo en una ocasión a Mazie que estaba seguro de que el episodio de su amistad con la Leroy constituiría un bonito recuerdo en su vida. Usted ya sabía entonces a qué atenerse con respecto al proceder de la mujer, es decir, sabía que se valía de las jóvenes para, sin la menor piedad...
-Pues sí, es verdad que estaba entonces ya al cabo de la calle. Mazie se había relacionado con una extraña y bella actriz; la adoraba con el ardor que solamente pueden sentir las jóvenes por una mujer mayor y más mundana. De haberle dicho la verdad, se habría negado a creerme, y además yo habría atentado contra el ideal que su mente se había forjado. Es mejor que siga conservándolo, que se mantenga en una feliz ignorancia acerca de la verdadera condición de la persona que consideró amiga, respetando su recuerdo para siempre. ¿Por qué privarle de algo bello cuando guardando silencio, simplemente, podemos ayudarla a conservar un grato recuerdo?
Una vez más, hice un gesto afirmativo.
-Resulta difícil de creer todo esto, pese a haber sido testigo de ello -confesé-. Estoy dispuesto a aceptar su tesis, pero se me antojó algo cruel dejarla morir de aquel modo, aunque...
-Créame, amigo mío -dijo De Grandin, interrumpiéndome-. Ella no era una mujer realmente auténtica. ¿No recuerda lo que dijo de sí misma antes de morir? Manifestó que era un clair de lune, luz de luna, carente por completo de edad y de pasiones. El suyo era un egotismo llevado a ilógicas conclusiones; tratábase de un ser cuyo egoísmo iba más allá de otros pensamientos y propósitos. Era una rara, una extraña cosa, sin sentido acerca del bien o del mal, de la justicia o la injusticia, como un fauno o un hada, o cualquier otra grotesca criatura salida de un viejo libro de magia.
De Grandin apuró hasta la última gota del licor que había en su copa, alargándome ésta, ya vacía.
-Yo repito, si es usted tan amable, amigo mío.

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Re: RELATOS DE VAMPIROS

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