LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Mar Ago 27 2013, 00:20



9ª  MUCHOS HEMOS FANTASEADO

Muchos hemos fantaseado alguna vez con poseer la habilidad
de los famosos hombres lobo que cuando la luna aparece en el cielo
cambian de forma convirtiéndose en grandes y feroces lobos
con una fuerza superior a la de estas bestias y una notable
invulnerabilidad ante las armas tradicionales:
solo una bala de plata es capaz de asestarles un daño mortal,
en la antigüedad misma se descubrió que los licántropos
lo eran por herencia, mas probabilidad había de poseer este don
o maldición si en nuestra familia había existido alguien que la
haya tenido, también se dice que uno puede convertirse en
hombre lobo diciendo unas oraciones a la luz de la luna llena
 vestido tan solo con un ungüento especial y un cinturón hecho
de piel de lobo, la otra forma mundialmente conocida y famosa
en películas es el ser mordido por un hombre lobo a lo que nos
llevaría a tener la maldición de allí en adelante, existen numerosos
escritos y grabados de pueblos europeos antiguos que relatan
como algunas personas cambiaban de forma a voluntad o a causa
de la influencia de la luna para convertirse en lobos y atacar a los
pobladores, la forma de matarlos era atacarlos en su forma humana
y cortarles la cabeza para luego hacer arder en una hoguera
sus restos mortales y así impedir que puedan regenerarse con la
próxima luna llena, cualquiera sea la verdad sobre esto es una
realidad que los casos de licántropos son muy raros hoy en día
ya que no se ven muchas denuncias ni historias en ningún lugar
del mundo lo que nos lleva a pensar que la posibilidad
de convertirse en un hombre lobo es
realmente improbable hoy en día.

Publicado por Jumasa


Bond
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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Miér Ago 28 2013, 02:06

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Miér Ago 28 2013, 06:48



Lycaon el primer Hombre Lobo

la leyenda de hombres capaces de convertirse en lobos es muy antigua, la primera de la que se tiene constancia pertenece a la mitología griega y narra la historia de Lycaon el primer rey de Arcadia, esta cuenta como Lycaon fundo un culto pagano a los dioses del Olimpo y en sus ceremonias cometía atroces asesinatos en sus cultos paganos, asesinando a personas inocentes como ofrenda a su supuesto Dios y ofreciendoes su sangre como prueba de su devoción.

Cuando las historias de las atrocidades que cometían Lycaon y su grupo llegaron a oídos del Dios Zeus, este decidió investigar si eran ciertas las brutales historias que le narraban. Al comprobar que todo era cierto, se presentó ante estos y les reveló su identidad para pedirles explicaciones y administrarles un castigo, los miembros del culto enseguida le hicieron ofrendas para enmendar sus atroces ceremonias, pero Lycaon no creyó que se tratara del Dios Zeus y para probar si era en realidad la Deidad que anunciaba ser, le preparó un festín consistente en carne humana de un niño, pensado que si era el verdadero Dios se daría cuenta enseguida y rechazaría la comida ya que el canibalismo era un pecado muy grande en la cultura griega.

Zeus reconoció inmediatamente en que consistía la cena y la repudio, ante esto y para evitar la ira de Júpiter, Lycaon huyó al campo; una vez allí Lycaon se dio cuenta de lo que Júpiter tenía reservado para él, y lentamente comenzó a transformarse es un hombre lobo.

El termino licantropía que designa a las personas que se creen lobos deriva del nombre Lycaon.





La creencia de que una persona puede transformarse en lobo esta en casi todas las culturas del mundo, entre las que podemos mencionar:
ARGENTINA: Lobisón es la palabra para llamar al hombre lobo en el norte de Argentina, es el séptimo hijo varón, cuando se convierte en una criatura, con mucho pelo que se asemeja a un lobo, éste vaga por las colinas y montañas y se alimenta principalmente de carroña, pero si se cruza con un ser humano lo atacará y si sobrevive se convertirá en lobisón, otra forma de convertirse en lobisón. En principios de 1900 la leyenda del séptimo hijo varón estaba tan extendida por la República que causó muchos abandonos de bebés como también que muchos se dieran en adopción, y se dice que en algunos casos los padres mataron a sus propios hijos. Debido a esto se promulgó una ley en 1920 a través de la cual el Presidente de la Nación es el padrino del séptimo hijo varón de una familia, con esto el Estado le da al niño una medalla de oro en el día del bautismo y una beca para sus estudios hasta los 21 años de edad. Supuestamente esto terminó con el fenómeno de las familias que abandonaban a sus hijos. La ley tiene todavía sus efectos pero ya es una tradición popular que el Presidente apadrine al séptimo hijo varón.

BRASIL: Bastante parecida a la leyenda argentina en Brasil el séptimo hijo varón se convertirá en lobisomen por primera vez cuando cumpla 13 años solamente por dos horas desde la medianoche hasta la dos de la mañana, durante los viernes de la Cuaresma.

FINLANDIA: Generalmente en Finlandia una persona se convierte en hombre lobo por un hechizo que le hace una bruja a una persona, y son hombres lobos durante días y noches hasta que acaba el hechizo, la forma de romper el hechizo es que una persona lo reconozca y lo llame por su nombre o le de pan para comer.

MEXICO: Se llaman nahual, y es básicamente una leyenda azteca esencialmente se trata de un hechicero capaz de transformarse a voluntad en un coyote negro, en los tiempos pre hispánico fue una leyenda en la que creían muchas personas. Aun cuando los conquistadores españoles no creyeron mucho en esta leyenda sí estaban muy influenciados por leyendas europeas sobre hombres que se transforman en lobos.

Aún hoy en día hay varios grupos indígenas que creen que las personas pueden voluntariamente transformarse en coyotes u otros animales a través de la magia y la hechicería. De acuerdo a las creencias actuales las personas pueden transformarse en animales salvajes haciendo las siguientes cosas: saltando encima de una cruz de madera; entrar en un sueño profundo envuelto en una piel de animal o cubriéndose el cuerpo con un ungüento hecho con hierbas.No todos tienen la capacidad de transformarse en animales, sólo tienen esta capacidad algunas personas, aparte también tienen que ser hechiceros experimentados.

RUSIA: La persona que desea transformarse en hombre lobo, se interna en un bosque y clava un cuchillo de cobre en un árbol y baila alrededor de este mientras canta determinados conjuros, después de realizar este conjuro el espíritu del lobo tomará su alma.

De acuerdo a las distintas tradiciones las siguientes son las formas más conocidas de transformarse en un hombre lobo:

Comer cerebro de un lobo.
Comer carne de lobo asada.
Vestir una piel de lobo.
Llevar un cinturón hecho con la piel de un delincuente ejecutado.
Ser mordido por un hombre lobo.
Para matar a un hombre lobo la forma más famosa y conocida es con una bala de plata, pero puede ser también una daga o cuchillo de este metal; otros métodos para aniquilar a un hombre lobo son: pegarle en la cabeza con una vara de hierro; hacer que coma algo salado o beba agua con sal; rociarlos con agua bendita.

En general una persona que en las noches de luna llena se transforma en un lobo, durante el día es una persona normal pero tiene ciertas características que podrían delatar tal condición, por ejemplo: tener extraordinariamente largo el tercer dedo de las manos, generalmente duermen con la boca abierta, tener en la forma humana las heridas adquiridas cuando era lobo, un hombre lobo queda exhausto después de la transformación y necesita mucho tiempo para su recuperación.



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Miér Ago 28 2013, 06:55




En tiempos no muy lejanos existía una pareja de novios, se amaban más que nada en el mundo, ella de ojos verdes y piel blanca oriunda de Maracaibo Edo y él, un joven llamado Zulia, moreno de ojos negros profundos y cabellos largos oriundo de Guatire, Caracas.
Un viernes noche quedaron para salir con unos amigos pero él se retrasó por un incidente inesperado, había sido atacado por un enorme lobo siberiano que le regaló una antigua compañera de trabajo, un lobo de ojos azules y piel oscura, parecía una bestia sacada del mismísimo infierno.

A pesar de su retraso consiguió llegar a la esperada cita, pero algo andaba mal, un grupo de chicos, entre ellos el antiguo novio de la chica, empezaron a molestar al joven que ya estaba herido por el ataque del animal pero aún así se abalanzó sobre los malhechores, aunque no pudo hacer nada y resultó apaleado.

Pasó el día y juró vengarse.
El día siguiente pasó para el joven lentamente, aunque sus heridas sanaron de forma sorprendente, asombrado y confuso por todo lo acontecido decidió visitar a una bruja, ella, con solo ver sus ojos se dio cuenta de que había sido poseído por la marca de la bestia, pero había algo misterioso dentro de él, algo que no dejaba que el ser malévolo se apoderase completamente de su alma.

Por fin llegó la noche, noche de luna llena, sólo faltaba un minuto para las doce, nuestro desafortunado amigo se encontraba en la azotea de un edificio, y justo al sonar el gran reloj de la plaza, sus ojos se volvieron rojos, sus costillas empezaron a sufrir modificaciones genéticas, su corazón latía a paso veloz mientras recordaba con gran sufrimiento a la mujer que amaba, entre la confusión gritó con todas sus fuerzas su nombre acabando con un gran aullido, la transformación se había realizado, había cruzado la puerta entre la realidad y lo fantástico, el hombre lobo había dejado de ser una leyenda urbana.

La ganas de comer y saborear la sangre humana ya eran incontenibles así fue como sucedió, se dirigió a un centro comercial repleto de personas, se escuchó un fuerte aullido, pero la gente pensó que se trataba de una atracción más del centro comercial, pero no, sus peores temores se habían hecho realidad, ahí estaba el hombre lobo, dispuesto a matar a todo ser viviente en ese lugar, dedos, orejas, pies, corazones y cabezas, estaban desplegados a lo largo del centro comercial, él ya había cometido su primera masacre.

Pero su instinto asesino todavía estaba latente, era la hora de la venganza, había que encontrar a los chicos que le dieron la paliza el día anterior, cuando los encontró los mató uno a uno brutalmente, con el suspiro de un alma que vaga en soledad pasó el resto de la noche delante del balcón donde dormía su amada, simplemente observándola, eso le bastaba. Los instintos asesinos del lobo se convertían en instintos de protección cuando estaba cerca de ella.

Pasaron los días y continuó matando para alimentarse y todos los días después de saciar su sed de sangre acudía para observar a su amada.

Un día cualquiera se acercó para observarla como cada noche pero vio como la chica estaba en peligro, estaba siendo agredida por unos ladrones, eran muchos, cuando vieron acercarse a la enorme bestia comenzaron a dispararle hasta que el cuerpo del animal cayó al suelo convirtiéndose en hombre, los delincuentes asustados se marcharon y la indefensa chica lo dejó tirado para buscar ayuda, había que salvar su vida como fuese, pero al volver, su cuerpo ya no estaba pero la luz de la luna llena dejaba ver entre las sobras las siluetas oscuras de unos nueve o diez lobos.
Nunca se ha vuelto a ver al chico lobo pero en algunas noches de luna llena se escuchan aullidos y el nombre de la chica a lo lejos…
 

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Miér Ago 28 2013, 07:08





“Santiago”,
 
El día que Santiago despertó en aquel hospital, lo último que pasó por su mente es que moriría antes de llegar el mañana. Estaba en una habitación de baldosas blancas, acostado en una cama de sabanas azul marino. Había otra cama, pero parecía ser el único en el lugar.

A juzgar por las ventanas, tapadas con persianas, que dejaban pasar algún que otro rayo de sol brillante dedujo que era de día.
Apenas si se podía mover, no sentía nada en absoluto. Ladear la cabeza le resultaba un esfuerzo monumental, pero fue necesario para ver el justo instante en que una mujer de cabello cobrizo y ojos rojos de tanto llorar entraba en la habitación.
 
-¿Qué pasó? –preguntó Santiago con un hilo de voz ronca, casi inaudible.
Al parecer ella le escuchó, puesto que de inmediato se lanzó a su cama. Sin dar tiempo para explicaciones, la pelirroja lo llenó de besos y caricias, sin faltar una que otra lágrima de felicidad mezclada con alivio.
 
-Gracias a Dios que estas bien –soltó al mujer entre sollozos, al hablar se apretaba otro poco a Santiago, quien era todo confusión, como si intentase no soltarlo jamás.
 
-¿Qué fue lo que pasó, Marta? –volvió a preguntar Santiago, conmovido por las lágrimas de la mujer, su mujer.
Haciendo uso de toda su fuerza de voluntad hizo reposar su mano sobre la melena rojiza de Marta. Ella le abrazó aun con más fuerzas en respuesta. Al poco tiempo dejó llorar.
 
Cuando por fin consiguió serenarse, Marta se sentó en la orilla del colchón y empezó a contarle lo ocurrido: Según los paramédicos, él, Santiago, fue encontrado inconsciente, con gran pérdida de sangre y con una gran mordida en todo su hombro derecho y hasta la mitad del brazo. Estuvo al borde de la muerte a causa de ello.
 
-Vaya, ¿todo esto por un simple ataque de un perro? –dijo Santiago poniendo la mano en su hombro lastimado y envuelto en vendas.
 
-Los doctores dijeron lo mismo, hasta te hicieron pruebas para la rabia, pero salieron negativas –comentó Marta acariciando con cariño el cabello de Santiago –. Eso los confundió, ¿Qué más pudo morderte además de un perro rabioso?
 
Luego de comer su primer alimento sólido en días, Santiago se sintió como nuevo, repuestas todas sus energías. Al poco rato apareció el doctor de turno dando buenas noticias: podía irse a su casa cuando quisiera. Faltaba más. En menos de lo que canta un gallo ya estaba montado en un taxi.
 
A pesar de sentirse mucho mejor, todavía hacer ciertas tareas le resultaban muy trabajosas. Por lo cual necesito la diligente ayuda de Marta para subir los tres pisos de escaleras del edificio donde vivían antes de llegar a su apartamento.
Al abrir la puerta sintió como el aire, impregnado con toda clase de aromas familiares, le llenaba los pulmones. Cuando pasó por el corredor que llevaba a la estancia principal sus ojos se posaron en una escena que le resultó un tanto conmovedora: una abuela jugando con su nietecito, ambos sentados en el suelo y muy alegres.
 
El niño se dio la vuelta, al ver a Santiago entrar se fue corriendo hacia él.
-El pequeño Julio se ha portado de maravilla, a pesar de estar preocupado por su papá –explicó la abuela sonriendo cándidamente.
-Otra vez gracias por cuidarlo, mamá –se apresuró a decir Marta –. Espero que me dejes agradecerte invitándote a cenar.
-Por supuesto, siempre es un placer.
 
Durante la cena, todos alegres en la mesa, Santiago se ensimismo. Algo se le hacía diferente, algo había cambiado en su interior. Se sentía secuestrado de la realidad, como si  su alma estuviese dormida. Si alguien, en ese momento, le hubiera preguntado qué era ese sentimiento no sabría que responderle.
 
A las pocas horas trató de dormir, pero sus pensamientos lo atormentaban. Nada más se retorcía en la cama.
-¿Qué tienes? –preguntó Marta tras ser despertada por los movimientos de su marido.
-Nada, estoy bien –contestó Santiago, intentando no preocuparla.
 
Se levantó. Si él no podía dormir, eso no lo daba derecho de mantener en vela a los demás. Fue al baño, al encender la luz se vio en el espejo pegado sobre el lavabo.
 
Era un hombre de contextura promedio, de marcados rasgos latinos, corto cabello rizado, piel bronceada, barba dejada crecer por varios días y ojos que se confundían entre el negro y el café. Al mirarse con mayor detalle notó lo enfermizo de su aspecto, se veía un tanto pálido, perlas de sudor frío cubriéndole el rostro.
 
Abrió el grifo, se lavó la cara con agua abundante; tratando de espantar su mal aspecto con agua y con jabón, a su vez que intentaba limpiar su mente de aquellos pensamientos que lo acongojaban.
 
Cuando terminó alzó el rostro empapado, tanteando con la mano en búsqueda de una toalla.
 
Se estremeció con violencia, el corazón le dio un vuelco, como su le hubiera saltado a la garganta. Se resbaló, cayendo de espaldas. Se golpeó la nuca y espalda contra la pared. Respiraba pesadamente. Tumbado en el piso y con las extremidades laxas Santiago se quedó escuchando el sonido del agua correr del grifo al lavabo.
 
Podía jurarlo, podía jurar una y mil veces que sus ojos ahora eran de un color amarillo brillante.
Pasaron varios minutos antes de que pudiera calmarse lo suficiente como para levantarse para verse otra vez en el espejo. Le daba curiosidad, pero el miedo también estaba presente, y sin dar su brazo a torcer.
 
Se vio en el espejo. Sus ojos eran negros o marrones, ni remotamente de cualquier otro color, mucho menos el amarillo. Todo debió ser su imaginación.
 
No podía soportar más. La atmosfera en el apartamento le resultaba insoportable a Santiago, necesitaba respirar aire fresco. Se vistió de prisa, sin prestarle atención a lo que se ponía. Al abrir la puerta de salida, Santiago miró por sobre su hombro. Creyó haber escuchado un aullido.
 
El cielo estaba encapotado. Un manto de nubes grisáceas ocultaban las estrellas. Debía ser muy de noche, hacía frío y no había casi personas o vehículos en las calles. Santiago se acurrucó en su chaqueta, empezó a caminar con paso lento hacia ningún lado en especial.
 
Santiago no quería pensar en nada, se limitaba a mirar al frente, ponía los ojos donde fuera que vaya. Intentaba vaciar su mente de todo, hasta el punto que trató de concentrarse en su respiración; sin embargo, era un esfuerzo en vano.
 
En su interior se avivaba un sentimiento de zozobra, como preparándose para un peligro inminente. Un rugido callado en su pecho, algo que se debatía por salir.
 
Entonces lo vio.
 
Un inmenso lobo de ojos amarillos se hallaba parado amenazadoramente del otro lado de la calle. El corazón le dio un vuelco a Santiago, las piernas se le trancaron, al igual que el resto de su cuerpo. No podía dejar de mirar a ese gran e imponente animal. Le aterraba y maravillaba a la vez.
 
El lobo gruñó y Santiago retrocedió por puro instinto. Un aluvión de adrenalina inundó su cuerpo. La famosa reacción que preparaba a su cuerpo a pelear o huir. Automáticamente eligió una de esas opciones. Era obvio cuál escogería. Salió corriendo lo más rápido posible. Tratando de escapar de aquel lobo, quien empezó a perseguirlo.
 
Santiago sentía como el lobo se acercaba. Lo iba a alcanzar. Una oportunidad de oro se le presentó cuando ya creía perdida toda esperanza. Cerca de a doscientos metros de donde estaba había un estrecho corredor apretujado entre dos edificios. No sabía si sería capaz de pasar por ahí, pero era su único chance de sobrevivir.
 
Las piernas de Santiago se movían con violencia, su respiración y los latidos de su corazón eran muy agitados, podía sentir que llegaba a su límite. Pero casi no se daba por enterado, no podía darse ese lujo. El lobo seguía acercándose, los gruñidos se escuchaban aun más próximos a él, como si fuera un susurro al oído.
 
Faltaba poco. Cincuenta metros, cuarenta, veinte, ya casi. Santiago pudo sentir el aliento del lobo en su nuca.
De alguna manera se escabulló en la calleja de medio metro de ancho. Se desplomó de agotamiento cuando ya se sintió a salvo. Algo le rasguñó en la mejilla. Santiago se echó para atrás, arrastrándose lejos del lobo que se debatía por entrar en el hueco demasiado pequeño para él. Ladraba, mordía y agitaba sus garras intentando alcanzar a Santiago.
 
Al poco rato se fue, pero Santiago estaba muy asustado de toparse con aquel lobo de nuevo. Por lo que, luego de serenarse, decidió seguir andando por el callejón. A ver adonde lo dejaba. Esperaba encontrarse con una salida, un pasaje seguro.
 
Mientras más se adentraba en el recoveco más estrecho se hacía, hasta el punto de rozar una pared con la espalda y la otra con el pecho. Dentro de él se albergaba cierta incertidumbre le hacía desear regresar por donde vino. Pero antes consiguió divisar la luz de un farol. Un poco más de esfuerzo y llegó a una calle bien alumbrada pero carente de gente.
 
O al menos eso parecía al principio. Apenas Santiago hubo dado un par de pasos se volvió a encontrar con el lobo, aunque en esta ocasión se limitaba a mirarle. Parecía calmado, como esperando a qué iba hacer Santiago.
 
En efecto, así era. Santiago sudaba frío, se hizo para atrás. Se preparaba para volver a salir corriendo pero se detuvo ante la silueta que se le acercaba. Un hombre bajo, pero robusto caminaba hacia Santiago con andar decidido. Bajo el alumbrado público parecía tener una piel hecha de cobre, vestía únicamente un largo y harapiento abrigo y unos pantalones cortos, iba descalzo.
 
Pero a Santiago todo eso le parecían detalles superfluos al notar los brillantes ojos dorados de aquel vagabundo. El terror lo embargó.
 
Santiago se estremeció de repente, un terrible dolor le invadió, era tan intenso que incluso el gritar le resultaba imposible. Se tumbó de rodillas y manos, el sudo ahora bañaba todo su cuerpo tenso de agonía.
 
El hombre desconocido se acercó a Santiago, le puso sus grandes manos en los hombros.
-Espero que puedas perdonarnos por esto –dijo este.
El dolor era insoportable, y ahora se le agregaba un intenso calor, una especie de fuego que parecía querer quemarle las entrañas. Se dejo caer en medio de sus retorcijones, casi parecían convulsiones epilépticas.
 
Las nubes se empezaban a despejar.
 
Santiago se arrancó la chaqueta y la camisa sin dificultad, le sofocaban. Inmensas líneas negras y retorcidas se tatuaban en su piel como par ate de magia, esparciéndose por todo su cuerpo desde su hombro derecho. Donde tenía los vendajes.
De un golpe se arrancó las vendas, las desgarró. La herida, una mordida de hace días, parecía hecha apenas hace unos minutos. De las grandes marcas de dientes y colmillos se destilaba una especie de fluido oscuro, parecía tinta, el cual era absorbido por su sangre. Era aquella ponzoña, llevada por su venas a cada recoveco de su ser, la causante de su sufrimiento.
 
Y entonces, como si todo fuera un mal sueño, todo se detuvo. No más dolor.
Respirando con dificultad, Santiago trató de incorporarse, pero no pudo. Miró al hombre desconocido desde abajo, quien le miraba con tristeza y, por alguna razón, remordimiento.
-¿Qué me está pasando? –preguntó Santiago entrecortadamente.
-Fuiste maldecido –contestó aquel hombre. A espaldas de Santiago el lobo se agazapó –. Si permitimos que esto continué te convertirás en un Hombre Lobo, un demonio que aparece con la luz de la luna llena.
 
Entonces el manto gris de las nubes se terminó de evaporar. Santiago miró al cielo, la luna plateada se encontraba bella y redonda. El efecto fue instantáneo. Santiago fue arrastrado al más profundo de los abismos mientras que su cuerpo se retorcía con aun más violencia.
 
Los huesos, carne y piel de Santiago se infundieron de aquella ponzoña oscura. Lo estaba transformando en algo monstruoso.
El hombre y el lobo no titubearon en actuar: Ambos se lanzaron contra el pobre Santiago.
 
Para cuando llamaron a Marta ya era cerca de las diez de la mañana. La noticia que recibió cambió su vida para siempre: Santiago, su Santiago, había muerto.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Miér Ago 28 2013, 07:12


El hambre

Algo andaba mal, me sentía inquieta y no paraba de picarme el cuerpo, y el hambre…había cenado más que ningún otro día pero el hambre no cesaba, me dolía la boca y la espalda, decidí ir a urgencias…

Cuando pise la calle me sentí algo mejor, pero me molestaba mi abrigo (Hubiera jurado que hacía mucho más frío) me lo quite y también el jersey de lana, así en camiseta se estaba de fábula. La poca gente me cruzaba me miraba extrañada, todo el mundo estaba tapado hasta las cejas pero yo seguía teniendo calor.

–Debo tener 40º de fiebre.

La luna era tan hermosa, no podía dejar de mirarla, resulta raro que no tropezara con algo; Un grupo de muchachos se acerco a pedirme fuego y a reírse de mi quizás…

-¡¡Abuela!! ¡¡Que uñas más largas tienes!!

-¡Si! ¿Son para rascarnos mejor? Jajajajajajaja… (Se rieron todos)

-Abuelita…¡que boca mas grade tienes! ¿es para besarnos mejor…? jajajajajajaja

Después de algunas risas más me dejaron tranquila y se fueron…



No sé que es lo que me hizo seguirles, pero (creo que fue su olor) incluso cuando los perdía de vista sabía exactamente por donde se habían ido. De pronto me sentí desfallecer (Creo que caí al suelo) no había nadie que pudiera ayudarme…y yo aullaba de dolor.



Me desperté en casa desnuda, sucia…pero sin hambre.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Miér Ago 28 2013, 08:49



10ª  “EL LOBO DE BRINNINTH”

Y por siempre hasta hoy, aúlla en las montañas claras de Brinninth
un lobo sombrío y taciturno, aunque lleno de sabiduría y cordura…
Un lobo al que se le dio una oportunidad, que rechazó tras haber
reflexionado inteligente y conscientemente.
La alternativa que le ofreció el hada que encontró en el lago
del valle era delicada, pero él decidió desecharla al haber meditado
la idea largamente, la oferta consistía en que ella le convertiría
en hombre, a cambio de que no muriera al igual que el resto de los
animales de su raza, como el último lobo de su especie en el lugar,
no acertaba a creer que su estirpe hubiera desaparecido en todo
el mundo; y todos los días buscaba por todos los rincones de la
comarca, un semejante, un igual con el que compartir sus conocimientos...
La luna y el lobo mudarse por hombre no tenía sentido para él,
porque no quería matar a la naturaleza; atribuía a los hombres,
sólo por la maldad que en ellos existía, el haber terminado uno a uno
con todos sus compañeros, una catastrófica visión que incluiría su
destrucción, no quiso ser un hombre más entre los que apedrearían
a otros como él, y transitar por los parajes por los que sus antepasados
 recorrían todo Brinninth sería la maldición con que el hada ofendida
en su orgullo, le castigó a vivir eternamente, y la bendición de haber
hecho lo correcto y satisfactorio, un tremendo lobo de enormes
dimensiones hace de las noches un escalofrío,
que sólo sentirán los que no tengan limpia el alma.


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Araghon el Miér Ago 28 2013, 10:07

Muy bueno ok1  .... seguro que gbp vendrá a menudo a este hilo risitas 




SALUDOS Invitado

Araghon
..
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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Miér Ago 28 2013, 13:26

Araghon escribió:Muy bueno ok1  .... seguro que gbp vendrá a menudo a este hilo risitas 
ok1 ok1 

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Sep 21 2013, 14:06


Bâtard.
Bâtard
, Jack London (1876-1916)


Bâtard era un demonio. Esto era algo que se sabía por todas las tierras del Norte. Muchos hombres lo llamaban «Hijo del Infierno», pero su dueño, Black Leclère, eligió para él el ofensivo nombre de Bâtard. Y como Black Leclère era también un demonio, los dos formaban una buena pareja. Hay un dicho que asegura que cuando dos demonios se juntan, se produce un infierno. Esto era de esperar, y esto fue lo que sin duda se esperaba cuando Bâtard y Black Leclère se juntaron. La primera vez que se vieron, siendo Bâtard un cachorro ya crecido, flaco y hambriento y con los ojos llenos de amargura, se saludaron con gruñidos amenazadores y perversas miradas, porque Leclère levantaba el labio superior y enseñaba sus dientes blancos y crueles, como si fuera un lobo. Y en esta ocasión lo levantó, y sus ojos lanzaron un destello de maldad, al tiempo que agarraba a Bâtard y lo arrancaba del resto de la camada, que no cesaba de revolcarse. La verdad es que se adivinaban el pensamiento, porque tan pronto como Bâtard clavó sus colmillos de cachorro en la mano de Leclère, le cortó éste la respiración con la firme presión de sus dedos.

-Sacredam -dijo en francés, suavemente, mientras se quitaba con un movimiento de la mano la sangre que, rápida, había brotado tras la mordedura, y dirigía la vista al cachorrillo que jadeaba sobre la nieve, tratando de recuperar la respiración.

Leclère se volvió hacia John Hamlin, el tendero de Sixty Mile Post.

-Por esto es por lo que más me gusta. ¿Cuánto? ¡Oiga usted, M'sieu! ¿Cuánto quiere? ¡Se lo compro ahora mismo! ¡Inmediatamente!

Y como Leclère sentía un odio tan profundo por Bâtard, lo compró y le puso un nombre ofensivo. Durante cinco años recorrieron los dos las tierras del Norte, desde St. Michael y el delta del Yukon hasta los confines de Pelly, e incluso llegaron hasta el río Peace, en Athabasca, y el lago Great Slave. Y se labraron una fama de maldad indiscutible, algo nunca visto con anterioridad entre un hombre y un perro.

Bâtard no conoció a su padre, y de ahí su nombre, pero según John Hamlin, éste había sido un gran lobo gris. En cuanto a la madre, él recordaba, no con mucha precisión, que era una husky, desafiante y pendenciera, obscena, fornida, de ancha frente y pecho corpulento, de mirada maligna, con un apego felino a la vida y una habilidad especial para el engaño y la maldad. No se podía tener fe ni confianza en ella. Sólo en sus traiciones se podía confiar, y sus aventuras amorosas en el bosque atestiguaban su absoluta depravación. En los progenitores de Bâtard había mucha fuerza y mucha maldad, y él las había heredado junto con su carne y su sangre. Y entonces apareció Black Leclère y puso su mano implacable sobre el pedacito de vida palpitante que era el cachorro, y la apretó y zahirió hasta moldear toda una bestia erizada, dispuesta a cualquier canallada y rebosante de odio, siniestra, malvada, diabólica. Con un dueño adecuado, Bâtard podía haber llegado a ser un perro de trineo normal y bastante eficiente. Nunca tuvo esa oportunidad, pues Leclère no hizo más que reafirmar la iniquidad que llevaba en sus genes.

La historia de Bâtard y de Leclère es la historia de una guerra implacable y cruel, que duró cinco años y de la que es un fiel testimonio el primer encuentro que tuvieron. Para empezar, la culpa fue de Leclère, porque odiaba con inteligencia y conocimiento, mientras que el torpe cachorrillo de largas patas lo hacía a ciegas, instintivamente, sin método ni razón. Al principio, las muestras de crueldad no eran sofisticadas (esto vendría más tarde) y se reducirían a simples golpes de una brutalidad cruel. En una de estas ocasiones, Bâtard se lesionó una oreja. Nunca volvió a controlar los músculos cortados y le quedó la oreja colgando, inerte para siempre, como recuerdo perenne de su torturador. Y nunca lo olvidó.

Mientras fue un cachorro su rebeldía fue inocente. Siempre resultaba derrotado, pero volvía a la carga, porque su naturaleza lo impulsaba a volver a la carga. Y no se le podía vencer. El dolor del látigo y el garrote le hacían emitir intensos gañidos, pero, pese a todo, siempre contestaba con un gruñido desafiante, su alma exigía amargamente venganza y no dejaba de granjearse más golpes y más palos. Pero en él estaba el férreo apego a la vida de su madre. Nada podía acabar con él. Mejoraba con la mala suerte, engordaba con el hambre, y como consecuencia de esta lucha terrible por la supervivencia desarrolló una inteligencia preternatural. Suyas eran la cautela y la astucia de la perra esquimal que fue su madre, y la fiereza y el valor del perro lobo, su padre.

Probablemente, el no quejarse nunca le venía de su padre. Los gañidos de cachorro se acabaron cuando sus patas dejaron de ser larguiruchas, de modo que se hizo torvo y taciturno, rápido para atacar, lento para prevenir. Contestaba a las maldiciones con gruñidos, a los golpes con zarpazos, mostrando al tiempo su odio implacable a través de una sonrisa que dejaba ver sus dientes, pero nunca pudo Leclère hacerle gritar de nuevo de miedo o de dolor, aun estando en la mayor de las agonías. Y esta imposibilidad de vencerle no hacía más que avivar el odio que sentía Leclère y que lo empujaba a mayores maldades.

Si Leclère le daba a Bâtard medio pez y a sus compañeros uno entero, Bâtard se dedicaba a robarles los peces a los otros perros. También robaba víveres que estaban escondidos y era autor de mil fechorías, hasta que se convirtió en el terror de todos los perros y de sus dueños. ¿Que Leclère pegaba a Bâtard y acariciaba a Babette, que no era ni la mitad de trabajadora de lo que era él...? Hasta que Bâtard la tiró sobre la nieve y le rompió las patas traseras con sus fuertes mandíbulas, de modo que Leclère se vio obligado a pegarle un tiro. Del mismo modo, a través de sangrientas batallas, Bâtard dominó a todos sus compañeros, les impuso la ley del más fuerte y los obligó a vivir bajo la ley que él dictaba.

Durante cinco años no oyó más que una sola palabra cariñosa, ni recibió más que una suave caricia de una mano, así es que no supo entonces qué era eso. Saltó como lo que era: un animal salvaje, y sus mandíbulas se cerraron en un instante. Fue el misionero de Sunrise, un recién llegado al país, quien le dirigió esa palabra cariñosa y le hizo esa suave caricia con su mano. Y durante los seis meses siguientes no pudo éste escribir ninguna carta a los Estados Unidos, y el cirujano de McQuestion tuvo que recorrer quinientos kilómetros sobre el hielo para salvarle de la gangrena.

Los hombres y los perros miraban a Bâtard con recelo cuando se adentraba por sus campamentos y puestos. Los hombres lo recibían con el pie levantado, amagando darle un puntapié, los perros con el pelo erizado y enseñando sus colmillos. En cierta ocasión, un hombre dio una patada a Bâtard, y Bâtard, con una rápida dentellada de lobo, cerró sus mandíbulas, como si fuera una trampa de acero, sobre la pantorrilla del hombre e hincó los dientes hasta el hueso. Ante esto, el hombre estaba decidido a quitarle la vida si no hubiera sido por Black Leclère, que se interpuso entre ellos con sus ojos siniestros, blandiendo un cuchillo de caza. ¡Matar a Bâtard! ¡Ah, eso era un placer que Leclère se reservaba para sí! Algún día ocurriría esto, o si no... Pero, ¿quién sabe? En cualquier caso, ya se resolvería el problema.

Porque ellos se habían convertido en un problema el uno para el otro. El simple aire que aspiraba cada uno era un desafío para el otro. El odio que sentían los unía de una forma que el amor nunca conseguiría. Leclère estaba decidido a esperar el día en que Bâtard decayera en su ánimo y se agazapara y lamentara a sus pies. Y en cuanto a Bâtard, Leclère bien sabía lo que pasaba por la mente de Bâtard, y lo había leído con tal claridad que cuando Bâtard estaba a su espalda, no dejaba de echar una mirada hacia atrás. Los hombres se extrañaron cuando Leclère rechazó una gran cantidad de dinero por el perro.

-Algún día lo matarás y no valdrá nada -le dijo John Hamlin en cierta ocasión que Bâtard yacía jadeando en la nieve, donde Leclère lo había lanzado de un puntapié y nadie sabía si tenía las costillas rotas ni se atrevían a comprobarlo.
-Eso -decía Leclère, cortante-, eso es asunto mío, M'sieu.

Y los hombres se quedaban maravillados de que Bâtard no se escapara. No lo entendían. Pero Leclère sí lo entendía. Él era un hombre que vivía gran parte del tiempo al aire libre, más allá del sonido de la voz humana y había aprendido a reconocer el lenguaje del viento y de la tormenta, el suspiro de la noche, el susurro del amanecer, el estruendo del día. De una forma confusa oía el crecer de las plantas, el fluir de la savia, el nacimiento de la flor. Y conocía el sutil lenguaje de las cosas que se mueven: el conejo en su madriguera, el siniestro cuervo con su sordo batir de alas, el arrastre del oso bajo la luna, el deslizar del lobo como una sombra gris, entre el crepúsculo y la oscuridad. Para él, el lenguaje de Bâtard era claro y directo. Sabía muy bien por qué Bâtard no se escapaba, y por eso miraba hacia atrás con tanta frecuencia.

Cuando Bâtard estaba enfadado no resultaba agradable mirarle, y en más de una ocasión en que había saltado al cuello de Leclère terminó postrado en la nieve, estremeciéndose y sin sentido, tras el golpe del látigo, siempre a mano. Y así, Bâtard aprendió a esperar su oportunidad. Cuando su fuerza se desarrolló al máximo, en plena juventud, pensó que había llegado su hora. Tenía un ancho pecho, poderosos músculos, su tamaño era superior al corriente y el cuello, desde la cabeza a los hombros, era una masa de pelo erizado: por su aspecto físico era un perro lobo de pura raza. Leclère yacía dormido dentro de sus pieles cuando Bâtard creyó que había llegado el momento. Se deslizó hacia él a hurtadillas, con la cabeza pegada a la tierra y su única oreja hacia atrás, con el suave pisar de un felino. Bâtard respiraba quedamente, muy quedamente, y no levantó la cabeza hasta que lo tuvo al alcance de la mano. Paró un momento y miró hacia la garganta, recia y curtida, que, desnuda, mostraba sus venas y latía con un ritmo firme y regular. La baba comenzó a caer por sus colmillos y la lengua se deslizó hacia fuera, ante la vista, y en ese momento se acordó de la oreja que le colgaba, de los innumerables golpes e increíbles maldades, y sin hacer ningún ruido saltó sobre el hombre que dormía.

Leclère despertó con la punzada de los colmillos en su garganta, y como tenía todo el instinto de un animal, despertó totalmente despejado y con completa conciencia de lo que ocurría. Agarró la tráquea de Bâtard con ambas manos y salió rodando de las pieles que le cubrían para presionar con todo su peso. Pero miles de antepasados de Bâtard se habían aferrado a las gargantas de innumerables alces y caribús y los habían derribado, y él tenía la sabiduría de todos esos antepasados. Cuando todo el peso de Leclère cayó sobre él, metió sus patas traseras y clavó sus garras en el pecho y el abdomen del hombre, rasgando y abriéndose paso entre la piel y músculos. Y cuando sintió el peso del hombre combarse hacia arriba, se aferró al cuello del hombre, sacudiéndolo. Los otros perros de su equipo se acercaron, formando un círculo amenazador, y Bâtard, sin aliento y a punto de perder el sentido, comprendió que estaban ansiosos por echarle el diente. Pero lo que le importaba no era esto, sino el hombre que estaba encima de él, y siguió rasgando y clavando sus garras y sacudiendo el cuello al que se mantenía aferrado con todas sus fuerzas. Pero Leclère lo estrangulaba con las dos manos hasta que el pecho de Bâtard subía y bajaba, retorciéndose en busca del aire que se le negaba, y se le nublaron los ojos hasta perder la expresión, y las mandíbulas se aflojaron poco a poco y la lengua le asomó negra e hinchada.

-¿Qué, vale ya, demonio? -dijo Leclère entrecortadamente, con la boca y la garganta encharcadas en su propia sangre, al tiempo que apartaba de él al perro ya inconsciente.

Después, Leclère apartó con improperios a los otros perros que iban por Bâtard. Se abrieron en un círculo más amplio y se sentaron alerta sobre sus patas traseras, lamiéndose los labios y con todos los pelos del cuello erizados. Bâtard se recuperó en seguida y a la voz de Leclère se puso en pie, tambaleándose y moviéndose débilmente hacia adelante y hacia atrás.

-¡Ah, eres un auténtico demonio! -farfulló Leclère-. ¡Ya te daré yo a ti! ¡Verás la paliza que te voy a dar! ¡Santo cielo!

Bâtard, sintiendo que el aire le quemaba como el alcohol sus exhaustos pulmones, se lanzó de lleno a la cara del hombre, y sus mandíbulas se cerraron sin presa, con un ruido metálico. Rodaron sobre la nieve una y otra vez, mientras Leclère lo golpeaba con sus puños como un loco. Luego se separaron, frente a frente, y avanzaron y retrocedieron en círculo el uno en torno al otro. Leclère pudo haber sacado su cuchillo. El rifle estaba a sus pies. Pero la bestia que en él había estaba alerta y rabiosa. Él lo haría con las manos y los dientes. Bâtard dio un salto, pero Leclère lo derribó con un golpe de su puño, cayó sobre él y clavó sus dientes en el hombro del perro hasta llegar al hueso. Era una escena salvaje en un escenario primitivo, como podría haber tenido lugar en el mundo salvaje de los primeros tiempos. Un claro abierto en un bosque sombrío, un círculo de perros mostrando sus dientes y en el centro dos bestias, unidas en el combate, atacándose y gruñendo, locamente enfurecidas, jadeantes, sollozando, maldiciendo, esforzándose, presos de una pasión salvaje, ansiosos por matar y rasgar, abrir jirones y clavar sus garras con primitiva brutalidad.

Pero Leclère agarró a Bâtard por detrás de la oreja, derribándolo de un puñetazo que por un instante le hizo perder el conocimiento. Después, Leclère saltó sobre él con sus pies, dando botes arriba y abajo, en su afán por clavarlo a tierra, hecho trizas. Bâtard tenía las dos patas traseras rotas antes de que Leclère parara para recuperar fuerzas.

-¡Ah, ah, ah! -gritaba, incapaz de articular palabra, y agitando su puño mientras sentía que no podía hacer uso de su laringe y su garganta.

Pero no era posible dominar a Bâtard. Allí yacía convulsionándose, sin amparo, con el labio levantado y retorcido en su intento de esbozar un gruñido para el que no tenía fuerzas. Leclère le dio una patada y las mandíbulas, cansadas, se cerraron sobre el tobillo sin poder rasgar la piel. Entonces, Leclère levantó el látigo y se dispuso a hacerlo pedazos, gritando a cada golpe de látigo:

-¡Esta vez te voy a romper en pedazos! ¡Por los santos del cielo que lo voy a hacer!

Al final, exhausto y desfallecido por la pérdida de sangre, se plegó sobre sí mismo, cayendo junto a su víctima, y cuando los perros lobos se acercaron a tomarse la revancha, su último acto consciente fue arrastrarse y colocarse sobre Bâtard para protegerlo de los colmillos de éstos. Esto ocurría no lejos de Sunrise, y el misionero, al abrirle la puerta a Leclère unas horas después, se sorprendió al observar la ausencia de Bâtard en el tiro de perros. Y no se sorprendió menos cuando Leclère levantó las pieles del trineo, recogió a Bâtard en sus brazos y cruzó el umbral, dando traspiés. Daba la casualidad de que el médico de McQuestion, que era todo un rufián, estaba allí de cotilleo, y entre los dos se dispusieron a recomponer a Leclère.

-¡Muchas gracias, pero no! -dijo-. ¡Arreglen primero al perro! ¿Que se muera? No, no merece la pena. ¡Porque a él lo tengo que hacer pedazos yo! Y por eso no debe morir ahora.

El médico consideró un prodigio, y el misionero un milagro, el hecho de que Leclère se recuperara, y estaba tan débil que en la primavera tuvo unas fiebres y volvió a recaer. Bâtard lo pasó aún peor, pero se impuso su apego a la vida, y los huesos de sus patas traseras se soldaron, y sus órganos se enderezaron durante la serie de semanas que permaneció amarrado al suelo. Y cuando Leclère, por fin convaleciente, cetrino y tembloroso, tomaba el sol junto a la puerta de la cabaña, Bâtard había impuesto su supremacía sobre los de su clase y sometido a su dominio no sólo a sus propios compañeros, sino también a los perros del misionero.

Ni movió un músculo ni se le erizó un pelo cuando, por primera vez, Leclère salió dando unos pasos del brazo del misionero y se dejó caer lentamente y con infinito cuidado en la banqueta de tres patas.

-¡Bien, bien! ¡Vaya sol más rico! -dijo, extendiendo sus manos ajadas para calentárselas.

Después, su mirada cayó sobre el perro, y el antiguo destello volvió de nuevo a ensombrecer sus ojos. Tocó suavemente al misionero en el brazo.

-¡Padre, este Bâtard es todo un demonio! Me va a tener que traer una pistola para que pueda tomar el sol en paz.

Y a partir de entonces, durante muchos días, se sentó al sol ante la puerta de la cabaña. Nunca se dormía y la pistola siempre permanecía sobre sus rodillas. Bâtard tenía una manera especial de buscar el arma con la mirada, en el lugar acostumbrado, y esto era lo primero que hacía cada mañana. Al verla, levantaba el labio ligeramente en señal de que entendía, y Leclère levantaba a su vez el labio en una mueca que servía de respuesta. Un día, el misionero se dio cuenta de la estratagema.

-¡Santo cielo! ¡Estoy seguro de que el animal entiende!

Leclère se rió suavemente.

-¡Mire usted, padre! Esto que yo estoy diciendo ahora lo está escuchando.

Y como prueba de que así era, Bâtard levantó su única oreja, de forma inequívoca, para poder oír mejor.

-«Matar» es lo que digo.

Bâtard lanzó un profundo gruñido, el pelo se le erizó a lo largo del cuello y todos los músculos se le pusieron tensos y a la expectativa.

-Levanto la pistola, así, de esta forma.

Y haciendo coincidir la acción con la palabra, le mostró la pistola a Bâtard. Bâtard dio un salto, de lado, y fue a parar a la vuelta de la esquina de la cabaña, fuera del alcance de la vista.

-¡Santo cielo! -repetía el misionero cada cierto tiempo.

Leclère sonreía orgulloso.

-¿Pero cómo es que no se va?

El francés se encogió de hombros, en un gesto propio de su raza, y que podía tener un significado muy amplio, desde una total ignorancia a una completa comprensión.

-¿Entonces, por qué no lo mata usted?

De nuevo levantó los hombros:

-Padre, no ha llegado su hora todavía -dijo tras una pausa-. Es un auténtico demonio. Algún día lo haré pedazos, así, así de pequeñitos. ¿Entendido? Muy bien.

Un día, Leclère reunió a todos sus perros y se trasladó en una embarcación hasta Forty Mile y continuó al Porcupine, donde recibió un encargo de la P C. Company y continuó explorando la mayor parte del año. Más tarde, ascendió por el Koyokuk hasta la desértica Artic City, y después descendió de campamento en campamento a lo largo del Yukon. Y durante estos interminables meses no dejó Bâtard de recibir lecciones. Supo de muchas torturas, y especialmente la del hambre, la de la sed, la del fuego y la peor de todas, la tortura de la música.

Como les sucede a los demás animales de su misma especie, a él no le gustaba la música. Le producía una angustia infinita, el tormento se le extendía a cada nervio y sentía que se le rasgaban todas las fibras de su ser. Y de ahí sus aullidos, largos y de lobo, como cuando aúllan los lobos a las estrellas en las noches de helada. No podía dejar de hacerlo. Era su única debilidad en el desafío que mantenía con Leclère, y también su vergüenza. Leclère, por su parte, sentía pasión por la música, tanta como la que sentía por la bebida. Y cuando su alma clamaba por manifestarse, normalmente elegía una de estas dos formas de expresión y la mayoría de las veces las dos. Cuando estaba bebido, una inspiración musical inundaba su cerebro, y el demonio que en él habitaba se alzaba rampante, lo que lo capacitaba a llevar a cabo la satisfacción mayor de su alma: torturar a Bâtard.

-Y ahora, disfrutaremos de un poquito de música -solía decir-. ¿Eh? ¿Qué te parece, Bâtard?

No era más que una vieja armónica muy usada, conservada con gran cariño y reparada con paciencia, pero no había otra mejor, y de sus lengüetas plateadas extraía misteriosas y errantes melodías que aquellos hombres no habían oído nunca. Entonces, Bâtard, con la garganta enmudecida y los dientes fuertemente apretados, retrocedía, palmo a palmo, hasta la esquina más alejada de la cabaña. Y Leclère, sin dejar de tocar y con el garrote bajo el brazo, perseguía al animal, palmo a palmo, paso a paso, hasta que ya no podía retroceder más.

Al principio, Bâtard se acurrucaba en el espacio más pequeño que podía, arrastrándose pegado al suelo, pero, según se iba acercando la música, se veía obligado a incorporarse, con la espalda incrustada en los leños de la pared y agitando en el aire las patas delanteras como si quisiera espantar las ondulantes ondas de sonido. Seguía con los dientes apretados, pero su cuerpo se veía afectado por fuertes contracciones musculares, extraños retorcimientos y convulsiones, hasta que todo él terminaba temblando y retorciéndose en un tormento silencioso. Cuando perdía el control, se le abrían las mandíbulas espasmódicamente, y salían intensas vibraciones guturales de un registro demasiado bajo para que el oído humano las pudiera captar. Y después se le abrían los agujeros de la nariz, se le dilataban los ojos, se le ponía el pelo de punta, rabioso por la impotencia, y surgía el dilatado aullido de lobo. Comenzaba con una indistinta nota ascendente que se iba engrosando hasta un estallido de sonido que rompía el corazón, y luego iba desvaneciéndose en una triste cadencia, y luego, otra vez la nota que subía, octava tras octava, el quebranto del corazón, la infinita pena y tristeza desvaneciéndose, desapareciendo, cayendo y muriendo lentamente.

Era un auténtico infierno. Y Leclère, con una intuición diabólica, parecía adivinar su enervamiento y la convulsión de su corazón, y entre lamentos, temblores y los más gravítonos sollozos le arrancaba el último jirón de su pena. Daba miedo, y durante las veinticuatro horas siguientes Bâtard estaba nervioso y tenso, saltando ante los ruidos más corrientes, persiguiendo a su propia sombra, pero, sobre todo, cruel y dominante con sus compañeros de equipo. No mostraba ninguna señal de estar compungido, sino que cada vez estuvo más hosco y taciturno, esperando que llegara su hora con una paciencia inescrutable que comenzó a desorientar y crear zozobra en Leclère. El perro yacía frente a la luz del fuego, sin moverse, durante horas, mirando fijamente a Leclère, que estaba ante él, y mostrándole su odio a través de la amargura de sus ojos.

A menudo sentía el hombre que se había introducido en la misma esencia de la vida: esa esencia invencible que impele al halcón a través de los cielos como un rayo emplumado, que guía al gran pato gris por los parajes, que impulsa al salmón preñado a lo largo de cinco mil kilómetros del impetuoso caudal del Yukon. En tales ocasiones se sentía empujado a expresar la invencible esencia de su vida, y con abundante alcohol, música enloquecedora y Bâtard, se entregaba a grandes orgías, en las que con sus limitadas fuerzas se sentía capaz de cualquier cosa, y desafiaba a cuanto existía, había existido y estaba por venir.

-Ahí hay algo -afirmaba, mientras que la música que surgía de las fantasías de su mente tocaba las cuerdas secretas del ser de Bâtard, dando lugar al largo y fúnebre aullido.
-Consigo que salga con mis dos manos. ¡Así, así! ¡Ja, ja! Es cómico. Es muy cómico. Los sacerdotes cantan salmos, las mujeres rezan, los hombres blasfeman, los pajaritos hacen «pío-pío», y Bâtard hace «guau-guau», y todo es la misma cosa. ¡Ja, ja!

El padre Gautier, un valioso sacerdote, en cierta ocasión lo reprendió, dándole ejemplos concretos del castigo que le podía acarrear su perdición. Nunca volvió a hacerlo.

-Puede que sea así, padre -contestó-. Pero yo creo que pasaré por el infierno como un chasquido, como la cicuta en el fuego. ¿No le parece, padre?

Pero todas las cosas malas terminan alguna vez, igual que las buenas, y así ocurrió con Leclère. Con la bajada de las aguas del verano partió de McDougall para Sunrise en una balsa de pértiga. Se fue de McDougall en compañía de Timothy Brown y llegó a Sunrise solo. Además, se supo que habían peleado antes de partir, porque el Lizzie, un estrepitoso vapor de ruedas de diez toneladas, veinticuatro horas más tarde, cargó con Leclère durante tres días. Y cuando éste embarcó lo hizo con un inconfundible agujero de bala atravesándole el hombro y una historia sobre una emboscada y un asesinato.

En Sunrise había habido una huelga y la situación era muy distinta. Con la invasión de varios cientos de buscadores de oro, whisky en abundancia y media docena de jugadores profesionales bien equipados, el misionero había visto tirada por la borda su labor de años con los indios. Cuando las mujeres indias empezaron a dedicarse a guisar los frijoles y a mantener el fuego vivo para los mineros sin esposa, y los hombres a cambiar sus cálidas pieles por botellas negras y relojes rotos, él se metió en la cama, dijo «Santo cielo» y partió para rendir su última cuenta en una caja alargada y de tosca madera. Tras lo cual los jugadores trasladaron su ruleta y mesas de jugar a las cartas al edificio que ocupaba la misión, y el rechinar de platos y vasos se extendía desde el amanecer hasta la noche y continuaba hasta el nuevo amanecer.

Pero resulta que Timothy Brown era muy estimado entre estos aventureros del Norte. Lo único que había contra él era que tenía mal pronto y un puño siempre dispuesto, poca cosa que compensaba con su buen corazón y clemencia. Por otra parte, Leclère no tenía nada con que compensar. Era «negro», como lo testimoniaba más de una acción inolvidable, y se le odiaba tanto como al otro se le quería. Así que los hombres de Sunrise le pusieron una venda desinfectada en el hombro y lo plantaron ante el juez Lynch.

Era un asunto fácil. Se había peleado con Timothy Brown en McDougall. Con Timothy Brown se había ido de McDougall. Había llegado a Sunrise sin Timothy Brown. Teniendo en cuenta su maldad, la unánime conclusión era que había matado a Timothy Brown. Por su parte, Leclère reconoció los hechos, pero rebatió la conclusión a que habían llegado, dando su propia explicación. A unos cuarenta kilómetros de Sunrise se hallaban él y Timothy Brown impeliendo la barca con la pértiga a lo largo de la rocosa costa. Desde esta costa partieron dos disparos de rifle. Timothy Brown cayó de la balsa y se hundió entre burbujas de color rojo, y esto fue lo último que se supo de Timothy Brown. En cuanto a él, Leclère, cayó al fondo de la barca con una punzada en el hombro. Allí permaneció quieto, mirando a la orilla sin que lo vieran. Al cabo de un tiempo, dos indios asomaron la cabeza y se acercaron a la orilla del agua, llevando entre ellos una canoa de corteza de abedul. Mientras se montaban, Leclère hizo un disparo. Le arreó a uno, que cayó de lado, de la misma manera que Timothy Brown. El otro se metió en el fondo de la canoa, y después la canoa y la barca fueron río abajo en una pelea a la deriva. A continuación, se vieron atrapados en una corriente que se bifurcaba y la canoa pasó a un lado de una isla y la barca de pértiga a la otra. Esto es lo último que se supo de la canoa, y él llegó a Sunrise. En cuanto al indio, por la forma que saltó de la canoa, estaba seguro de que lo había derribado. Y eso era todo.

No se consideró la explicación adecuada. Le concedieron una tregua de diez horas mientras el Lizzie bajaba a investigar. Diez horas más tarde regresó resoplando a Sunrise. No había nada que investigar. No se había encontrado ninguna prueba que confirmara sus declaraciones. Le dijeron que hiciera el testamento porque era propietario de una concesión de cincuenta mil dólares en Sunrise y ellos eran gente que exigían que se cumpliera la ley, pero también la administraban con justicia.

Leclère se encogió de hombros.

-Pero una cosa, por favor -dijo-. Lo que ustedes llamarían un pequeño favor. Eso es, un pequeño favor. Dono mis cincuenta mil dólares a la Iglesia, y mi perro esquimal, al demonio. ¿Que cuál es el pequeño favor? Primero, lo cuelgan a él, y después, a mí. ¿A que es buena idea?

Estuvieron de acuerdo en que lo era: sí, que «Hijo del Infierno» abriera paso a su amo a través de la última frontera, y la ejecución se llevaría a cabo en la orilla del río, donde una gran pícea se alzaba solitaria. Slackwater Charley hizo un nudo de reo en el extremo de una soga de arrastre, y tras deslizar el nudo sobre la cabeza de Leclère, se lo ajustó fuerte al cuello. Con las manos atadas a la espalda, lo subieron sobre una caja de galletas. Después, pasaron el cabo de la cuerda corrediza sobre una rama que colgaba, dejándola tensa y firme. Al dar una patada en la parte baja de la caja, se quedaría colgando en el aire.

-Ahora vamos con el perro -dijo Webster Shaw, en otro tiempo ingeniero de minas-. Tendrás que ponerle la cuerda, Slackwater.

Leclère sonrió. Slackwater mascó un poco de tabaco, hizo un nudo corredizo y con calma enrolló unas cuantas vueltas en su mano. Se detuvo un par de veces para sacudirse unos mosquitos muy molestos de la cara. Todos se quitaban mosquitos menos Leclère, alrededor de cuya cabeza se podía ver una pequeña nube. Incluso Bâtard, que yacía completamente extendido en el suelo, podía apartar los insectos de sus ojos y de su boca frotando con las patas delanteras. Pero mientras Slackwater esperaba a que Bâtard levantara la cabeza, se oyó un ligero grito en el silencio del aire y se divisó a un hombre que venía corriendo por la meseta desde Sunrise y agitaba las manos. Era el tendero.

-¡Déjenlo, muchachos! -dijo, jadeando al acercarse a ellos.
-El pequeño Sandy y Bemardotte acaban de llegar -explicó mientras recuperaba la respiración-. Desembarcaron abajo y subieron por el atajo. Han traído a Beaver con ellos. Lo recogieron de su canoa, que estaba atrancada en un pequeño canal, con un par de agujeros de bala. El otro tipo era Klok-Kutz, el que dio una paliza de muerte a su mujer y se quitó del medio.
-¿Lo ven? ¡Lo que les dije! -gritó Leclère, entusiasmado-. Ése es sin lugar a duda. Lo sé. Les dije la verdad.
-Lo que hay que hacer es enseñarles modales a estos malditos indios -dijo Webster Shaw-. Se están haciendo gordos y descarados y vamos a tener que bajarles los humos. Reúne a todos los muchachos y a colgar a Beaver para que sirva de escarmiento. Ése va a ser el programa. Vayamos a ver lo que tiene que decir en su defensa.
-¡Eh, M'sieu! -gritó Leclère cuando el grupo comenzó a desaparecer a la luz de crepúsculo en dirección a Sunrise-. Me gustaría mucho poder ver la función.
-¡Te soltaremos cuando volvamos! -gritó Webster por encima del hombro-. Entre tanto, recapacita sobre tus pecados y los caminos de la providencia. Te hará bien, así que agradécelo.

Y como sucede con los hombres que están acostumbrados a correr grandes riesgos, que tienen los nervios templados y mucha dosis de paciencia, así ocurría a Leclère, que se dispuso a la larga espera, es decir, que se preparó mentalmente para ello. El cuerpo no podía tener ningún alivio, porque la cuerda tirante lo obligaba a permanecer rígido y erguido. La más mínima relajación en los músculos de las piernas le incrustaban en el cuello el nudo de la tosca soga, mientras que la posición erguida le producía mucho dolor en el hombro herido. Sacaba el labio superior hacia afuera y soplaba hacia arriba de la cara para quitarse los mosquitos de los ojos. Pero la situación compensaba, después de todo, pues bien valía la pena padecer un poco físicamente a cambio de haber sido arrancado de las fauces de la muerte; lo que sí era mala suerte era que se iba a perder el ahorcamiento de Beaver.

Y así estaba él meditando, hasta que sus ojos se tropezaron con Bâtard, dormido sobre el suelo, despatarrado y con la cabeza entre las patas delanteras. Y entonces Leclère dejó de meditar. Estudió al animal detalladamente, esforzándose por apreciar si el sueño era real o fingido. Los costados de Bâtard latían regularmente, pero a Leclère le parecía que el aire entraba y salía una pizca demasiado deprisa; también le parecía que todos sus pelos estaban en un estado de alerta y vigilancia que desmentían ese aparente sueño a pierna suelta. Habría dado su concesión de Sunrise por estar seguro de que el perro no estaba despierto, y una vez, cuando una de sus patas crujió, miró rápido y temeroso a Bâtard para ver si se alzaba. No se levantó entonces, pero más tarde lo hizo, lenta y perezosamente, se estiró y miró a su alrededor con cuidado.

-Sacredam -dijo Leclère sin aliento.

Tras asegurarse de que nadie lo podía ver ni oír, Bâtard se sentó, sonrió con el labio superior, levantó la vista hacia Leclère y se lamió los labios.

-Ya ha llegado mi hora -dijo el hombre con una fuerte y sardónica carcajada.

Bâtard se acercó, la oreja inútil colgando; la soga, agarrada hacia delante, dando muestras de una comprensión diabólica. Echó la cabeza hacia un lado burlonamente, avanzando con pasos afectados y juguetones. Frotó su cuerpo suavemente contra la caja hasta que se tambaleó una y otra vez. Leclère se balanceó con cuidado, tratando de mantener el equilibrio.

-Bâtard -dijo despacio-. Ten cuidado. Te mataré.

Bâtard gruñó al oír estas palabras y movió la caja con más fuerza. Después se alzó sobre las patas traseras y con las delanteras lanzó todo su peso contra la parte más alta de la caja. Leclère dio una patada, pero la soga le mordió el cuello, frenándole tan bruscamente que casi pierde el equilibrio.

-¡Eh, tú! ¡Fuera, largo de aquí! -gritó Leclère.

Bâtard retrocedió unos veinte pies con ligereza diabólica en su porte, que era inconfundible para Leclère. Recordó cómo el perro a menudo rompía la costra de hielo en el agujero de agua, izándose y lanzando sobre él toda la fuerza de su cuerpo, y al recordarlo comprendió lo que estaba pasando por su cabeza. Bâtard miró a su alrededor y se detuvo. Hizo una mueca, mostrando sus blancos dientes, a la que contestó Leclère, y a continuación lanzó su cuerpo con todas sus fuerzas contra la caja.

Quince minutos más tarde, Slackwater Charley y Webster Shaw, al regresar, pudieron ver a través de la tenue luz cómo se balanceaba un péndulo fantasmagórico hacia adelante y hacia atrás. Cuando rápidamente se acercaron, reconocieron el cuerpo inerte del hombre y algo vivo que, aferrado a él, no dejaba de sacudirlo y daba lugar al balanceo.

-¡Oye, tú! ¡Largo de ahí, «Hijo del Infierno»! -gritó Webster Shaw.

Pero Bâtard le dirigió la mirada y le ladró amenazador, sin abrir sus mandíbulas. Slackwater Charley sacó el revólver, pero la mano le temblaba como si tuviera escalofríos y se le caía.

-Toma, cógela tú -dijo, pasándole el arma.

Webster Shaw soltó una risa seca, fijó el blanco entre los ardientes ojos y apretó el gatillo. El cuerpo de Bâtard se retorció con el impacto, golpeó el suelo espasmódicamente durante un momento, y de repente se quedó inerte. Pero sus mandíbulas continuaron apretadas con fuerza.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Sep 21 2013, 14:11





 
Courtaud y los lobos de París.






Invierno de 1450. París sufría una de las temporadas frías más implacables de las que se tenga memoria.


Los muros de la ciudad se erguían, gélidos y altivos, sobre un vasto océano de nieve. Diariamente llegaban refugiados del campo que lo habían perdido todo merced al frío, y con ellos llegó un rumor demasiado terrible para prestarle oídos razonables. Se hablaba de sombrías figuras lobunas acechando las caravanas, aullidos tenebrosos que rasgaban el silencio nocturno, anunciando una cacería precisa, casi mecánica, que noche a noche enflaquecía las filas de caminantes.

Pero el invierno era demasiado cruel como para preocuparse de demonios y antiguas gestas espectrales en los bosques. En pocos días, el frío pasaría a ser un miedo secundario para los habitantes de París.


A pocos kilómetros de la entrada norte el muro de París colapsó a causa de la nieve. Entonces llegaron ellos.

Nadie sabe con seguridad el número de aquella jauría. Entraron en la ciudad de noche, y pronto establecieron su base de operaciones cerca de Notre Dame, en un oscuro galpón abandonado hasta la llegada del estío; y desde allí partían rumbo al sur en incursiones cada vez más osadas.

En menos de quince días cincuenta parisinos habían muerto.


Pronto comenzó ha hablarse de licántropos, hombres lobo que rondaban por las callejas oscuras de París, asesinando a todos los incautos que se cruzaban en su camino.


El líder de la jauría fue bautizado por la prensa como Courtaud (rechoncho). Siguiendo las descripciones de tres testigos afortunados, se lo definió como un inmenso lobo negro, de pelaje hirsuto y erizado, de ojos rojos como las brasas del infierno, y capaz de pronunciar el nombre de sus víctimas en perfecto francés. Algunos señalan que Courtaud era capaz de erguirse sobre sus patas traseras y simular el andar de los hombres. Otros, menos atildados, apuntan que Courtaud hacía exáctamente lo contrario, es decir, que andaba en cuatro patas imitando el andar pausado de los lobos.


Cuando los periódicos anunciaron la muerte número cuarenta, a tan sólo un mes de la llegada de los lobos, un grupo de ciudadanos y soldados formaron una partida para infiltrarse en el oscuro cubil de los licántropos.

Antes del amanecer lanzaron artilugios de humo al interior del galpón. En pocos minutos, los lobos emergieron, furiosos y enlocequidos, y embistieron contra la partida de valientes que los aguardaba en el exterior. El primer ataque fue repelido con éxito, pero el segundo alcanzó a penetrar en las filas de hombres armados, y algunos valientes cayeron sobre la nieve enrojecida.


El galpón ardió alrededor de una hora. Justo antes del alba, cuando el cielo empalidecía en el este, y cuando los valientes hombres de París creían haber derrotado a la jauría, Courtaud emergió de las brasas como un heraldo del infierno. Cargó contra sus atacantes causando estragos. Finalmente, el filo de los cuchillos fue demasiado para él, y se replegó hacia la iglesia de Notre Dame.


Un grupo de osados lo siguió en la luz incierta del amanecer. Ya en las puertas de Notre Dame, herido y privado de sus súbditos, cuentan que Courtaud se echó sobre las escaleras, y no ofreció resistencia a los cazadores, que lo ultimaron con toda prolijidad.


Según la versión eclesiástica, Courtaud fue un nigromante expulsado de la orden de los albañiles, hombres sabios que dejaron mensajes inescrutables en los muros de Notre Dame. Su alma fue excomulgada póstumamente, aunque sus restos fueron recogidos por unas matronas, convencidas que Courtaud no era un espíritu maligno, acusación que quedó aplastada cuando se supo que todas las víctimas de aquella jauría de lobos estaban relacionados con las autoridades públicas encargadas de suministrar alimento y leña a los pobres de París.

Lord Aelfwine.


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Sep 21 2013, 14:22





 
El devorador de fantasmas (The Ghost-Eater) es un relato de hombres lobo del escritor norteamericano H.P. Lovecraft, escrito en colaboración con C.M. Eddy, Jr. -con quien previamente había trabajado en Los amados muertos (The loved dead)-, y publicado en la edición de abril de 1924 de la revista Weird Tales.

Aquella entrega de Weird Tales fue particularmente abundante en obras de H.P. Lovecraft. Además de El devorador de fantasmas contó con Nemesis (Nemesis), un poema bastante desconocido, y El simio blanco (The White Ape), cuento fantástico que apareció en The Wolverine en 1920 con un título atroz: Hechos concernientes a la muerte de Arthur Jermyn y su familia (Facts Concerning the Late Arthur Jermyn and His Family), luego rebautizado como Arthur Jermyn (Arthur Jermyn).

El devorador de fantasmas.
The Ghost-Eater, H.P. Lovecraft (1890-1937) C.M. Eddy, Jr (1896-1967)

¿Locura? ¡Quisiera poder pensar así! Pero cuando estoy a solas, tras caer la noche, en los desolados lugares a donde me llevan mis vagabundeos, y escucho, cruzando los vacíos infinitos, los ecos demoníacos de esos gritos y gruñidos, y ese detestable crujido de huesos, me estremezco de nuevo con el recuerdo de aquella espantosa noche.

Sabía menos de montería en aquellos días, aunque ya entonces la naturaleza me llamaba tan fuerte como lo hace ahora. Hasta esa noche me había cuidado siempre de contratar un guía, pero las circunstancias me forzaron bruscamente a desenvolverme por mis propios medios. Era mediados del verano en Maine, y a pesar de mi gran necesidad en ir desde Mayfair a Glendale antes del siguiente mediodía, no pude encontrar quien me guiara. A menos que tomase la larga ruta a través de Potowisset, que no me llevaría a tiempo a mi meta, habría de cruzar espesos bosques; pero cada vez que preguntaba por un guía me topé con negativas y evasivas. Forastero como era, me resultaba extraño que cada cual tuviera una rápida excusa. Había demasiados “negocios importantes” en ciernes para un villorrio perdido, y sabía que los lugareños mentían. Pero Todos tenían "deberes imperiosos", o eso decían, y no podían más que asegurarme que la senda a través de los bosques era muy sencilla, corriendo recta hacia el norte y sin la menor dificultad para un mozo vigoroso. Si partía cuando la mañana era aún temprana, aseguraban, podría llegar a Glendale a la puesta del sol y evitar una noche al raso. Aun entonces no sospeche nada. La perspectiva parecía buena, y decidí intentarlo a solas, dejando a los perezosos pueblerinos atrás con sus asuntos. Probablemente podría haberlo intentado aun recelando, porque la juventud es testaruda, y desde la niñez me había reído de supersticiones y cuentos de viejas.

Así, antes que el sol se estuviera en alto, me había encaminado entre los árboles por la trocha serpenteante con el almuerzo en la mano y la automática en el bolsillo y el cinturón repleto de crujientes billetes de gran valor. A juzgar por las distancias que me habían dado y el conocimiento de mi propia velocidad, supuse que llegaría a Glendale un poco después del ocaso; pero sabía que retrasándome durante la noche por algún error de cálculo, tenía suficiente experiencia en acampada como para no amilanarme. Además, mi presencia en el punto de destino no era verdaderamente necesaria hasta el mediodía siguiente. Era el clima lo que amenazaba mis planes. El sol, conforme subía abrasaba aún a través de lo más espeso del follaje, consumiendo mis energías a cada paso. A mediodía, mis ropas estaban empapadas de sudor y me sentí flaquear a pesar de toda mi resolución. Al internarme más profundamente obstruido y en muchos puntos casi bloqueado por la maleza. Debían haber pasado semanas quizás meses desde que alguien atravesara aquella ruta, y comencé a preguntarme si, después de todo, podría cumplir mi programa. A fin, sintiéndome verdaderamente famélico, busqué la zona más profunda de sombra que pude encontrar y procedí a almorzar el tentempié que el hotel me había preparado.

Eran algunos sándwiches insípidos, un pedazo de pastel rancio y una botella de vino muy flojo; aun no siendo un suntuoso festín, fue bastante bienvenido por alguien en mi estado de acalorado agotamiento. Hacía demasiado calor para que el fumar fuera gratificante, así que no saqué mi pipa. En cambio, cuando hube acabado mi comida me tumbé a lo largo bajo los árboles, tratando de reposar un rato antes de emprender la última etapa de mi camino. Supongo que fui un estúpido por beber ese vino, porque, flojo como era, fue bastante para rematar el trabajo que bochornoso y opresivo día había comenzado. Mi plan consistía en una simple y momentánea relajación, pero, con apenas un bostezo de aviso, caí en un profundo sueño.

II.
Cuando abrí los ojos, el crepúsculo se cerraba a mi alrededor. Un viento acariciaba mis mejillas, devolviéndome rápidamente mi pleno sentido y mientras ojeaba al cielo vi con aprensión que apresuradas nubes negras estaban creando un sólido muro de oscuridad, indicio de violenta tormenta. Ahora sabía que no podría llegar a Glendale antes de la mañana, pero la perspectiva de una noche en los bosques mi primera noche de acampada solitaria en la espesura parecía muy repugnante bajo esas especiales condiciones. En un instante resolví avanzar durante un rato al menos, con la esperanza de encontrar algún cobijo antes que la tempestad se desencadenara. La oscuridad se extendía sobre los bosques como un pesado manto. Las nubes bajas se tornaban aún más amenazadoras, y el viento arreciaba a un verdadero vendaval. El relámpago de un distante rayo iluminó el cielo, seguido de un ominoso retumbar que parecía esconder algún maligno propósito. Entonces sentí una gota de lluvia sobre mi mano tendida y, todavía caminando automáticamente, me resigné a lo inevitable. Otro momento y había visto el resplandor, la luz de una ventana a través de árboles y oscuridad. Pendiente de tan sólo refugiarme, me apresuré hacia allí… ¡Quisiera Dios que me hubiera dado la vuelta y huido! Había una especie de claro imperfecto, en cuya parte más alejada, con su zaga contra el bosque primitivo, se levantaba una construcción. Había esperado encontrar una choza o una cabaña, pero me detuve sorprendido cuando divisé una casita limpia y de buen gusto con tejado de dos vertientes, de unos 70 años de antigüedad a juzgar por su arquitectura, aunque todavía en un estado de conservación que demostraba la atención más celosa y civilizada. A través de los pequeños paneles de una de las ventajas inferiores brillaba una intensa luz, y hacia ella azuzado por el impacto de otra gota de lluvia me apresuré cruzando el claro, aporreando ruidosamente las puertas tan pronto como alcancé las escaleras.

Con prontitud, mis golpes tuvieron respuesta en una voz profunda y agradable que pronunció una sola palabra:

-¡Adelante!

Empujando la puerta desatrancada, entré en un penumbroso salón alumbrado desde un zaguán abierto a la derecha, más allá del cual había una habitación atestada de libros con la ventana iluminada. Mientras cerraba la puerta exterior a mi espalda, no pude por lo menos que reparar en un extraño aroma en la casa; un perfume débil, elusivo, casi definible que de alguna forma sugería animales. Mi anfitrión, supuse, debía ser un trampero que regentaba sus negocios allí mismo. El hombre que había hablado se sentaba en una amplia butaca junto a una mesa central de mármol, con su forma enjuta envuelta en una larga bata gris. La luz de una poderosa lámpara de petróleo resaltaba sus facciones agudas y afeitadas; con lustroso y fino cabello largo y bien peinado; regulares cejas castañas que se unían en ángulo inclinado sobre la nariz; orejas bien formadas, emplazadas abajo y atrás en la cabeza; y amplios y expresivos ojos grises, casi luminosos en su interés. Al sonreír una bienvenida, mostró un magnífico juego de firmes dientes blancos, y mientras me señalaba una silla con un ademán, me percaté de la delgadez de sus delicadas manos, con largos y ahusados dedos de rojizas y almendradas uñas ligeramente curvas y exquisitamente manicurazas. No podía menos de preguntarme por qué un hombre de tan avasalladora personalidad podría elegir la vida de recluso.

-Perdón por la intromisión -me excusé-. Pero estoy tratando de llegar a Glendale antes de la mañana, y una tormenta me hizo buscar un refugio.

Como corroborando mis palabras, en este momento llegó un intenso relámpago, una reverberación chasqueante y la primera descarga de un aguacero torrencial que batía demencialmente contra las ventanas. Mi anfitrión, que parecía ajeno a los elementos, me dedico otra sonrisa al responder. Su voz era entonada y bien modulada, y sus ojos mostraban un serenidad casi hipnótica.

-Sea bienvenido a la hospitalidad que yo pueda ofrecerle, aunque me temo que no sea mucha. Tengo una pierna tullida, por lo que tendrá que hacerse cargo. Si tiene hambre, encontrará abundancia en la cocina… ¡abundancia de comida, no de ceremonia!

Creí detectar una levísima traza de acento extranjero en su tono, aunque su lenguaje era fluido e idiomáticamente correcto. Alzándose a impresionante altura, se dirigió hacia la puerta con largos y renqueantes pasos y me percaté de los brazos inmensos y velludos que colgaban a cada lado, en curioso contraste con sus delicadas manos.

-Venga -invitó-. Traiga la lámpara con usted. Puedo sentarme igual de bien en la cocina que aquí.

Le seguí al salón y a la habitación de más allá, y en esa dirección descubrí el montón de leña en la esquina y el aparador del muro. Unos instantes más tarde, mientras el fuego brincaba alegremente, le pregunté si no debería preparar comida para dos; pero él declinó cortésmente. Hace demasiado calor para cenar me dijo además, he tomado un bocado antes que usted llegara. Tras lavar los platos dejados por mi solitario refrigerio, me senté un rato, fumando satisfecho mi pipa. Mi anfitrión formuló unas pocas preguntas sobre los poblados vecinos, pero cayó en un sombrío mutismo cuando supo que era un forastero. Mientras guardaba silencio, no pude menos que sentir una calidad de extraño en el, un algo insólito y soterrado que a duras penas podía ser analizado. Estaba casi seguro, por otra parte, que yo era tolerado a causa de la tormenta, más que ser bienvenido con genuina hospitalidad. En lo que respecta a la tormenta, parecía haberse agotado.

Fuera, ya había clareado puesto que había una luna llena entre las nubes y la lluvia había menguado hasta una simple llovizna. Quizás, pensé, podría completar mi viaje después de todo; una idea que insinué a mi anfitrión.

-Mejor aguardar hasta mañana -insistió-. Dice que está pensando ponerse en marcha y hay sus buenas tres horas hasta Glendale. Tengo dos alcobas arriba, y es usted bienvenido a una si quiere quedarse.

Había tal sinceridad en su invitación que disipaba cualquier duda que pudiera haber tenido acerca de su hospitalidad, y decidí que su silencio era el resultado del largo aislamiento de sus semejantes en estas soledades. Tras permanecer sentado sin proferir palabra durante el tiempo que tardé en fumar tres pipas, finalmente comencé a bostezar.

-Ha sido un día mas bien agotador para mí -admití-. Y creo que sería mejor que me fuera a la cama. Debo levantarme al alba, ya sabe, y retomar mi camino.

Mi anfitrión agitó el brazo hacia la puerta, a través de la que podía ver el salón y las escaleras.

-Venga -me indicó-. Lleve la lámpara con usted. Es la única que tengo, pero no me importa sentarme en la oscuridad, la verdad. La mitad del tiempo no la enciendo, cuando estoy solo. El petróleo es difícil de conseguir aquí y voy raramente al pueblo. Su alcoba es la de la derecha, al final de las escaleras.

Tomando la lámpara, y volviéndome en el salón para desearle buenas noches, pude ver sus ojos relucir, de una forma parecida a la fosforescencia, en la oscurecida estancia que había abandonado; durante un momento pensé en la jungla y en los círculos de ojos que a veces fulguran justo más allá del radio de la hoguera. Luego, subí las escaleras. Mientras alcanzaba el segundo piso, pude escuchar a mi anfitrión renqueando por el salón hacia la habitación de abajo y comprendí que se movía con seguridad de búho a pesar de la oscuridad. Verdaderamente, tenía poca necesidad de lámpara. La tormenta había acabado, y al entrar en la habitación asignada la descubrí iluminada por los rayos de la luna llena que caían sobre la cama desde la ventana sin cortinas orientada hacia el sur. Apagando la lámpara y sumiendo la casa en la oscuridad a excepción de los rayos de la luna, olfateé un punzante olor que se imponía sobre el aroma del queroseno…el olor casi animal que había notado al entrar en el lugar. Crucé hasta la ventana y la abrí de par en par, inspirando profundamente el fresco y limpio aire nocturno.

Cuando comenzaba a desvestirme me detuve casi instantáneamente, reparando en el cinturón de dinero, aún situado sobre mi cintura. Quizás, reflexioné, convenía no ser imprudente o descuidado, ya que había leído acerca de hombres que aguardaban solo una ocasión para robar o incluso dar muerte a los extraños en el interior de sus moradas. Así, colocando las ropas de cama para hacerlas parecer a una figura dormida, alcance la única silla de la estancia entre las envolventes sombras, cargando y encendiendo de nuevo mi pipa, y tomando asiento para descansar o vigilar, según lo requiriera la ocasión.

III.
No podía llevar mucho rato sentado cuando mis sensibles oídos captaron el sonido de pisadas subiendo las escaleras. Todos los viejos cuentos sobre anfitriones ladrones vinieron a mi cabeza, pero otro instante de escucha reveló que las pisadas eran francas, fuertes y descuidadas, sin atisbos de disimulo; mientras que los pasos de mi anfitrión, por lo que había oído desde el final de las escaleras, eran zancadas blandas y renqueantes. Apagando las brasas de mi pipa, la puse en mi bolsillo. Después, empuñando y teniendo mi automática, me levanté de la silla y caminé de puntillas por la estancia, agazapándome tensamente en un punto desde el que podía cubrir la puerta. Ésta se abrió, y en el pozo de luz lunar entró un hombre que nunca había visto. Alto, de anchas espaldas y distinguido, con el rostro medio tapado por la espesa barba cuadrada y el cuello cubierto con una gran pieza de tela negra, de un corte tan obsoleto en América que le señalaba, indudablemente, como extranjero.

Cómo había entrado en la casa sin que me apercibiera es algo fuera de mi entendimiento, no pudiendo creer ni por un instante que estuviera oculto en la otra alcoba del salón abajo. Mientras le observaba pensativamente bajo engañosos rayos de luna, me pareció que podía ver directamente a través de la robusta forma; pero quizás esto sólo fue una ilusión derivada de mi repentina sorpresa. Percatándose del desarreglo de la cama, pero desdeñando evidentemente la fingida ocupación, el extranjero musitó algo para sí mismo en una lengua extraña y procedió a desnudarse. Lanzando sus ropas a la silla que había desocupado, se metió en la cama, se arropó y en uno o dos segundos estaba resollando con la regular respiración de alguien profundamente dormido. Mi primer pensamiento fue buscar a mi anfitrión y pedirle una explicación, pero un segundo más tarde decidí que sería mejor asegurarse que tal incidente no es una secuela de mi sueño de borracho en los bosques. Aún me sentía flojo, desmayado y, a despecho de mi reciente cena, estaba tan hambriento como si no hubiera comido nada desde el almuerzo del mediodía. Crucé hacia la cama y la alcancé, asiendo el hombro del durmiente. Enseguida, lanzando un ahogado grito de miedo enloquecido y atónito estupor, retrocedí con pulso palpitante y ojos desorbitados. ¡Puesto que mis dedos engarfados habían pasado directamente a través del durmiente, alcanzado únicamente las sábanas de debajo!

Un análisis completo de mis sensaciones enervadas y confundidas sería inútil. El hombre era intangible, aun cuando todavía podía verle, escuchar su respiración regular y observar su figura medio envuelta de lado bajo las sábanas. Y entonces, mientras estaba a punto de creerme loco o bajo hipnosis, escuche otras pisadas en las escaleras blandas, almohadilladas, perrunas, pisadas cojeantes, tamborileando hacia arriba, arriba, arriba… Y otra vez el punzante olor animal, ahora con redoblada intensidad. Aturdido y alucinado, me arrastré una vez más tras la protección de la puerta abierta, estremecido hasta la médula, pero ya resignado a cualquier destino conocido o desconocido. Entonces, en ese pozo de fantasmal luz lunar, irrumpió la enjuta forma de un gran lobo gris. Cojo, según pude ver, pues una de las patas traseras se mantenía en el aire, como herida por algún tiro perdido. La bestia giró la cabeza en mi dirección, y la pistola resbaló de mis temblorosos dedos resonando sordamente contra el suelo.

La ascendente sucesión de horrores había paralizado rápidamente mi voluntad y conciencia, porque los ojos que ahora fulguraban mirándome desde esa cabeza infernal eran los fosforescentes ojos grises de mi anfitrión, tal y como me habían observado a través de la oscuridad de la cocina. Ni siquiera sé si me vio. Los ojos fueron desde mi dirección hacia la cama y contemplaron con glotonería al espectral durmiente. Luego, la cabeza se echo atrás, y de esa demoníaca garganta brotó el más espantoso ulular que haya oído jamás; un aullido ronco, nauseabundo, lobuno, que casi hizo detenerse a mi corazón. La forma en la cama se removió, abrió los ojos y se encogió ante la vista. El animal se agachó de forma estremecedora, y entonces mientras la etérea figura lanzaba un grito de mortal angustia humana y terror que ningún espectro de leyenda podría falsificar saltó directo hacia la garganta de su víctima, con los blancos y firmes dientes reluciendo a la luz de la luna mientras se cerraban sobre la yugular del vociferante fantasma. El gritó terminó con un gorgoteo ahogado en sangre y los espantados ojos humanos se vidriaron. Aquel grito me impulsó a la acción, y en un segundo había recuperado mi automática y vaciado el cargador en la monstruosidad lobuna ante mí. Pero escuché el impacto de cada bala mientras se enterraba en el muro opuesto sin encontrar resistencia. Mis nervios cedieron. El terror ciego me lanzó hacia la puerta y me hizo mirar atrás para ver que el lobo había hundido sus dientes en el cuerpo de su víctima. Entonces llegó aquella impresión sensorial culminante y el arrollador pensamiento derivado. Era el mismo cuerpo que yo había atravesado con la mano momentos antes… pero mientras me abalanzaba por esa negra escalera de pesadilla pude escuchar el astillarse de los huesos.

IV.
Cómo encontré el camino de Glendale o cómo conseguí atravesarlo, supongo que jamás lo sabré. Sólo sé que el alba me encontró en la colina al límite de los bosques, con la escarpada población bajo mis pies y la cinta azul del Cataqua centellando en la distancia. Destocado, sin chaqueta, con el rostro tiznado y empapado de sudor, como sí hubiera pasado la noche bajo tormenta, renuncié a entrar en el pueblo hasta recobrar un poco, al menos, la compostura. Al fin emprendí camino colina abajo por las estrechas calles empedradas de portales coloniales, hasta llegar a la casa Lafayette, cuyo propietario me miró intrigado.

-¿De dónde vienes tan temprano, hijo? ¿Cómo traes esa facha?
-Acabo de llegar atravesando los bosques desde Mayfair.
-¿Has venido… a través de los bosques del Diablo…esta noche…y…solo?

El anciano me dedicó una indispuesta mirada mezcla de horror e incredulidad.

-¿Por qué no -repuse-?. No podría haberlo hecho a tiempo por el Potowisset, y debía estar aquí a mediodía, lo más tardar.
-¡Y esta noche hubo luna llena!… ¡Dios mío! ¿Viste algo de Vasili Oukranikov o el Conde?
-¿Oiga, tengo cara de tonto? ¿Qué quiere… reírse de mí?

Pero su tono fue tan grave como el de un sacerdote al replicar:

-Debes ser nuevo por aquí, hijito. Si no, sabrías todo acerca de los bosques del Diablo, la luna llena, Vasili y el resto.

Me sentí algo atontado, aunque sabía que no debía mostrarme demasiado serio tras mis primeras afirmaciones.

-Vamos…sé que se muere por contármelo. Soy como un burro… todo orejas.

Entonces contó la leyenda a su manera seca, despojándola de vitalidad y credibilidad por falta de colorido, detalles y atmósfera. Pero yo no necesitaba de la vitalidad o credibilidad que cualquier poeta pudiera haber dado. Rememorar lo que había presenciado y recordar que no había oído el cuento hasta después de haber tenido la experiencia y huido del terror de aquellos fantasmales huesos astillándose.

-Antes había unos pocos rusos instalados entre aquí y Mayfair…llegaron tras uno de aquellos follones nihilistas, allá en Rusia. Vasilli Oukranikov era uno de ellos… un tío alto, delgado y bien plantado con brillante pelo rubio y modales encantadores. Pero se decía que era un sirviente del demonio… un hombre lobo y un devorador de hombres. Se edificó una casa en los bosques, como a un tercio del camino entre esto y Mayfair, y allí vivió solo. De vez en cuando llegaba un viajero de los bosques con algún cuentecillo extraño acerca de haber sido perseguido por un gran lobo con relucientes ojos humanos… como los de Oukranikov. Una noche, alguien le pego un tiro al lobo, y la siguiente vez que el ruso vino a Glendale cojeaba. Eso encajaba todo.

Ya no eran simples sospechas, sino hechos probados. Entonces mandó a Mayfair por el Conde su nombre era Feodor Tchernevshy y había comprado la vieja casa Fowler de tejado a dos aguas en State Street para que acudiera a verle. Todos previnieron al Conde, que era un buen hombre y un esplendido vecino, pero él dijo que sabía cuidar de sí mismo. Era la noche de luna llena. Era valiente como él solo, y cuanto hizo fue pedir a algunos de sus hombres, que tenía cerca del lugar, que le siguieran a casa de Vasili si no volvía en un plazo prudencial. Así lo hicieron…y me dices, hijito, ¿Qué has estado cruzando esos bosques de noche?

-Ya le digo que sí -traté de no parecer un embustero-. No soy ningún conde, y ¡heme aquí para contarlo!… pero, ¿Qué encontraron los hombres en casa de Oukranikov?
-Encontraron el cuerpo destrozado del Conde, hijito, y un fibroso lobo gris agazapado sobre él con fauces ensangrentadas. Puedes suponer lo que era el lobo. Y se cuenta que cada luna llena… ¿pero hijito, no viste ni oíste nada?
-¡Nada, hombre! Y Dígame, ¿qué pasó con el lobo…o Vasili Oukranikov?
-¡Toma! lo mataron, hijo… lo llenaron de plomo y lo enterraron en la casa, y luego prendieron fuego al lugar… sabe que esto fue hace sesenta años, cuando yo era un crío, aunque lo recuerde como si fuera ayer.

Me volví con un encogimiento de hombros. Todo eso sonaba demasiado extraño, estúpido y artificial a plena luz del día. Pero, a veces, cuando estoy a solas tras la caída de la noche en lugares desiertos y escucho los ecos demoníacos de esos gritos y bramidos, y ese detestable crujir de huesos, vuelvo a estremecerme con el recuerdo de aquella espantosa noche.


 

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Sáb Sep 21 2013, 21:32


Cuando jugábamos al Lobo Feroz y la Caperucita Roja
Hay gente que califica al medio actual como una selva, y pregunta si anteriormente las cosas eran iguales.
Bueno, siempre ha existido la "maleza", pero en los setenta y ochenta, por ejemplo, la farándula era "un bosque", no una selva.
Un "bosque encantado" donde todavía se hacían cuentos de hadas, y  se jugaba a los vaqueros, con Marcos de Córdova en la televisión  y  el "El Show del Sherif Marcos,  así como también  José Manuel Funtevilla en el Rancho La Campana, del cual  él decía que era "un tiro"

En esos tiempos todavía aparecía la Caperucita Roja y el Lobo Feroz en el ambiente, representados por hombres y mujeres de la época.
Como en la historia, "los lobos" se comían a todas las caperucitas rojas que podían.  
Era rara la caperucita a la que no le hicieran "out" o "chuplún chuplún", como dicen en  otro cuento plebe.
Había un lobo llamado Mundito, que era especialista en "caperucitas vedettes".
Otros lobos de la época eran especialistas en cantantes, como Anthony, sin dejar de mencionar, claro está, al lobazo de Wilfrido que "arrasaba" con las caperucitas de Las Chicas del Can, The New York Band y Altamira Banda Show. Ello aparte, que a manera de "postre" se comía algunas "mandarinas" de las que cultivaba su hermano Jorge en su finca.

No faltaban los lobos nocturnos, que se repartían las "caperucitas" del José Night Club, de madrugada, cuando terminaban de trabajar, que las esperaban a la salida, porque no aguantaban "la pela" de esperar dentro, viendo los dos shows que presentaban uno detrás del otro, día por día.
Pero, había que ir todas las noches a buscarlas, porque de lo contrario se corría el riesgo de que se apareciera otro lobo y se las llevara.
Imaginense, con unas caperucitas tan putas....fácilmente que se perdían en el bosque.
Esos lobos tenían los nombres de Pedro, Napoleón, Julio, Carlos....
Lo que nunca se ha dicho es por qué a esos "lobos" les pusieron nombres de cronistas de arte. Dicen que la gente inventando, como siempre....

Algunos de esos "lobos" ya perdieron los colmillos y otros todavían los mantienen intactos para seguir "devorando" caperucitas, ya no solo rojas, sino verdes, azules, amarillas, negras, las que aparezcan, porque en estos tiempos no se puede exigir tanto, además de que las rojas son muy escasas. Sobre todo luego de que el criollo Palmer Hernández escribió la salsa "Ven Devorame Otra Vez". Las devoraron todas!. Sobre todo los lobos reformistas y los generales de la época.
Las caperucitas de aquellos tiempos también fueron bautizadas con nombres de artistas. Qué coincidencia?. Había una Olga, Vickiana, Anahay, Mery Merz, Jacqueline, Dhariana, Jazmín, July Morales, Tati, Ginette, a la cual le decían "la gata con botas". Y hasta una que tenía unos boquetes en las piernas de los pantalones dizque porque "explotó Dhariana".

Algunas se dejaban "comer" facilmente, otras no, porque tenían sus "leñadores" que las cuidaban celosamente.
Muchos añoran esos tiempos, porque, como les digo, lo que hay ahora es una selva con otro tipo de fieras depredadoras.
Ya los cuentos de hadas desaparecieron....
Ahora hay lobos cibernéticos, andróginos, mutantes, transexuales, que atacan sin piedad, porque son mitad máquinas. A veces usted piensa que son lobos, y son lobas...
Lo mismo les da comerse a la Caperucita, como también  al lobo, al leñador, y a la vagabunda de la abuela para acabar con el cuento.

Son los "terminators" que llegaron para acabar con to'!.
Cuídese, si todavía usted cree en cuentos de fantasía...Ya no vale que usted camine con una mano por delante y otra por detrás, y con el trasero pegado de la pared para protegerse, porque en cualquier descuido "lo facturan" los "mutantes"....



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por pisces el Dom Sep 22 2013, 08:36

Prefiero el vampiro :P tristee  disimulo 1 




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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Mar Oct 29 2013, 21:32

pisces escribió:Prefiero el vampiro :P tristee  disimulo 1 




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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Mar Oct 29 2013, 22:22

LICANTROPOS

Los licántropos son seres humanos que pueden transformarse en animales total o parcialmente.
Se pueden distinguir 4 tipos de licántropos:
Licántropos auténticos, para los que la licantropía es un rasgo genético.
Licántropos infectados, su licantropía aparece al ser heridos por un licántropo auténtico.
Licántropos artificiales, pueden controlar su licantropía mediante objetos mágicos.
Los licántropos más conocidos son:

HOMBRE LOBO
HOMBRE OSO
HOMBRE TIGRE
MUJER CISNE


Los licántropos suelen tener dos formas; la del humano y la híbrida.
La forma híbrida posee rasgos del animal al que se asemeja, y posee también rasgos humanos.


La forma híbrida es del tamaño del animal, y no del humano. Algunos licántropos presentan una tercera forma, que se corresponde únicamente con la del animal, sin ningún rasgo humano.

Cualquier criatura que haya sido herida por un licántropo, pero no muerta, puede contraer su licantropía. La probabilidad de que esta licantropía pase a la víctima es mayor cuanto más fuerte sea el licántropo auténtico.

Para extirpar la maldición es necesario lanzar el conjuro adecuado durante una noche de luna llena, aunque este sistema no es infalible. Esta aflicción sólo puede ser extirpada a los licántropos infectados.

Los licántropos auténticos tienen absoluto control sobre su cuerpo, pueden cambiar de forma a voluntad, y no sufren alteraciones con las fases de la luna o la oscuridad. Estas situaciones sólo afectan a los licántropos infectados.

Éstos son humanos por el día y suelen cambiar de forma al llegar la noche y con la luna llena.
Un licántropo infectado que adopta la forma híbrida ve como se incrementa su fuerza a la vez que pierde el control de sus actos.


Los deseos de matar y cazar se hacen muy fuertes. Al regresar a la forma humana, suelen tener amargos recuerdos de los actos realizados.

En la forma híbrida o de animal, los licántropos sólo son heridos por la plata o armas mágicas, ya que los demás objetos producen heridas que curan muy rápido.

El grupo de los licántropos artificiales es bastante más complejo. Sólo algunos miembros de ciertas hermandades pueden ser honrados con el objeto mágico causante de su licantropía.

Cuando tocan el objeto se transforman en un licántropo, y pueden volver a la forma humana cuando lo deseen siempre que lleven el objeto.
Para terminar, decir que un licántropo muerto vuelve a la forma humana independientemente de su estado al ser muerto.



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Miér Oct 30 2013, 04:35

 


MUJER CISNE

Las mujeres cisne son humanas que pueden transformarse en cisne.
Presentan distintas cualidades dependiendo de si están en forma humana o en forma cisne.

Una mujer cisne se caracteriza por las plumas en el peinado, las ropas y por el sello de su anillo.
Estos objetos le dan una propiedad especial, la de transformase voluntariamente en cisne o en mujer.
Pertenece pues al grupo de los licántropos artificiales.
Si una mujer cisne pierde su objeto mágico de transformación queda atrapada en la forma que tuviese en ese momento.

Habitan en las aguas de bosques, donde construyen sus alojamientos fortificados para posibles ataques.
Estos alojamientos tienen dos salidas secretas, por donde sólo pueden escapar en su forma cisne.
Pertenecen a una hermandad especial de guardabosques, y se dedican a la protección de los bosques y de la vida salvaje.

Para este fin van armadas con dagas, arco y flechas.

Su personalidad está muy influida por su forma cisne, por lo que son amantes del silencio y amigables con las criaturas de los bosques como driadas y elfos salvajes.

Recelan de los animales feroces, agresivos y malvados.

Con forma humana es totalmente indistinguible de otra mujer, aunque siempre llevan alguna pluma que les da un toque característico.

Aun así, no suelen encontrarse entre humanos.
En su forma cisne, suelen habitar en ríos, lagos y pantanos, junto a otras especies acuáticas.

Los cisnes tienen sentidos muy agudos con los que detectan rápidamente una presencia intrusa.
Ante un ser hostil se defienden picando, saltando y golpeando con las alas.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Sáb Nov 02 2013, 06:07

HOMBRE TIGRE

El hombre tigre es un licántropo que puede adoptar tanto la forma humana como la híbrida entre hombre y tigre.
Este licántropo es el menos común y el más poderoso, es un ser salvaje, que además posee una gran elasticidad y agilidad, y sólo puede ser dañado con armas de plata o mágicas.

Su origen puede encontrarse en la India, país en el que existen numerosas leyendas sobre las mujeres tigre.
Incluso hay quien asegura que por las noches, los granjeros dejaban trampas para las mujeres tigre, y cuando amanecía las encontraban en su forma humana.

La forma humana es prácticamente indistinguible de la de un humano común, excepto por una marcada musculatura, poseen además una excelente visión nocturna y un desarrollado sentido del olfato.
En la forma híbrida crecen hasta unos 50 cm, en su cuerpo aparece el pelaje a rayas de los tigres, sus manos se vuelven garras y su cabeza es totalmente felina, adquieren todas las ventajas de un tigre salvaje y mantienen la inteligencia de un humano.

No son seres necesariamente hostiles con otras razas, de hecho, algunos se muestran amigables con casi cualquier ser, aunque prefieren estar en compañía de otros felinos y de tigres auténticos.
Cuando atacan suelen hacerlo bajo la forma híbrida para poder usar las garras y los dientes, los mordiscos de un hombre tigre son extremadamente peligrosos y pueden desgarrar a su víctima de un sólo barrido.
Pueden reproducirse con humanos/as y tigres/as, y su descendencia dependerá de la raza de la madre.



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Dom Nov 03 2013, 02:13

HOMBRE OSO

El hombre oso es un licántropo que puede aparecer bajo la forma de un oso, de un humano o de un híbrido de ambas especies.

La forma humana es la de un hombre alto y fornido, musculoso, generalmente con barba y bastante peludo.
El color de su cabello coincide con el color del pelaje que tiene en su forma ursina.

Los colores más frecuentes son los castaños y pardos, y, si se encuentran en una zona muy fría pueden ser rubios o blancos.
En la forma híbrida su estatura es de hasta 70 cm por encima de la estatura humana.

Aparece el pelaje y su cabeza se transforma en la de un oso, mientras que la parte inferior de su cuerpo es más parecida a la de un humano, pero más robusta y musculosa.

En la forma animal no existen muchas diferencias con un oso auténtico, salvo su mayor inteligencia. En esta forma nada puede hacerles daño excepto armas mágicas o de plata.
La forma de oso suele desaparecer cuando llega la luz del día.

El carácter de los hombres oso es bastante pacífico y agradable, incluso ayudan siempre que pueden a humanos y animales.
Sin embargo les gusta vivir alejados de los pueblos y ciudades y prefieren crear su hogar en las montañas.

A pesar del hecho de que tienen pocos enemigos, no congenian demasiado con los hombres lobo que habitan, al igual que ellos, en las montañas.



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Lun Nov 04 2013, 04:51

HOMBRE LOBO

Los hombres lobo son licantropos que tienen rasgos de humano y de lobo.
Son muy temidos por su agresividad y su naturaleza malvada.
Un hombre lobo tiene tres formas de licantropía; la de humano, la híbrida entre humano y lobo, y la de lobo.
En su forma humanoide es totalmente indistinguible del resto de los humanos.
Su tamaño, inteligencia y demás características son las mismas que las de cualquier hombre. En su forma híbrida tiene características de hombre y de lobo.
Tiene el cuerpo cubierto de pelo, las piernas más cortas (aunque su tamaño total suele ser unos 30 cm. mayor que en su forma humana), la cabeza de lobo, manos de humano y una cola corta.
Puede andar a 4 patas o erguido, la forma de lobo es totalmente idéntica a la de cualquier lobo común de gran tamaño, excepto por sus ojos, que brillan en la oscuridad.
Los hombres lobo, en su forma híbrida, viven en manadas de unos 6 o 7 miembros.
Están formadas por un macho, una hembra y los cachorros.
Los cachorros permanecen en la manada hasta los 10 años, edad a la que un hombre lobo se considera adulto.
Si un hombre lobo tiene descendencia con una mujer humana, el bebé es totalmente humano. Los hombres lobo, en su forma humana, no suelen vivir en casas ya que no son seres muy sociables.
Lo hacen en cuevas y madrigueras bien protegidas, donde mantienen a sus cachorros alejados del hombre.
Los hombres lobo, en su forma animal, suelen ser nómadas y merodean constantemente en manadas buscando humanos y otras víctimas.
Los hombres lobo son enemigos de otros licántropos, como los hombres oso.
Al ser muy salvajes y agresivos son enemigos de cualquier ser que se les oponga.
Un hombre lobo sólo puede ser herido por armas mágicas o de plata.
La táctica del hombre lobo es el ataque por sorpresa, acercándose con cuidado y aprovechando sus afilados colmillos para morder y desgarrar a sus víctimas.


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Jue Ago 21 2014, 00:46



Noche de luna llena, cintas de plata desde la ventana,
ritmo febril de la sangre sólo promesas de luna...
que no bastan, no esta noche para saciar el alma,
como loba en la colina aullando en lamento
y no hay eco a mi llamada, me vence ser
peregrina de caminos desbordada tejedora de sueños
tomada de la luna su magia, he rechazado la razón
cuando juré no morir más veces intentando...
plegar espacios, he atravesado la muerte de nuevo
del sentimiento que agota, en la vaguada del Cielo
sostenida en las palabras, ansia que domino,
a mi lacer quimera es el deseo bajo el resplandor
marfileño, en mi mano extendida la luz azul...
de mi alma que ilumina la senda
acortando distancias.



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

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