LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

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LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Jue Ago 22 2013, 21:54


Esta noche volvió a aparecer la Luna llena,
volvió con sus aires de misterio y con su
promesa de saciar mi hambre intensa,
cuando regresa, dejo abierta mi ventana,
pues al anochecer me recompensa
con la llegada de un recóndito hombre,
llamado Lobo, preparo mi alcoba y enciendo
mi alma, es un hechizo pactado,
de un tiempo pasado, esta noche volvió
a aparecer la Luna llena, despertando en mí,
mi lado más salvaje, y acercándome
al instinto animal, que me enciende
como amazona indomable que desarrolla
mis sentidos hasta límites insospechados,
para poder sentir cuando se acerca mi lobo
en celo, y oler desde la distancia,
la ansiedad de su deseo.

Bond
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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Jue Ago 22 2013, 23:13



Cuando el animal que lleva el hombre
lobo dentro este se manifiesta
y se produce un ritual salvaje...
dos cuerpos ávidos de apetito sexual
se buscan para copular sin prejuicios
ni conciencia, para abandonarse...
 a la lujuria y desenfreno que el intenso
deseo deposita en ambos sexos,
¡Dos ejemplares, bailan la danza ...
de las fieras hasta la extenuación
y el agotamiento !
Esta noche volvió a aparecer la Luna llena,
y con ella mi hombre Lobo en mi,
vuelve a salir Indomesticable
en mis anhelos e insaciable ...
en la pasión con la que muerde todo mi cuerpo...
hoy voy a porti.



Bond
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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Caligula el Jue Ago 22 2013, 23:54

La licantropía, un tema ciertamente cautivador.

A mí también me inspiró en su momento algunos versos:

RAPSODIA DE UN LICÁNTROPO

Sobre el altar de la noche ya luce la luna llena.
La sangre bulle en mis venas como lava de volcanes
y el cuerpo se me retuerce entre espasmos delirantes.
Momento temido, llegas.
Crecen mis extremidades y las uñas se me afilan
sobre dedos encrespados que se van tornando garras.
Los restos de la razón en un grito se sublevan.
Prudencia piden, medrosos.
¡No debo salir de casa!
Pero la luna me llama, se introduce por mis ojos
su argénteo influjo y, esclavo,
quedo a merced de unas ansias que voces de sangre apremian.
Miro a la luna y aúllo, una, dos, hasta tres veces
y salgo luego de caza.
Hombres, mujeres y niños en vano piden clemencia,
gritos de dolor baldíos, en la oscuridad se pierden
mientras mis fauces voraces les devoran las entrañas.
Cuerpos rotos, sed de sangre.
La luna sonríe allá arriba, satisfecha en su atalaya.  
Junto a ella, en contradanza, decenas de luminares
en la madrugada hierven.
El holocausto concluye cuando al cielo asoma el alba,
un sembrado de cadáveres descubre la tierra yerma,
despojos deslavazados, anatomías exánimes.  
Cede la luna su trono y, entre temblores y náuseas,
humano otra vez me torno.
Cabizbajo, marcho a casa, dejando detrás de mí
una plétora de mártires.

Caligula
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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Vie Ago 23 2013, 00:08

 ok1  
RAPSODIA DE UN LICÁNTROPO


Fascinante   Caligula......
aplauso1    aplauso1    aplauso1 

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Vie Ago 23 2013, 00:11



Cuando empieza a amanecer,
se apresura a desvanecerse
de entre mis sábanas,
para regresar, sin desazón alguna,
junto a su amada esposa, la elegante
e imponente Luna llena,
esta noche volvió la Luna llena,
permitiéndome jugar con su Lobo,
para impregnar de liviandad y obscenidad
 mis próximos sueños, para que mis lascivas
fantasías humedezcan mis entrañas
y hacerme esperar con impaciencia
el crepúsculo de nuestro
próximo encuentro.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por gbp el Vie Ago 23 2013, 00:26

Fantástico, impresionantes Bond y Caligula ok1 aplauso1 aplauso1 aplauso1 




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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Vie Ago 23 2013, 04:48

gbp escribió:Fantástico, impresionantes Bond y Caligula ok1 aplauso1 aplauso1 aplauso1 
 

  gbp...cerveza

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Vie Ago 23 2013, 04:52



En un tiempo sin tiempo, cerca de uno de los principios,
la luna era siempre redonda y lejana,
atada detrás del cielo y colgada de la nada entre vacíos.
Miraba el mundo a sus pies coronada de plata y olvido.
Y estaba bien mirando en la distancia.
Pero una noche, distraída, se acercó demasiado a la Tierra
y se le enredaron los dedos en las ramas de un árbol.
Cayó de pie sobre la hierba y de repente
le salió al paso una sombra oscura:
pelo crespo, ojos negros y una sonrisa lobuna.
Cabriolas de luz de luna enmarañada
de lobo jugando entre arbustos y colinas.
Aullidos y risas y rumor de estrellas entre las hojas.
 Pero todo lo que empieza acaba y el lobo volvió al bosque
y la luna al cielo. Cuenta la leyenda que antes de separarse,
la luna le robó al lobo su sombra para vestirse de noche
el rostro y recordar el aroma de bosque.
Y que desde entonces el lobo aúlla a la luna llena
para que le devuelva su sombra...
(extraído de “Mundo Mágico)


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Vie Ago 23 2013, 07:38




    Seguí meditando sobre el asunto mientras caminaba en dirección a mi recién adquirida casa de campo. Andaba con la mirada baja y los brazos hacia atrás, en actitud reflexiva, como suelo andar cuando me hundo en mis pensamientos.  Ya cerca de la casa elevé mi mirada y vi una luna llena levantándose en el horizonte. Grande y pálida era aquella luna, en la ciudad nunca la veía así.

    Estaba solo; una de mis sirvientas venía desde la ciudad tan sólo para limpiar, así que me preparé la cena yo mismo, el mundo culinario no me es desconocido.
    Acababa de llenar una copa de vino y la observaba a tras luz mientras la agitaba suavemente, cuando de pronto escuché un largo aullido. Confieso que me inquietó por un instante, dejé la copa sobre la mesa y escuché, en un intento por determinar de dónde venía el aullido, mas fue inútil porque el aullido cesó. Concluí sí que fue cerca, y que debía ser un perro grande.
    Pensé que aquel perro justificaba en parte la creencia de la gente de la zona, y consideré prudente cerrar bien la puerta, pues según los rumores el hombre lobo rondaba las casas, lo que para mí significaba que era el perro quien lo hacía.

    Fui a acostarme temprano. La habitación es pequeña y tiene una gran ventana baja, y esa noche la luz lunar entraba a raudales por ella debido a una cortina blanca y delgada.
    Estoy tan acostumbrado al ruido de la ciudad, que irónicamente el silencio del campo no me ayuda a dormir. Me levanté y fui hasta la ventana, descorrí la cortina y tendí la mirada por todo el campo que alcanzaba a ver. Estuve así un momento, observando la quietud. Después de bostezar un par de veces me volví hacia la cama y, había dado dos pasos hacia ella cuando escuché que golpeaban la ventana.
    Instantáneamente sentí un malestar y mi corazón se aceleró; eran los síntomas del terror.
    Voltee hacia la ventana y lo vi: tenía cabeza humana y cuerpo de perro, la mirada roja, como incendiada, y la lengua le colgaba fuera de la boca. Era enorme, tenía las patas delanteras apoyadas sobre el marco de la ventana. Me quemó no sé cuanto tiempo con su mirada. Finalmente se bajó y lo vi alejarse al trote por el campo.

    Partí con las primeras horas de la mañana. Mientras conducía por el camino crucé por el grupo de gente que me había encontrado el día anterior, los que me relataran los rumores sobre el hombre lobo, y entre ellos reconocí una cara, era el hombre lobo, aunque ahora lucía como humano. Al cruzar me miraron mientras sonreían. 

     


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Vie Ago 23 2013, 07:54

    risa2     Interesante; misterio...



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Vie Ago 23 2013, 07:54

 




 
Si alguien lee esto

solo le pido que rece por mí...

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Todo comenzó en el invierno de 1.993. Yo tenía 24 años y era una persona normal, joven y alegre. Había viajado solo al pueblo de mis padres en Zamora para asistir al entierro de una tia de mi padre que había fallecido a los 84 años de edad.

Llegué cuando todo había terminado. Pedi disculpas a mi abuelo por no poder haber llegado antes, pero es que todo había sido tan precipitado. Las campanas tocaron a muerte, y un escalofrio recorrió mi cuerpo.

Comenzaba a anochecer y el frio se notaba cada vez más; además había empezado a nevar. El pueblo parecía ser un pueblo fantasma. Me dirigia a casa de mi abuelo que está alejada de las demas casas, y entonces lo escuché nitidamente.

Era un aullido, un tremendo aullido de lobo. Sentí un aliento fetido a mis espaldas; me di la vuelta y entonces lo vi; era un tremendo lobo negro. Sus ojos tenian un brillo asesino y sus fauces abiertas buscaron mi cuello.

En un instante se abalanzó sobre mi y me tiró al suelo. No podía zafarme, tenía mucha más fuerza que yo. Sentí el primer mordisco y después escuché un disparo.

Cuando desperté me encontraba en casa de mi abuelo. El había sido el autor del disparo. Pregunté por el lobo; y mi abuelo me lo enseñó. Alli estaba, muerto. Era un ejemplar tremendo, quizas su peso llegara a los 70 kilos.

Me toqué el cuello; me dolía la herida que me había producido la terrible alimaña.

Mi abuelo me trajo la cena y al poco rato me fui a la cama y me quedé profundamente dormido. Soñé con el tremendo lobo, me miraba, sus ojos eran claros y me sentí relajado.

Me desperté no se a que hora de la madrugada. Me seguía doliendo la herida del cuello. Me acerque a un espejo para mirarme y entonces mi sangre se heló en las venas.

Me toqué las orejas y me dí cuenta que eran puntiagudas; mis ojos ya no eran azules, sino marrones y oblicuos, mi nariz era un largo y tremendo hocico, y mis manos....

¡Dios, mis manos no eran manos, se habían convertido en unas horribles garras, garras de lobo... Y mi cuerpo estaba lleno de un pelo duro y negro...

¡Me había convertido en pocas horas en un hombre-lobo... Era una locura; una tremenda locura, pero asi era; y ahora sentía unas ganas tremendas de comer ¡carne fresca!.

Escuché un ruido en la otra habitación; era mi abuelo que estaba roncando, me acerqué a su cama, lo agarré por la cabeza y le mordí en el cuello; la sangre empezó a salir a borbotones y yo comía su carne con tremendo apetito.

Después de esto, me acerqué a la ventana y miré la luna ¡Estaba llena y me miraba! Un aullido lastimero salió de mi garganta.

Era la primera muerte de las muchas que tendría que llevar a cabo al haberme convertido en un monstruo sediento de sangre y carne humana.

Me desperté con un dolor de cabeza increible y un sabor agridulce en la boca. Me toqué con los dedos la comisura de los labios y noté que tenía algo que parecía reseco; entonces me dí cuenta de lo que era. ¡Sangre!...

Miré a mi alrededor y ví que estaba totalmente desnudo al lado de mi pijama que estaba tirado en el suelo y totalmente destrozado.

 ¿Qué extraños sucesos habían ocurrido la noche anterior?...

Fui a la habitación de mi abuelo. Lo que vieron mis ojos parecía una pesadilla. Alli estaba el viejo o lo que quedaba de él; toda la habitación estaba ensangrentada. ¿Quién había hecho aquella atrocidad?. La respuesta no quería aceptarla mi cerebro.

Han pasado ya dos meses desde aquellos terribles acontecimientos y cada plenilunio se repite el mismo ritual. ¡Debo salir a buscar carne humana. He leido bastante en este tiempo sobre la licantropia, esa tremenda enfermedad que me ha convertido en una bestia asesina; en todos los libros dice lo mismo:

"Al hombre-lobo debe matarlo alguien que lo ame y sienta mucho cariño por él; y debe hacerlo disparandole al corazón una bala de plata o en su defecto un cuchillo plateado"...

Dire también que en este tiempo he conocido a una muchacha; yo siento verdadera pasión por ella y me parece que ella también siente lo mismo por mi. ¡Dios mio!, cada vez que hay luna llena debo buscar cualquier pretexto para no verla todo ese tiempo.

Es una locura, pero debo decirselo, debo contarle en lo que me he convertido...

Ella lo comprenderá; será esta noche. Tengo preparado ya el puñal...

Esta carta se encontró al lado del cadaver de un joven con un puñal de plata clavado en  el corazón.

Junto a él una joven que confesó haber sido la persona que lo había matado.El motivo....

"Dijo que aquella noche él se había convertido en un hombre-lobo"....


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Vie Ago 23 2013, 07:55

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:08





¿Locura? ¡Quisiera poder pensar así! Pero cuando estoy a solas, tras caer la noche, en los desolados lugares a donde me llevan mis vagabundeos, y escucho, cruzando los vacíos infinitos, los ecos demoníacos de esos gritos y gruñidos, y ese detestable crujido de huesos, me estremezco de nuevo con el recuerdo de aquella espantosa noche.



Sabía menos de montería en aquellos días, aunque ya entonces la naturaleza me llamaba tan fuerte como lo hace ahora. Hasta esa noche me había cuidado siempre de contratar un guía, pero las circunstancias me forzaron bruscamente a desenvolverme por mis propios medios. Era mediados del verano en Maine, y a pesar de mi gran necesidad en ir desde Mayfair a Glendale antes del siguiente mediodía, no pude encontrar quien me guiara. A menos que tomase la larga ruta a través de Potowisset, que no me llevaría a tiempo a mi meta, habría de cruzar espesos bosques; pero cada vez que preguntaba por un guía me topé con negativas y evasivas. Forastero como era, me resultaba extraño que cada cual tuviera una rápida excusa. Había demasiados “negocios importantes” en ciernes para un villorrio perdido, y sabía que los lugareños mentían. Pero Todos tenían "deberes imperiosos", o eso decían, y no podían más que asegurarme que la senda a través de los bosques era muy sencilla, corriendo recta hacia el norte y sin la menor dificultad para un mozo vigoroso. Si partía cuando la mañana era aún temprana, aseguraban, podría llegar a Glendale a la puesta del sol y evitar una noche al raso. Aun entonces no sospeche nada. La perspectiva parecía buena, y decidí intentarlo a solas, dejando a los perezosos pueblerinos atrás con sus asuntos. Probablemente podría haberlo intentado aun recelando, porque la juventud es testaruda, y desde la niñez me había reído de supersticiones y cuentos de viejas.



Así, antes que el sol se estuviera en alto, me había encaminado entre los árboles por la trocha serpenteante con el almuerzo en la mano y la automática en el bolsillo y el cinturón repleto de crujientes billetes de gran valor. A juzgar por las distancias que me habían dado y el conocimiento de mi propia velocidad, supuse que llegaría a Glendale un poco después del ocaso; pero sabía que retrasándome durante la noche por algún error de cálculo, tenía suficiente experiencia en acampada como para no amilanarme. Además, mi presencia en el punto de destino no era verdaderamente necesaria hasta el mediodía siguiente. Era el clima lo que amenazaba mis planes. El sol, conforme subía abrasaba aún a través de lo más espeso del follaje, consumiendo mis energías a cada paso. A mediodía, mis ropas estaban empapadas de sudor y me sentí flaquear a pesar de toda mi resolución. Al internarme más profundamente obstruido y en muchos puntos casi bloqueado por la maleza. Debían haber pasado semanas quizás meses desde que alguien atravesara aquella ruta, y comencé a preguntarme si, después de todo, podría cumplir mi programa. A fin, sintiéndome verdaderamente famélico, busqué la zona más profunda de sombra que pude encontrar y procedí a almorzar el tentempié que el hotel me había preparado.



Eran algunos sándwiches insípidos, un pedazo de pastel rancio y una botella de vino muy flojo; aun no siendo un suntuoso festín, fue bastante bienvenido por alguien en mi estado de acalorado agotamiento. Hacía demasiado calor para que el fumar fuera gratificante, así que no saqué mi pipa. En cambio, cuando hube acabado mi comida me tumbé a lo largo bajo los árboles, tratando de reposar un rato antes de emprender la última etapa de mi camino. Supongo que fui un estúpido por beber ese vino, porque, flojo como era, fue bastante para rematar el trabajo que bochornoso y opresivo día había comenzado. Mi plan consistía en una simple y momentánea relajación, pero, con apenas un bostezo de aviso, caí en un profundo sueño.



II.

Cuando abrí los ojos, el crepúsculo se cerraba a mi alrededor. Un viento acariciaba mis mejillas, devolviéndome rápidamente mi pleno sentido y mientras ojeaba al cielo vi con aprensión que apresuradas nubes negras estaban creando un sólido muro de oscuridad, indicio de violenta tormenta. Ahora sabía que no podría llegar a Glendale antes de la mañana, pero la perspectiva de una noche en los bosques mi primera noche de acampada solitaria en la espesura parecía muy repugnante bajo esas especiales condiciones. En un instante resolví avanzar durante un rato al menos, con la esperanza de encontrar algún cobijo antes que la tempestad se desencadenara. La oscuridad se extendía sobre los bosques como un pesado manto. Las nubes bajas se tornaban aún más amenazadoras, y el viento arreciaba a un verdadero vendaval. El relámpago de un distante rayo iluminó el cielo, seguido de un ominoso retumbar que parecía esconder algún maligno propósito. Entonces sentí una gota de lluvia sobre mi mano tendida y, todavía caminando automáticamente, me resigné a lo inevitable. Otro momento y había visto el resplandor, la luz de una ventana a través de árboles y oscuridad. Pendiente de tan sólo refugiarme, me apresuré hacia allí… ¡Quisiera Dios que me hubiera dado la vuelta y huido! Había una especie de claro imperfecto, en cuya parte más alejada, con su zaga contra el bosque primitivo, se levantaba una construcción. Había esperado encontrar una choza o una cabaña, pero me detuve sorprendido cuando divisé una casita limpia y de buen gusto con tejado de dos vertientes, de unos 70 años de antigüedad a juzgar por su arquitectura, aunque todavía en un estado de conservación que demostraba la atención más celosa y civilizada. A través de los pequeños paneles de una de las ventajas inferiores brillaba una intensa luz, y hacia ella azuzado por el impacto de otra gota de lluvia me apresuré cruzando el claro, aporreando ruidosamente las puertas tan pronto como alcancé las escaleras.



Con prontitud, mis golpes tuvieron respuesta en una voz profunda y agradable que pronunció una sola palabra:



-¡Adelante!



Empujando la puerta desatrancada, entré en un penumbroso salón alumbrado desde un zaguán abierto a la derecha, más allá del cual había una habitación atestada de libros con la ventana iluminada. Mientras cerraba la puerta exterior a mi espalda, no pude por lo menos que reparar en un extraño aroma en la casa; un perfume débil, elusivo, casi definible que de alguna forma sugería animales. Mi anfitrión, supuse, debía ser un trampero que regentaba sus negocios allí mismo. El hombre que había hablado se sentaba en una amplia butaca junto a una mesa central de mármol, con su forma enjuta envuelta en una larga bata gris. La luz de una poderosa lámpara de petróleo resaltaba sus facciones agudas y afeitadas; con lustroso y fino cabello largo y bien peinado; regulares cejas castañas que se unían en ángulo inclinado sobre la nariz; orejas bien formadas, emplazadas abajo y atrás en la cabeza; y amplios y expresivos ojos grises, casi luminosos en su interés. Al sonreír una bienvenida, mostró un magnífico juego de firmes dientes blancos, y mientras me señalaba una silla con un ademán, me percaté de la delgadez de sus delicadas manos, con largos y ahusados dedos de rojizas y almendradas uñas ligeramente curvas y exquisitamente manicurazas. No podía menos de preguntarme por qué un hombre de tan avasalladora personalidad podría elegir la vida de recluso.



-Perdón por la intromisión -me excusé-. Pero estoy tratando de llegar a Glendale antes de la mañana, y una tormenta me hizo buscar un refugio.



Como corroborando mis palabras, en este momento llegó un intenso relámpago, una reverberación chasqueante y la primera descarga de un aguacero torrencial que batía demencialmente contra las ventanas. Mi anfitrión, que parecía ajeno a los elementos, me dedico otra sonrisa al responder. Su voz era entonada y bien modulada, y sus ojos mostraban un serenidad casi hipnótica.



-Sea bienvenido a la hospitalidad que yo pueda ofrecerle, aunque me temo que no sea mucha. Tengo una pierna tullida, por lo que tendrá que hacerse cargo. Si tiene hambre, encontrará abundancia en la cocina… ¡abundancia de comida, no de ceremonia!



Creí detectar una levísima traza de acento extranjero en su tono, aunque su lenguaje era fluido e idiomáticamente correcto. Alzándose a impresionante altura, se dirigió hacia la puerta con largos y renqueantes pasos y me percaté de los brazos inmensos y velludos que colgaban a cada lado, en curioso contraste con sus delicadas manos.



-Venga -invitó-. Traiga la lámpara con usted. Puedo sentarme igual de bien en la cocina que aquí.



Le seguí al salón y a la habitación de más allá, y en esa dirección descubrí el montón de leña en la esquina y el aparador del muro. Unos instantes más tarde, mientras el fuego brincaba alegremente, le pregunté si no debería preparar comida para dos; pero él declinó cortésmente. Hace demasiado calor para cenar me dijo además, he tomado un bocado antes que usted llegara. Tras lavar los platos dejados por mi solitario refrigerio, me senté un rato, fumando satisfecho mi pipa. Mi anfitrión formuló unas pocas preguntas sobre los poblados vecinos, pero cayó en un sombrío mutismo cuando supo que era un forastero. Mientras guardaba silencio, no pude menos que sentir una calidad de extraño en el, un algo insólito y soterrado que a duras penas podía ser analizado. Estaba casi seguro, por otra parte, que yo era tolerado a causa de la tormenta, más que ser bienvenido con genuina hospitalidad. En lo que respecta a la tormenta, parecía haberse agotado.



Fuera, ya había clareado puesto que había una luna llena entre las nubes y la lluvia había menguado hasta una simple llovizna. Quizás, pensé, podría completar mi viaje después de todo; una idea que insinué a mi anfitrión.



-Mejor aguardar hasta mañana -insistió-. Dice que está pensando ponerse en marcha y hay sus buenas tres horas hasta Glendale. Tengo dos alcobas arriba, y es usted bienvenido a una si quiere quedarse.



Había tal sinceridad en su invitación que disipaba cualquier duda que pudiera haber tenido acerca de su hospitalidad, y decidí que su silencio era el resultado del largo aislamiento de sus semejantes en estas soledades. Tras permanecer sentado sin proferir palabra durante el tiempo que tardé en fumar tres pipas, finalmente comencé a bostezar.



-Ha sido un día mas bien agotador para mí -admití-. Y creo que sería mejor que me fuera a la cama. Debo levantarme al alba, ya sabe, y retomar mi camino.



Mi anfitrión agitó el brazo hacia la puerta, a través de la que podía ver el salón y las escaleras.



-Venga -me indicó-. Lleve la lámpara con usted. Es la única que tengo, pero no me importa sentarme en la oscuridad, la verdad. La mitad del tiempo no la enciendo, cuando estoy solo. El petróleo es difícil de conseguir aquí y voy raramente al pueblo. Su alcoba es la de la derecha, al final de las escaleras.



Tomando la lámpara, y volviéndome en el salón para desearle buenas noches, pude ver sus ojos relucir, de una forma parecida a la fosforescencia, en la oscurecida estancia que había abandonado; durante un momento pensé en la jungla y en los círculos de ojos que a veces fulguran justo más allá del radio de la hoguera. Luego, subí las escaleras. Mientras alcanzaba el segundo piso, pude escuchar a mi anfitrión renqueando por el salón hacia la habitación de abajo y comprendí que se movía con seguridad de búho a pesar de la oscuridad. Verdaderamente, tenía poca necesidad de lámpara. La tormenta había acabado, y al entrar en la habitación asignada la descubrí iluminada por los rayos de la luna llena que caían sobre la cama desde la ventana sin cortinas orientada hacia el sur. Apagando la lámpara y sumiendo la casa en la oscuridad a excepción de los rayos de la luna, olfateé un punzante olor que se imponía sobre el aroma del queroseno…el olor casi animal que había notado al entrar en el lugar. Crucé hasta la ventana y la abrí de par en par, inspirando profundamente el fresco y limpio aire nocturno.



Cuando comenzaba a desvestirme me detuve casi instantáneamente, reparando en el cinturón de dinero, aún situado sobre mi cintura. Quizás, reflexioné, convenía no ser imprudente o descuidado, ya que había leído acerca de hombres que aguardaban solo una ocasión para robar o incluso dar muerte a los extraños en el interior de sus moradas. Así, colocando las ropas de cama para hacerlas parecer a una figura dormida, alcance la única silla de la estancia entre las envolventes sombras, cargando y encendiendo de nuevo mi pipa, y tomando asiento para descansar o vigilar, según lo requiriera la ocasión.



III.

No podía llevar mucho rato sentado cuando mis sensibles oídos captaron el sonido de pisadas subiendo las escaleras. Todos los viejos cuentos sobre anfitriones ladrones vinieron a mi cabeza, pero otro instante de escucha reveló que las pisadas eran francas, fuertes y descuidadas, sin atisbos de disimulo; mientras que los pasos de mi anfitrión, por lo que había oído desde el final de las escaleras, eran zancadas blandas y renqueantes. Apagando las brasas de mi pipa, la puse en mi bolsillo. Después, empuñando y teniendo mi automática, me levanté de la silla y caminé de puntillas por la estancia, agazapándome tensamente en un punto desde el que podía cubrir la puerta. Ésta se abrió, y en el pozo de luz lunar entró un hombre que nunca había visto. Alto, de anchas espaldas y distinguido, con el rostro medio tapado por la espesa barba cuadrada y el cuello cubierto con una gran pieza de tela negra, de un corte tan obsoleto en América que le señalaba, indudablemente, como extranjero.



Cómo había entrado en la casa sin que me apercibiera es algo fuera de mi entendimiento, no pudiendo creer ni por un instante que estuviera oculto en la otra alcoba del salón abajo. Mientras le observaba pensativamente bajo engañosos rayos de luna, me pareció que podía ver directamente a través de la robusta forma; pero quizás esto sólo fue una ilusión derivada de mi repentina sorpresa. Percatándose del desarreglo de la cama, pero desdeñando evidentemente la fingida ocupación, el extranjero musitó algo para sí mismo en una lengua extraña y procedió a desnudarse. Lanzando sus ropas a la silla que había desocupado, se metió en la cama, se arropó y en uno o dos segundos estaba resollando con la regular respiración de alguien profundamente dormido. Mi primer pensamiento fue buscar a mi anfitrión y pedirle una explicación, pero un segundo más tarde decidí que sería mejor asegurarse que tal incidente no es una secuela de mi sueño de borracho en los bosques. Aún me sentía flojo, desmayado y, a despecho de mi reciente cena, estaba tan hambriento como si no hubiera comido nada desde el almuerzo del mediodía. Crucé hacia la cama y la alcancé, asiendo el hombro del durmiente. Enseguida, lanzando un ahogado grito de miedo enloquecido y atónito estupor, retrocedí con pulso palpitante y ojos desorbitados. ¡Puesto que mis dedos engarfados habían pasado directamente a través del durmiente, alcanzado únicamente las sábanas de debajo!



Un análisis completo de mis sensaciones enervadas y confundidas sería inútil. El hombre era intangible, aun cuando todavía podía verle, escuchar su respiración regular y observar su figura medio envuelta de lado bajo las sábanas. Y entonces, mientras estaba a punto de creerme loco o bajo hipnosis, escuche otras pisadas en las escaleras blandas, almohadilladas, perrunas, pisadas cojeantes, tamborileando hacia arriba, arriba, arriba… Y otra vez el punzante olor animal, ahora con redoblada intensidad. Aturdido y alucinado, me arrastré una vez más tras la protección de la puerta abierta, estremecido hasta la médula, pero ya resignado a cualquier destino conocido o desconocido. Entonces, en ese pozo de fantasmal luz lunar, irrumpió la enjuta forma de un gran lobo gris. Cojo, según pude ver, pues una de las patas traseras se mantenía en el aire, como herida por algún tiro perdido. La bestia giró la cabeza en mi dirección, y la pistola resbaló de mis temblorosos dedos resonando sordamente contra el suelo.



La ascendente sucesión de horrores había paralizado rápidamente mi voluntad y conciencia, porque los ojos que ahora fulguraban mirándome desde esa cabeza infernal eran los fosforescentes ojos grises de mi anfitrión, tal y como me habían observado a través de la oscuridad de la cocina. Ni siquiera sé si me vio. Los ojos fueron desde mi dirección hacia la cama y contemplaron con glotonería al espectral durmiente. Luego, la cabeza se echo atrás, y de esa demoníaca garganta brotó el más espantoso ulular que haya oído jamás; un aullido ronco, nauseabundo, lobuno, que casi hizo detenerse a mi corazón. La forma en la cama se removió, abrió los ojos y se encogió ante la vista. El animal se agachó de forma estremecedora, y entonces mientras la etérea figura lanzaba un grito de mortal angustia humana y terror que ningún espectro de leyenda podría falsificar saltó directo hacia la garganta de su víctima, con los blancos y firmes dientes reluciendo a la luz de la luna mientras se cerraban sobre la yugular del vociferante fantasma. El gritó terminó con un gorgoteo ahogado en sangre y los espantados ojos humanos se vidriaron. Aquel grito me impulsó a la acción, y en un segundo había recuperado mi automática y vaciado el cargador en la monstruosidad lobuna ante mí. Pero escuché el impacto de cada bala mientras se enterraba en el muro opuesto sin encontrar resistencia. Mis nervios cedieron. El terror ciego me lanzó hacia la puerta y me hizo mirar atrás para ver que el lobo había hundido sus dientes en el cuerpo de su víctima. Entonces llegó aquella impresión sensorial culminante y el arrollador pensamiento derivado. Era el mismo cuerpo que yo había atravesado con la mano momentos antes… pero mientras me abalanzaba por esa negra escalera de pesadilla pude escuchar el astillarse de los huesos.



IV.

Cómo encontré el camino de Glendale o cómo conseguí atravesarlo, supongo que jamás lo sabré. Sólo sé que el alba me encontró en la colina al límite de los bosques, con la escarpada población bajo mis pies y la cinta azul del Cataqua centellando en la distancia. Destocado, sin chaqueta, con el rostro tiznado y empapado de sudor, como sí hubiera pasado la noche bajo tormenta, renuncié a entrar en el pueblo hasta recobrar un poco, al menos, la compostura. Al fin emprendí camino colina abajo por las estrechas calles empedradas de portales coloniales, hasta llegar a la casa Lafayette, cuyo propietario me miró intrigado.



-¿De dónde vienes tan temprano, hijo? ¿Cómo traes esa facha?

-Acabo de llegar atravesando los bosques desde Mayfair.

-¿Has venido… a través de los bosques del Diablo…esta noche…y…solo?



El anciano me dedicó una indispuesta mirada mezcla de horror e incredulidad.



-¿Por qué no -repuse-?. No podría haberlo hecho a tiempo por el Potowisset, y debía estar aquí a mediodía, lo más tardar.

-¡Y esta noche hubo luna llena!… ¡Dios mío! ¿Viste algo de Vasili Oukranikov o el Conde?

-¿Oiga, tengo cara de tonto? ¿Qué quiere… reírse de mí?



Pero su tono fue tan grave como el de un sacerdote al replicar:



-Debes ser nuevo por aquí, hijito. Si no, sabrías todo acerca de los bosques del Diablo, la luna llena, Vasili y el resto.



Me sentí algo atontado, aunque sabía que no debía mostrarme demasiado serio tras mis primeras afirmaciones.



-Vamos…sé que se muere por contármelo. Soy como un burro… todo orejas.



Entonces contó la leyenda a su manera seca, despojándola de vitalidad y credibilidad por falta de colorido, detalles y atmósfera. Pero yo no necesitaba de la vitalidad o credibilidad que cualquier poeta pudiera haber dado. Rememorar lo que había presenciado y recordar que no había oído el cuento hasta después de haber tenido la experiencia y huido del terror de aquellos fantasmales huesos astillándose.



-Antes había unos pocos rusos instalados entre aquí y Mayfair…llegaron tras uno de aquellos follones nihilistas, allá en Rusia. Vasilli Oukranikov era uno de ellos… un tío alto, delgado y bien plantado con brillante pelo rubio y modales encantadores. Pero se decía que era un sirviente del demonio… un hombre lobo y un devorador de hombres. Se edificó una casa en los bosques, como a un tercio del camino entre esto y Mayfair, y allí vivió solo. De vez en cuando llegaba un viajero de los bosques con algún cuentecillo extraño acerca de haber sido perseguido por un gran lobo con relucientes ojos humanos… como los de Oukranikov. Una noche, alguien le pego un tiro al lobo, y la siguiente vez que el ruso vino a Glendale cojeaba. Eso encajaba todo.



Ya no eran simples sospechas, sino hechos probados. Entonces mandó a Mayfair por el Conde su nombre era Feodor Tchernevshy y había comprado la vieja casa Fowler de tejado a dos aguas en State Street para que acudiera a verle. Todos previnieron al Conde, que era un buen hombre y un esplendido vecino, pero él dijo que sabía cuidar de sí mismo. Era la noche de luna llena. Era valiente como él solo, y cuanto hizo fue pedir a algunos de sus hombres, que tenía cerca del lugar, que le siguieran a casa de Vasili si no volvía en un plazo prudencial. Así lo hicieron…y me dices, hijito, ¿Qué has estado cruzando esos bosques de noche?



-Ya le digo que sí -traté de no parecer un embustero-. No soy ningún conde, y ¡heme aquí para contarlo!… pero, ¿Qué encontraron los hombres en casa de Oukranikov?

-Encontraron el cuerpo destrozado del Conde, hijito, y un fibroso lobo gris agazapado sobre él con fauces ensangrentadas. Puedes suponer lo que era el lobo. Y se cuenta que cada luna llena… ¿pero hijito, no viste ni oíste nada?

-¡Nada, hombre! Y Dígame, ¿qué pasó con el lobo…o Vasili Oukranikov?

-¡Toma! lo mataron, hijo… lo llenaron de plomo y lo enterraron en la casa, y luego prendieron fuego al lugar… sabe que esto fue hace sesenta años, cuando yo era un crío, aunque lo recuerde como si fuera ayer.



Me volví con un encogimiento de hombros. Todo eso sonaba demasiado extraño, estúpido y artificial a plena luz del día. Pero, a veces, cuando estoy a solas tras la caída de la noche en lugares desiertos y escucho los ecos demoníacos de esos gritos y bramidos, y ese detestable crujir de huesos, vuelvo a estremecerme con el recuerdo de aquella espantosa noche.



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:17



En el reino de Egberto de Sajonia vivía una dulce doncella de nombre Isolda, quien era adorada por todos, tanto por su prudencia como por su belleza. Sin embargo, aunque muchos mancebos se acercaban a cortejarla, ella sólo amaba a Harold, y a él le había jurado fidelidad.
Entre los jóvenes, por quienes Isolda era pretendida, había uno, Alfred, que se había ofendido por su preferencia por Harold. De manera que un día, Alfred dijo a Harold:

¿Es verdad que el viejo Sigfrido saldrá de su tumba y tomará a Isolda por esposa? -Luego añadió- Por Dios, mi señor, por qué se ha puesto tan pálido cuando he mencionado el nombre de vuestro abuelo?

Entonces Haroldo preguntó -¿Qué sabes tú de Sigfrido? ¿Qué recuerdo de él debería angustiarme?
-Sabemos -replicó Alfredo- Existen algunas historias que nos han contado nuestras abuelas, y que no hemos olvidado.

Las palabras y la arrogante sonrisa de Alfred obsesionaron a Harold día y noche.

El abuelo de Harold, Sigfrido el Teutón, había sido un hombre de violento y cruel. La leyenda afirmaba que un hechizo pesaba sobre él, y que en ciertos momentos era poseído por un espíritu maligno que descargaba su furia sobre la humanidad. Pero Sigfrido había muerto hacía ya muchos años, y lo único que quedaba era la leyenda y una lanza diestramente forjada que había dejado Brunilda, la bruja. Esta lanza era tan fantástica que nunca había perdido su brillo, ni su punta había perdido el filo. Descansaba en la alcoba de Harold, y era la maravilla entre las armas de aquella época.

Isolda sabía que Alfred la amaba, pero no sabía de las amargas palabras que él le había dicho a Harold. Su amor por Harold era sólido en su confianza y piedad. Pero Alfred había penetrado en la verdad: el hechizo del viejo Sigfrido pesaba sobre Harold. Dormido durante cien años, había despertado en la sangre del nieto, y Harold conocía el hechizo que pendía sobre él, y era esto lo que parecía interponerse entre él e Isolda. Pero el amor es más fuerte que todo lo demás, y Harold amaba tiernamente.

Harold no le habló a Isolda del hechizo, porque temía que ella lo abandonase. Cuando sentía el fuego del hechizo ardiendo en sus venas le decía, -Mañana iré a la caza del jabalí en lo más profundo del bosque. -o- La semana siguiente acecharé a los ciervos en las lejanas colinas del norte.
Siempre tenía un buen pretexto para su ausencia, e Isolda no pensaba cosas malignas, porque era confiada; y aunque se fue muchas veces y se alejaba por largos días, ella no sospechaba nada. Por lo que nadie había visto a Harold cuando el hechizo lo dominaba.

Sólo Alfred reflexionaba sobre estas cosas. -Algo extraño sucede. -decía- que de cuando en cuando este galante nos deja sin su compañía. En realidad será mejor no perder de vista al nieto de Sigfrido.

Harold sabía que Alfred lo observaba de cerca, y estaba atormentado por un temor constante de que Alfred descubriera su maldición; pero lo que realmente le angustiaba era que en presencia de Isolda, el hechizo se apoderara de él y le obligase a dañarla. Así Harold vivía en constante temor, sintiendo que su amor no tenía esperanza, aún no sabiendo cómo combatirlo.

Ahora bien, sucedió en aquellos años que el país era siendo azotado por un hombre lobo, un licántropo feroz, una criatura que era temida por todos los caballeros, sin importar qué tan valientes fuesen. Este hombre lobo era humano durante el día, y por la noche un lobo dado a la destrucción y a la matanza, y tenía una existencia mágica contra la cual ningún hombre luchar. Donde fuera que iba, atacaba y devoraba personas, esparciendo terror y desolación por todo el reino, y los magos decían que la tierra no sería liberada del hombre lobo hasta que algún hombre se ofreciera a sí mismo en sacrificio voluntario a la ira del monstruo.

Ahora bien, aunque Harold era conocido como un impresionante cazador, nunca había sido convocado para cazar al hombre lobo, y, extrañamente, el licántropo nunca acechaba en dónde Harold estaba. Alfred sospechaba de esto, y a menudo decía: -Nuestro Harold es un cazador formidable. ¿Quién mejor para dar caza al tímido gamo o al al evasivo jabalí? Pero mientras tanto, vemos su ausencia durante las apariciones del hombre lobo. Tal valor le sienta bien a nuestro joven Sigfrido.

Llegado esto al conocimiento de Harold, su corazón se inflamó de ira, pero no respondió, por miedo a delatar la verdad que temía.
Sucedió por aquel entonces que Isolda dijo a Harold: -¿Irás conmigo mañana a la fiesta en la gruta sagrada?
-No puedo hacerlo- respondió Harold. -Estoy convocado a una misión en Normandía. Y te ruego, por el amor que me tienes, que no acudas a la fiesta en la gruta sagrada sin mí.
-¿Qué dices?- exclamó Isolda. -¿Qué no vaya a la fiesta de Santa Ælfreda? Mi padre estará muy enfadado si no estoy allí con las otras doncellas. Sería una gran pena que yo le decepcione de esa manera.
-No lo hagas, te lo suplico- dijo Harold. -¡No vayas a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada! Y si de verdad me amas, no vayas. ¡Te lo pido de rodillas! No vayas a la gruta hasta la noche de mañana.

Isolda estaba sorprendida por sus actos y sus palabras. Luego, por vez primera, pensó que él estaba celoso, lo cual le produjo un secreto placer.
-Ah- dijo ella -Dudas de mi amor- pero cuando vio una mirada de dolor asomar a su rostro agregó - como si se arrepintiera de las palabras que había dicho- ¿o es que le temes al hombre lobo?
Entonces Harold respondió, con los ojos fijos en los de ella: -Tú lo has dicho; señora, es al hombre lobo que temo.
-¿Por qué me miras de forma tan extraña, Harold? -preguntó Isolda. -Por la violenta luz en tus ojos uno casi podría decir que tú eres el hombre lobo!
-Ven aquí, siéntate a mi lado- dijo Harold, temblando -y te contaré por qué temo dejarte ir a la fiesta de Santa Ælfreda mañana a la noche. Soñé que yo era el hombre lobo. Un anciano se paró al costado de mi cama como si me arrancara el alma de mi pecho.
-¿Qué hacéis, anciano?
-'Tu alma es mía- dijo él -vivirás ahora bajo mi hechizo. Tu alma es mía.
-Tu hechizo no penderá sobre mí- grité- ¿Qué hice para que tu magia me atormente? Tú no tendrás mi alma.
-'Por esa ofensa sufrirás, y por mi hechizo conocerás el infierno. Así está decretado.

Así habló el anciano, sentí que me arrebataba el alma. Luego dijo: -Vé, busca y mata- entonces, yo fui un lobo corriendo por los páramos.
La hierba seca crujía bajo mis pasos. La oscuridad de la noche era pesada y me oprimía. Horrores extraños torturaban mi alma, que gemía y gemía en aquel cuerpo lobezno. El viento me susurraba; con miles de voces y me hablaba y decía, 'Vé, busca y mata.' Y sobre esas voces sonaba la risa horrible de un anciano. Corrí por el páramo, sin saber bien porqué lo hacía.
Llegué a un río y me arrojé en él. Una ardiente sed me consumía, y bebí las aguas del río. Había llamaradas que resplandecían a mi alrededor, y el viento silbaba, y lo que decía era 'Vé, busca y mata,' y escuché la risa del anciano en cada sombra.

Un bosque se extendía ante mí con sus figuras impenetrables: con sus cuervos, sus vampiros, sus serpientes, sus reptiles, y todas sus espantosas criaturas de la noche. Me arrojé entre las espinas, entre las hojas, las ortigas, y las zarzas. Los búhos ululaban, y las espinas lastimaban mi carne. -Vé, busca y mata- decían todos. Los conejos huían a mi paso; las otras bestias corrían en dirección contraria a la mía; toda forma de vida chillaba en mis oídos. El hechizo estaba en mí, yo era el hombre lobo.

Corría a la par del viento, y mi alma gemía en su prisión lobuna, y el viento, las aguas y los árboles me susurraban, -Vé, busca y mata, tú bestia; vé, busca y mata-
En ningún sitio había piedad para el lobo; ¿qué misericordia, entonces, podría yo, como lobo, tener? El hechizo estaba sobre mí y me llenaba de hambre y sed de sangre. Dentro de mí ser, grité: -Sangre, oh, sangre humana, que esta ira pueda ser saciada, que este hechizo pueda ser retirado.
Por ultimo llegué a la gruta sagrada. La noche cubría los álamos, los robles se henchían sobre mí. Ante mí se paró un anciano, era él, el mismo siniestro anciano, cuyo hechizo padecía. No me asustó. Todas las otras cosas vivientes huían ante mí, pero el anciano no me temía. Una doncella se paró a su lado. Ella no me veía, pues era ciega.

-Mata, mata- exclamó el anciano, señalando a la niña a su lado.

El Infierno rugió dentro de mí. La maldición me impulsaba. Salté sobre su garganta. Escuché al anciano reír una vez más, y entonces... desperté, temblando, helado, horrorizado.

Apenas Harold terminó de narrar su sueño, Alfred hizo su aparición.

-Ah, Señora- dijo él -Creo que nunca he visto un rostro tan triste.
Entonces Isolda le dijo como Harold le había rogado que no asista a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada.
-Esos temores son infantiles- dijo Alfred, alardeando. -Y tú sufrida, dulce señora, yo seré tu compañía en la fiesta, y un grupo de mis escuderos nos escoltarán. No habrá hombres lobo que puedan con nosotros.

Isolda rió feliz, y Harold dijo: -está bien; tú irás a la gruta sagrada, y quiera mi amor y la gracia de Dios resguardarte de todo mal.

Luego Harold fue a su morada, y dio la vieja lanza de Sigfrido a Isolda, y se la entregó en sus manos, diciendo: -Lleva esta lanza contigo a la fiesta mañana a la noche. Es la vieja lanza de Sigfrido, que es símbolo de la fuerza y la virtud.

Y Haroldo llevó la mano de Isolda a su corazón y la bendijo, y la besó en la frente y en los labios, diciendo -adiós, oh, mi amada. Cómo me amarás cuando sepas de mi sacrificio. Adiós, adiós, por siempre, oh, amada mía.
Luego Haroldo prosiguió su camino, e Isolda permaneció allí, consternada.

En la noche siguiente, Isolda fue a la gruta sagrada donde la fiesta había comenzado, y llevó la vieja lanza de Sigfrido con ella en su cinturón. Alfred la acompañaba, y varios soldados estaban tras él. En la gruta había gran alegría, y con cánticos y danzas y juegos la gente celebraba la fiesta de Santa Ælfreda.

Pero de pronto se elevó un fuerte tumulto, con gritos de ¡El hombre lobo! ¡El hombre lobo!. El terror paralizó a todos, y hasta los corazones de los hombres fuertes se helaron. Saliendo de lo profundo del bosque rugió el hombre lobo, bramando, crujiendo sus colmillos y arrojando espuma amarilla de sus fauces. Corrió derecho a Isolda, como si un poder diabólico lo dirigiese hacia el lugar donde ella estaba parada. Pero Isolda no estaba atemorizada; se irguió como una estatua de mármol y vio venir al hombre lobo. Los lanceros, soltaron sus antorchas y cubriéndose tras sus escudos, huyeron; solo Alfred se quedó ahí para dar batalla al monstruo.

Alzó su pesada lanza ante el licántropo que se aproximaba, y la lanzó contra la erizada espalda del hombre lobo, pero el arma era débil.

Luego, el hombre lobo, fijando sus ojos sobre Isolda, se preparó por un momento en la sombra. Isolda, pensando en las palabras de Harold, sacó la vieja lanza de Sigfrido de su vaina, la levantó, y con la fuerza de la desesperación la lanzó a través del aire.

El hombre lobo vio el arma brillante, y un gritó brotó de su garganta. Un grito de agonía humana; e Isolda observó en los ojos del hombre lobo los ojos de alguien que ella había visto y conocido, pero fue sólo por un instante, y luego los ojos ya no fueron humanos, sino los de una bestia feroz.

Una fuerza sobrenatural pareció impulsar la lanza en su vuelo. Con imposible precisión se enterró en la mitad de su pecho hirsuto de lobo, justo arriba del corazón, y luego, con un aullido monstruoso, el hombre lobo cayó muerto entre las sombras.

Luego, ah, luego de verdad hubo gran júbilo, y grandes fueron las aclamaciones, mientras, hermosa en su temblorosa palidez, Isolda fue llevada hasta su casa, donde la gente se congregó para dar una gran fiesta en su homenaje, porque el hombre lobo estaba muerto, y ella era quien le había matado.

Pero Isolda exclamó: -Vayan, busquen a Harold. Que venga a mí. No coman ni duerman hasta encontrarlo.
-Mi Buena señora- dijo Alfredo -¿como podría ser eso, si él ha marchado a Normandía?
-No me importa dónde esté -exclamó ella- Mi corazón sufre hasta que pueda verme en sus ojos otra vez.
-Seguramente no se ha ido a Normandía -dijo Huberto- Este vecino lo vio entrar en su casa.

Todos se apresuraron en ir, en vasta compañía, hacia allí. La puerta de su alcoba estaba cerrada.
¡Harold, Harold, vamos! -exclamaron, mientras golpeaban la puerta, pero no hubo respuesta a sus llamados y golpes. Ya con miedo, tiraron la puerta abajo, y cuando esta cayó, vieron a Harold tendido en su cama.

-Duerme- dijo uno -Vean, sostiene un dibujo en su mano, el retrato de Isolda. Qué bello está y qué tranquilamente duerme.

Pero no, Haroldo no estaba dormido. Su rostro estaba calmo y hermoso, como si soñara con su amada, pero su vestimenta estaba roja con la sangre que manaba de una herida en su pecho. Una herida horrenda, como de lanza, justo encima de su corazón.


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:21






Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo al fin tan cargante que dejamos de hablar, mirando vagamente a todos lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.

—¿Tiene miedo? —le preguntamos.
—¡Miedo! ¿De qué?
—¡Tendría que ver! —se rió Casacuberta—. A menos...

Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno de los perros que dormían, se había levantado sobre las patas delanteras, con un gruñido sordo. Miraba inmóvil, las orejas paradas.

—Es en el ombú —dijo el dueño de casa, siguiendo la mirada del animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros, nos impedía ver nada. Dingo se tranquilizó.
—Estos animales son locos —replicó Casacuberta—, tienen particular odio a las sombras...

Por segunda vez el gruñido sonó, pero entonces fue doble. Los perros se levantaron de un salto, tendieron el hocico, y se lanzaron hacia el ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza. Enseguida sentimos las sacudidas de la lucha.

Las muchachas dieron un grito, las polleras en la mano, prontas para correr.

—Debe ser un zorro: ¡por favor, no es nada! ¡toca, toca! —animó Casacuberta a sus perros. Y conmigo y Vivas corrió al campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.
—¡Es un chancho de casa! —gritó aquél riéndose. Yo también me reí. Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el animal pasó delante de él, lo mató de un tiro.

Con razón esta vez, los gritos femeninos fueron tales, que tuvimos necesidad de gritar a nuestro turno explicándoles lo que había pasado. En el primer momento Vivas se disculpó calurosamente con Casacuberta, muy contrariado por no haberse podido dominar. Cuando el grupo se rehizo, ávido de curiosidad, nos contó lo que sigue. Como no recuerdo las palabras justas, la forma es indudablemente algo distinta.

—Ante todo —comenzó— confieso que desde el primer gruñido de Dingo preví lo que iba a pasar. No dije nada, porque era una idea estúpida. Por eso cuando lo vi salir corriendo, una coincidencia terrible me tentó y no fui dueño de mí. He aquí el motivo.

Pasé, hace tiempo, marzo y abril en una estancia del Uruguay, al norte. Mis correrías por el monte familiarizándome con algunos peones, no obstante la obligada prevención a mi facha urbana. Supe así un día que uno de los peones, alto, amarillo y flaco, era lobisón. Ustedes tal vez no lo sepan: en el Uruguay se llamaba así a un individuo que de noche se transforma en perro o cualquier bestia terrible, con ideas de muerte.

De vuelta a la estancia fui al encuentro de Gabino, el peón aludido. Le hice el cuento y se rió. Comentamos con mil bromas el cargo que pesaba sobre él. Me pareció bastante más inteligente que sus compañeros. Desde entonces éstos desconfiaron de mi inocente temeridad. Uno de ellos me lo hizo notar, con su sonrisita compasiva de campero:

—Tenga cuidao, patrón...

Durante varios días lo fastidié con bromas al terrible huésped que tenían. Gabino se reía cuando lo saludaba de lejos con algún gesto demostrativo.

En la estancia, situado exactamente como éste, había un ombú. Una noche me despertó la atroz gritería de los perros. Miré desde la puerta y los sentí en la sombra del árbol destrozando rabiosamente a un enemigo común. Fui y no hallé nada. Los perros volvieron con el pelo erizado.

Al día siguiente los peones confirmaron mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire, es porque el lobisón invisible está ahí.

Bromeé con Gabino.
—¡Cuidado! Si los bull-terriers lo pescan, no va a ser nada agradable.
—¡Cierto! —me respondió en igual tono—. Voy a tener que fijarme.

El tímido sujeto me había cobrado cariño sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema para oírme hablar y reírse hasta las lágrimas.

Un mes después me invitó a su casamiento; la novia vivía en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la fama de Gabino, no creían, sobre todo ella.

—No cree —me dijo maliciosamente. Ya lejos, volvió la cabeza y se rió conmigo.

El día indicado marché; ningún peón quiso ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocía. Como el padre de la novia era hombre de toda confianza, habían decidido ir, divirtiéndose con la escapatoria. Les conté la terrible aventura que corría la novia con tal marido.

—¡Verdad! ¡La va a comer, mamá! ¡La va a comer! —rompieron las muchachas.
—¡Qué lindo! ¡Va a pelear con los perros! ¡Los va a comer a todos! —palmoteaban alegremente.

En ese tono ya, proseguimos forzando la broma hasta tal punto que, cuando los novios se retiraron del baile, nos quedamos en silencio, esperando. Fui a decir algo, pero las muchachas se llevaron el dedo a la boca.

Y de pronto un alarido de terror salió del fondo del patio. Las muchachas lanzaron un grito, mirándome espantadas. Los peones oyeron también y la guitarra cesó. Sentí una llamarada de locura, como una fatalidad que hubiera estado jugando conmigo mucho tiempo. Otro alarido de terror llegó, y el pelo se me erizó hasta la raíz. Dije no sé qué a las mujeres despavoridas y me precipité locamente. Los peones corrían ya. Otro grito de agonía nos sacudió, e hicimos saltar la puerta de un empujón; sobre el catre, a los pies de la pobre muchacha desmayada, un chancho enorme gruñía. Al vernos saltó al suelo, firme en las patas, con el pelo erizado y los bellos retraídos. Miró rápidamente a todos y al fin fijó los ojos en mí con una expresión de profunda rabia y rencor. Durante cinco segundos me quemó con su odio. Precipitóse enseguida sobre el grupo, disparando al campo. Los perros lo siguieron mucho tiempo.

Éste es el episodio; claro es que ante todo está la hipótesis de que Gabino hubiera salido por cualquier motivo, entrando en su lugar el chancho. Es posible. Pero les aseguro que la cosa fue fuerte, sobre todo con la desaparición para siempre de Gabino.

Este recuerdo me turbó por completo hace un rato, sobre todo por una coincidencia ridícula que ustedes habrán notado; a pesar de las terribles mordidas de los perros —y contra toda su costumbre— el animal de esta noche no gruñó ni gritó una sola vez

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:26



Vean lo que nos narró el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Ravels.
Habíamos perseguido a un ciervo todo el día. El marqués era el único invitado que no tomó parte alguna en aquella batida, porque no cazaba jamás.

Durante la comida casi no se habló más que de matanzas de animales. Hasta las señoras oían con interés las narraciones sangrientas y con frecuencia inverosímiles; los oradores acompañaban con el gesto la relación de los ataques y luchas de hombres y bestias; levantaban los brazos, ahuecaban la voz. Agradaba oír al señor de Arville, cuya poética fraseología resultaba un poco ampulosa, pero de buen efecto. Es indudable que habría referido muchas veces, en otras ocasiones, la misma historia, porque ninguna frase lo hizo dudar, teniéndolas todas ya estudiadas, muy seguro de producir la imagen que le convenía.

-Señores: yo no he cazado nunca; mi padre, tampoco; ni mi abuelo ni mi bisabuelo. Este último era hijo de un hombre que había cazado él solo más que todos ustedes juntos. Murió en 1764, y voy a decir de qué manera. Se llamaba Juan, estaba casado y era padre de una criatura, que fue mi bisabuelo; habitaba con su hermano menor, Francisco de Arville, en nuestro castillo de Lorena, entre bosques. Francisco de Arville había quedado soltero; su amor a la caza no le permitía otros amores.
Cazaban todo el año sin tregua, sin descanso y sin rendirse a las fatigas. Era su mayor goce; no sabían divertirse de otro modo; no hablaban de otro asunto: sólo vivían para cazar. Los dominaba aquella pasión terrible, inexorable, abrasándolos, poseyéndolos, no dejando espacio en su corazón para nada más. Habían prohibido que por ninguna causa los interrumpieran en sus cacerías. Mi bisabuelo nació mientras perseguía su padre a un zorro y, sin abandonar su pista, Juan de Arville murmuró:
-¡Cristo! Bien pudo esperar ese pícaro para nacer a que yo termine.

Su hermano Francisco se apasionaba aún más en su afición. Lo primero que hacía en cuanto se levantaba era ver a los perros y los caballos; luego, se entretenía disparando a los pájaros en torno del castillo hasta la hora de salir a caza mayor.

En la comarca los llamaban el señor marqués y el señor menor; entonces los aristócratas no establecían en los títulos -como ahora la nobleza improvisada quiere hacerlo- una jerarquía descendiente; porque no es conde un hijo de marqués ni barón un hijo de vizconde, como no es coronel de nacimiento el hijo de un general. Pero la vanidad mezquina de los actuales tiempos lo dispone así. Vuelvo a mis ascendientes.

Parece ser que fueron agigantados, velludos, violentos y vigorosos; el joven aún más que su hermano mayor, y tenía una voz tan recia, que, según una opinión popular que le complacía, sus gritos agitaban toda la verdura del bosque. Y, al salir de caza, debieron de ofrecer un espectáculo admirable aquellos dos gigantes, galopando en dos caballos de mucha talla y brío.

El invierno de 1764 fue muy crudo y los lobos rabiaron de hambre.

Atacaban a los campesinos, rondaban de noche alrededor de las viviendas, aullaban desde la puesta de sol hasta el amanecer y asaltaban los establos. Circuló un rumor terrible. Se Hablaba de un lobo colosal, de pelo gris, casi blanco; que había devorado a dos niños y el brazo de una mujer; había matado a todos los mastines de la comarca y, saltando las tapias, olifateaba sin temor alguno bajo las puertas. Ningún hombre dejó de sentirlo resoplar; su resoplido hacía estremecer la llama de las luces. Invadió la provincia un pánico terrible. Nadie salía de casa de noche ni al anochecer. La oscuridad parecía poblada en todas partes por la sombra de aquella bestia...

Los hermanos de Arville, resueltos a perseguir y matar al monstruo, dispusieron grandes cacerías, invitando a los nobles de la región. Todo fue inútil; ni en los bosques ni entre las malezas lo hallaron jamás. Mataban muchos lobos, pero aquél no aparecía. Y cada noche, al terminar la batida, como para vengarse, la bestia feroz causaba estragos mayores, atacando a un caminante o devorando alguna res; pero siempre a distancia del sitio donde lo buscaron aquel día.

Entró una de aquellas noches en la pocilga del castillo de Arville y devoró los dos mejores cerdos. Juan y Francisco reventaban de cólera, imaginando en aquel ataque una provocación del monstruo, una injuria directa, un reto. Con sus más resistentes sabuesos, acostumbrados a perseguir temibles bestias, aprestáronse a la caza, rebosando sus corazones odio y furor.

Desde el amanecer hasta que descendía el sol arrebolado entre los troncos de los árboles desnudos, batieron inútilmente los matorrales.

Regresaban furiosos y descorazonados, llevando al paso las cabalgaduras por un camino abierto entre maleza, sorprendiéndose de que un lobo burlase toda su precaución y poseídos ya de una especie de recelo misterioso. Juan decía:

-Esa bestia no es como las demás. Parece que piensa y calcula como un hombre.
Y contestaba Francisco:
-Acaso conviniera que nuestro primo el obispo bendijese una bala, o que lo hiciese algún sacerdote de la región, rogándole nosotros que pronunciase las palabras oportunas.
Callaron y, después de un silencio, advirtió Juan:
-Mira el sol, qué rojo. La fiera no dejará de causar algún daño esta noche.

Apenas había terminado la frase, cuando su caballo se encabritó; el de Francisco giraba. Un matorral, cubierto de hojas marchitas, crujió, abriendo paso a una bestia enorme y gris que, saliendo rápidamente de su escondrijo, internose al punto en el bosque. Los dos de Arville articularon una especie de rugido que demostraba su fiera satisfacción y encogiéndose, inclinados hacia adelante, pegándose al cuello de sus briosos caballos, impulsándolos con todo su cuerpo, los lanzaron a la carrera, excitándolos, arrastrándolos, enloqueciéndolos de tal modo con las voces, con sus movimientos, con la espuela, que los hercúleos caballeros, como si un ímpetu gigantesco los condujera volando, parecían arrastrar entre las piernas a sus caballos, que iban a escape, tocando en el suelo con el vientre, haciendo crujir los matorrales y salvando las torrenteras, encaramándose por escarpadas pendientes y descendiendo por angostas gargantas. Los caballeros hacían resonar las trompas con toda la fuerza de sus pulmones, llamando a sus criados y a sus perros.

De pronto, en aquella furiosa y precipitada persecución, tropezó mi abuelo con la cabeza en una rama que le abrió el cráneo y cayó sin sentido, mientras el caballo continuaba su carrera loca, desapareciendo en la densa oscuridad que iba envolviendo el bosque. Francisco de Arville paró en seco y se apeó, cogiendo en brazos a su hermano; vio que por la herida, entre la sangre, asomaba también el cerebro.

Entonces, apoyándolo sobre sus rodillas, contempló el rostro ensangrentado, las facciones rígidas, inertes, del marqués. Poco a poco el miedo lo invadió, un miedo extraño que no había sentido nunca. Temía la oscuridad, la soledad, el silencio del bosque; hasta llegó a temer que apareciera el fantástico lobo, que se vengaba de aquella persecución tenaz de los Arville haciendo morir al mayor de los hermanos.

Se espesaban las tinieblas; el frío, agudo, hacía crujir los árboles. Francisco se incorporó, tembloroso, incapaz de permanecer allí más tiempo, sintiéndose casi desfallecer. No se oía nada; ni ladridos de perros ni voces de trompa; todo estaba mudo en el invisible horizonte, y aquel silencio taciturno de una helada noche tenía bastante de horroroso y extraño.

Alzó entre sus manos de coloso el cuerpo gigantesco de Juan, atravesándolo sobre la silla para llevarlo al castillo; montó y se puso en marcha, despacio, sintiendo una turbación semejante a la embriaguez, perseguido por espectros indefinibles y espantosos.

De pronto, una forma vaga cruzó el sendero que la nocturna oscuridad invadía. Era la bestia. Una sacudida brusca, un verdadero espanto agitó al cazador; algo frío, como una gota de agua, se deslizó sobre sus riñones; y, como un ermitaño que ahuyenta a los demonios, el caballero hizo la señal de la cruz, desconcertado ante aquella temible aparición del espantoso vagabundo. Pero sus ojos refrescaron su memoria, presentándole a su hermano muerto; y, de pronto, pasando en un instante del miedo al odio, rugió furiosamente y espoleando al caballo se lanzó tras el lobo.

Lo siguió entre los matorrales y a través de bosques desconocidos. Galopaba con la vista penetrante, clavada en la sombra que huía; tropezaban en los troncos y en las rocas la cabeza y los pies del muerto atravesado en la silla. Le arrancaban el cabello las zarzas y salpicaba con sangre los árboles, golpeándolos con la frente; las espuelas rechinaban y hacían saltar chispas de los pedruscos. De pronto, la bestia y su perseguidor salieron del bosque y se lanzaron a un valle cuando aparecía la luna en lo alto del monte; un valle pedregoso, cerrado por enormes rocas. No hallando fácil salida por aquella parte, la bestia retrocedió.

Francisco no pudo contener un alarido estruendoso de alegría, que los ecos repitieron como repiten el rodar de un trueno, y saltó a tierra empuñando el cuchillo de monte. La bestia, con los pelos erizados y arqueado el cuerpo, lo aguardaba. Pero antes de comenzar el combate, cogiendo el cazador el cuerpo de su hermano, lo apoyó entre unas rocas, y sosteniéndole con piedras la cabeza, que parecía una masa de sangre cuajada, le dijo a voces, como si hablara con un sordo:

-¡Mira, Juan! ¡Mira eso!

Y se arrojó sobre la bestia. Sentíase bastante poderoso para levantar en vilo una montaña, para triturar pedernales entre sus dedos. La bestia quiso hacer presa en él, procurando arrimar su hocico al vientre del cazador; pero éste la tenía sujeta por el cuello y la estrangulaba tranquilamente con la mano, sin acordarse del cuchillo, gozándose al sentir los ahogos de su garganta y las palpitaciones de su corazón. Reía, reía más, cuanto más apretaba; reía gritando: ¡Mira, Juan! ¡Mira eso! Ya no hallaba resistencia: el cuerpo del monstruo cedía con blandura. Estaba muerto.

Entonces Francisco lo alzó, y acercándose a su hermano con aquella carga inerte dejó caer un cadáver a los pies de otro cadáver, diciendo, conmovido y cariñoso:
-Toma, Juan; tómalo; ahí lo tienes.
Después colocó en la silla los dos cuerpos y se puso en marcha.

Entró en el castillo riendo y llorando, como Gargantúa cuando el nacimiento de Pantagruel. Pregonaba la muerte de la bestia con exclamaciones de triunfador y gritos de gozo; refería la muerte de su hermano, gimiendo y arrancándose las barbas. Y, pasado el tiempo, cuando hablaba de aquella noche fatal, decía con lágrimas en los ojos:

-¡Si al menos hubiese podido ver el pobre Juan cómo estrangulé al otro, es posible que muriera satisfecho! ¡Estoy seguro!

La viuda educó a su hijo haciéndolo odiar la caza y ese odio se ha transmitido hasta mí de generación en generación.

El marqués de Arville había terminado. Alguien preguntó:
-Esa historia es una leyenda, ¿verdad?
Y el marqués respondió:
-Aseguro que todo es cierto, que todo ha ocurrido.
Y una señora dijo con dulzura:
-De cualquier modo, agrada oír contar que alguien se apasiona fieramente.


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:32


Una fiera y sólo una aúlla en las noches del bosque.


 
 El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne humana, ya ninguna otra lo satisfará.
De noche, los ojos de los lobos relucen como llamas de candil, amarillentos, rojizos; pero ello es así porque las pupilas de sus ojos se dilatan en la oscuridad y captan la luz de tu linterna para reflejarla sobre ti... peligro rojo; cuando los ojos de un lobo reflejan tan sólo la luz de la luna, destellan un verde frío, sobrenatural, un color taladrante, mineral. El viajero anochecido que ve de súbito esas lentejuelas luminosas, terribles, engarzadas en los negros matorrales, sabe que debe echar a correr, si es que el terror no lo ha paralizado.
Pero esos ojos son todo cuanto podrás vislumbrar de los asesinos del bosque que se apiñan, invisibles, en torno de tu olor a carne, si cruzas el bosque a horas imprudentemente tardías. Serán como sombras, como espectros, los grises cofrades de una congregación de pesadilla; ¡escucha!, escucha el largo y ululante aullido..., un aria de terror súbitamente audible.
La melopea de los lobos es el trémolo del desgarro que habrás de sufrir, de suyo una muerte violenta.
Invierno. Invierno y frío. En esta región de bosques y montañas no ha quedado para los lobos nada que comer. Sin cabras ni ovejas, ahora encerradas en los establos, sin los venados que han partido hacia laderas más meridionales en busca de las últimas pasturas, los lobos están enflaquecidos, hambrientos. Tan escasa es su carne que podrías contar, a través del pellejo, las costillas de esas alimañas famélicas, si acaso te dieran tiempo antes de abalanzarse sobre ti. Esas mandíbulas que rezuman baba; la lengua jadeante; la escarcha de saliva en el barbijo canoso. De todos los peligros que acechan en la noche y el bosque −aparecidos, trasgos, ogros que asan niños en la parrilla, brujas que ceban cautivos en jaulas para sus festines caníbales−, de todos, el lobo es el peor porque no atiende razones.
En el bosque, donde nadie habita, siempre estás en peligro. Si traspones los portales de los grandes pinos, allí donde las ramas hirsutas se enmarañan para encerrarte, para atrapar en sus red viajero incauto, como si la vegetación misma estuviera confabulada con los lobos que allí moran, como si los pérfidos árboles salieran de pesca para sus amigos..., si traspones los soportales bosque, hazlo con la mayor cautela y con infinitas precauciones, pues si por un instante te desvías de tu senda, los lobos te devorarán. Son grises como la hambruna, despiadados como la peste.
Los niños de ojos graves de las desperdigadas aldehuelas, siempre llevan cuchillos cuando salen a pastorear las pequeñas majadas de cabras que proveen a las familias de leche agria y quesos rancios y agusanados. Sus cuchillos son casi tan grandes como ellos; y las hojas se afilan cada día.
Pero los lobos saben cómo allegarse hasta tu mismo fogón. Y aunque nosotros no les damos tregua, no siempre conseguimos mantenerlos a raya. No hay noche de invierno en que el leñador no tema ver un hocico afilado, gris, famélico, husmeando por debajo de la puerta; y cierta vez una mujer fue atacada a dentelladas en su propia cocina mientras colaba los macarrones.
Teme al lobo y huye de él; pues lo peor es que el lobo puede ser algo más de lo que aparenta.
Hubo una vez un cazador, cerca de aquí, que atrapó un lobo en un foso. El lobo había diezmado los rebaños de cabras y ovejas; se había comido a un viejo loco que vivía solo en una choza montaña arriba, entonando alabanzas a Jesús el día entero; había atacado a una muchacha que estaba cuidando sus ovejas, pero ella había armado tal alboroto que los hombres acudieron con rifles lo ahuyentaron y hasta trataron de seguirle el rastro entre fronda; pero el lobo era astuto y les dio fácilmente el esquinazo. Así que este cazador cavó un foso y puso en él un pato, a modo de señuelo, vivito y coleando; luego cubrió el foso con paja untada de excrementos de lobo. Cuac, cuac, gritaba el pato, y un lobo emergió sigiloso de la espesura; un lobo grande, corpulento, pesado como un hombre adulto: la paja cedió bajo su peso y el lobo cayó en la trampa. El cazador saltó detrás de él, lo degolló y le cortó las zarpas a modo de trofeo; pero de pronto ya no fue un lobo lo que tuve delante, sino el tronco ensangrentado de un hombre, sin cabeza, sin piernas, moribundo, muerto.
En otra ocasión, una bruja del valle transformó en lobos a todos los convidados a una fiesta de bodas, y ello porque el novio había preferido a otra muchacha. Solía ordenarles, por despecho, que la fueran a visitar de noche y entonces los lobos se sentaban alrededor de su cabaña y le aullaban la serenata de su infortunio.
No hace mucho, una joven mujer de nuestra aldea casó con un hombre que desapareció como por encanto la noche de bodas. La cama estaba tendida con sábanas nuevas y sobre ellas se acostó la recién casada; el novio dijo que salía a orinar, insistió en ello, por pudor, y entonces ella se tapó con el edredón hasta su barbilla y así lo esperó. Y esperó, y esperó, y siguió esperando −¿no está tardando demasiado?− hasta que al fin se incorpora de un salto y grita al oír un aullido que el viento trae desde la espesura.

Ese aullido largo, modulado, parecería insinuar, pese a sus escalofriantes resonancias, un trasfondo de tristeza, como si las fieras mismas desearan ser menos feroces mas no supieran cómo lograrlo y no cesaran nunca de llorar su desdichada condición. Hay en los cánticos de los lobos una vasta melancolía, una melancolía sin fin como la misma floresta, interminable como las largas noches del invierno. Y sin embargo esa horrenda tristeza, ese condolerse de sus propios, irremediables apetitos, jamás podrá conmovernos, ya que ni una sola frase deja entrever en ellos una posible redención; para los lobos, la gracia no ha de venir de su propio desconsuelo sino a través de un mediador; y es por ello que se diría, a veces, que la fiera acoge casi con regocijo el cuchillo que acabará con ella.

Los hermanos de la joven registraron cobertizos y graneros mas no hallaron resto alguno; de modo que la sensata joven secó sus lágrimas y se buscó otro marido menos tímido, que no tuviera empacho en orinar en un cacharro y en pasar las noches bajo techo. Ella le dio un par de rozagantes bebés y todo anduvo sobre ruedas hasta que cierta noche glacial, la noche del solsticio, el momento del año en que las cosas no engranan tan bien como debieran, la más larga de todas las noches, su primer marido volvió a casa.

Un violento puñetazo en la puerta anunció su regreso cuando ella revolvía la sopa para el padre de sus hijos; lo reconoció en el instante mismo en que levantó la tranca para hacerlo pasar, pese a que hacía años que había dejado de llevar luto por él, y que el hombre estuviera ahora vestido de harapos, el pelo pululante de pulgas colgándole a la espalda, sin haber visto un peine en años.

−Aquí me tienes de vuelta, doña −dijo−. Prepárame un plato de coles. Y que sea pronto.

Cuando el segundo marido entró con la leña para el fuego y el primero comprendió que ella había dormido con otro hombre, y lo que es peor, cuando clavó sus ojos enrojecidos en los pequeñuelos que se habían deslizado hasta la cocina para ver a qué se debía tanto alboroto, gritó: ¡Ojalá fuera lobo otra vez para darle una lección a esta puta! Y al punto en lobo se convirtió y arrancó al mayor de los niños el pie izquierdo antes de que con el hacha de cortar la leña le partieran en dos la cabeza. Pero cuando el lobo yacía sangrando, lanzando sus últimos estertores, su pelaje volvió a desaparecer y fue otra vez tal como había sido años atrás cuando huyó del lecho nupcial; y entonces ella se echó a llorar y el segundo marido le propinó una tunda.
 
Dicen que hay un ungüento que te ofrece el Diablo y que te convierte en lobo en el momento mismo en que te frotas con él. O que había nacido de nalgas y tenía por padre a un lobo, y que su torso es el de un hombre pero sus piernas y sus genitales los de' un lobo. Y que también su corazón es de lobo.

Siete años es el lapso de vida natural de un lobizón, pero si quemas sus ropas humanas lo condenas a ser lobo por el resto de su vida; es por eso que las viejas comadres de estos contornos suponen que si le arrojas al lobizón un mandil o un sombrero estarás de algún modo protegido, como si el hábito hiciera al monje. Y aun así, por los ojos, esos ojos fosforescentes, podrás reconocerlo; son los ojos lo único que permanece invariable en sus metamorfosis.

Antes de convertirse en lobo, el licántropo se desnuda por completo. Si por entre los pinos atisbas a un hombre desnudo, deberás huir de él como si te persiguiera el Diablo.

Es pleno invierno y el petirrojo, el amigo del hombre, se posa en el mango de la pala del labrador y canta. Es, para los lobos, la peor época del año, pero esa niña empecinada insiste en cruzar el bosque. Está segura de que las fieras salvajes no pueden hacerle ningún daño pero, precavida, pone un cuchillo en la cesta que su madre ha llenado de quesos. Hay una botella de áspero licor de zarzamoras, una horneada de pastelillos de avena cocinados en la solera del fogón; uno o dos potes de mermelada. La niña de cabellos de lino llevará estos deliciosos regalos a su abuela, que vive recluida, tan anciana que el peso de los años la está triturando a muerte. Abuelita vive a dos horas de marcha a través del bosque invernal; la pequeña se envuelve en su grueso pañolón, cubriéndose con él la cabeza a guisa de caperuza. Se calza los recios zuecos; está vestida y pronta, y hoy es la víspera de Navidad. La maligna puerta del solsticio se balancea aún sobre sus goznes, pero ella ha sido siempre una niña demasiado querida como para sentir miedo.

En esta región agreste, la infancia de los niños nunca es larga, aquí no existen juguetes, de modo que desde pequeños trabajan duro y pronto se vuelven cautos; pero ésta, tan bonita, la hija más pequeña y un tanto tardía, ha sido mimada por su madre y por la abuela, que le ha tejido el pañolón rojo que hoy luce, brillante pero ominoso como sangre sobre la nieve. Sus pechos apenas han empezado a redondearse; su pelo, semejante al lino, es tan claro que casi no hace sombra sobre su frente pálida; sus mejillas, de un blanco y un escarlata emblemáticos; y hace poco que ha empezado a sangrar como mujer, ese reloj interior que sonará para ella de ahora en adelante una vez al mes.

Ella existe, existe y se mueve dentro del pentáculo invisible su virginidad. Es un huevo intacto, una vasija sellada; tiene en su interior un espacio mágico cuya puerta está cerrada herméticamente por una membrana; es un sistema cerrado; no conoce el temblor. Lleva su cuchillo y no le teme a nada.

De haber estado su padre en casa, tal vez se lo hubiera prohibido, pero él está en el bosque, cortando leña, y su madre es incapaz de negarle nada.

Como un par de quijadas, el bosque se ha cerrado sobre ella.

Siempre hay algo que ver en la espesura, incluso en la plenitud del invierno: los apiñados montículos de los pájaros que han sucumbido al letargo de la estación, amontonados en las ramas crujientes y demasiado melancólicos para cantar; las brillante orlas de los hongos de invierno en los leprosos troncos de los árboles; las pisadas cuneiformes de los conejos y venados; las espinosas huellas de las aves; una liebre escuálida como una raja d tocino dejando una estela a través del sendero donde la tenue luz del sol motea las ramas bermejas de los helechos del año que pasó.

Cuando la niña oyó a lo lejos el aullido espeluznante de un lobo, su manita avezada saltó hasta el mango de su cuchillo, mas no vio rastro alguno de lobo ni de hombre desnudo; oyó, sí, un castañeteo entre los matorrales, y uno vestido de pies a cabeza saltó al sendero; muy joven y apuesto, con su casaca verde y e sombrero de ala ancha de cazador, y cargado de carcasas de ave; silvestres. Al primer crujido de ramas, ella tuvo ya la mano en la empuñadura del cuchillo, pero él al verla se echó a reír con destello de dientes blanquísimos y la saludó con una cómica pero halagadora reverencia; ella nunca había visto un hombre tan apuesto, no entre los rústicos botarates de su aldea natal, y así, juntos, continuaron camino en la creciente penumbra del atardecer.

Pronto estaban riendo y bromeando como viejos amigos. Cuando él se ofreció a llevarle la cesta, la niña se la entregó, aunque su cuchillo estaba en ella, porque él le dijo que su rifle los protegería. Anochecía, y de nuevo empezó a nevar; ella empezó a sentir los primeros copos que se posaban en sus pestañas, pero sólo les quedaba media milla de marcha y habría sin duda un fuego encendido, un té caliente y una bienvenida cálida para el intrépido cazador y para ella misma.

El joven llevaba en el bolsillo un objeto curioso. Era una brújula. La niña miró la pequeña esfera de cristal en la palma de su mano y vio oscilar la aguja con una vaga extrañeza. El le aseguró que esa brújula lo había guiado sano y salvo a través del bosque en su partida de caza, ya que la aguja siempre decía con perfecta exactitud dónde quedaba el norte. Ella no le creyó; sabía que no debía desviarse del camino, pues si lo hacía podría extraviarse en la espesura. Él se rió de ella una vez más; rastros de saliva brillaban adheridos a sus dientes. Dijo que si él se desviaba del sendero y se adentraba en la espesura circundante, podía garantizarle que llegaría a la casa de la abuela un buen cuarto de hora antes que ella, buscando el rumbo a través del boscaje con la ayuda de su brújula, en tanto ella tomaba el camino más largo por el sendero zigzagueante.

-No te creo, y además, ¿no tienes miedo de los lobos?

Él golpeó la reluciente culata de su rifle y sonrió.

-¿Es una apuesta?, le preguntó; ¿quieres que apostemos algo? ¿Qué me darás si llego a la casa de tu abuela antes que tú?
-¿Qué te gustaría?, dijo ella no sin cierta malicia.
-Un beso.

Los lugares comunes de una seducción rústica; ella bajó los ojos y se sonrojó.

El cazador se internó en la espesura llevándose la cesta, pero la niña, pese a que la luna ya trepaba por el cielo, se había olvidado de temer a las fieras; y quería demorarse en el camino para estar segura de que el gallardo cazador ganaría su apuesta.

La casa de la abuela se alzaba, solitaria, un poco apartada del poblado. La nieve recién caída burbujeaba en remolinos en la huerta, y el joven se acercó con pasos cautelosos a la puerta, como si no quisiera mojarse los pies, balanceando su morral de caza y la cesta de la niña, mientras tarareaba por lo bajo una canción.

Hay un leve rastro de sangre en su barbilla; ha estado mordisqueando sus presas.

Golpeó a la puerta con los nudillos.

Vieja y frágil, abuelita ha sucumbido ya tres cuartas partes a la mortalidad que el dolor de sus huesos le promete y está casi pronta a sucumbir por completo. Hace una hora, un muchacho ha venido de la aldea para encenderle el fuego de la noche y la cocina crepita con llamas inquietas. Su Biblia la acompaña, es una anciana piadosa. Está recostada contra varias almohadas, en una cama embutida en la pared, a la usanza campesina, envuelta en la manta de retazos que ella misma confeccionó antes de casarse, hace ya más años que los que quisiera recordar. Dos perros cocker de porcelana, con manchas bermejas en el cuerpo y hocicos negros, están sentados a cada lado del hogar. Hay una alfombrilla brillante, tejida con trapos viejos, sobre las tejas acanaladas. El tic tac del gran reloj de pie marca el desgaste de las horas de su vida.

Una vida regalada ahuyenta a los lobos.
Con sus nudillos velludos, ha llamado a la puerta.
Tu nietecita, ha entonado, imitando una voz de soprano.
Levanta la aldaba y entra, mi queridita.

Se los reconoce por sus ojos, los ojos de una bestia carnicera, ojos nocturnales, devastadores, rojos como una herida; ya puedes arrojarle tu Biblia y luego tu mandil, abuelita, tú creías que ésta era una profilaxis segura contra esta plaga invernal... Ahora apela a Cristo y a su madre y a todos los ángeles del cielo para que te protejan, pero de nada habrá de servirte.

Su hocico bestial es filoso como un cuchillo; él deja caer sobre la mesa su dorada carga de roídos faisanes, y también la cesta de tu niña queridita. Oh, Dios mío, ¿qué le has hecho a ella? Fuera el disfraz, esa chaqueta de lienzo de los colores del bosque, el sombrero con la pluma ensartada en la cinta; el pelo enmarañado le cae en guedejas sobre la camisa blanca, y ella puede ver el bullir de los piojos. En el hogar los leños se agitan y sisean; con la oscuridad enredada en hirsuta melena, la noche y el bosque han entrado en la cocina.

Él se quita la camisa. Su piel tiene el color y la textura del pergamino, una franja erizada de pelo corre de arriba abajo por su vientre, sus tetillas son maduras y atezadas como frutos ponzoñosos, pero su cuerpo es tan delgado que podrías contarle las costillas bajo la piel si te diera tiempo para ello. Se quita los pantalones y ella ve cuán peludas son sus piernas. Sus genitales, enormes. ¡Ay, enormes!

Lo último que la anciana vio en este mundo fue un hombre joven, los ojos como ascuas, desnudo como una piedra, acercándose a su cama.

El lobo es carnívoro encarnado.

Cuando concluyó con la abuela se relamió la barbilla y pronto volvió a vestirse hasta quedar tal como estaba cuando entró por aquella puerta. Quemó el pelo incomible en el hogar y envolvió los huesos en una servilleta que escondió debajo de la cama, en el mismo arcón de madera en el que halló un par de sábanas limpias. Las tendió cuidadosamente sobre la cama, en reemplazo de las delatoras manchadas de sangre, que amontonó en la cesta de la ropa sucia, esponjó las almohadas y sacudió la manta, levantó la Biblia del suelo, la cerró y la puso sobre la mesa. Todo estaba igual que antes menos la abuelita, que había desaparecido. La leña crepitaba en la parrilla, el reloj hacía tic tac, y el joven esperaba paciente, ladino junto a la cama, con la cofia de dormir de la ancianita.

Tap-tap-tap.

¿Quién anda ahí?, trina en el cascado falsete de abuelita
Tu nietecita.

Y la niña entró trayendo consigo una ráfaga de nieve que se derritió en lágrimas sobre las baldosas, un poco decepcionada tal vez al ver sólo a su abuela sentada junto al fuego. Pero él de pronto ha arrojado la manta, ha saltado a la puerta y se ha apoyado contra ella de espalda para impedir que la niña vuelva a salir.

La niña echó una mirada en torno y advirtió que no había ni siquiera el hueco que deja una cabeza sobre la tersa mejilla de la almohada y, qué raro, la Biblia, por primera vez, cerrada sobre la mesa. El tic tac del reloj chasqueaba como un látigo. Quiso sacar el cuchillo de la cesta pero no se atrevió a extender el brazo porque los ojos de él estaban clavados en ella: ojos enormes que ahora parecían irradiar una luz única, ojos grandes como cuencos, cuencos de fuego griego, fosforescencia diabólica.

¡Qué ojos tan grandes tienes!

Para mirarte mejor.

Ni rastros de la anciana, excepto un mechón de pelo blanco adherido a la corteza de un trozo de leña sin quemar. Al verlo, la niña supo que corría peligro de muerte.

¿Dónde está mi abuela?

Aquí no hay nadie más que nosotros dos, mi adorada.

De pronto, un inmenso aullido se elevó en torno de ellos, cercano, muy cercano, tan cercano como la huerta; el aullido de una muchedumbre de lobos; ella sabía que los peores lobos son peludos por dentro, y tembló, pese al pañolón escarlata que se ciñó un poco más alrededor del cuerpo como si pudiera protegerla, aunque era tan rojo como la sangre que ella habría de derramar.

¿Quiénes han venido a cantarnos villancicos?, preguntó.

Son las voces de mis hermanos, querida; adoro la compañía de los lobos. Asómate a la ventana y los verás.

La nieve había obstruido la mirilla y ella la abrió para escudriñar el jardín. Era una noche blanca de luna y de nieve; la borrasca se arremolinaba en torno de las fieras grises, esmirriadas, que, sentadas sobre sus ancas en medio de las hileras de coles de invierno, apuntaban sus afilados hocicos a la luna y aullaban como si se les fuera a partir el corazón. Diez lobos; veinte lobos... Tantos lobos que ella no podía contarlos, aullando a coro, como enloquecidos o desesperados. Sus ojos reflejaban la luz de la cocina y centelleaban como centenares de bujías.

Hace mucho frío, pobrecitos, dijo ella; no me extraña que aúllen de ese modo.

Cerró la ventana al lamento de los lobos, se quitó el pañolón escarlata, del color de las amapolas, el color de los sacrificios, el color de sus menstruaciones y, puesto que de nada le servía su miedo, cesó de tener miedo.

¿Qué haré con mi pañolón?

Échalo al fuego, amada mía. Ya no lo necesitarás.

Ella enrolló el pañolón y lo arrojó a las llamas, que al instante lo consumieron. Se sacó la blusa por encima de la cabeza. Sus senos pequeños rutilaron como si la nieve hubiera invadido la habitación.

¿Qué haré con mi blusa?

También al fuego.

La fina muselina salió volando como un pájaro mágico en llamaradas por la chimenea, y ella ahora se quitó la falda, las medias de lana, los zuecos; y también al fuego fueron a parar y desaparecieron para siempre; la luz de las llamas se reflejaba en ella a través de los contornos de su piel; sólo la vestía ahora su intacto tegumento de carne. Así, incandescente, desnuda, se peinó el pelo con los dedos. Su pelo parecía blanco, blanco como la nieve de afuera. De pronto se encaminó hacia el hombre de los ojos color sangre con la desordenada cabellera pululante de piojos; se irguió en puntas de pie y le desabrochó el cuello de la camisa.

Qué brazos tan grandes tienes.
 
Para abrazarte mejor.

Y cuando por propia voluntad le dio el beso que le debía, todos los lobos del mundo aullaron un himno nupcial del otro lado de la ventana.

Qué dientes tan grandes tienes.

Advirtió que las mandíbulas de él empezaban a salivar, y la estancia se inundó del clamor del Liebestod de la selva, pero la astuta niña ni se arredró siquiera al oír la respuesta.

Para comerte mejor.

La niña rompió a reír. Sabía que ella no era comida para nadie. Se le rió en la cara, le arrancó la camisa de un tirón y la echó al fuego, en la ardiente estela de la ropa que ella misma se quitara. Las llamas danzaron como almas en pena en la noche de Walpurgis y los viejos huesos debajo de la cama empezaron a castañetear, pero ella no les prestó atención.

Carnívoro encarnado, sólo la carne inmaculada lo apacigua.

Ella apoyará sobre su regazo la terrible cabeza, le quitará los piojos del pellejo y se los pondrá, quizá, en la boca y los comerá como él se lo ordene, tal como lo haría en una ceremonia nupcial salvaje.

Cesará la borrasca.

Y la borrasca ha cesado dejando las montañas tan azarosamente cubiertas de nieve como si una ciega hubiese arrojado sobre ellas una sábana; las ramas más altas de los pinos del bosque se han enjalbegado, crujientes, henchidas de nieve.

Luz de nieve, luz de luna, una confusión de huellas de zarpas.

Todo silencio, todo quietud.

Medianoche; y el reloj da la hora. Es el día de Navidad, el natalicio de los licántropos, la puerta del solsticio está abierta de par en par; dejad que todos se hundan.

¡Mirad! Ella duerme, dulce y profundamente, en la cama de abuelita, entre las zarpas del tierno lobo

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misterio
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Fecha de inscripción : 24/07/2013

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:35






La hechicera de Sylaire.
The Enchantress of Sylaire
, Clark Ashton Smith (1893-1961)


Óyeme bien, idiota: nunca me casaré contigo -afirmó Dorothée, unigénita del señor des Flèches. Sus labios como dos bayas maduras dedicaron un puchero de disgusto a Anselme. Su voz era puro néctar... repleta de aguijones-. No te falta hermosura y tus maneras son correctas, pero ojalá tuviese un espejo para vieras cómo eres en realidad.
-¿Por qué dices eso? -preguntó Anselme, desconcertado y ofendido.
-Porque sólo eres un maldito soñador, todo el día devorando libros como un monje. Lo único que te importan son las leyendas antiguas y las novelas. La gente afirma que incluso escribes versos. Suerte tienes de ser el segundo hijo del conde du Framboisier... y es que nunca serás otra cosa que un segundón.
-Pero si ayer dijiste que me amabas un poco -objetó Anselme con cierta amargura. Cuando una mujer deja de amar a un hombre, en él sólo encuentra defectos.
-¡Majadero, pedazo de asno! -exclamó Dorothée, agitando los dorados bucles de su cabello con malhumorada arrogancia-. Si no fueras como te he dicho, nunca habrías mencionado lo que afirmé ayer. Lárgate, imbécil. Y no vuelvas más.

Anselme, el ermitaño, había dormido poco, no había hecho más que dar vueltas y vueltas en su incómodo y estrecho jergón. Parecía que su sangre hubiese bullido con el bochorno de la noche estival. Por supuesto, el ardor inherente a la juventud había contribuido al insomnio. No quería pensar en mujeres, y más concretamente en una. Sin embargo, trece meses de soledad en lo más profundo de los bosques de Averoigne no le habían ayudado en su propósito. Más cruel que sus sarcasmos era la inolvidable belleza de Dorothée des Flèches: la boca de mullidos labios, los brazos suavemente redondeados, la esbelta cintura, unos pechos y caderas que aún no habían adquirido su máximo esplendor. En los escasos momentos en que concilió el sueño lo visitaron imágenes sugerentes pero nimias comparadas con la persona que regía sus desvelos. Se levantó al amanecer, cansado y lleno de inquietud. Quizá se calmaría tomando un baño, como hacía a menudo, en un estanque cuyas aguas provenían del río Isoile, ocultas por frondosos alisos y sauces. El agua, deliciosamente fresca a esa hora, aliviaría su estado febril. Se le iluminaron los ojos, la mirada se le desperezó bajo la luz matinal al salir de su cabaña, hecha con troncos y ramas de sauce y mimbrera. Sus pensamientos, todavía bajo el influjo de la noche pasada, continuaban dispersos y sin objetivos concretos. ¿Había hecho bien en renunciar al mundo, a parientes y allegados, para recluirse en un lugar recóndito por culpa del desdén femenino? Decirse a sí mismo que se había convertido en ermitaño para alcanzar la santidad, como afirmaban los antiguos anacoretas, era engañarse absurdamente. Al vivir solo, ¿no estaría agravando la enfermedad de la que buscaba curarse? Un poco más tarde se le ocurrió pensar que quizá con aquel modus vivendi ratificaba las acusaciones de estúpido soñador que le había dedicado Dorothée. Dejarse vencer por las contrariedades era síntoma de debilidad.

Caminando con la cabeza gacha, ni siquiera reparó en los matorrales que rodeaban el estanque. Apartó los sauces jóvenes sin levantar los ojos. Cuando estaba a punto de desnudarse, un chapoteo en el agua lo abstrajo de sus cavilaciones. Preocupado, vio que en el estanque ya había alguien. Y su preocupación aumentó al percatarse de que se trataba de una mujer. Casi en el mismo centro, donde las aguas eran más profundas, la mujer removía las aguas con sus manos y las atraía hacia la base de los pechos. Su rosácea piel, húmeda, resplandecía como pétalos de rosa impregnados de rocío. La preocupación de Anselme se tornó curiosidad y, después, irreprimible gozo. Se dijo a sí mismo que debía marcharse, pero temía alertar a la bañista con algún movimiento brusco. Curvado su nítido perfil y el hombro izquierdo hacia él, no había notado su presencia. Una mujer joven y hermosa: precisamente lo que quería evitar a toda costa. Y no obstante, sus ojos se negaban a mirar hacia otra parte. No la conocía de nada, ni siquiera la podía relacionar con alguna de las muchachas del pueblo o de la comarca. Era bella como cualquiera de las damas que habitan en los grandes castillos de Averoigne. Y, seguramente, ninguna dama o doncella tomaría un baño en un apartado estanque, en medio de la floresta. Los gruesos y castaños rizos de la cabellera, sujetos por un delgado hilo de plata, se ondulaban y rebasaban en cascada los hombros, ardían como oro bruñido en las zonas por las que la luz del sol atravesaba la espesura. Colgada del cuello, una fina cadena de oro semejaba reflejar los destellos del pelo, bailando entre los pechos al compás de sus juegos con las ondas del estanque.

El eremita se quedó contemplándola como atrapado en las hebras de un inesperado sortilegio. La imagen de su hermosura provocó el afloramiento de toda la juventud que intentaba acallar con su vida retirada. Como saciada del juego, ella le dio la espalda y comenzó a moverse en dirección a la orilla opuesta; Anselme se apercibió de que allí, sobre la hierba, yacían esparcidos ropajes femeninos. La ondina silvestre salió del agua muy despacio, exhibiendo afrodisiacas caderas y piernas. Entonces, más allá de ella, un enorme lobo surgió cual sombra furtiva entre la espesura. Se detuvo junto al montículo de ropa. Jamás había visto un ejemplar de semejante tamaño. Pensó en las historias de hombres lobo que, se decía, moraban en aquel bosque tan antiguo; sólo de pensar en eso le invadió el miedo que suele infundir una reflexión de aquella naturaleza. El pelaje de la bestia, de un gris azulado brillante, resultaba muy peculiar, mucho más largo que el de los lobos grises comunes del bosque. Agazapado enigmáticamente, semioculto entre las juncias, daba la sensación de aguardar a que la mujer saliera del agua. "Un poco más", pensó Anselme, "y se dará cuenta del peligro que corre, gritará y se girará presa del terror". Sin embargo, no fue así; siguió en el lugar y dobló la cabeza hacia delante, como si meditara tranquilamente.

-¡Tened cuidado, os acecha un lobo! -avisó con voz extrañamente aguda y como rompiendo una mágica tranquilidad.

Nada más pronunciar las palabras, la bestia se dio la vuelta y desapareció en la frondosidad de viejos robles y hayas. La mujer le sonrió por encima del hombro, mostrando un pequeño rostro ovalado de ojos oblicuos y labios carmesíes como granadas. No parecía avergonzarse por su desnudez ante un hombre ni asustarse por la presencia del predador.

-Nada hay que temer -replicó con una voz que sonaba como miel derretida-. Es poco probable que uno o dos lobos me ataquen.
-Pero acaso haya más rondando cerca -insistió Anselme-.Y mayores son los peligros que acechan a quienes yerran solos y sin protección por el bosque de Averoigne. Cuando os hayáis vestido, con vuestra licencia os acompañaré a vuestra morada, esté a la distancia que esté.
-Mi casa está a la vez muy cerca y muy lejos, por así decir -contestó la mujer enigmáticamente-. Pero podéis venir conmigo, si ese es vuestro deseo.

Se volvió hacia la ropa, mientras Anselme se apartó unos pasos entre los alisos, para dedicarse a cortar un sólido garrote con el que defenderse de alimañas o de cualquier otro antagonista. Una deliciosa exaltación se apoderó de él, lo cual hizo que varias veces estuviera a punto de mutilarse los dedos con el cuchillo. Comenzó a considerar que la misoginia que le había impelido a llevar su vida de ermitaño era fruto de la inmadura juventud. Había permitido que un profundo y prolongado resentimiento hacia una injusta criatura hubiera gobernado su vida y actos. Cuando terminó de cortar el garrote, la dama ya se había ataviado y acicalado. Se acercó a él balanceándose como una lamia. Un corpiño de terciopelo verde primavera mostraba la parte superior de los senos, firmemente sujetos como el abrazo de un amante. Una larga toga de terciopelo púrpura, floreada de azul pálido y carmesí, ceñía armónicamente los sinuosos contornos de caderas y piernas. Se calzó unas sandalias de fino cuero, con puntas descaradamente encrespadas hacia arriba. El corte y la antigüedad de las prendas corroboraron las sospechas de Anselme de que se hallaba frente a un ser fuera de lo común. Más que ocultar, aquellas prendas realzaban sus atributos femeninos. Sus ademanes eran a la vez recatados y provocativos.

Anselme le dedicó una cortés reverencia que se contradecía totalmente con su atuendo basto y desaliñado.

-¡Vaya!, observo que habéis sido algo más que un ermitaño -comentó la mujer con fina ironía
-Así pues, me conocéis -replicó Anselme.
-Muchas cosas son las que conozco. Soy Sephora, la hechicera. Seguramente jamás habéis oído hablar de mí, pues vivo apartada en un sitio que nadie puede encontrar a menos que sea mi deseo.
-Apenas sé nada de brujería -reconoció Anselme--, pero sin duda sois una hechicera.

Durante algunos minutos habían seguido un sendero que serpenteaba por el antiguo bosque. Pese a los numerosos paseos que daba por la floresta, era la primera vez que el ermitaño lo recorría. Lo flanqueaban estrechamente esbeltos pimpollos y ramas bajas de enormes hayas. Apartándolos del camino para facilitar el paso a su acompañante, Anselme le rozaba el hombro y el brazo con frecuencia. En varias ocasiones, ella se inclinaba hacia él, como si le costase mantener el equilibrio sobre el rugoso suelo. Su peso constituía una deliciosa carga que, por desgracia, soportaba con excesiva brevedad. El pulso se le aceleró desaforadamente sin que diera muestras de tranquilizarse. Los principios eremitas de Anselme se habían ido prácticamente al garete. La excitación de su sangre y su curiosidad desconocían el límite. Dedicó varias frases corteses a su acompañante, a las cuales Sephora replicó provocativamente. Ahora bien, respondió con imprecisiones a las preguntas de Anselme, que nada podía saber de ella, ni siquiera formarse una mínima opinión. Incluso le desconcertaba el no poder precisar su edad: por un instante creía que se trataba de una chiquilla y, al siguiente, que escoltaba a una mujer madura. A medida que avanzaban, en varias ocasiones percibió el brillo de un pelaje oscuro agazapado en la espesura baja. Estaba seguro de que el extraño lobo negro del estanque los seguía furtivamente. Sin embargo, el encantamiento del que era presa había desvanecido por completo la sensación de alarma que lo dominó la primera vez. El sendero se empinó para remontar una colina densamente arbolada. Los árboles comenzaron a volverse pinos raquíticos y retorcidos; rodeaban un páramo abierto en la selva como la tonsura de un monje, tachonado con monolitos druídicos de tiempos anteriores a la dominación romana de Averoigne. Prácticamente en el centro se alzaba un enorme crómlech, formado por dos placas verticales que soportaban una tercera a modo de dintel. El sendero conducía directamente hacia la formación megalítica.

-He ahí el portal de mis dominios -anunció Sephora cuando ya se acercaban-. Cada vez me siento más cansada. Llévame en brazos y traspasemos la antigua puerta.

Anselme obedeció de muy buena gana. Cuando la tomó en brazos, notó que las mejillas de la mujer palidecían, los párpados se le movían con rapidez y que se desplomaba. Por un instante creyó que se había desmayado, pero sintió que sus cálidos brazos se le enroscaban y sujetaban en el cuello. Alelado por la situación, traspasó con ella el umbral del crómlech. En aquellos instantes, sus labios repasaron ardorosamente los femeninos párpados, para seguidamente recorrer la dulce llama carmesí de los labios y el exangüe rosa del cuello. Nuevamente pareció como si Sephora se fuera a desmayar ante aquel acceso de ardor. Los miembros de Anselme se doblaron y una furiosa negrura le pobló la mirada. Semejaba como si la tierra debajo de ellos fuera un camastro elástico en el que ambos se estuvieran sumergiendo. Alzando la cabeza, un súbito y creciente desconcierto se apoderó de él. Apenas se había adentrado unos pasos con Sephora en brazos y, sin embargo, ya no caminaba sobre pastos yermos y secos, sino sobre un frondoso y brillante tapiz de hierba moteado de infinitas flores primaverales. Donde en principio estaba el claro del páramo se elevaban los robles y hayas más grandes que jamás hubiera visto, atiborrados de brotes y hojas nuevas. Al mirar atrás, reparó en que el crómlech era el único vestigio del paisaje anterior, porque el resto ya no se parecía en nada, incluso había cambiado la posición del sol: antes estaba a su izquierda, bastante bajo al este; sin embargo, ahora brillaba con luz ambarina entre las hendiduras silvestres, rozando el horizonte a su derecha. Recordó que Sephora se había denominado a sí misma hechicera. Sin duda alguna, aquello era una manifestación de hechicería. Se puso a mirarla, asaltado por la curiosidad y los recelos.

-No temas -dijo Sephora con una dulce sonrisa plena de serenidad-. Te dije que el crómlech era el portal que conducía a mis dominios. En este lugar, el tiempo y el espacio son conceptos distintos de los que conoces en tu mundo. Incluso cambian las estaciones. Sin embargo, aquí no hay brujería, salvo la de los grandes y antiguos druidas, que poseían el secreto de este reino escondido y usaban estos poderosos bloques de piedra como portal entre los mundos. Si en algún momento te cansas de mí, cuando lo desees puedes volver atrás pasando por la puerta... aunque espero que eso tarde en suceder.

La explicación tranquilizó a Anselme, todavía desorientado. Demostró sobradamente que las esperanzas de Sephora no eran infundadas. A decir verdad, lo hizo con tanta minuciosidad y dedicación, que antes de que la mujer tomase una gran bocanada de aire y pudiera hablar de nuevo, el sol se había ocultado tras el horizonte.

-Está refrescando -comentó mientras se aplastaba contra su pecho y se estremecía ligeramente-, pero ya falta muy poco para llegar a casa.

Arribaron a la hora del crepúsculo; era una torre redonda y alta que se destacaba entre los árboles y unos montículos poblados de hierba.

-Varios siglos atrás -comenzó a explicar Sephora-, en este lugar se había erigido un gran castillo. De él ya sólo queda la torre y yo soy su dueña, la última de mi linaje. La torre y las tierras circundantes se llaman Sylaire.

En el interior ardían esbeltas velas que iluminaban bellos tapices con figuras y motivos extraños, pintados con cierta imprecisión. Una servidumbre de facciones pálidas ataviada con ropajes antiguos, con ademanes más propios de furtivos espectros, corría a proveer de viandas y vinos la mesa que la anfitriona y el joven ocuparon en una estancia espaciosa. Los vinos tenían un sabor peculiar y eran manifiestamente añejos, y los alimentos estaban extrañamente condimentados. Anselme comió y bebió a placer. Se encontraba como en un fantástico sueño en el que aceptaba aquel entorno como lo hace el soñador, sin preocuparse por ninguno de los sucesos extraordinarios que le acaecían. Los caldos eran realmente fuertes, de modo que aletargaron cálidamente sus sentidos. Pero la proximidad de Sephora era aún más embriagadora. Ahora bien, se sorprendió un poco de ver que el enorme lobo negro que había visto en el estanque por la mañana entró en la sala para tumbarse a los pies de su anfitriona y bostezar despreocupadamente como un perro.

-Ya ves que es bastante manso -comentó, arrojándole pedazos de carne de su plato. Suelo dejarle entrar y salir de la torre, y él me acompaña cuando salgo de Sylaire.
-Tiene un aspecto feroz -indicó Anselme con visible intranquilidad.

Como si el lobo hubiera comprendido sus palabras, le mostró las fauces al tiempo que emitía un gruñido increíblemente profundo y áspero. Su sombría mirada se pobló de rúbeas manchas como ascuas sacadas de los pozos infernales.

-Vete, Malachie -ordenó la hechicera con firmeza. El lobo la obedeció; antes de salir de la sala, dirigió a Anselme una mirada maligna.
-No le gustas -dijo Sephora-. Pero eso no es nada sorprendente.

Aturdido por el vino y el amor, Anselme se olvidó de preguntarle qué quería decir. La mañana apareció demasiado temprano; el sol hendía las copas de los árboles que rodeaban la torre.

-Déjame tranquila durante un rato -le pidió Sephora después del desayuno-, últimamente he descuidado mis prácticas y hay ciertos asuntos de los que debo ocuparme.

Inclinándose graciosamente, besó las manos de Anselme. Luego, con miradas y sonrisas, se retiró a una estancia en lo alto de la torre, detrás del dormitorio. Había explicado al antiguo ermitaño que allí guardaba recetas, pociones e instrumentos de magia. Anselme decidió salir y explorar los alrededores. Atento a la presencia del lobo negro, de cuya mansedumbre desconfiaba pese a las palabras de su amada, se llevó el garrote que había fabricado el día anterior en el bosquecillo próximo al Isoile. El paraje estaba surcado por senderos repletos de fresca belleza. Sin duda, Sylaire era una región encantada. Bañado en la dorada luz del sol, acariciado por la brisa perfumada con la fragancia de las flores primaverales, deambuló de claro en claro. Descubrió un claro de verde hierba en el que un pequeño manantial burbujeaba entre suaves guijarros rebozados en musgo. Se sentó sobre uno de ellos y se puso a recapacitar sobre la extraña e imprevista felicidad en la que se hallaba. Era como en una novela antigua, o las leyendas de amor y fantasía que tanto le gustaba leer. Sonriendo, se acordó de las pullas que le clavó Dorothée des Flèches al expresarle su desaprobación por aficionarse a leer aquellas obras. Se preguntó qué pensaría ahora Dorothée... seguramente, no se le daría un ápice. Se interrumpieron sus cavilaciones. Un rumor de hojas preludió la aparición del lobo negro, que emergió de la espesura para plantarse delante de él, lloriqueando como si pretendiera atraer su atención. Ya no parecía tan fiero ni amenazador.

Mordido por la curiosidad, y un poco alarmado, para su sorpresa la bestia comenzó a arrancar, con las zarpas, unas plantas parecidas al ajo y las devoró con avidez. Lo que sucedió a continuación dejó a Anselme sin habla. Delante de él ya no estaba la figura del lobo, sino el poderoso talle de un hombre enjuto, vigoroso, de cabellera y barba negras y mirada flameante. El cabello le nacía casi a la altura de las cejas y la barba, bajo las pestañas inferiores. El vello le cubría los hombros, el pecho y las extremidades superiores e inferiores.

-No tengáis ningún temor, no os haré daño -dijo el hombre-. Soy Malachie du Marais, un brujo, y en otros tiempos amante de Sephora. Cuando se cansó de mí, y temiendo mis poderes, me convirtió en un lobo al darme a beber de las aguas de un estanque que hay en lo más profundo de este reino encantado. Desde edades muy antiguas, sobre ese estanque pesa la maldición de la licantropía, y a sus efectos Sephora agregó sus propios hechizos. Cuando hay luna nueva, puedo zafarme brevemente del hechizo. En otras ocasiones, recobro mi forma humana sólo por unos minutos si ingiero las raíces que me visteis desenterrar y devorar; pero se trata de unas raíces que escasean.

Anselme juzgó que los sortilegios de Sylaire eran más sutiles y complejos de lo que había pensado. A pesar de su desconcierto, era incapaz de confiar en el extraño ser que se hallaba delante de él. Había oído numerosas historias sobre licántropos, muy corrientes en la Francia medieval. La gente decía que su fuerza, más que bestial, era demoniaca.

-Permitidme que os advierta del serio peligro en el que os encontráis -prosiguió Malachie du Marais-. Habéis cometido una locura dejándoos seducir por Sephora. Si sois juicioso, abandonad inmediatamente las marcas del reino de Sylaire. La maldad y la brujería son consustanciales a estas tierras, hace tanto tiempo que habitan en ella que acaso surgieron a la par. Los sirvientes de Sephora, que os esperaban ayer al anochecer, no son sino vampiros que duermen de día en las criptas de la torre y salen con las tinieblas. Atraviesan el portal de los druidas para cazar a las gentes de Averoigne. -Detuvo la explicación, como pretendiendo hacer hincapié en las palabras que iba a pronunciar. Los ojos le brillaron aún más intensamente y la voz se le mudó en inquietante susurro. -La misma Sephora no es sino una lamia muy antigua, casi inmortal, que se nutre del vigor de hombres jóvenes. A través de las eras, innumerables han sido sus amantes y, me resulta ingrato decirlo, ignoro a ciencia cierta cuál fue su auténtico final. Su belleza y juventud son mera ilusión. Si pudieseis contemplar su verdadero aspecto, moriríais de repugnancia y dejaríais de amarla al instante.
-Lo que contáis es absurdo. Me resulta imposible creeros -afirmó Anselme.
Malachie encogió sus peludos hombros.
-Por lo menos lo he intentado. Pronto me convertiré de nuevo en lobo y debo irme. Si lo deseáis, venid a verme más tarde a mi madriguera, a una milla al oeste de la torre, quizá os pueda convencer de que os digo la verdad. Mientras, tratad de recordar si en la habitación de Sephora visteis algún espejo como los que suelen tener las jóvenes hermosas. Los espejos aterran a las lamias y los vampiros... por una buena razón.

Anselme regresó preocupado a la torre. Le costaba creer lo que había oído. Y sin embargo, estaba el asunto de la servidumbre de la torre. Aquella mañana apenas había reparado en su ausencia (no los había visto desde la noche anterior), ni tampoco recordaba que entre las pertenencias de Sephora hubiera espejos. La hechicera ya lo estaba esperando en el vestíbulo inferior. Una breve mirada a la impresionante dulzura de su femineidad bastó para avergonzarse de las dudas que Malachie había sembrado en su corazón. Los ojos de Sephora, penetrantes y tiernos como los de las diosas paganas del amor, le preguntaron qué había hecho. El muchacho le refirió con todo lujo de detalles su encuentro con el licántropo.

-Ah, hice bien en fiarme de mis presentimientos -dijo-. La noche pasada, cuando el lobo gruñó y te echó su última mirada, me dio la sensación de que quizá se estaba volviendo más peligroso de lo que creía. Esta mañana, en la cámara de magia, mis poderes clarividentes me revelaron muchas cosas. Realmente he bajado mucho la guardia. Malachie ha devenido una amenaza para mi seguridad. Además, te odia y hará lo que sea para destruir nuestra felicidad.
-Entonces, ¿es verdad que fue tu amante y que lo transformaste en un hombre lobo?
-Fue mi amante hace mucho, mucho tiempo. Pero devenir hombre lobo fue decisión suya, consecuencia de haber bebido las aguas del estanque que te mencionó. Nunca ha dejado de lamentarlo. Aunque siendo lobo posea ciertos poderes, en realidad eso limita sus acciones y facultades hechiceras. Quiere volver a ser sólo un hombre. Si lo consigue, será doblemente peligroso para los dos. Debería haberlo vigilado mejor, pues me he dado cuenta de que me ha robado la receta del antídoto para las aguas de la licantropía. Mi clarividencia me avisa de que ya ha preparado la pócima durante los breves intervalos en que, al mascar ciertas raíces, ha sido hombre. Cuando la beba, será humano permanentemente. Sólo espera a que haya luna nueva, porque el hechizo del hombre lobo más débil en ese periodo.
-Pero, ¿por qué me odia Malachie? -inquirió Anselme- ¿Y cómo te puedo ayudar a combatirle?
-La primera es una pregunta bastante estúpida. Obviamente, está celoso de ti. En cuanto al asunto de ayudarme... se me ha ocurrido una buena estratagema contra él.

De los pliegues del corpiño sacó un pequeño objeto púrpura con forma triangular.
-Este frasco -explicó- contiene agua del estanque de los licántropos. Gracias a mi visión clarividente, sé que Malachie guarda su antídoto definitivo en un frasco de tamaño, forma y color parecidos. Si pudieras entrar en su madriguera y cambiarlo por este, creo que los resultados serían bastante peculiares.
-Por supuesto que iré -decidió Anselme.
-Ahora mismo puede ser buen momento -indicó Sephora-. Falta una hora para mediodía, cuando suele salir a cazar. Si lo encuentras en la madriguera o estás en ella a su regreso, siempre le puedes decir que aceptaste su invitación.

Dio a Anselme instrucciones detalladas para encontrar enseguida la madriguera. Asimismo, le proveyó de una espada, afirmando que la hoja estaba templada con los cánticos de hechizos que lo protegerían de seres como Malachie.

-El lobo se ha vuelto impredecible -afirmó la hechicera-. Si te ataca, tu garrote te servirá de bien poco.

Localizó la madriguera enseguida, caminos bien marcados conducían hacia ella sin desviaciones. Consistía en los restos de una torre, deshecha en fragmentos cubiertos de hierba y musgo. Lo que en su momento había sido una alta entrada ahora era un mero agujero por el que un animal de grandes proporciones podía entrar y salir sin problemas. Cuando se halló delante del orificio, las dudas lo asaltaron.

-¿Estáis ahí, Malachie du Marais? -la pregunta no obtuvo respuesta ni en el interior se percibían movimientos. Volvió a gritar. Al final, agachado y moviéndose a gatas, penetró en la madriguera.

La luz natural entraba merced a varias aberturas, enrejadas por caprichosas raíces de árbol. Se trataba más de una caverna que de una habitación. Hedía a causa de restos de carroña sobre los que Anselme prefirió no pensar. El suelo estaba cubierto de huesos, tallos rotos, hojas de plantas y recipientes de alquimia hechos añicos. Un caldero devorado por el orín pendía de un trípode sobre cenizas y restos de leña carbonizada. Cachivaches ensuciados por las goteras yacían por doquier luciendo costras de óxido. Una mutilada mesa de tres patas se apoyaba contra el muro. Tenía un montón de objetos extraños entre los cuales discernió uno de color púrpura, similar al que le había dado Sephora. En una de las esquinas había un manojo de hierba arrancada y en descomposición. Percibió un hedor rancio y agresivo de bestia mezclado con despojos. Anselme vigiló atentamente, intentando percibir ruidos de lobo o cualquier otra criatura. Después, ya sin demora, depositó el frasco de Sephora sobre la mesa y guardó el otro en su jubón.

Se oyó ruido de pasos en la entrada. Se giró para encontrarse cara a cara con el lobo negro. La alimaña se le acercó, tensa como a punto de abalanzarse sobre él, con la mirada ardiendo como brasas infernales. Los dedos de Anselme se deslizaron hacia la empuñadura de la espada encantada con que le había provisto Sephora. Los ojos del lobo siguieron aquel gesto. Pareció reconocer la hoja. Dio la espalda a Anselme y empezó a comer algunas raíces de aquella planta semejante al ajo, sin duda recolectada para poder llevar a cabo acciones imposibles de realizar con la figura de un lobo. Ahora bien, en esta ocasión la metamorfosis quedó incompleta. La cabeza y el tronco de Malachie se irguieron como los de un hombre, pero las piernas siguieron siendo las de un espantoso licántropo, como si se tratara de un híbrido propio de las leyendas paganas.

-Me siento muy honrado por vuestra visita -dijo medio gruñendo, la mirada y la voz recelosas-. Muy pocos han osado entrar en mi humilde morada, por eso os lo agradezco doblemente. Como recompensa, os haré un regalo.

Con los ágiles movimientos de un lobo, se fue a la mesa y revolvió entre los peculiares objetos que la poblaban. Se quedó con un espejo rectangular de plata bruñida, cuyo mango tenía joyas engastadas. Lo ofreció a Anselme.

-Este es el espejo de la Realidad -explicó-. En él se refleja la auténtica naturaleza de las cosas. Ni siquiera lo pueden engañar las artes de la hechicería. No me creisteis cuando os advertí de lo que Sephora es en realidad. Pero si sostenéis el espejo delante de su rostro y miráis su reflejo, os daréis cuenta de que su belleza, como todo lo que perteneciente a Sylaire, es una vacua mentira, la máscara de un horror y una corrupción sumamente antiguos. Si no me creéis, colocad el espejo frente a mi cara: también yo pertenezco a la inmemorial perversidad de este reino.

Anselme asió el espejo y procedió como le había dicho Malachie. Un momento después, casi se le cayó. Había contemplado una faz que debería yacer bajo tierra muchos siglos atrás. Tanto lo había afectado aquel horror, que después olvidó el episodio de su salida de la madriguera. Se había llevado el obsequio del licántropo, si bien algo lo empujó, en varias ocasiones, a desprenderse de él. Procuró convencerse a sí mismo de que sólo había experimentado el resultado de algún burdo truco. Se negaba a aceptar que ningún espejo revelase que Sephora fuera otra cosa distinta de la dulce belleza de cuyos besos sus labios aún conservaban el calor. Pero tales especulaciones desaparecieron cuando volvió a entrar en la torre. En el vestíbulo aguardaban tres visitantes. Estaban delante de Sephora, la cual, con serena sonrisa, parecía explicarles algo. Muy conturbado, Anselme reconoció a los tres recién llegados. Uno de ellos era Dorothée des Flèches, ataviada con prendas de viaje. Los otros dos eran vasallos de su padre, armados con armas, aljabas con flechas, espadas de doble filo y dagas. Pese a toda aquella panoplia, se mostraban incómodos y recelosos. En cambio, Dorothée semejaba conservar su innato aplomo.

-Pero, ¿qué haces en este lugar tan extraño, Anselme? -le espetó-- ¿Y quién es esta mujer, la señora de Sylaire, como se apela a sí misma?

Anselme comprendió que cualquier respuesta rebasaría la capacidad de entendimiento de la muchacha. Miró a Sephora y después de nuevo a Dorothée. Sephora era la esencia de toda la belleza y el encanto por los que siempre había suspirado. ¿Cómo podía haberse creído enamorado de Dorothée? ¿Cómo había decidido convertirse en eremita a causa de su frialdad y ligereza de pensamiento? Tenía una hermosura portentosa, con las cualidades inherentes a la juventud. Pero era necia, exenta de imaginación, prosaica como una mujer casada y con varios hijos. No le extrañaba que jamás lo hubiese entendido.

-¿Qué haces aquí? -inquirió- Pensaba que nunca más nos volveríamos a ver.
-Te echaba de menos, Anselme -contestó la muchacha con un suspiro-. La gente decía que habías renunciado al mundo a causa de tu amor por mí y que te habías entregado a la vida ascética. Al final decidí ir en tu búsqueda, pero desapareciste. Algunos cazadores te vieron pasar ayer con una mujer extraña a través del páramo de las piedras druídicas. Afirmaron que ambos os desvanecisteis más allá del crómlech. Hoy he seguido tus pasos con estos hombres de mi padre. Hemos entrado en estas marcas extrañas de las que nadie tenía noticia. Y ahora, esta mujer...

Un aullido enloquecido interrumpió sus palabras. Con fauces babeantes, llenas de espuma, el lobo irrumpió en el vestíbulo. Dorothée des Fleches comenzó a gritar cuando el animal se dirigió hacia ella, como si la hubiese elegido primera víctima de su incontrolada furia. Sin lugar a dudas, algo lo había enloquecido. Acaso el agua del estanque de los licántropos, cambiada por el antídoto, había redoblado los efectos de la antigua maldición de los hombres lobo. Los dos guerreros, preparando sus armas, aguardaron inmóviles. Anselme desenvainó la espada de la hechicera y se interpuso entre Dorothée y el lobo. Alzó la hoja, de doble filo, presto a asestar un mandoble. El lobo saltó como impulsado por una catapulta; una certera estocada abrió su garganta en canal y saltó la sangre. La mano de Anselme recibió una fuerte sacudida, y el impacto de su propio mandoble lo rechazó hacia atrás. El lobo cayó a los pies de Anselme, agonizante. Sus fauces habían mordido la hoja. La punta le sobresalía por detrás del cuello. Anselme intentó desclavarla, pero fue en vano. A continuación, cesó la agonía del licántropo y la espada salió sin dificultad. La había sacado de la hendida boca del viejo hechicero, Malachie du Marais, ahora inerme sobre las losas de piedra. Aquel era el rostro que Anselme había contemplado en el espejo.

-¡Me has salvado! ¡Eres maravilloso! -gritó Dorothée.

Se abalanzó sobre Anselme con los brazos abiertos. Un momento más y la situación hubiera devenido incómoda. Pensó en el espejo que llevaba en su jubón, junto con el frasco de Malachie du Marais. Se preguntó cuál sería la auténtica imagen de Dorothée reflejada en la bruñida profundidad del espejo. Lo alzó súbitamente y lo interpuso a la altura de su cara cuando ella estaba a punto de ponerse a su lado. Nunca supo lo que contemplaron sus ojos, mas ejerció unos efectos sorprendentes. Dorothée dio un respingo, el miedo dilató desaforadamente sus ojos. Después, cubriéndoselos con las manos para apartar de ellos alguna infame visión, corrió por el vestíbulo y salió gritando. Los guerreros la siguieron. La rapidez con que lo hicieron denotó que no sentían el menor escrúpulo en abandonar aquel sitio azotado por brujos y sortilegios. Sephora comenzó a reír suavemente, secundada por Anselme. Por unos momentos, se entregaron a francas carcajadas. Luego recobraron la calma.

-Sé por qué Malachie te entregó el espejo -observó-. ¿No deseas ver cuál es mi reflejo?

Anselme se dio cuenta de que aún lo sostenía. Sin contestarle, fue hacia a la ventana más próxima, que daba a un profundo pozo resguardado entre arbustos y que había formado parte de un foso. Arrojó el espejo.

-Me basta con lo que ven mis ojos. No necesito espejos -dijo-. Y ahora, retomemos ciertos asuntos que se interrumpieron hace demasiado rato.

De nuevo gozaba con la deliciosa proximidad de Sephora, apresada por sus brazos, sus labios con sabor a miel encadenados a los suyos. Quedaron unidos en el áureo círculo del más fuerte de los hechizos.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:39

 


 
Leonard Bilsiter era una de esas personas que no han podido encontrar este mundo atractivo o interesante, y que han buscado compensación en un mundo "nunca visto" de su propia experiencia, imaginación... o invención. Los niños tienen éxito en esa clase de cosas, pero se contentan con convencerse ellos mismos sin vulgarizar sus creencias tratando de convencer a los demás. Las creencias de Leonard Bilster eran para "unos pocos", lo que quería decir cualquiera que le pusiera atención.

Sus andanzas en lo desconocido hubieran podido no llevarlo más allá de las perogrulladas corrientes del visionario casero, si un accidente no hubiera reforzado su repertorio de sabiduría misteriosa. En compañía de un amigo que tenía interés en una mina en los Urales, había hecho un viaje a través de la Europa Oriental en el momento en que la gran huelga del ferrocarril ruso pasaba de la amenaza a la realidad; su iniciación lo sorprendió en el viaje de regreso, en algún lugar más allá de Perm, y fue mientras esperaba un par de días que conoció a un distribuidor de arneses y artículos de metal, quien provechosamente ahuyentó el tedio de la larga parada iniciando a su compañero de viaje inglés en un sistema fragmentario de folclore que había aprendido de los mercaderes y los nativos Trans-Baikales. A su regreso a casa, Leonard se mostraba muy gárrulo sobre sus experiencias de la huelga rusa, pero opresivamente reticente sobre ciertos oscuros misterios a los que aludía con el título sonoro de Magia Siberiana. La reticencia se desgastó en una semana o dos bajo la influencia de la general y completa falta de curiosidad, y Leonard empezó a hacer alusiones más detalladas a los enormes poderes que esta nueva fuerza esotérica, para usar su propia descripción de ella, le confería a los pocos iniciados que sabían cómo manejarla. Su tía, Cecilia Hoops, que amaba lo sensacional quizá más de lo que amaba lo verdadero, le hacía una propaganda tan clamorosa como cualquiera hubiera pedido, esparciendo un recuento de cómo había convertido un vegetal en una paloma delante de sus propios ojos. Como manifestación de la posesión de poderes sobrenaturales, en algunos círculos, la historia se desestimaba dado el respeto que se le tenía a la imaginación de la señora Hoops.

Aunque las opiniones se dividieran sobre si Leonard era un hacedor de milagros o un charlatán, lo cierto es que llegó a pasar el fin de semana en casa de Mary Hampton con la fama de ser eminente en una u otra de estas dos profesiones, y no estaba dispuesto a rehuir la publicidad que le tocara en suerte. Las fuerzas esotéricas y los poderes insólitos figuraban abundantemente en toda conversación en la que participaran él o su tía, y sus propias actuaciones, pasadas y posibles, eran el tema de misteriosas insinuaciones y enigmáticas confesiones.

-Me gustaría que me convirtiera en un lobo, señor Bilsiter -le dijo la dueña de casa en el almuerzo, al día siguiente a su llegada.
-Mi querida Mary -le replicó el coronel Hampton-, nunca imaginé que tuvieras ansias de un asunto como ése.
-Una loba por supuesto -continuó la señora Hampton-; sería demasiado complicado cambiar de sexo y de especie así de pronto.
-No creo que se deba hacer chistes en esta materia -dijo Leonard.
-No estoy bromeando, le aseguro que hablo completamente en serio. Sólo que no tenemos sino ocho personas que jueguen al bridge, y se nos descompleta una de las mesas. Mañana llegará más gente. Mañana por la noche, después de la cena...
-En nuestro imperfecto conocimiento actual de estas fuerzas ocultas, creo que debemos acercarnos a ellas con humildad y no con burla -observó Leonard, con tal severidad que el tema se abandonó enseguida.

Clovis Sangrail había asistido, en un silencio desacostumbrado, a la discusión sobre las posibilidades de la magia siberiana; después del almuerzo se llevó a lord Pabham al relativo escondite del cuarto de billar y le hizo una pregunta exploratoria.

-¿Tiene usted algo parecido a una loba en su colección de animales salvajes? ¿Una loba de moderado buen genio?

Lord Pabham lo pensó.

-Está Luisa -dijo-, un espécimen bastante fino de loba de los bosques. La cambié hace un par de años por unos zorros árticos. La mayoría de mis animales se vuelven bastante domésticos antes de que pasen mucho tiempo conmigo; creo que Luisa tiene un temperamento angelical, para lo que son las lobas. ¿Por qué me hace esa pregunta?
-Pensaba si me la podría prestar mañana por la noche -dijo Clovis con la amabilidad intrascendente de alguien que pide prestado un pasa-cuellos o una raqueta de tenis.
-¿Mañana por la noche?
-Sí, los lobos son animales nocturnos, de modo que las horas de la noche no le harán daño -dijo Clovis con el aire de quien ha tomado todo en cuenta-; uno de sus hombres puede traerla de Pabham Park después del atardecer, y con algo de ayuda podemos meterla a escondidas en el invernadero en el mismo momento en que Mary Hampton haga una salida disimulada.

Lord Pabham se quedó mirando a Clovis durante un momento de comprensible extrañeza, luego su rostro se llenó de una red de arrugas de pura risa.

-Ah, ese es el chiste, ¿cierto? Usted va a hacer un poco de magia siberiana por su cuenta. ¿Y la señora Hampton está de acuerdo en ayudarlo en la conspiración?
-Mary está comprometida a ayudarme en todo, si usted nos garantiza el buen genio de Luisa.
-Yo respondo por Luisa -dijo Pabham.

Al día siguiente los asistentes a la reunión habían aumentado, y el instinto autopublicitario de Bilsiter había crecido debidamente con el estímulo de un público más numeroso. Durante la cena, esa noche, se extendió largamente sobre el tema de las fuerzas ocultas y los poderes no demostrados, y el flujo de su impresionante elocuencia no había disminuido nada cuando se estaba sirviendo el café en el estudio como preparación para una migración general hacia la sala de juego. Su tía le aseguraba una atención respetuosa a sus declaraciones, pero su alma amante de lo sensacional ansiaba algo más dramático que la mera demostración verbal.

-¿Por qué no haces algo para convencerlos de tus poderes, Leonard? -le rogó-. Convierte algo en otra cosa. Él puede, si decide hacerlo -le informó a los presentes.
-¡Ay!, sí, hágalo -dijo Mavis Wellington con mucha seriedad, y casi todos los presentes le hicieron eco. Hasta los que no creían que fuera posible estaban dispuestos a divertirse con un poco de prestidigitación de aficionado.
Leonard sentía que algo tangible se esperaba de él.
-¿Alguno de los presentes tiene -dijo-, una moneda de cobre o algún pequeño objeto sin mayor valor?
-¿No nos va a hacer desaparecer monedas o algo tan primitivo como eso, verdad? -dijo Clovis despectivamente.
-Me parece muy antipático de su parte no concederme mi petición de convertirme en loba -exclamó Mary Hampton, mientras se dirigía al invernadero para darles a sus guacamayos su regalo usual de sobras del postre.
-Ya le he advertido sobre el peligro de burlarse de estos poderes -dijo Leonard solemnemente.
-No creo que usted pueda hacerlo -dijo Mary con una risa desafiante desde el invernadero-, lo reto a que lo haga si puede. Lo desafío a que me convierta en loba.

Mientras decía esas palabras, se perdió de vista detrás de un macizo de azaleas.

-Señora Hampton -empezó Leonard con mayor solemnidad, pero no pudo continuar. Un soplo de aire helado pareció recorrer el salón, y al mismo tiempo los guacamayos estallaron en gritos ensordecedores.
-¿Qué diablos les pasa a esos malditos pájaros, Mary? -exclamó el coronel Hampton; en el mismo momento, un grito aún más estridente de Mavis Wellington hizo que todos se levantaran de sus asientos. En distintas actitudes de horror incontenible o de defensa instintiva se enfrentaban con la fiera gris de aspecto maligno que los miraba desde un surco de helechos y azaleas.

La señora Hoops fue la primera en recobrarse del caos general de terror y aturdimiento.

-¡Leonard! -le gritó chillonamente a su sobrino-, ¡conviértela otra vez en la señora Hampton ahora mismo! Puede saltarnos encima en cualquier momento. ¡Conviértela otra vez!
-Yo... yo no sé cómo -balbució Leonard, que parecía más asustado y horrorizado que cualquiera.
-¡Cómo! -gritó el coronel Hampton- ¡Usted se ha tomado la abominable libertad de convertir en loba a mi esposa, y ahora se para tranquilamente y dice que no puede volverla a convertir en ella misma!

Para ser estrictamente justos con Leonard, hay que decir que la tranquilidad no era algo por lo que se distinguiera en ese momento.

-Le aseguro que yo no convertí a la señora Hampton en loba; nada más lejos de mis intenciones -protestó.
-¿Entonces, donde está ella, y cómo vino a dar ese animal al invernadero? -preguntó el coronel.
-Desde luego debemos aceptar su afirmación de que usted no convirtió a la señora Hampton en loba -dijo Clovis cortésmente-, pero estará usted de acuerdo en que las apariencias están en contra suya.
-¿Vamos a seguir con todas estas recriminaciones con ese animal ahí parado listo a hacernos pedazos? -gimió Mavis indignada.
-Lord Pabham, usted sabe mucho de animales salvajes -sugirió el coronel Hampton.
-Los animales salvajes a que yo estoy acostumbrado -dijo lord Pabham-, vienen con sus credenciales en orden, de distribuidores muy conocidos, o se han criado en mi propio zoológico. Nunca me había encontrado con un animal que sale tranquilamente de un macizo de azaleas, dejando a una anfitriona encantadora y muy querida inexplicablemente desaparecida. Hasta donde uno puede juzgar por las características externas -continuó-, tiene la apariencia de una hembra bien desarrollada del lobo de los bosques de Norteamérica, una variedad de la especie común de Canis lupus.
-Economícese el nombre en latín -gritó Mavis, mientras el animal avanzaba uno o dos pasos por el salón-, ¿no puede atraerla con comida y encerrarla donde no pueda hacer daño?
-Si es realmente la señora Hampton, que acaba de comerse una muy buena cena, no creo que la comida le atraiga mucho -dijo Clovis.
-Leonard -rogó lastimosamente la señora Hoops-, ¿aunque lo que pasa no sea culpa suya, no puedes usar tus grandes poderes para convertir este animal espantoso en algo que no haga daño, antes que nos muerda a todos, en conejo o algo así?
-No creo que al coronel Hampton le guste que anden cambiando a su esposa en una serie de animales curiosos como si estuviéramos jugando a las máscaras con ella -objetó Clovis.
-Lo prohíbo terminantemente -tronó el Coronel.
-A la mayoría de los lobos con los que he tenido que ver les ha gustado el azúcar -dijo lord Pabham- si les parece puedo ensayar con ésta.

Tomó un cubo de azúcar del platillo de su taza de café y se lo tiró a la expectante Luisa, que lo agarró en el aire. Un suspiro de alivio salió del grupo. Una loba que comía azúcar, cuando por lo menos podía haberse dedicado a hacer pedazos a los guacamayos, les había hecho perder parte de sus terrores. El suspiro se convirtió en un murmullo de agradecimiento cuando lord Pabham se llevó el animal fuera del salón con un supuesto regalo de más azúcar. Al momento, hubo una invasión al invernadero que había quedado vacío. No había rastros de la señora Hampton, excepto el plato con la cena de los guacamayos.

-¡La puerta está cerrada con llave por dentro! -exclamó Clovis, que le había dado la vuelta a la llave sin que nadie lo notara cuando fingía estarla ensayando.
Todos se volvieron hacia Bilsiter.
-Si usted no ha convertido en loba a mi esposa -dijo el coronel Hampton-, ¿quiere hacerme el favor de explicarme a dónde ha ido a parar, puesto que obviamente no podía pasar a través de una puerta cerrada con llave? No voy a obligarlo a explicarme cómo apareció de pronto en el invernadero una loba de los bosques norteamericanos, pero creo que tengo algún derecho de inquirir sobre qué pasó con la señora Hampton.

Las reiteradas negativas de responsabilidad de Bilsiter fueron recibidas con un murmullo de impaciente rechazo.

-Me niego a quedarme una hora más bajo este techo -declaró la señora Pellington.
-Si nuestra anfitriona ha abandonado realmente la forma humana -dijo la señora Hoops-, ninguna de las señoras del grupo puede quedarse tranquilamente. ¡Yo me niego en absoluto a aceptar como persona de respeto a un lobo!
-Es una loba -dijo Clovis para calmarla.

No se discutió más cuál sería la etiqueta correcta de esas circunstancias poco usuales. La entrada súbita de Mary Hampton le quitó todo interés inmediato a la discusión.

-Alguien me ha hipnotizado -exclamó la señora Hampton enojada-, me encontré a mí misma en la repostería comiendo azúcar de la mano de lord Pabham. Odio que me hipnoticen y el doctor me ha prohibido el azúcar.

Se le explicó la situación hasta donde era posible llamar a tal cosa explicación.

-¿Entonces usted realmente me convirtió en loba, señor Bilsiter? -exclamó emocionada.

Pero Leonard había quemado el navío en el que hubiera podido embarcarse en un mar de gloria. No pudo sino negar débilmente con la cabeza.

-Fui yo el que se tomó esa libertad -dijo Clovis-; no sé si saben que por casualidad pasé un par de años en el nordeste de Rusia, y tengo algo más que la relación de un turista con la magia de esa región. A uno no le gusta hablar de estos extraños poderes, pero de tiempo en tiempo, cuando se oyen decir tantas tonterías sobre ellos, se siente tentado de mostrar lo que puede lograr la magia siberiana en manos de alguien que realmente la conoce. Yo caí en esa tentación. ¿Me dan un poco de brandy? El esfuerzo me dejó un poco débil.

Si Leonard Bilsiter, en ese momento, hubiera podido transformar a Clovis en cucaracha y luego parársele encima, hubiera ejecutado las dos operaciones de muy buena gana

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:43

 


La Marca de la Bestia.
The mark of the beast, Rudyard Kipling (1865-1936)



 
 
Al Este de Suez —dicen algunos— el control de la Providencia termina; el Hombre queda entregado al poder de los Dioses y Demonios de Asia, y la Iglesia de Inglaterra sólo ejerce una supervisión ocasional y moderada en el caso de un súbdito británico. Esta teoría justifica algunos de los horrores más innecesarios de la vida en la India; puede hacerse extensible a mi relato.

Mi amigo Strickland, de la Policía, que sabe más sobre los indígenas de la India de lo que es prudente, puede dar testimonio de la veracidad de los hechos. Dumoise, nuestro doctor, también vio lo que Strickland y yo vimos. Sin embargo, la conclusión que extrae es incorrecta. Él está muerto ahora; murió en circunstancias harto singulares, que han sido descritas en otra parte.

Cuando Fleete llegó a la India poseía un algo de dinero y algunas tierras en el Himalaya, cerca de un lugar llamado Dharmsala. Ambas propiedades le fueron legadas por un tío, y, de hecho, vino aquí para explotarlas. Era un hombre alto, pesado, afable e inofensivo. Su conocimiento de los indígenas era, naturalmente, limitado, y se quejaba de las dificultades del lenguaje. Bajó a caballo desde sus posesiones en las montañas para pasar el Año Nuevo en la estación y se alojó con Strickland. En Nochevieja se celebró una gran cena en el club, y la velada —como es natural— transcurrió convenientemente regada con alcohol. Cuando se reúnen hombres procedentes de los rincones más apartados del Imperio, existen razones para que se comporten de una forma un tanto bulliciosa. Había bajado de la Frontera un contingente de Catch-'em Alive-O's, hombres que no habían visto veinte rostros blancos durante un año y que estaban acostumbrados a cabalgar veinte millas hasta el Fuerte más cercano, a riesgo de regalar el estómago con una bala Khyberee en lugar de sus bebidas habituales.

Desde luego, se aprovecharon bien de esta nueva situación de seguridad, porque trataron de jugar al billar con un erizo enrollado que encontraron en el jardín, y uno de ellos recorrió la habitación con el marcador entre los dientes. Media docena de plantadores habían llegado del Sur y se dedicaban a engatusar al Mayor Mentiroso de Asia, que intentaba superar todos sus embustes al mismo tiempo. Todo el mundo estaba allí, y allí se dio un estrechamiento de filas general y se hizo recuento de nuestras bajas, en muertos o mutilados, que se habían producido durante el año. Fue una noche muy mojada, y recuerdo que cantamos Auld Lang Syne con los pies en la Copa del Campeonato de Polo, las cabezas entre las estrellas, y que juramos que todos seríamos buenos amigos. Después, algunos partieron y anexionaron Birmania, otros trataron de abrir brecha en el Sudán y sufrieron un descalabro frente a los Fuzzies en aquella cruel refriega de los alrededores de Suakim; algunos obtuvieron medallas y estrellas, otros se casaron, lo que no deja de ser una tontería, y otros hicieron cosas peores, mientras el resto de nosotros permanecimos atados a nuestras cadenas y luchamos por conseguir riquezas a fuerza de experiencias insatisfactorias.

Fleete comenzó la velada con jerez y bitters, bebió champagne a buen ritmo hasta los postres, que fueron acompañados de un capri seco, sin mezclar, tan fuerte y áspero como el whisky; tomó Benedictine con el café, cuatro o cinco whiskys con soda para aumentar su tanteo en el billar, cervezas y dados hasta las dos y media, y acabó con brandy añejo. En consecuencia, cuando salió del club, a las tres y media de la madrugada, bajo una helada, se enfureció con su caballo porque sufría ataques de tos, e intentó subirse a la montura de un salto. El caballo se escapó y se dirigió a los establos, de modo que Strickland y yo formamos una guardia de deshonor para conducirle a casa. El camino atravesaba el bazar, cerca de un pequeño templo consagrado a Hanuman, el Dios-Mono, que es una divinidad principal, digna de respeto. Todos los dioses tienen buenas cualidades, del mismo modo que las tienen todos los sacerdotes. Personalmente le concedo bastante importancia a Hanuman y soy amable con sus adeptos... los grandes monos grises de las montañas. Uno nunca sabe cuando puede necesitar a un amigo. Había luz en el templo, y al pasar junto a él, escuchamos las voces de unos hombres que entonaban himnos. En un templo indígena los sacerdotes se levantan a cualquier hora de la noche para honrar a su dios. Antes de que pudiéramos detenerlo, Fleete subió corriendo las escaleras, propinó unas patadas en el trasero a dos sacerdotes y apagó solemnemente la brasa de su cigarro en la frente de la imagen de piedra roja de Hanuman. Strickland intentó sacarlo a rastras, pero Fleete se sentó y dijo solemnemente:

—¿Veis eso? La marca de la B... bessstia. Yo la he hecho. ¿No es hermosa?

En menos de un minuto el templo se llenó de vida, y Strickland, que sabía lo que sucede cuando se profana a los dioses, declaró que podría ocurrir cualquier desgracia. En virtud de su situación oficial, de su prolongada residencia en el país y de su debilidad por mezclarse con los indígenas, era muy conocido por los sacerdotes y no se sentía feliz. Fleete se había sentado en el suelo y se negaba a moverse. Dijo que el «viejo Hanuman» sería una almohada confortable.

En ese instante, sin previo aviso, un Hombre de Plata salió de un nicho situado detrás de la imagen del dios. Estaba totalmente desnudo, a pesar del frío cortante, y su cuerpo brillaba como plata escarchada, pues era lo que la Biblia llama: un leproso tan blanco como la nieve. Además, no tenía rostro, pues se trataba de un leproso con muchos años de enfermedad y el mal había corrompido su cuerpo. Strickland y yo nos detuvimos para levantar a Fleete, mientras el templo se llenaba a cada instante con una muchedumbre que parecía surgir de las entrañas de la tierra; entonces, el Hombre de Plata se deslizó por debajo de nuestros brazos, produciendo un sonido exactamente igual al maullido de una nutria, se abrazó al cuerpo de Fleete y le golpeó el pecho con la cabeza sin que nos diera tiempo a arrancarle de sus brazos. Después se retiró a un rincón y se sentó, maullando, mientras la multitud bloqueaba las puertas. Los sacerdotes se habían mostrado verdaderamente encolerizados hasta el momento en que el Hombre de Plata tocó a Fleete. Esta extraña caricia pareció tranquilizarlos.

Al cabo de unos minutos, uno de los sacerdotes se acercó a Strickland y le dijo en perfecto inglés:

-Llévate a tu amigo. El ha terminado con Hanuman, pero Hanuman no ha terminado con él.

La muchedumbre nos abrió paso y sacamos a Fleete al exterior. Strickland estaba muy enfadado. Decía que podían habernos acuchillado a los tres, y que Fleete debía dar gracias a su buena estrella por haber escapado sano y salvo.

Fleete no dio las gracias a nadie. Dijo que quería irse a la cama. Estaba magníficamente borracho. Continuamos nuestro camino; Strickland caminaba silencioso y airado, hasta que Fleete cayó presa de un acceso de estremecimientos y sudores. Dijo que los olores del bazar eran insoportables, y se preguntó por qué demonios autorizaban el establecimiento de esos mataderos tan cerca de las residencias de los ingleses.

-¿Es que no sentís el olor de la sangre? —dijo.

Por fin conseguimos meterle en la cama, justo en el momento en que despuntaba la aurora, y Strickland me invitó a tomar otro whisky con soda. Mientras bebíamos, me habló de lo sucedido en el templo y admitió que le había dejado completamente desconcertado. Strickland detestaba que le engañaran los indígenas, porque su ocupación en la vida consistía en dominarlos con sus propias armas. No había logrado todavía tal cosa, pero es posible que en quince o veinte años obtenga algunos pequeños progresos.

-Podrían habernos destrozado -dijo-, en lugar de ponerse a maullar. Me pregunto qué es lo que pretendían. No me gusta nada este asunto. Yo dije que el Consejo Director del Templo entablaría una demanda criminal contra nosotros por insultos a su religión. En el Código Penal indio existe un artículo que contempla precisamente la ofensa cometida por Fleete. Strickland dijo que esperaba y rogaba que lo hicieran así. Antes de salir eché un vistazo al cuarto de Fleete y le vi tumbado sobre el costado derecho, rascándose el pecho izquierdo. Por fin, a las siete en punto de la mañana, me fui a la cama, frío, deprimido y de mal humor.

A la una bajé a casa de Strickland para interesarme por el estado de la cabeza de Fleete. Me imaginaba que tendría una resaca espantosa. Su buen humor le había abandonado, pues estaba insultando al cocinero porque no le había servido la chuleta poco hecha. Un hombre capaz de comer carne cruda después de una noche de borrachera es una curiosidad de la naturaleza. Se lo dije a Fleete y él se echó a reír:

-Criáis extraños mosquitos en estos parajes -dijo-. Me han devorado vivo, pero sólo en una parte.
-Déjame echar un vistazo a la picadura -dijo Strickland-. Es posible que haya bajado desde esta mañana.

Mientras se preparaban las chuletas, Fleete abrió su camisa y nos enseñó, justamente bajo el pecho izquierdo, una marca, una reproducción perfecta de los rosetones negros (las cinco o seis manchas irregulares ordenadas en círculo) que se ven en la piel de un leopardo. Strickland la examinó y dijo:

-Esta mañana era de color rosa. Ahora se ha vuelto negra.
Fleete corrió hacia un espejo.
-¡Por Júpiter! -dijo-. Esto es horrible. ¿Qué es?

No pudimos contestarle. En ese momento llegaron las chuletas, sangrientas y jugosas, y Fleete devoró tres de la manera más repugnante. Masticaba sólo con las muelas de la derecha y ladeaba la cabeza sobre el hombro derecho al tiempo que desgarraba la carne. Cuando terminó, se dio cuenta de lo extraño de su conducta, pues dijo a manera de excusa:

-Creo que no he sentido tanta hambre en mi vida.
Después del desayuno, Strickland me dijo:
-No te vayas. Quédate aquí; quédate esta noche.

Como mi casa se encontraba a menos de tres millas de la de Strickland, esta petición me parecía absurda. Pero Strickland insistió, y se disponía a decirme algo, cuando Fleete nos interrumpió declarando con aire avergonzado que se sentía hambriento otra vez. Strickland envió un hombre a mi casa para que me trajeran la ropa de cama y un caballo, y bajamos los tres a los establos para matar el tiempo. El hombre que siente debilidad por los caballos jamás se cansa de contemplarlos; y cuando dos hombres que comparten esta debilidad están dispuestos a matar el tiempo de esta manera, intercambiarán a buen seguro una importante cantidad de conocimientos y mentiras.

Había cinco caballos en los establos, y jamás olvidaré la escena que se produjo cuando los examinarlos. Se habían vuelto locos. Se encabritaron y relincharon, y estuvieron a punto de romper las cercas; sudaban, temblaban, echaban espumarajos por la boca y parecían enloquecidos de terror. Los caballos de Strickland le conocían tan bien como sus perros, lo que hacía el suceso aún más extraño. Salimos del establo por miedo de que los animales se precipitaran sobre nosotros en su pánico. Entonces Strickland volvió sobre sus pasos y me llamó. Los caballos estaban asustados todavía, pero nos dieron muestras de cariño y nos permitieron acariciarles, e incluso apoyaron sus cabezas sobre nuestros pechos.

-No tienen miedo de nosotros -dijo Strickland-. ¿Sabes? Daría la paga de tres meses por que Outrage pudiera hablar en este momento.

Pero Outrage permanecía mudo, y se contentaba con arrimarse amorosamente a su amo y resoplar por el hocico, como suelen hacer los caballos cuando quieren decir algo. Fleete vino hacia nosotros mientras estábamos en las caballerizas, y en cuanto le vieron los caballos, el estallido de terror se repitió con renovadas fuerzas. Todo lo que pudimos hacer fue escapar de allí sin recibir ninguna coz. Strickland dijo:

-No parece que te aprecien demasiado, Fleete.
-Tonterías. -dijo Fleete- Mi yegua me seguirá como un perro.

Se dirigió hacia ella, que ocupaba una cuadra separada; pero en el momento en que descorrió la tranca de la cerca, la yegua saltó sobre él, le derribó y salió al galope por el jardín. Yo me eché a reír, pero Strickland no lo encontraba nada divertido. Se llevó los dedos al bigote y tiró de él con tanta fuerza que estuvo a punto de arrancárselo. Fleete, en lugar de salir corriendo detrás de su propiedad, bostezó y dijo que tenía sueño. Después fue a la casa para acostarse, una estúpida manera de pasar el día de Año Nuevo. Strickland se sentó a mi lado en los establos y me preguntó si había advertido algo extraño en los modales de Fleete. Le contesté que comía como una bestia, pero que este hecho podía ser una consecuencia de su vida solitaria en las montañas, apartado de una sociedad tan refinada y superior como la nuestra, por poner un ejemplo. Strickland seguía sin encontrarlo divertido. No creo que me escuchara siquiera, porque su siguiente frase aludía a la marca sobre el pecho de Fleete, y afirmó que podía haber sido causada por moscas vesicantes, a menos que fuera una marca de nacimiento que se hiciera visible ahora por primera vez. Estuvimos de acuerdo en que no era agradable a la vista, y Strickland aprovechó la ocasión para decirme que yo era un ingenuo.

-No puedo explicarte lo que pienso en este momento, -dijo- porque me tomarías por loco; pero es necesario que te quedes conmigo unos días, si es posible. Necesito tu ayuda para vigilar a Fleete, pero no me digas lo que piensas hasta que haya llegado a una conclusión.
-Pero tengo que cenar fuera esta noche -dije.
-Yo también, -dijo Strickland- y Fleete. A menos que haya cambiado de opinión.

Salimos a dar un paseo por el jardín, fumando, pero sin decir nada hasta que terminamos nuestras pipas. Después fuimos a despertar a Fleete. Estaba ya levantado y se paseaba nervioso por la habitación.

-Quiero más chuletas. -dijo- ¿Puedo conseguirlas?
Nos reímos y dijimos:
-Ve a cambiarte. Los caballos estarán preparados en un minuto.
-Muy bien. -dijo Fleete- Iré cuando me hayan servido las chuletas... poco hechas, si es posible.

Parecía decirlo serio. Eran las cuatro en punto y habíamos desayunado a la una; durante un buen rato reclamó aquellas chuletas poco hechas. Después se puso las ropas de montar a caballo y salió a la terraza. Su yegua no le dejó acercarse. Los tres animales se mostraban intratables y finalmente Fleete dijo que se quedaría en casa y que pediría algo de comer. Strickland y yo salimos a montar a caballo, confusos. Al pasar por el templo de Hanuman, el Hombre de Plata salió y maulló a nuestras espaldas.

-No es uno de los sacerdotes regulares del templo. -dijo Strickland- Creo que me gustaría ponerle las manos encima.

No hubo saltos en nuestra galopada por el hipódromo aquella tarde. Los caballos estaban cansados y se movían como si hubieran participado en una carrera.

-El miedo que han pasado después del desayuno no les ha sentado nada bien. -dijo Strickland.
Ése fue el único comentario que hizo durante el resto del paseo. Una o dos veces, creo, juró para sus adentros; pero eso no cuenta. Regresamos a las siete. Había anochecido ya y no se veía ninguna luz en el bungalow.

-¡Qué descuidados son los bribones de mis sirvientes! -dijo Strickland.
Mi caballo se espantó con algo que había en el paseo de coches, y, de pronto, Fleete apareció bajo su hocico.
-¿Qué estás haciendo, arrastrándote por el jardín? -dijo Strickland.

Pero los dos caballos se encabritaron y casi nos tiraron al suelo. Desmontamos en los establos y regresamos con Fleete, que se encontraba a cuatro patas bajo los arbustos.

-¿Qué demonios te pasa? -dijo Strickland.
-Nada, nada en absoluto. -dijo Fleete, muy deprisa y con voz apagada- He estado practicando jardinería, estudiando botánica, ¿sabéis? El olor de la tierra es delicioso. Creo que voy a dar un paseo, un largo paseo... toda la noche.

Me di cuenta entonces de que había algo demasiado extraño en todo esto y le dije a Strickland:

-No cenaré fuera esta noche.
-¡Dios te bendiga! -dijo Strickland- Vamos, Fleete, levántate. Cogerás fiebre aquí fuera. Ven a cenar, y encendamos las luces. Cenaremos todos en casa.

Fleete se levantó de mala gana y dijo:

-Nada de lámparas... nada de lámparas. Es mucho mejor aquí. Cenemos en el exterior, y pidamos algunas chuletas más... muchas chuletas, y poco hechas... sangrientas y con cartílago.

Una noche de diciembre en el norte de la India es implacablemente fría, y la proposición de Fleete era la de un demente.

-Vamos adentro. -dijo Strickland con severidad- Vamos adentro inmediatamente.

Fleete entró, y cuando las lámparas fueron encendidas, vimos que estaba literalmente cubierto de barro, de la cabeza a los pies. Debía de haber estado rodando por el jardín. Se asustó de la luz y se retiró a su habitación. Sus ojos eran horribles de contemplar. Había una luz verde detrás de ellos, no en ellos, si puedo expresarlo así, y el labio inferior le colgaba con flaccidez. Strickland dijo:

-Creo que vamos a tener problemas... grandes problemas... esta noche. No te cambies tus ropas de montar.

Esperamos y esperamos a que Fleete volviera a aparecer, y durante ese tiempo ordenamos que trajeran la cena. Pudimos oírle ir y venir por su habitación, pero no había encendida ninguna luz allí. De pronto, surgió de la habitación el prolongado aullido de un lobo. La gente escribe y habla a la ligera de sangre que se hiela y de cabellos erizados, y otras cosas del mismo tipo. Ambas sensaciones son demasiado horribles para tratarlas con frivolidad. Mi corazón dejó de latir, como si hubiera sido traspasado por un cuchillo, y Strickland se puso tan blanco como el mantel. El aullido se repitió y, a lo lejos, a través de los campos, otro aullido le respondió.

Esto alcanzó la cima del horror. Strickland se precipitó en el cuarto de Fleete. Yo le seguí; entonces vimos a Fleete a punto de saltar por la ventana. Producía sonidos bestiales desde el fondo de la garganta. Era incapaz de respondernos cuando le gritamos. Escupía.

Apenas recuerdo lo que sucedió a continuación, pero creo que Strickland debió de aturdirle con el sacabotas, de lo contrario, no habría sido capaz de sentarme sobre su pecho. Fleete no podía hablar, tan sólo gruñía, y sus gruñidos eran los de un lobo, no los de un hombre. Su espíritu humano debía de haber escapado durante el día y muerto a la caída de la noche. Estábamos tratando con una bestia, una bestia que alguna vez había sido Fleete. El suceso se situaba más allá de cualquier experiencia humana y racional. Intenté pronunciar la palabra Hidrofobia, pero la palabra se negaba a salir de mis labios, pues sabía que estaba engañándome. Amarramos a la bestia con las correas de cuero; atamos juntos los pulgares de las manos y los pies, y le amordazamos. Después lo transportamos al comedor y enviamos un hombre para que buscara a Dumoise, el doctor, y le dijera que viniese inmediatamente. Una vez que hubimos despachado al mensajero y tomado aliento, Strickland dijo:

-No servirá de nada. Éste no es un caso para un médico.
Yo sospechaba que estaba en lo cierto.

La cabeza de la bestia se encontraba libre y la agitaba de un lado a otro. Si una persona hubiera entrado a la habitación en ese momento, podría haber creído que estábamos curando una piel de lobo. Ése era el detalle más repugnante de todos.

Strickland se sentó con la barbilla apoyada en el puño, contemplando cómo se retorcía la bestia en el suelo, pero sin decir nada. La camisa había sido desgarrada en la refriega y ahora aparecía la marca negra en forma de roseta en el pecho izquierdo. Sobresalía como una ampolla. En el silencio de la espera escuchamos algo, en el exterior, que maullaba como una nutria hembra. Ambos nos incorporamos, y yo me sentí enfermo, real y físicamente enfermo. Nos convencimos el uno al otro de que se trataba del gato.

Llegó Dumoise, y nunca había visto a este hombre mostrar una sorpresa tan poco profesional. Dijo que era un caso angustioso de hidrofobia y que no había nada que hacer. Cualquier medida paliativa no conseguiría más que prolongar la agonía. La bestia echaba espumarajos por la boca. Fleete, como le dijimos a Dumoise, había sido mordido por perros una o dos veces. Cualquier hombre que posea media docena de terriers debe esperar un mordisco un día u otro. Dumoise no podía ofrecernos ninguna ayuda. Sólo podía certificar que Fleete estaba muriendo de hidrofobia.

La bestia aullaba en ese momento, pues se las había arreglado para escupir el calzador. Dumoise dijo que estaría preparado para certificar la causa de la muerte, y que el desenlace final estaba cercano. Era un buen hombre, y se ofreció para permanecer con nosotros; pero Strickland rechazó este gesto de amabilidad. No quería envenenarle el día de Año Nuevo a Dumoise. Unicamente le pidió que no hiciera pública la causa real de la muerte de Fleete. Así pues, Dumoise se marchó profundamente alterado; y tan pronto como se apagó el ruido de las ruedas de su coche, Strickland me reveló, en un susurro, sus sospechas. Eran tan fantásticamente improbables que no se atrevía a formularlas en voz alta; y yo, que compartía las sospechas de Strickland, estaba tan avergonzado de haberlas concebido que pretendí mostrarme incrédulo.

-Incluso en el caso de que el Hombre de Plata hubiera hechizado a Fleete por mancillar la imagen de Hanuman, el castigo no habría surtido efecto de forma tan fulminante.

Según murmuraba estas palabras, el grito procedente del exterior de la casa se elevó de nuevo, y la bestia cayó otra vez presa de un paroxismo de estremecimientos, que nos hizo temer que las correas que le sujetaban no resistieran.

-¡Espera! -dijo Strickland- Si esto sucede seis veces, me tomaré la justicia por mi mano. Te ordeno que me ayudes.

Entró en su habitación y regresó en unos minutos con los cañones de una vieja escopeta, un trozo de sedal de pescar, una cuerda gruesa y el pesado armazón de su cama. Le informé de que las convulsiones habían seguido al grito en dos segundos en cada ocasión y que la bestia estaba cada vez más débil.

-¡Pero él no puede quitarle la vida! -murmuró Strickland- ¡No puede quitarle la vida!
Yo dije, aunque sabía que estaba arguyendo contra mi mismo:
—Tal vez sea un gato. Si el Hombre de Plata es el responsable, ¿por qué no se atreve a venir aquí?

Strickland atizó los trozos de madera de la chimenea, colocó los cañones de la escopeta entre las brasas, extendió el bramante sobre la mesa y rompió un bastón en dos. Había una yarda de hilo de pescar, ató los dos extremos en un lazo. Entonces dijo:

-¿Cómo podemos capturarlo? Debemos atraparlo vivo y sin dañarlo.

Yo respondí que debíamos confiar en la Providencia y avanzar sigilosamente entre los arbustos de la parte delantera de la casa. El hombre o animal que producía los gritos estaba, evidentemente, moviéndose alrededor de la casa con la regularidad de un vigilante nocturno. Podíamos esperar en los arbustos hasta que se aproximara y dejarlo sin sentido. Strickland aceptó esta sugerencia; nos deslizamos por una ventana del cuarto de baño a la terraza, cruzamos el camino de coches y nos internamos en la maleza.

A la luz de la luna pudimos ver al leproso, que daba la vuelta por la esquina de la casa. Estaba totalmente desnudo, y de vez en cuando maullaba y se paraba a bailar con su sombra. Realmente era una visión muy poco atractiva y, pensando en el pobre Fleete, reducido a tal degradación por un ser tan abyecto, abandoné todos mis escrúpulos y resolví ayudar a Strickland: desde los ardientes cañones de la escopeta hasta el lazo de bramante —desde los riñones hasta la cabeza y de la cabeza a los riñones—, con todas las torturas que fueran necesarias.

El leproso se paró un momento enfrente del porche y nos abalanzamos sobre él. Era sorprendentemente fuerte y temimos que pudiera escapar o que resultase fatalmente herido antes de capturarlo. Teníamos la idea de que los leprosos eran criaturas frágiles, pero quedó demostrado que tal idea era errónea. Strickland le golpeó en las piernas, haciéndole perder el equilibrio, y yo le puse el pie en el cuello. Maulló espantosamente, e incluso, a través de mis botas de montar, podía sentir que su carne no era la carne de un hombre sano. El leproso intentaba golpearnos con los muñones de las manos y los pies. Pasamos el látigo de los perros alrededor de él, bajo las axilas, y le arrastramos hasta el recibidor y después hasta el comedor, donde yacía la bestia. Allí le atamos con correas de maleta. No hizo tentativas de escapar, pero maullaba. La escena que sucedió cuando le confrontamos con la bestia sobrepasa toda descripción. La bestia se retorció en un arco, como si hubiera sido envenenada con estricnina, y gimió de la forma más lastimosa. Sucedieron otras muchas cosas, pero no pueden ser relatadas aquí.

-Creo que tenía razón. -dijo Strickland- Ahora le pediremos que ponga fin a este asunto.

Pero el leproso solo maullaba. Strickland se enrolló una toalla en la mano y sacó los cañones de la escopeta de fuego. Yo hice pasar la mitad del bastón a través del nudo del hilo de pescar y amarré al leproso al armazón de la cama. Comprendí entonces cómo pueden soportar los hombres, las mujeres y los niños el espectáculo de ver arder a una bruja viva; porque la bestia gemía en el suelo, y aunque el Hombre de Plata no tenía rostro, se podían ver los horribles sentimientos que pasaban a través de la losa que tenía en lugar de cara, exactamente como las ondas de calor pasan a través del metal al rojo vivo... como los cañones de la escopeta, por ejemplo.

Strickland se tapó los ojos con las manos durante unos instantes y comenzamos a trabajar. Esta parte no debe ser impresa.

Comenzaba a romper la aurora cuando el leproso habló. Sus maullidos no nos habían satisfecho. La bestia se había debilitado y la casa estaba en completo silencio. Desatamos al leproso y le dijimos que expulsara al espíritu maléfico. Se arrastró al lado de la bestia y puso su mano sobre el pecho izquierdo. Eso fue todo. Después cayó de cara contra el suelo y gimió, aspirando aire de forma convulsiva. Observamos la cara de la bestia y vimos que el alma de Fleete regresaba a sus ojos. Después, el sudor bañó su frente, y sus ojos se cerraron. Esperamos durante una hora, pero Fleete continuaba durmiendo. Le llevamos a su habitación y ordenamos al leproso que se fuera, dándole el armazón de la cama, la sábana para que cubriera su desnudez, los guantes y las toallas con las que le habíamos tocado, y el látigo que había rodeado su cuerpo. El leproso se envolvió con la sábana y salió a la temprana mañana sin hablar ni maullar. Strickland se enjugó la cara y se sentó. Un gong nocturno, a lo lejos, en la ciudad, marcó las siete.

-¡Veinticuatro horas exactamente! -dijo Strickland- Y yo he hecho suficientes méritos para asegurar mi destitución del servicio, sin contar mi internamiento a perpetuidad en un asilo para dementes. ¿Crees que estamos despiertos?

Los cañones al rojo vivo de la escopeta habían caído al suelo y estaban chamuscando la alfombra. El olor era completamente real. Aquella mañana, a las once, fuimos a despertar a Fleete. Lo examinamos y vimos que la roseta negra de leopardo había desaparecido de su pecho. Parecía soñoliento y cansado, pero tan pronto como nos vio dijo:

-¡Oh! ¡El diablo los lleve, amigos! Feliz Año Nuevo. No mezcléis jamás vuestras bebidas. Estoy medio muerto.
-Gracias por tus buenos deseos, pero vas un poco atrasado. -dijo Strickland- Estamos en la mañana del dos de enero. Has estado durmiendo mientras el reloj daba una vuelta completa.

La puerta se abrió, y el pequeño Dumoise asomó la cabeza. Había venido a pie, y se imaginaba que estábamos amortajando a Fleete.

-He traído una enfermera. -dijo Dumoise- Supongo que puede entrar para... para lo que sea necesario.
-¡Claro que sí! -dijo Fleete, con alegría- Tráenos a tus enfermeras.

Dumoise enmudeció. Strickland lo sacó fuera de la habitación y le explicó que debía de haber habido un error en el diagnóstico. Dumoise permaneció mudo y abandonó la casa precipitadamente. Consideraba que su reputación profesional había sido injuriada y se inclinaba a tomar la recuperación como una afrenta personal. Strickland salió también. Al regresar dijo que había sido convocado al Templo de Hanuman para ofrecer una reparación por la ofensa infligida al dios, y que le habían asegurado solemnemente que ningún hombre blanco había tocado jamás al ídolo, y que Fleete era una encarnación de todas las virtudes equivocadas.

-¿Qué piensas? -dijo Strickland.
Contesté:
-Hay más cosas...

Pero Strickland odiaba esta frase. Dijo que yo la había gastado de tanto usarla. Sucedió otra cosa bastante curiosa, que llegó a causarme tanto miedo como los peores momentos de aquella noche. Cuando Fleete terminó de vestirse, entró en el comedor y olfateó. Tenía una manera un tanto singular de mover la nariz cuando olfateaba.

-¡Qué horrible olor a perro hay aquí! -dijo- Realmente deberías tener esos terriers en mejor estado. Inténtalo con azufre, Strick.

Pero Strickland no respondió. Se agarró al respaldo de una silla y, sin previo aviso, cayó presa de un sorprendente ataque de histeria. En ese momento me vino a la cabeza la idea de que nosotros habíamos luchado por el alma de Fleete contra el Hombre de Plata en esa misma habitación, y que nos habíamos deshonrado para siempre como ingleses, y entonces me eché a reír, a jadear y gorgotear tan vergonzosamente como Strickland, mientras Fleete creía que nos habíamos vuelto locos. Jamás le contamos lo que había sucedido. Algunos años después, cuando Strickland se había casado y era un miembro de la sociedad que asistía a los actos religiosos para complacer a su mujer, examinamos el incidente de nuevo, desapasionadamente, y Strickland me sugirió que podía hacerlo público. Por lo que a mí se refiere, no veo que este paso sea apropiado para resolver el misterio; porque, en primer lugar, nadie dará crédito a esta historia tan desagradable, y, en segundo lugar, todo hombre de bien sabe perfectamente que los dioses de los paganos son de piedra y bronce, y que cualquier intento de tratarlos de otra manera será justamente condenado.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Sáb Ago 24 2013, 13:48



Los perros de Tindalos.
The hounds of Tindalos, Frank Belknap Long.


Me alegro de que hayas venido -dijo Chalmers.

Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular. Quitó, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos papeles amarillos.

-Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee -dije al apartar la mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo.

En las estanterías de ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza nuestro mundo moderno. Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo:
-Estamos llegando ahora a la conclusión de que los antiguos alquimistas y brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.

-Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy -repuse, con un leve gesto de impaciencia.
-No -contestó-. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.
-¿Y qué me dice usted de Einstein? -pregunté.
-¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes!
- murmuró con respeto-. Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma existencia sólo ahora se empieza a sospechar.
-Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.
-¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.
-Déles usted un margen de tiempo.
Los ojos de Chalmers despidieron chispas:
-Amigo mío -murmuró-, acabas de hacer un juego de palabras verdaderamente sublime. ¡Deles usted un margen de tiempo! Yo se lo daría encantado, pero precisamente cuando les hablas de tiempo, los modernos biólogos se echan a reír. Poseen la llave, pero se niegan a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo? Einstein lo considera relativo y cree que se puede interpretar en función del espacio, de un espacio curvo. Pero no hay que quedarse ahí detenido. Cuando las matemáticas dejan de prestarnos su apoyo, ¿acaso no se puede seguir adelante a base de... intuición?
-Ese es un terreno muy resbaladizo. El verdadero investigador evita siempre caer en esa trampa. Por eso avanza tan despacio la ciencia moderna. Sólo admite lo que es susceptible de demostración. Pero usted...
-Yo, ¿sabes lo que haría? Tomar hachís, opio, todas las drogas. Yo imitaría a los sabios orientales y acaso así consiguiera...
-¿Consiguiera qué?
-Conocer la cuarta dimensión.
-¡Eso es pura teosofía, una estupidez!
-Puede que sí, pero estoy persuadido de que las drogas consiguen aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.
-¿Una nueva droga?
-Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo que puedo remontar el curso del tiempo.
-No comprendo qué quiere usted decir.
-El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones. Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también. Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y el tiempo es una ilusión.
-Creo que empiezo a comprender -murmuré.
-Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver el principio y el fin.
-¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?
-Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver -sus ojos lanzaron extraños destellos-. Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.

Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea una cajita cuadrada.

-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que será.
-Fantasías -comenté.
-Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible. Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.
-¿Y cuál será mi misión?
-Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos intensos, me debes hacer regresar al instante.
-Chalmers -dije-, este experimento no me gusta nada. Va a correr usted un peligro terrible. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao. Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas.
-Para mí no es desconocida -repuso-. Conozco sus efectos sobre el animal humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en este papel -me enseñó el diagrama que tenía sobre las rodillas- y así prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego, y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender intelectualmente lo que así perciba. Así mis conocimientos matemáticos y mi aproximación consciente a la cuarta dimensión complementarán la pura acción de la droga. En mis sueños ya he conseguido captar muchas veces la cuarta dimensión en forma intuitiva y emocional, pero en estado de vigilia no he sido después nunca capaz de recordar el resplandor oculto que me era revelado momentáneamente en sueños. Creo, sin embargo, que con tu ayuda podré hacerlo esta vez. Tu anotarás todo lo que diga durante mi trance, por muy extraño e incoherente que te parezca. A mi regreso espero poder proporcionarte la clave de todo lo que no hayas entendido. No estoy seguro de mi éxito, pero, si lo tengo -sus ojos volvieron a despedir un extraño fulgor-, ¡el tiempo ya no existirá para mí!

De pronto, se sentó.

-Voy a hacer el experimento ahora mismo. Ponte, por favor, junto a la ventana y no dejes de vigilarme. ¿Tienes pluma?
Asentí hoscamente y saqué mi pluma Waterman verde claro del bolsillo superior de la chaqueta.
-¿Y has traído algo donde escribir, Frank?
De mala gana saqué una agenda.
-Insisto enérgicamente una vez más en que no apruebo este experimento -gruñó-. Va a correr usted un peligro terrible.
-¡No seas niño! -agitó un dedo ante mí-. Estoy decidido a hacerlo a pesar de todo lo que me digas, y además a hacerlo ahora mismo. Por favor, estate en silencio mientras medito sobre estos diagramas.

Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia indefinida me oprimía el pecho. De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en su boca y la tragó. Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le interrumpiera.

-El reloj se ha parado -murmuró-. Las fuerzas que lo gobiernan aprueban mi experimento. El
tiempo se detuvo y yo tomé la droga. ¡Dios mío, haz que no me extravíe!

Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe, y respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando extraordinariamente de prisa.

-Comienzan las tinieblas -murmuró-. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo, pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente.

Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando veloces notas taquigráficas.

-Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto.
Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos.
-¡Dios mío! -exclamó-. Veo.

Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la habitación no existían para él.

-¡Chalmers! ¡Chalmers! ¿Le despierto?
-¡De ninguna manera! -aulló-. ¡Veo todo! Ante mí veo los billones de vidas que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan, cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de la Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Tiemblo de respeto y de pavor cuando flamean los gigantescos estandartes y el suelo trepida bajo el paso de los hastati victoriosos. Paso en una litera de oro y marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se postrernan mil esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: "¡Ave César!". Yo les sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido!

…Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus. Me arrodillo, en adoración, ante la Magna Mater y arrojo monedas al regazo de las prostitutas sagradas que, con el rostro velado, esperan en los Jardines de Babilonia. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio de una multitud maloliente, aplaudo El Mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas callejuelas de Florencia. Mientras contemplo, arrobado, a la joven Beatriz, la orla de su vestido roza mis sandalias. Soy sacerdote de Isis y mis poderes mágicos asombran al mundo. A mis pies se arrodilla Simón Mago, implorando mi ayuda, y el Faraón tiembla ante mi sola presencia. En la India hablo con los Maestros y huyo horrorizado, pues sus revelaciones son como sal en una herida sangrante. Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los ángulos posibles. Formo parte de los billones de vidas que me han precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el presente. Mediante un pequeño esfuerzo soy capaz de contemplar pasados cada vez más lejanos. Ahora me remonto hacia el mismo origen, a través de curvas y ángulos extraños. A mi alrededor se multiplican los ángulos y las curvas. Hay grandes sectores de tiempo que los percibo a través de curvas. Existe un tiempo curvo y un tiempo angular. Los moradores del tiempo curvo no pueden penetrar en el tiempo angular. Todo es muy extraño.

…Sigo retrocediendo cada vez más. De la tierra ya ha desaparecido el hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas sombrías que se mueven lentamente entre las algas. Las formas que veo son cada vez más simples. Ahora los únicos seres vivos son células. A mi alrededor hay cada vez más ángulos, ángulos totalmente ajenos a la geometría humana. Tengo un miedo horrible. En la creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre…

Seguí sin perderle de vista. Chalmers se había levantado y gesticulaba como pidiendo ayuda. Al poco volvió a hablar:

-Atravieso ángulos ajenos al espacio terrestre. Me aproximo al horror supremo.
-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere usted que intervenga?

Se llevó la mano al rostro, como para no ver una visión indeciblemente espantosa. Pero dijo trabajosamente:

-¡Todavía no! Quiero seguir adelante... Quiero ver... lo que hay... aún más allá...

Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.
-Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven lentamente a través de ángulos alucinantes.

En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí de par en par. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a punto de desmayarme.

-¡Me han olido! -lanzó un alarido-. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!
Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas. Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo. En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.

-¡Chalmers! -grité-. ¡Chalmers, basta ya! Basta
ya, ¿me oye?
Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas por el suelo. Me incliné y le cogí por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.

-¡Chalmers! -murmuré-. Basta ya. Está usted en su habitación. Nada malo le puede suceder. ¿Comprende?

A fuerza de sacudirle y de hablarle, logré que la expresión de locura fuera desapareciendo de su rostro. Tembloroso y convulsivo, quedó como un grotesco montón de carne en el centro de la alfombra china. Le ayudé a caminar hasta el sofá y a tumbarse en él. Su rostro estaba contraído de dolor y me di cuenta de que seguía luchando sordamente contra recuerdos espantosos.

-Whisky -murmuró-. Está ahí, en el mueblecito, junto a la ventana, en el cajón superior de la izquierda.

Cuando le alcancé la botella, la asió con tal fuerza que los nudillos se le pusieron azules.
-Casi me cogen -dijo entrecortadamente.
Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue volviendo el color a la cara.
-Esa droga -dije- es el diablo en persona.
-No era la droga -gimió.
Su mirada ya no era de loco. Ahora daba impresión de un profundo desaliento.
-Me han olido a través del tiempo -susurró-. He llegado demasiado lejos.
-¿Cómo eran? -pregunté para seguirle la corriente.
Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue dominado por horribles temblores.
-¡No hay palabras para describirlos! -murmuró roncamente-. Han sido vagamente simbolizados en el Mito de la Caída y en cierta forma obscena que a veces aparece grabada en algunas tablillas arcaicas. Los griegos le daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz.

Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:
-¡Frank! ¡Frank! ¡En el comienzo se consumó un acto terrible e inmencionable! Antes del tiempo, el acto, y después del acto...
Comenzó a andar histéricamente por la estancia.
-Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros recodos del tiempo. ¡Tienen hambre y sed!
-Chalmers -intenté razonar-, ¡estamos en el tercer decenio del siglo XX!
Pero él siguió ululando:
-¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!
-Chalmers, ¿quiere usted que llame a un médico?
-Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma y, sin embargo -ocultó la cara entre las manos-, son reales, Frank. Los vi durante un momento horrible. Durante un instante he llegado a estar al otro lado. Me encontré en una ribera lívida, más allá del tiempo y del espacio. Había una luz espantosa que no era luz y un silencio hecho de aullidos, y allí los vi. En sus cuerpos flacos y famélicos se concentra todo el Mal del universo. En realidad no estoy seguro de que tuvieran cuerpo: sólo los vi un instante. Pero los he oído respirar. Durante un momento indescriptible sentí su aliento en mi cara. Se volvieron hacia mi y huí dando alaridos. En un solo instante huí a través de millones de siglos. Pero me han olido. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente del aura impura que los rodea. Tienen sed de todo lo que hay limpio en nosotros, de todo lo que emergió inmaculado de aquel acto. En nosotros hay elementos que no participaron en el acto y ellos los aborrecen. Pero no te imagines que son literal y prosaicamente malos. En el plano donde habitan no existen el bien y el mal tal como nosotros los concebimos. Son lo que, en el principio quedó desprovisto de pureza para siempre jamás. Al cometer el acto, se convirtieron en cuerpos de muerte, en receptáculo de toda impureza. Pero no son malos en el sentido que nosotros damos a esta palabra, porque en las esferas en que se mueven no existe pensamiento ni moral ni bueno ni malo. Allí sólo existen lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa en ángulos; lo puro, en curvas. El hombre, o mejor dicho, lo que hay en él de puro, procede de lo curvo. No te rías. Hablo completamente en serio.

Me levanté para irme. Mientras iba hacia la puerta, dije:
-Me da usted mucha pena, Chalmers. Pero no estoy dispuesto a oírle delirar. Le enviaré a mi médico. Es un hombre de edad, muy comprensivo, y no se ofenderá aunque usted lo mande al diablo. Pero confío en que siga usted las indicaciones que le dé. Se pasa usted una semana descansando en buen sanatorio y verá qué bien le sienta.
Mientras bajaba las escaleras le oí reír. Era una risa tan desprovista de alegría que me hizo llorar.

II.
Cuando Chalmers me telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar inmediatamente el receptor. Me llamaba para pedirme algo tan insólito, y tan anormalmente alterada estaba su voz, que temí por mi propia cordura si seguía adelante con este asunto. Pero no pude dejar de percibir la sinceridad de su angustia, y cuando se le quebró la voz y comenzó a sollozar, decidí acceder a su petición.

-De acuerdo -dije-, ahora mismo voy y le llevo la escayola.
De camino hacia casa de Chalmers, me detuve en una droguería y adquirí diez kilos de escayola.
Al entrar en el cuarto de mi amigo, le vi agazapado junto a la ventana, contemplando la pared de enfrente con ojos enfebrecidos por el terror. Cuando me vio entrar, se puso en pie y me arrebató el paquete de la escayola con una avidez que me puso los pelos de punta. Había sacado todos los muebles de la estancia, la cual presentaba ahora un aspecto absolutamente desolado.

-¡Aún podemos salvarnos! -exclamó-. Pero tenemos que actuar rápidamente. Frank, hay una escalera plegable en el vestíbulo. Tráela inmediatamente. Y ve a buscar también un cubo de agua.
-¿Para qué? -murmuré atónito.
Se volvió vivamente hacia mí y vi un relámpago de ira en sus ojos.
-¿Para qué va a ser, so bobo? ¡Para hacer la masa con la escayola! -gritó, fuera de sí-. Para hacer la masa que nos salvará el cuerpo y el alma de una contaminación indecible. Para hacer la masa que salvará al mundo de un peligro... ¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!
-¿A quiénes? -pregunté.
-¡A los Perros de Tíndalos! -exclamó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos.
¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a poner escayola en todos los ángulos, en todos los rincones, en todas las hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera!

Habría sido inútil discutir con él. Le llevé la escalera. Chalmers mezcló la escayola con el agua y estuvimos trabajando durante tres horas. Tapamos las cuatro esquinas de la pared y también las intersecciones de ésta con el suelo y el techo. Por último, redondeamos los duros ángulos de la ventana.

-Ahora me quedaré en esta habitación hasta que se vayan -dijo Chalmers cuando hubimos dado fin a la tarea-. Al darse cuenta de que el olor que siguen les obliga a atravesar curvas, se volverán. Se volverán, hambrientos, frustrados, insatisfechos, al plano de impureza de donde proceden, anterior al tiempo y más allá del espacio.

Sonrió afablemente y encendió un cigarrillo.
-Te agradezco mucho que hayas venido.
-¿Sigue usted sin querer ver a un médico? -rogué.
-Quizá mañana -repuso-. Ahora tengo que vigilar y esperar.
-¿Esperar qué? -apremié.
Chalmers sonrió débilmente.
-Tú crees que estoy loco -dijo-; me doy cuenta perfectamente. Eres inteligente, pero también eres muy prosaico y no puedes concebir la existencia de ninguna entidad independiente de toda energía y de toda materia. Pero, mi querido amigo, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que la energía y la materia son las barreras que el tiempo y el espacio imponen a nuestra percepción? Sabiendo, como yo sé, que el tiempo y el espacio son lo mismo y que son engañosos porque ambos no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, no tiene sentido buscar en el mundo visible ninguna explicación del misterio y del terror del ser.

Me levanté y me fui hacia la puerta.
-Perdona -exclamó-. No he querido ofenderte. Tienes una gran inteligencia, pero yo tengo una inteligencia sobrehumana. Es natural que yo sea consciente de tus limitaciones.
-Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé las escaleras de dos en dos-. «Ahora sí que le envío a mi médico -me iba diciendo a mí mismo-. Está loco de remate y sabe Dios lo que puede pasar si no se ocupa alguien inmediatamente de él.»

III.
Resumen de dos artículos publicados en la Patridgeville Gazette del 3 de julio de 1928:
TEMBLOR DE TIERRA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD

A los dos de la madrugada de hoy, un violento terremoto ha hecho temblar los barrios céntricos de la ciudad, rompiendo varias ventanas en Central Square y causando graves daños en el tendido eléctrico y en las instalaciones de la red tranviaria. En los barrios periféricos también fue observado el fenómeno resultando completamente derruido el campanario de la iglesia baptista de Angell Hill, que había sido diseñado por Christopher Wren en 1717. Los bomberos luchan por apagar el incendio que se ha declarado en las naves de la fábrica de neumáticos. El alcalde ha prometido abrir un expediente a fin de determinar responsabilidades si las hubiere.

ESCRITOR OCULTISTA ASESINADO POR VISITANTE DESCONOCIDO
Horrible Crimen en Central Square. Un misterio impenetrable envuelve la muerte de Halpin Chalmers. A las nueve horas del día de hoy fue hallado el cuerpo sin vida de Halpin Chalmers, escritor y periodista, en una habitación vacía situada encima de la Joyería Smithwich & Isaacs, en el número 24 de Central Square. La investigación judicial puso de manifiesto que dicha habitación había sido alquilada amueblada al señor Chalmers el día 1 de mayo último y que el propio inquilino se había deshecho de los muebles hace quince días. El señor Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo. Pertenecía a la Asociación Bibliográfica y anteriormente había residido en Brooklyn (Nueva York).

A las siete de la mañana, el señor L. E. Hancock, inquilino del apartamento situado frente al del Chalmers en el edificio de Smithwich & Isaacs, sintió un olor especial al abrir la puerta para dejar entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Patridgeville Gazette. El olor, según afirma, era extremadamente acre y nauseabundo, y tan intenso en las proximidades de la puerta de Chalmers que tuvo que taparse la nariz cuando se aventuró por dicha zona del rellano. Estaba a punto de regresar a su propio apartamento cuando se le ocurrió que acaso Chalmers se hubiera olvidado de apagar el gas de su cocina. Considerablemente alarmado por esta posibilidad, decidió investigar lo sucedido y, comoquiera que nadie contestase sus repetidas llamados a la puerta de Chalmers, avisó al encargado del edificio. Este último abrió la puerta mediante una llave maestra y ambos penetraron en la habitación de Chalmers. La estancia estaba totalmente desprovista de mobiliario y Hancock asegura que, al ver lo que había en el suelo, se sintió enfermo, teniendo que permanecer el encargado y él asomados un rato a la ventana sin mirar atrás.

Chalmers yacía boca arriba en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo y tenía el pecho y los brazos cubiertos de una especie de gelatina azulada. La cabeza, totalmente separada del tronco, reposaba sobre el pecho y sus facciones aparecían horriblemente retorcidas y mutiladas. No había ni rastro de sangre. La habitación presentaba un aspecto insólito. Todas las aristas habían sido cubiertas de escayola, que en algunos sectores se había agrietado y en otros, desprendido. Los fragmentos de escayola caídos habían sido agrupados en torno al cadáver, formando un triángulo perfecto.

Junto al cuerpo se hallaron varias hojas de papel amarillo casi enteramente consumidas por el fuego. En ellas había dibujado varios símbolos fantásticos y extrañas figuras geométricas y podían leerse diversas frases escritas apresuradamente a mano. Dichas frases, sin embargo, son tan absurdas que no proporcionan la menor pista sobre el posible autor del crimen. He aquí algunas de tales frases: «Vigilo y espero. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que lleguen hasta aquí, pero debo tener cuidado con los Doels porque acaso puedan ayudarles a pasar.

También los ayudarán los Sátiros y éstos pueden avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos sabían cómo impedirlo. Es lamentable que hayamos olvidado tantas cosas...»

En otro papel, en el más quemado de los siete u ocho fragmentos recogidos por el Sargento Detective Douglas (de la Policía de Patridgeville), había garrapateado lo siguiente:

«¡La escayola se cae! La ha agrietado una vibración terrible. ¡Un terremoto parece! No podía preverlo. Se va yendo la luz de la habitación. Telefonear a Frank. ¿Pero llegará a tiempo? Debo intentarlo. Recitaré la fórmula de Einstein. ¿Voy a Romper! ¡Están pasando! ¡Consiguen atravesar! Sale humo de las esquinas de la pared sus lenguas…

A juicio del Sargento Detective Douglas, Chalmers ha muerto envenenado por algún desconocido producto químico. La policía ha enviado muestras de la extraña gelatina azul que cubría el cuerpo de Chalmers al Laboratorio Químico de Patridgeville y confía en que el informe correspondiente arroje alguna luz sobre este crimen, el más misterioso de los últimos años. Se sabe que Chalmers tuvo un visitante la noche anterior al terremoto, pues su vecino oyó sin lugar a dudas, al pasar ante su puerta, rumor de conversación. El principal sospechoso es, pues, este desconocido visitante, cuya identidad la Policía se esfuerza afanosamente por averiguar.

IV.
Informe del doctor James Morton, químico y bacteriólogo:
Señor Juez de Instrucción: la sustancia semilíquida que usted me remitió para su estudio es la
más extraña que he analizado en mi vida. Presenta ciertas analogías con el protoplasma, pero en ella no se encuentran ni aun indicios de enzimas. Las enzimas son catalizadores de las reacciones químicas que se producen en el seno de la célula viva. Cuando las células mueren, las enzimas las desintegran mediante hidrólisis. Sin enzimas, el protoplasma poseería una vitalidad prácticamente infinita, es decir, sería inmortal. Las enzimas, por así decir, son los elementos negativos del organismo unicelular, que constituye la base de la vida, y, en opinión de los biólogos, sin ellas no puede existir materia viva. Y, sin embargo, tales cuerpos indispensables se hallan ausentes de la gelatina viva que usted me remitió. ¿Se da usted cuenta del significado que puede tener este descubrimiento para la ciencia?

V.
Fragmento de un manuscrito titulado «Los que velan en silencio», original del fallecido Halpin Chalmers:

…¿Y si existiese otra forma de vida paralela a la que conocemos, pero carente de los elementos que destruyen la nuestra? ¿Y si en otra dimensión existe una fuerza diferente de la que genera nuestra vida? ¿Y si esta fuerza emite una energía, que, procedente de su dimensión desconocida, consigue alcanzar nuestro espacio-tiempo y crear en él una nueva forma de vida celular? Cierto es que no se puede demostrar que tal forma nueva de vida exista en nuestro universo, pero yo he visto sus manifestaciones y he hablado con ellas. De noche, en mi habitación, he hablado con los Doels. Y en mis sueños he contemplado a su Creador. Lo he visto en lejanas riberas, más allá del tiempo y la materia. Se mueve a través de curvas extrañas y de ángulos alucinantes. Algún día viajaré en el tiempo y me enfrentaré con él cara a cara.

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Sáb Ago 24 2013, 22:01



En una noche fría y oscura, alejado de la manada
y solitario, el lobo avanza con sobriedad....
Persigue sus sueños, un amor lejano...
En lo alto la puede ver, su belleza ilumina el paisaje,
que se extiende mas allá de su vista...
No la puede alcanzar, pero sueña que va tras ella...
¿Cuanto puede durar esta pasión?
tal vez nunca termine,
¿por que se aleja de sus hermanos?
no le agrada ser como ellos, estar entre ellos,
prefiere la soledad, la soledad de su alma...
El lobo ama soñar, es cuando puede acercarse
a ella, cuando puede alcanzarla, aunque solo...
sean breves instantes, pero los mas valiosos.
Un día alguien mas apareció, en su vida solitaria
vio una nueva luz, y fue tras ella...
al verla tan cercana, la alcanzo, pero algo cambio,
ella era tan diferente, y por estar a su lado
su alma también cambio, bajo la cabeza...
dejo que lo encadenaran, ahora no es mas...
que un prisionero, un perro mas para los humanos,
atado, alimentado, obedeciendo,
a veces castigado, pero esta con ella,
oh! fuerza de la naturaleza,
espíritu salvaje y libre que duermes en su interior,
busca una vez mas la libertad,  aquella que tanto
amo sin saber, ella no es como pensó,
perdió tanto y al final no fue lo que deseo,
ella lo ve como a los demás, la luz ya no brilla...
como antes, ahora extraña a aquella
que todas las noches observaba,
aquella que siempre ilumino su destino,
la luz que siempre acaricio, la que tanto anhelo
en sueños, ha pasado el tiempo, algo ha cambiado
una vez mas la noche lo sorprende sin cadenas
la puerta a lo lejos luce abierta, una fuerza
en su interior lo impulsa, en la noche fría y oscura
la luna brilla sobre el bosque, y el lobo corre...
con la cabeza en alto otra vez, en busca...
de un destino, soñando, amando su libertad.



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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Dom Ago 25 2013, 03:16

BOND escribió:


En una noche fría y oscura, alejado de la manada
y solitario, el lobo avanza con sobriedad....
Persigue sus sueños, un amor lejano...
En lo alto la puede ver, su belleza ilumina el paisaje,
que se extiende mas allá de su vista...
No la puede alcanzar, pero sueña que va tras ella...
¿Cuanto puede durar esta pasión?
tal vez nunca termine,
¿por que se aleja de sus hermanos?
no le agrada ser como ellos, estar entre ellos,
prefiere la soledad, la soledad de su alma...
El lobo ama soñar, es cuando puede acercarse
a ella, cuando puede alcanzarla, aunque solo...
sean breves instantes, pero los mas valiosos.
Un día alguien mas apareció, en su vida solitaria
vio una nueva luz, y fue tras ella...
al verla tan cercana, la alcanzo, pero algo cambio,
ella era tan diferente, y por estar a su lado
su alma también cambio, bajo la cabeza...
dejo que lo encadenaran, ahora no es mas...
que un prisionero, un perro mas para los humanos,
atado, alimentado, obedeciendo,
a veces castigado, pero esta con ella,
oh! fuerza de la naturaleza,
espíritu salvaje y libre que duermes en su interior,
busca una vez mas la libertad,  aquella que tanto
amo sin saber, ella no es como pensó,
perdió tanto y al final no fue lo que deseo,
ella lo ve como a los demás, la luz ya no brilla...
como antes, ahora extraña a aquella
que todas las noches observaba,
aquella que siempre ilumino su destino,
la luz que siempre acaricio, la que tanto anhelo
en sueños, ha pasado el tiempo, algo ha cambiado
una vez mas la noche lo sorprende sin cadenas
la puerta a lo lejos luce abierta, una fuerza
en su interior lo impulsa, en la noche fría y oscura
la luna brilla sobre el bosque, y el lobo corre...
con la cabeza en alto otra vez, en busca...
de un destino, soñando, amando su libertad.


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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por Bond el Lun Ago 26 2013, 05:18


8ª EMFERMEDAD

Esta enfermedad fue descripta en el siglo II por Marcelius de Sidon como “una especie de melancolía”.
Con el tiempo y los efectos comprobados de la luna llena sobre la conducta de las personas, la leyenda del hombre lobo creció en todo el mundo con las variantes más asombrosas.

Los casos más famosos son los de El Franco, un condado de Burgundia, pegado a Suiza entre 1521 y 1643, que cuenta que allí hubo nueve procesos y un linchamiento, entre ellos una familia apodada “la manada Gandillón” cuyos integrantes fueron quemados vivos.
También en Alemania, y en España hay leyendas sobre esto.

Mientras la ciencia lo niega, el misterio sigue transmitiéndose de generación en generación para alimento de la literatura y del cine principalmente.

Hoy hay Luna llena y si la Luna es capaz de influir en las mareas aquí en la tierra es lógico que también afecte a la naturaleza del ser humano y por experiencia sé que a las mujeres les afecta en mayor medida que a los hombres aunque a mi me suelen entrar unas ganas locas de deambular de noche, me entra apetito de comer entrecot muy poco hecho y suelen crecerme los colmillos y las uñas.
En el pelo no me pasa nada…¡¡ eso quisiera yo ¡!

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

Mensaje por misterio el Lun Ago 26 2013, 13:33

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Re: LUNA LLENA HOMBRE LOBO?

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