Nuestras inolvidables anécdotas

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Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Sáb Ago 10 2013, 20:14

Creo que podría llegar a ser una buena idea.

Pensé crear este tema, en el que podamos contar algunas de nuestras anécdotas. Situaciones divertidas, chocantes, absurdas... que nos hayan ocurrido. Recuerden: la anécdota, breve o extensa (aunque no mucho) es algo que realmente haya ocurrido, a nosotros o a alguien de nuestro entorno, un relato que no es un cuento fantástico ni tiene la obligación de seguir las normativas de un cuento. Pero sí tiene algo maravilloso: haberno dejado un recuerdo imborrable. Pueden ser dramáticas o cómicas, pueden haber sucedido ayer o hace mucho, pero ahí están, inamovibles en nuestra memoria.

Si no se atreven a contar "sucesos" de su vida, cuenten algo que sea de otros, pero que esencialmente sea cierto. Yo sí me atrevo, porque las he tenido "a montones" y muchas de ellas integran uno de mis libros. Pero son más aún las que todavía no he publicado.

Recuerden que suceden en un Tiempo y en un Espacio determinados: época y lugar determinan muchas de las reacciones de los personajes.




NOTA: Voy a pedir al Staff si considera la posibilidad de que, una vez que se hayan publicado muchas, pudieran someterse a la votación de los lectores para elegir la mejor de todas. En ese caso, ya habría que poner otras reglas de anonimato para que puedan transformar en un verdadero concurso. Por el momento, sólo contémoslas.

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Sáb Ago 10 2013, 20:19

Los viejos cocheros de plaza



Luján es una bella ciudad argentina, distante 70 Km de la capital, Buenos Aires. Fue fundada allá por el siglo XVII y la base de su historia tiene que ver con un milagro de la Virgen.
Mi ciudad, aquí nací, es sede de la Basílica Nacional de Nuestra Señora de Luján y de varios Museos Históricos de la época de la Colonia. Tiene además un hermos río con su ribera y calles hermosas y soleadas.


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Verlos por Luján es quedarnos en el tiempo. Mejor aún: volver al de antes, aquel en que las señoras usaban faldas largas y los señores, galeritas.
Era el tiempo en que había tiempo para todo, incluso para salir a dar una vuelta a la manzana o irse a pasear en mateo ¡Cuántos lujaneros se privarán hoy de hacerlo por miedo a que lo crean cursi,  antiguo o qué sé yo...!
Privilegio reservado a los turistas, igual que ayer.

Cuando Luján era chiquito y los peregrinos se acercaban por primera vez a estos pagos en busca de una Imagen aún sin Santuario terminado, algunos cocheros de plaza hacían de las suyas: les cobraban el viaje entero y los dejaban a mitad de camino, en la vieja casona solariega de la avenida Humberto, la que después fue mi casa y  que hoy ya no está  y que en aquel momento también estaba a medio terminar (estafas que el tiempo ha convertido en risueñas anécdotas... ¡corruptos hubo siempre!)

Miguel Repetto es un poeta de las cosas de Luján. Él agarró en el aire el tema de los cocheros. Los nombres que alguna vez hicieron época en el pueblo...

“¡Adiós, tío Pepe...! Se fueron Massolo, Burgos, Silva...
viejos cocheros de plaza que tuvo Luján...”

             ¿Se acuerda, don Burgos, de su padre? Usted me habló un día de él en un banco solitario y frío de la estación. Seguramente nuestra memoria no lo registra,  pero la magia de una canción nos impedirá olvidarlo...
Porque las canciones son, la mayoría de las veces, evocadoras de cosas que nos pasaron.

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Dom Ago 11 2013, 07:48

Un amigo español, que hoy vive en Mallorca, me ha autorizado a transcribir aquí esta anécdota de su infancia.
He cumplido, Julio... querido amigo de hace tantos años!


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Recuerdos de mi infancia



Yo nací en" La Casa Grande" –ahora las llaman "corralas". Fueron unas construcciones que los reyes levantaron para albergar, en la época de vacaciones, a los criados con sus correspondientes carruajes y caballerías. Era un inmenso patio donde estaban las cuadras; luego, a través de una escalera a la entrada del portalón, se subía a dos corredores donde estaban las viviendas de los criados y conductores de los carruajes.
Estas corralas, con el tiempo, y, cuando Aranjuez dejó de ser sitio de vacaciones de los Borbones, pasaron a ser viviendas para la gente del pueblo.

Y ahí nací yo...

Unas cuarenta familias, más o menos, vivíamos allí, todas de gente humilde, dedicadas a la agricultura y a la pesca y caza, porque después de la guerra, la gente se agarraba de lo que podía...
Era un sitio muy pintoresco, desde primera hora de la mañana: un continuo desfile de personajes, los que entraban en aquel patio inmenso.
El primero casi siempre era "El churrero”, un señor que vendía churritos calientes, diez por una peseta.
Luego aparecía el "el cartero"; por supuesto que no había buzones, por lo que tocaba un trompetín dorado en forma de cuerno y en voz alta decía los nombres de los pocos afortunados que tenían correspondencia.
Solían aparecer un personaje agitanado que era "el lañador: arreglaba cacerolas y pucheros; el afilador, el mielero que vendía miel de la Alcarria y queso manchego; un señor con un carro y una mula vendiendo zanahorias y melones de Ocaña .
Había un señor –chaqueta de cuadros y pañuelo blanco al cuello, como los "chulapones" madrileños– tocando un organillo, con música de pasodobles y tangos de Gardel.
Recuerdo una vez, que apareció una mujer  que era pintora: llegó al patio, montó el caballete y se puso a pintar.  A mí me impresionó mucho porque aquella señora no tenía manos, pintaba con los dedos del pie.  Yo tenía seis o siete años y nunca se me fue aquella imagen de la mente.
Tuve una infancia feliz, dentro de las limitaciones que teníamos en nuestra familia pobre.
Mi padre ganaba poco, y mi madre tenía que hacer malabarismos en la tienda de comestibles.
Vivíamos al lado de mi abuela, una luchadora infatigable, que nos quería con locura y que casi nos crió a mí y a mis hermanos. Tuvo doce hijos y murió con el corazón cansado de tanto trabajar, de tanto sufrir y de tanto parir.
Mi abuelo era "matarife". Pequeño, enjuto como Alonso Quijano, pero era todo polvorilla; cuando tenía que matar el cerdo, lo hacía bien y rápido por lo que no le faltaba trabajo y su fama como matarife, pescador y cazador era bien conocida en todo el pueblo.
Un buen día vino malo de trabajar, se metió en la cama y no quiso levantarse más. Yo iba todas las tardes con mi hermano Manolo a verle; estaba sentado en la cama, solía liar un cigarrillo. Le dábamos un beso y le pedíamos que nos contara historias del monte y del río. Los dos nos quedábamos con la boca abierta, sobre todo con sus encuentros con lobos y zorros. Él estuvo cinco años sin levantarse, apenas comía y siempre nos decía que nunca podía dormir, ni de noche ni de día. Murió con sólo sesenta y cinco años.
Yo me dedicaba todo el día a jugar en el patio y en la calle, pues en aquella época había poco tráfico. Los juegos eran los clásicos: "el escondite," las canicas, la peonza, las chapas, las chicas al truque, al corro, y solían cantar canciones del antiguo folklore castellano, que se trasmitían de madres a hijas.
En aquella época, y como niño precoz, tuve mi primer amor de la infancia: se llamaba Loly y sentía adoración por ella y ella por mí.
Poco tiempo después, pasó algo que marcó mi vida y mi infancia: mis padres me ingresaron, con ocho años, en la Universidad Laboral de Zamora. Allí pasé ocho años de mi vida, duros y difíciles.
Al centro lo regían curas salesianos con una dura disciplina; allí todo era alrededor de la religión, el trabajo, el estudio, y el deporte.
Yo esperaba, como agua de Mayo, las vacaciones, para ver a mi Loly y, mientras tanto, poco a poco empezó a forjarse un hombre...

Julio ............................

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Simone9Taylor el Dom Ago 11 2013, 09:10

Me encantan tus anécdotas y la idea de contar . A mi la verdad solo se me ocurren anécdotas un poco tontas jeje aunque divertidas que me han pasado .

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Dom Ago 11 2013, 15:43

Ese es, Justamente, el TONO de estos relatos... La anécdota, Simone, no necesita ser GRANDIOSA sino que simplemente HAYA PASADO y no se nos HAYA OLVIDADO.

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Lun Ago 12 2013, 11:18

Gaspar fue un amigo que vivía en Córdoba (Argentina) y tenía por España la misma pasión que yo.
Un día nos conocimos y también pudimos intercambiar anécdotas de nuestra vida.

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LA JUNTADA


¡Cómo crecía el río! ¡Qué difícil es explicar a quienes lo conocen ahora, con todos sus lagos que lo escalonan y regulan, la terrible libertad que antes tenía! ¡Cuando se venía... se venía! Había que ir a verlo. Y así era, nomás: a pie, en bicicleta, sulky, auto o caballo... no eran varios que iban: era todo Almafuerte que a las zancadas llegaba hasta el puente a mirarlo pasar. Daba miedo...!

Y el espíritu aventurero que hemos heredado de nuestro padre, tan fuertemente manifestado desde que éramos chicos, no encontraba límites: también de esas dramáticas situaciones se alimentaba. Todo nos llamaba la atención; nos metíamos en todo; y cuando algo salía de lo común, las miradas de los más compinches se entrecruzaban con picardía, consultándonos cómo podríamos aprovechar “eso” para hacer “algo”.

Inusualmente, ese sábado a la noche yo estaba en el Ideal Cine; vaya a saber qué inocentada pasaban en esa función, que me habían dado permiso. Fue en el “aire libre”, patio donde ponían sillas para las funciones en las calurosas noches de verano, donde se escuchó decir que llegaba la creciente. Algunos sin esperar que terminara “la cinta”, otros al final, muchos partieron raudamente hacia el puente. A mi edad y en esos años, no podía planear una ida al río a medianoche, pero... nada ni nadie podría impedir que me levantara temprano. En cuatro saltos llegué a casa, con todo sigilo los desperté a Sergio y Ana y lo planeamos rápido: sólo necesitábamos una bolsa de arpillera y un poco de paciencia, hasta que fuera hora de levantarse...

Debo explicar que en el Bajo Moroni, NUESTRO lugar del río, cuando este crecía, se extendía cubriendo varias decenas de metros fuera de su orilla norte, por lo que al volver a su cauce dejaba lagunas y barro en una franja de casi una cuadra de ancho, generalmente llena de peces de toda clase, saltando en los charcos, semienterrados en el fango y hasta coleteando en algún poleo, encajadas sus agallas varios centímetros por encima del piso o del agua.

Esa noche no dormimos: esperamos un tiempo prudencial y, cuando “nos pareció que estaba bien” (vaya a saber con qué patrones medíamos las cosas), nos levantamos, tomamos un vaso de leche y partimos silenciosamente, en medio de la penumbra. Las primeras luces del alba nos encontraron sentados en el barro, en el Bajo Moroni: habíamos caminado en plena oscuridad por la ruta a Córdoba, desviando por el viejo cementerio de El Salto, pasando junto a La Capilla de San José, la escuelita de Coppari (hoy todo bajo la superficie del lago Piedras Moras), llegando por la orilla opuesta del río: una caminata de una legua y media en la noche cerrada, desafiando el perrerío que de cada uno de esos lugares salía.

La Juntada tenía que ser rápida, pues la competencia lo exigía: apenas bajaban las aguas comenzaban a llegar las gentes de los ranchos de la zona, buscando los bagres, viejas del agua, mojarrones y cualquier bicho que apareciera enredado en semejante maraña de ramas verdes y secas, lodo, troncos, alguna que otra maroma y hasta muebles que la correntada traía en su furia. Y aunque para ellos significaba el sustento de varios días y para nosotros solamente un galardón que al llegar a casa mamá recibía con un:
- “¡Tiren esa inmundicia al baldío!...”
No podíamos permitir que nadie nos ganara. Así fue que cuando llegó el primer lugareño, ya nos íbamos con media bolsa de pescados y una sonrisa de triunfo.

Pero la inminencia del reto nos preocupaba: no habíamos pedido permiso y para colmo difícilmente llegaríamos a tiempo a la última misa. Y ante las consecuencias gravísimas que ello podría acarrear, optamos por lo más sensato: con barro hasta dentro de las orejas, aferrados a nuestros principios y a nuestra bolsa de pescados, fuimos a la primera misa de la Capilla de El Salto, subimos sigilosamente a ocultar nuestra mugre en el Coro y allí participamos piadosamente del “sacrificio”, solamente alterado de a ratos por los coletazos de algún bagre grandote en el piso de madera, que hacía volverse y levantar la vista a alguna que otra vieja intolerante.

Ya limpias nuestras conciencias - solamente ellas - iniciamos el regreso alegres y deseando que pasaran camiones por el puente: como los perros que se agazapan para ladrar al auto que pasa, así esperábamos que los camiones que venían de Córdoba cruzaran el puente, angosto y de piso tortuoso, a paso de hombre. Saltábamos sobre el paragolpes del acoplado, nos aferrábamos precariamente a cualquier saliente de la carrocería y viajábamos ufanos, prendidos como sanguijuelas, sabiendo que al entrar al pueblo aminoraba la velocidad y nos podíamos tirar tranquilamente en la arena de las cunetas.

Ana confiaba. Ella siempre fue así:
- “...Si los muchachos lo hacen, quiere decir que se puede...”
Y atendía nuestras indicaciones. El procedimiento era simple: como yo corría más rápido, me tiraba primero y los acompañaba corriendo; Sergio me alcanzaría la bolsa y saltaba segundo y finalmente Ana se tiraba, con la recomendación de hacerlo sin mirar para atrás, con un pie solo y únicamente cuando le avisáramos, ya que había que esperar una parte bien arenosa, sin piedras y que no viniera nadie.

Quizá fallamos en los métodos: primer error, que Sergio debió darme la bolsa a mí y no alcanzársela a Ana, quien soltó una mano para recibirla; segundo, haberle enseñado a ella todo junto, en el trayecto desde el puente al pueblo. Una buena enseñanza indica que hubiera sido mejor que aprendiera por partes, practicando cada cosa por separado. Al saltar con los dos pies juntos, con una bolsa de pescados al hombro, mirando para atrás, justo en una zona pedregosa y cuando el camión sobrepasaba a un carro, la pobre echó a perder el hermoso día de aventuras que venía disfrutando.

El hombre del carro frenó bruscamente el caballo para no atropellarla, mientras Anita, quizá repasando las peripecias de la juntada de ese día como para distraerse y soportar el dolor del porrazo, seguía acostada en medio de la calle, con la cabeza pudorosamente cubierta por el vestido - solamente la cabeza - rodeada por pescados de todo tipo, vivos y muertos, dándole un gran colorido a esa mañana dominguera, difícil de olvidar.

El golpe fue grande, pero ella conocía bien una consigna que tácitamente regía en nuestras aventuras: mientras estas duraban, no se lloraba...

________________________________________________________ Gaspar

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Vie Ago 16 2013, 06:33

Tarjetas de crédito vs. patacones


___________________________________________________ Nunca está demás un poquito de ironía, pero que fue un drama,  vaya si lo fue...




En realidad, no es una anécdota estrictamente de mi pueblo pero nos afectó tanto (como a toda la provincia, es verdad...) y entonces merece un lugarcito en estos relatos argentinos y lujaneros
Otras provincias tuvieron sendos papelitos pintados con los cuales uno se conformaba e iba presuroso al mercado a ver si se los aceptaban.
Pero ¡atención...! que no nos fuéramos a pasar de los límites de cada provincia porque de ser así, no nos servían para nada.
¡Qué lindo hubiera sido guardarlos para empapelar paredes o para enseñarles a hacer “collages” a los niñitos...!
La cosa parecía de lo más sencilla, en realidad, siempre lo había sido: uno adquiría una tarjeta de crédito –pongamos VISA (pero podía ser cualquier otra..)– y, a partir de ese momento, era el feliz poseedor de lo que se dio en llamar “dinero plástico” ¿se acuerdan...?
Tener una tarjeta dejó de ser “algo raro”, que podía distinguir a personas con cierto nivel adquisitivo más o menos alto, para ser, simplemente, una comodidad de reducido tamaño que ocupaba poco espacio en un bolso o en una billetera. Con ella, se sentía la inmensa satisfacción de no tener dinero efectivo –pongamos CASH, para estar actualizados– pero, igualmente, poder comprar. Claro: era importante que a uno lo hubieran advertido de hacer todo lo posible para no gastar más de lo que uno pudiera pagar a fin de mes, cuando se recibía el resumen, con el objetivo evidente de no generar intereses, aunque no siempre pudiera uno –pongamos YO– darse el lujo de que esto fuera una realidad: a veces, un exceso involuntario, otras veces necesidades impostergables, cuándo no entrañables compromisos.
¿Qué nos facilitaba la “tarjetita” en esos casos...? ¡EL PAGO MÍNIMO...! Maravillas que uno iba descubriendo a medida que la usaba...!
Tratando, en lo posible, de no caer demasiado ¿para qué? en la ironía anunciada –vivimos una circunstancia que nos hace merecedores de más seriedad en el acercamiento a ciertos temas–, queda claro que la tarjeta de crédito dejó de ser un lujo –al principio lo parecía– para ser algo más, ya común, en nuestros gastos mensuales  y –¿por qué no?– un ordenador de ellos. Nos acostumbramos al DÉBITO AUTOMÁTICO de servicios (¡no hacer colas!¡qué placer...!), al gasto inesperado que podíamos afrontar, la satisfacción de poder llevar el control con nuestros “papelitos” y ver que todo coincidiera con el resumen que llegaba a fin de mes. Y poder pagar en cuotas algunas extras que indefectiblemente se presentaban ¡el éxtasis...!
¿Qué problemas se nos presentaban? La aparición de algún INTERÉS que no habíamos tenido en cuenta, golpearnos la frente cuando la suma excedía nuestras posibilidades, tener un SALDO RESTANTE para el mes siguiente, cambiar una TARJETA NACIONAL por una INTERNACIONAL  y descubrir, en ese extranjero donde la usábamos, los íconos representativos de nuestra TARJETA, en los negocios o lugares de esparcimiento en los que podíamos usarla con la misma facilidad... ¡Qué hermoso para quienes la descubrimos tarde...! ¡Qué tiempos aquellos, felices tiempos, en los que ser dueños de una tarjeta –pongamos VISA (usted, lector, ponga el nombre de la que le guste más...)– no nos hacía dueños del mundo, pero sí algo parecido.
Y había seres privilegiados –es un decir– que llegaron a tener dos o tres. Con medirse bastaba o con bicicletearlas... Con no excederse sobraba... Con pagar, todo era color de rosa, pongamos AZUL,  en algunos casos.
¡CON PAGAR...! Ahí estaba el secreto... Pagar, uno pagaba. Así de simple: se guardaban los pesitos, se sacaban cuentas, se sumaba y restaba como nos lo habían enseñado en los primeros tiempos de escuela y, llegado el día del vencimiento, uno iba y pagaba (siempre –o casi siempre– sucedía aquello del saldito restante... a veces era más que un “saldito”) y la tranquilidad volvía a nuestros hogares y a nuestros bolsillos.
Mas ¿qué pasó...? ¿Qué pasó con nuestros pesitos? Y atención que no hablamos ni de dólares ni de corralitos. Simplemente, que un día gris, un día en que todos estábamos distraídos viendo pasar la vida sencilla de aquellos tiempos (nos parece  un tiempo tan lejano...), aparecieron ellos, los insólitos, los inesperados, los PATACONES, nombre con reminiscencias de “Patoruzú”.  Poco a poco se fue metiendo en nuestros bolsillos. No pidió permiso: fue impuesto. La Provincia de Buenos Aires, a través de sus autoridades, empezó a pagarnos “en patacones”.
Y empezó una nueva costumbre: la de preguntar:
–¿Acepta patacones?
A veces, la respuesta era SÍ; otras veces, NO. Aparecieron nuevos trámites: los que teníamos que hacer, en diferentes instituciones, para demostrar que cobrábamos nuestros sueldos “en patacones” y, por lo tanto, teníamos que pagar en patacones...) Algunos lo entendieron: Luz, Gas, Supermercados, Confiterías, Cines, Teatros (entonces ¿servían los papelitos pintados para vivir, mejor dicho para sobrevivir...? Pues sí y no.
La misma PROVINCIA que había inventado los patacones no nos permitía pagar con la misma moneda algunos servicios y no lo permitía en instituciones oficiales que dependían de ¿de dónde? Y... de PROVINCIA: pongamos –por poner, nomás– VISA BANCO PROVINCIA y otras que usted, lector “pataconeado”, puede agregar a medida que vaya recordando sus experiencias personales...
¿No es cierto que las tiene?
Una persona muy inteligente me dijo que, cuando ella había sacado su primera tarjeta, una amiga le había sugerido que no gastara con ella un peso más de lo que pudiera llegar, cuando le llegara el resumen; ella lo había seguido al pie de la letra o tal vez había dejado algún restito insignificante que inmediatamente salvaba en el siguiente pago. Me aconsejó que nunca hiciera esto, sobre todo con cifras que no pudiera cubrir y menos aún por gastos que pudiera evitar. Pero me lo dijo un poco tarde. Mis sueldos eran insuficientes para pagar lo que gastaba y, como si fuera poco, los “papelitos pintados” habían invadido la provincia. Muchas provincias tenían los suyos y “era una delicia el ver...” cómo perdían automáticamente su valor al trasponer las fronteras de las mismas. Si se lee “Martín Fierro”, se puede llegar a una comparación bárbara. Pero bueno, esto es literatura y aquello era “dinero”. (Bueno, bah, qué sé yo...)
El caso es que por orden del Banco Central, las entidades bancarias tenían el derecho de cobrarse del monto de acuerdo las cantidades en PESOS que los poseedores de Tarjeta no podíamos pagar porque teníamos PATACONES.  Todo muy legal por cierto... pero aterrador. Sobre todo, cuando nos enterábamos de la suma de nuestra deuda con el Banco. Algo terrible fue cuando el deudor debió someterse a la nueva forma de usura que se había dado en nuestro país: la de cambiar pesos por patacones a la módica “usura” de recibir 80 $ luego de entregar 100 patacones (esto se daba en un nivel absolutamente personal).
Y entonces, una nueva deuda: la que ligaba al Banco por un montón de meses, gracias a un préstamo –del que el deudor no veía un peso– sino que servía para pagar “en cómodas cuotas mensuales” la deuda aquella del monto de acuerdo. Por supuesto, habíamos hecho pedazos la tarjeta y nos íbamos al supermercado próximo a buscar alguna que otra oferta que pudiéramos comprar con los patacones tan bonitos de los cuales no guardamos ni uno para recuerdo.¡Por suerte!
Querido argentino que me lee... ¿Usted me entiende, no? ¿Usted lo vivió?

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Jue Sep 05 2013, 15:43

De un español llamado Julio

Mi abuela paterna

Boñar... Casualmente estuve el pasado septiembre allí y en más pueblos de León.
Mi abuela paterna, Cleta –no la del relato de Aranjuez sino la otra abuela– nació en un pueblecito llamado La Mata de Curueño. Eran ocho hermanos, cuatro de ellos mujeres; cuando llegaron a mocitas, se fueron tres de ellas a trabajar a Madrid: así llegó mi abuela a Aranjuez y allí se casó con mi abuelo Manuel; de esta unión nació mi padre, Julio.
La abuela Cleta no nos habló mucho de su familia de León –que, por cierto, era muy grande– y no conocíamos a ninguno de sus integrantes, ni siquiera sabíamos si aún vivía alguien en el pueblo.
Yo siempre tuve, tanto de pequeño como de mayor, una terrible curiosidad por saber de esa otra familia, desconocida para mí.
Así pasaron los años: mi abuela murió cuando yo tenía dieciséis.
En aquella época, no había los adelantos tecnológicos de ahora, por lo que seguíamos sin saber nada de ellos. Cuando me conecté a Internet, un día tecleé en un buscador el nombre del pueblo y me apareció su página Web. En el foro, había un mensaje: era de un chico joven quien, por los datos, era bisnieto de una hermana de mi abuela, la tía Francisca.
En ese momento, mi corazón dio un vuelco y sentí dentro de mí que había llegado el momento de conocer mis raíces leonesas. Me puse a mandar mensajes y a recopilar datos, a localizar a personas y familiares: puedo asegurar que ha sido una tarea preciosa, que culminó con el viaje que hice a Zamora para conmemorar el 50º aniversario de la fundación de la Universidad; me encontré con antiguos compañeros de estudios que no veía desde hacía treinta años, pero eso es otra historia. Completé el viaje, yendo al pueblecito de mi abuela Cleta.
A través de una persona maravillosa, Miguel Fuertes, profesor de matemáticas, ya jubilado, conocí casi toda la historia de mis antepasados y los lugares de alrededor, el río Curueño con sus aguas cristalinas llenas de truchas, la vieja iglesia con su patrono, San Martín, la casi derruida ermita de San Tirso.
Estuvimos en pueblos como Nocedo, Pardesivil, Sopeña, La Vecilla, Santa Colomba, Boñar, por supuesto León con su catedral preciosa, San Marcos, San Isidoro e infinidad de lugares encantadores. Conocí a primos y primas de mi padre, aunque en el pueblo sólo queda uno de toda la dinastía del apellido Álvarez.
Un día fuimos a la iglesia con mi amigo Miguel y estuvimos mirando los libros de bautismo; fue emocionante ver la partida de bautismo de mi abuela y de todos sus hermanos. Siguiendo el árbol, llegamos hasta el primer Álvarez que llegó a La Mata, en 1770, de oficio tejedor, trabajo que se siguió ejerciendo hasta mi bisabuelo Mauro. Mi tatarabuela se llamaba Benita Fernández y era de un pueblo cercano a Boñar, llamado Grandoso.
(¡Bonita historia, contada a grandes rasgos, porque es mucho más extensa!)
En el pueblo este, editan una revista trimestral, con noticias, fotos, reportajes, fiestas, homenajes a los mayores que cumplen ochenta años, árbol genealógico de las familias, historias de ayer. Ahora se cumple el 25º aniversario de la fundación del boletín, por lo que harán un número extraordinario, donde nos han pedido colaboración: yo tengo escritas unas líneas que les mandaré para que las publiquen. Este boletín lo reciben más de cuatrocientas personas de España y de Argentina, Méjico, Irlanda y otros países, todas descendientes del pueblo.
En mi casa de Aranjuez, no había libros por ningún sitio; mi padre sólo fue al colegio hasta los ocho años y, cuando mi abuela se quedó viuda, le pusieron a trabajar; recuerdo que ya de adulto y al regreso del trabajo, muy duro de sol a sol, venía un señor maestro jubilado a enseñarle a multiplicar y a dividir y poco más
Un buen día que yo estaba solo en la casa, me puse a escudriñar un viejo armario dentro de su habitación y ¿qué dirás que encontré?: una novela de Truman Capote, y unos libretos con tangos de Carlos Gardel...
Yo era muy pequeño, pero me acuerdo perfectamente de ello.

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por GANDALF el Jue Sep 05 2013, 16:02

Ohhhhhhhhhh!!!!! sorpresa!!!! Hoy.... aproximadamente a las 15 hs de Argentina, le comentè a Aragòn que querìa crear un tema sobre anècdotas... pero que no podìa " salir " del tìtulo...

Aprovecho acà!!!!
En el añp 1968... ( 3 de Setiembre) conocì a la que luego, serìa mi compañera hasta la muerte....En la noche buena de èse año, nos encontràbamos festejando... y... a las 12.. cuando se hacìa la entrega de regalos, le dije A una prima de ella, que of
iciaba de disk jockey... que pusiera un disco de larga duracion... que era mi regalo para mi " novia"... El disco en cuestiòn, era de un Actor, luego cantante argentino, llamado Leonardo Fabio... que .. en èse momento , era furor...tanto mi amor ( Dora ) como yò, eramos fanàticos de èste cantor... y... el tema era " Fuiste mìa un verano"...
Cuando suena el tema en el salòn... le doy un beso a mi novia y le digo: " èste es mi regalo... ( pensando en el tema)... Ella me dà otro beso y me dice... " Y èste es el mìo.."Naturalmente, pensè, que ella se referìa a que su regalo hacia mì... era el beso... Pero... ( y juro que no miento... ) sonò la carcajada de la prima de ella... Por què????? Porque Dora... TAMBIEN me habìa regalado el disco Y... el MISMO tema...

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

Mensaje por Cris el Vie Sep 06 2013, 14:37

Fue hermoso encontrar alguien más que escribiera una anécdota. Hacen tan bien al corazón estos pequeños episodios de la vida que resultan inolvidables!

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Re: Nuestras inolvidables anécdotas

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