El fuego, el mar y Ruth en la noche de Sant Joan

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El fuego, el mar y Ruth en la noche de Sant Joan

Mensaje por Caligula el Sáb Jun 22 2013, 12:53

Mi particular homenaje en esta noche mágica: 

EL FUEGO, EL MAR Y RUTH EN LA NOCHE DE SANT JOAN

           La noche olía a fuego. No era sólo por las hogueras, que crepitaban a lo largo de toda la orilla y al cielo escupían la pasión que brotaba de sus flamígeras lenguas; era la misma noche la que parecía arder, como si miles de estrellas se hubiesen puesto de acuerdo para deflagrar al unísono sobre el lienzo negro que las acogía. Ruth miró hacia ese cielo y entornó sus ojos de avellana. Reflejada en sus pupilas, la luna aparecía roja, roja como ese mismo fuego que bailaba en la noche, roja como la sangre que brota de una herida abierta, roja como las pesadillas que se cuelan entre las grietas del alma.
           Esa noche, sin embargo, Ruth quería dejar atrás sus propias pesadillas y comenzar a sustituirlas por sueños, brotes que sirvieran de raíces sobre las que cimentar renovadas ilusiones. Aspiró con profusión el aire salado y cálido. Su perfil anguloso se recortaba en la noche como el de una efigie. En la noche roja. Había sufrido numerosas adversidades a lo largo de su vida, enormes cíclopes que la habían torturado y puesto en evidencia su fragilidad; de hecho, casi toda su existencia la marcaban largos periodos de vacío entre una árida sucesión de fracasos y desilusiones que como huella habían dejado en sus ojos la melancólica mirada de una muñeca de porcelana. Pero sentía que los nuevos sueños eran asimismo fuertes, tan fuertes como esos malcarados cíclopes, y por primera vez en su vida creyó de veras en la posibilidad de derrotarlos para siempre. Anhelaba dar de una vez por todas un giro radical a su existencia.
              En la playa las hogueras se elevaban cada vez más. Ruth meditó sobre si sería el fuego más voraz que los perniciosos demonios que desde siempre la acosaran. Difícil decirlo. El fuego era en todo caso purificador y, por tanto, idóneo para servir de exorcismo frente a aquellos y drenar el veneno que inficionaba su atormentado espíritu. Esa era su noche. Esa noche quería alejar de sí todos los fantasmas y demonios que desde niña la habían atormentado. Esa era la noche de sus sueños, de esos sueños y anhelos que saltaban ahora dentro de su cabeza como elásticos volatineros. Una nueva respiración profunda la anegó de paz.
                Pero camuflados entre los átomos del aire penetraron también los recuerdos, muchos de ellos punzantes y dolorosos, recuerdos que la transportaron hasta su infancia, plagada de ira y golpes, de frustraciones y desaires, de llantos y silencios. Su infancia es una herida abierta que, lejos de cerrarse, no ha dejado nunca de supurar dentro de su pecho, como si una daga permaneciera allí dentro, hasta el fondo incrustada y rotando con sevicia sobre su eje. Amargura y dolor fueron el deletéreo tósigo que alimentó su niñez e hizo de Ruth un juguete roto. Nunca se sintió querida por sus padres, mucho menos valorada, ningún gesto amable, ninguna caricia, ninguna muestra de afecto le vino de ellos, sino que, por el contrario, agresividad, gritos y continuos menosprecios constituyeron el pan nuestro de cada día durante esa trascendental etapa de su vida; unos padres que, lejos de mostrar hacia su persona orgullo alguno, aunque fuese de manera esporádica, no perdían ocasión de hacerle notar lo muy avergonzados que les hacía sentirse, señalándola con el dedo de manera desdeñosa y resaltando, tanto en privado como en público, los que consideraban irremisibles defectos suyos, dentro de lo que se convirtió en un constante bombardeo hostil que de forma paulatina iría minando la moral de la pequeña Ruth hasta conseguir que también ella sintiera vergüenza de sí misma, sensación de vergüenza que se convirtió así en uno de los múltiples complejos que desde entonces asaetearon su alma. Buena parte de sus miedos y actuales perturbaciones se originaron, en efecto, a lo largo de esa infancia marcada por la humillación y repulsa de unos progenitores que tanto de palabra como de obra inculcaron en su cerebro la creencia de que no valía nada, que no era más que un estorbo inútil que no merecía ni el aire que respiraba. Tan arraigada quedó esa creencia en su mente de niña que llegó a sentir que en verdad nada valía, que no era nadie, apenas una sombra perdida en el vacío de una existencia absurda, una sombra que terminó por odiarse a sí misma, hasta el extremo de descargar dicho odio mediante golpes y heridas que infringía sobre su propio cuerpo con la saña de quien cree estar enfrentándose a su peor enemigo.
                   Este vendaval de malos recuerdos provocó en Ruth un penetrante ataque de nostalgia. Como regla general, la nostalgia se nutre de lo vivido, de aquellos momentos que por una razón u otra adquirieron un significado especial en la vida de quien los evoca. Ruth, en cambio, tenía nostalgia de una vida precisamente no vivida, añoranza de esa niñez perdida que transcurrió huera de cariño y comprensión, repudiada por quienes precisamente deberían haberla amado y protegido, sin ninguna defensa externa que pudiera contrarrestar a la legión de demonios que la iba invadiendo y que terminaron por convertirla en un ser asustado y frágil como una hoja en otoño. A resultas de esta nostalgia, el vacío invadió su ánimo, el mismo vacío de siempre, ese que ya le era tan propio como pudieran serlo sus ojos o sus piernas, ese vacío que la sumergía en una espiral oscura donde todo carecía de sentido, que entronaba sobre su mente la idea de que nada merecía en el fondo la pena, que no tenía a nadie, que no significaba nada para nadie, que estaba sola y que, le gustase o no, nunca dejaría de ser una sombra ajena al mundo.
                    Los sombríos pensamientos terminaron por minar las fuerzas de Ruth, que con lasitud se dejó caer al suelo, incapaz de seguir sosteniendo en pie el poderoso empuje de los recuerdos. Se encorvó entonces sobre sus piernas y con la cabeza apoyada en las rodillas comenzó a llorar. Lloró desconsoladamente durante varios minutos. Lloró tanto que sus ojos terminaron igual de enrojecidos que las llamas que allá lejos se alzaban desde las hogueras, inflamados como esa misma noche que la envolvía y que testigo era de su nuevo hundimiento... Pero no, no podía permitir que sus demonios la derrotasen de nuevo, menos aún de ese modo, sin siquiera haberles opuesto una mínima resistencia. Otra vez no. Tenía que sobreponerse al ataque recibido y retomar con brío el pulso de la lid.
                  Más decidida que nunca, se levantó presta a mirar de cara a sus enconados adversarios. Quería acabar con ellos y tomar de una vez por todas las riendas de su propia vida, desafiar con pujanza el oleaje que sus miedos y dudas habían levantado frente a ella y, como una flecha líquida, atravesarlo de parte a parte, salir al otro lado convertida en una persona distinta, airosa, plena, resuelta a afrontar con optimismo nuevos caminos y metas. Lo cierto era que no podía seguir viviendo retenida por un marasmo que le impedía acometer cualquier proyecto, dejando pasar el tiempo como si fuese agua que se escurriese entre los dedos. No podía desperdiciar de ese modo su vida. Tenía que luchar, acometer las escaramuzas que a su paso se presentasen en lugar de inclinar la cabeza y asumir la derrota al primer disparo. Había llegado el momento de dejar de compadecerse y, sobre todo, dejar de sabotearse a sí misma.... Pero para ello tenía que derrotar a esos demonios que desde niña la habían tenido atenazada. Era imprescindible acabar con ellos.     
                Con ese propósito en mientes, Ruth encaminó sus pasos hacia la playa. Bulliciosas multitudes se arremolinaban junto a las piras en medio de un batiburrillo de bebidas y comida que yacía por doquier desparramado, ya sobre la misma arena, ya sobre toallas y esterillas. Las hogueras componían un poderoso ejército blandiendo sus armas al aire de la noche. Ruth pensó que eso era lo que ella necesitaba, un ejército que sirviese a sus órdenes en aquella infernal contienda que se aprestaba a acometer. El fuego sería, pues, su ejército, su leal aliado en esa noche de exorcismo.
                 Se alejó buscando un lugar tranquilo y despejado, lejos de la bochinche, un lugar solitario donde pudiera encender el fuego purificador. Siguiendo la línea de la costa, lo encontró algunos kilómetros más adelante, fuera ya de las fronteras que delimitaban el perímetro de la ciudad, en una cala perdida de difícil acceso. La conocía porque era allí donde solía ocultarse en aquellos momentos en que el desamparo lo sentía tan grande que no soportaba presencia alguna a su lado. Allí, en ese reducido trozo de playa, prendió una pequeña lumbre con algo de yesca que había traído para la ocasión. Segundos después, al compás que marcaba la brisa marina, unas tímidas llamas comenzaron a menear de un lado a otro sus ígneas cabezas. A la luz de ese fuego, Ruth juró en voz alta que no volvería a someterse a la tiranía de sus particulares demonios, convocándolos para que abandonasen su mente y, acompañados de los miedos y complejos que los sustentaban, ardieran para siempre en el infierno, simbolizado en este caso por las danzantes llamas. Para sellar este juramento hizo con un cortaplumas una ligera escisión en la palma de su mano derecha, lo suficiente para que de ella brotase un minúsculo reguero de sangre, y presionó acto seguido sobre la herida a fin de que algunas gotas cayeran en la pequeña pira. Era su particular alianza de sangre. A partir de aquí, Ruth siguió el clásico ritual y comenzó a saltar sobre aquel fuego aliado. Su cuerpo volaba una y otra vez sobre la hoguera, como una bruja en pleno aquelarre, hasta que el espíritu del fuego tomó posesión del suyo y le hizo perder la consciencia de sí misma, sumiéndola en un éxtasis que transmutó las células de su organismo hasta hacer de ella algo etéreo, una especie de aire que flotaba en derredor de las llamas para con ellas fundirse en mágica miscelánea. En consonancia con este místico trance, ya no fueron los suyos meros saltos sobre la lumbre, sino un verdadero baile, una danza ancestral a través de la que su cuerpo metamorfoseado se contorneaba alrededor de las llamas como una sacerdotisa entregada a un culto proscrito. Dominada por un indómito frenesí, Ruth agitaba la cabeza hacia delante y hacia atrás, mientras sus piernas, sus brazos, su cintura se arqueaban en movimientos cada vez más delirantes, torsiones que abrían invisibles escotillas por las que arrojar a sus torturadores. A través de esos huecos empapados de bilis asomó la madre aviesa que la ridiculizara de niña llamándola gordita delante de sus amigas. Por tales huecos se dejó ver la intemperante familia que nunca quiso aceptar su romance con un hombre al que consideraban de peor extracción social. Entre aquellas biliosas oquedades se derramó el desprecio con que sus jefes y algunos compañeros de trabajo la habían tratado en los últimos años. Demonios todos que fueron surgiendo al compás de su danza, conjurados por el rito, hasta que, limpia, cayó sobre la arena completamente extenuada, sin un gramo más de fuerza, pero libre. Permaneció un buen rato tumbada sobre la arena, con la mente en blanco y jadeando dificultosamente. Luego, recobrada parte de la energía perdida, volvió a levantarse, se desprendió de toda la ropa y se bañó en el mar.
                  El abrazo del agua le supo cálido, acogedor como el de un afectuoso amante, un amante que la acariciaba, que la lamía, que la colmaba de húmedos besos, de besos de sal. De espaldas y con los brazos en cruz, Ruth se dejaba mecer por las olas mientras contemplaba el cielo estrellado. Decenas de luminares fulgían en medio de la oscuridad, lunares blancos sobre un rostro negro, y destacando entre todos ellos la luna de sangre, esa gran luna que, asomada al mar cual centinela del Olimpo, perfilaba las delgadas, vaporosas, exquisitas formas femeninas y vestía de plata sus delicados senos de nácar. A lo lejos chispeaba toda la línea costera.                     
                  Ruth se sentía ebria de libertad, una embriaguez que a flote sobre su mente traía toda una falange de anhelos, del mismo modo que su cuerpo desnudo a flote iba sobre la mar en calma. El fuego la había vaciado de engendros. El mar la llenaba ahora de sueños. Soñaba con nuevos horizontes, con nuevos caminos, con nuevas posibilidades. Soñaba con cambiar para siempre su natural pesimismo y revestirlo de esperanza. Soñaba con una Ruth menos cobarde, una Ruth decidida a afrontar con brío las batallas que se le presentasen en cada reto que decidiera asumir. Soñaba Ruth mientras el mar la acunaba entre sus brazos acuosos.
                      Se trataba de sueños, sí, pero algo le decía que esos sueños estaban en el fondo transmitiéndole una imagen real, la imagen de la nueva Ruth que había surgido del fuego y consolidádose en el agua. Y aun consciente de la inevitabilidad de nuevas caídas, desengaños y traiciones, elementos propios al fin y al cabo del escenario de la vida, ya no se sentía tan vulnerable a ellas, pues en su interior percibía el empuje de la fuerza necesaria para combatirlas y seguir adelante.
                     Soñaba Ruth y en sus sueños se veía a sí misma como otra persona, una Ruth mejorada, una Ruth capaz al fin de expresar sus sentimientos sin miedos, sin tapujos, sin temor al rechazo; una Ruth menos hermética, más proclive a dejarse llevar por el maremágnum de las emociones. Paradójicamente, soñaba en ese aspecto con una Ruth más soñadora. Soñaba con ser la protagonista de un mundo donde las risas despuntaran sobre las lágrimas, las caricias sobre las bofetadas, la ilusión sobre las decepciones. Soñaba Ruth y sus sueños creaban sortilegios. Soñaba con un refugio donde poder volar a sus anchas, sin límites de espacio ni de tiempo. Soñaba con una mano tendida que sujetaba la suya. Soñaba con unos labios que palpitaban al besar su boca. Soñaba que era arcilla y que un alfarero le remodelaba el alma con sus manos mágicas.
                     Sí, habría nuevas caídas, pero no esa noche. Esa noche ya no se la podría robar nadie. Era su noche, la noche del fuego, la noche del mar y de la luna, la nit de Sant Joan, la noche de Ruth.



 

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Re: El fuego, el mar y Ruth en la noche de Sant Joan

Mensaje por luna llena el Dom Jun 23 2013, 19:06

aplausoaplausoaplauso1aplauso1aplausoaplauso

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Re: El fuego, el mar y Ruth en la noche de Sant Joan

Mensaje por Ethna el Dom Jun 23 2013, 19:32

precioso ok1

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Re: El fuego, el mar y Ruth en la noche de Sant Joan

Mensaje por Caligula el Dom Jun 23 2013, 23:41

Gracias Luna y Ethna besos Me alegro mucho que os haya gustado, pues se trata de un relato al que le tengo especial cariño.

Está claro que la noche de San Juan es mágica sunny

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Re: El fuego, el mar y Ruth en la noche de Sant Joan

Mensaje por Therry el Jue Dic 12 2013, 04:08

Caligula escribió:Mi particular homenaje en esta noche mágica: 

EL FUEGO, EL MAR Y RUTH EN LA NOCHE DE SANT JOAN

           La noche olía a fuego. No era sólo por las hogueras, que crepitaban a lo largo de toda la orilla y al cielo escupían la pasión que brotaba de sus flamígeras lenguas; era la misma noche la que parecía arder, como si miles de estrellas se hubiesen puesto de acuerdo para deflagrar al unísono sobre el lienzo negro que las acogía. Ruth miró hacia ese cielo y entornó sus ojos de avellana. Reflejada en sus pupilas, la luna aparecía roja, roja como ese mismo fuego que bailaba en la noche, roja como la sangre que brota de una herida abierta, roja como las pesadillas que se cuelan entre las grietas del alma.
           Esa noche, sin embargo, Ruth quería dejar atrás sus propias pesadillas y comenzar a sustituirlas por sueños, brotes que sirvieran de raíces sobre las que cimentar renovadas ilusiones. Aspiró con profusión el aire salado y cálido. Su perfil anguloso se recortaba en la noche como el de una efigie. En la noche roja. Había sufrido numerosas adversidades a lo largo de su vida, enormes cíclopes que la habían torturado y puesto en evidencia su fragilidad; de hecho, casi toda su existencia la marcaban largos periodos de vacío entre una árida sucesión de fracasos y desilusiones que como huella habían dejado en sus ojos la melancólica mirada de una muñeca de porcelana. Pero sentía que los nuevos sueños eran asimismo fuertes, tan fuertes como esos malcarados cíclopes, y por primera vez en su vida creyó de veras en la posibilidad de derrotarlos para siempre. Anhelaba dar de una vez por todas un giro radical a su existencia.
              En la playa las hogueras se elevaban cada vez más. Ruth meditó sobre si sería el fuego más voraz que los perniciosos demonios que desde siempre la acosaran. Difícil decirlo. El fuego era en todo caso purificador y, por tanto, idóneo para servir de exorcismo frente a aquellos y drenar el veneno que inficionaba su atormentado espíritu. Esa era su noche. Esa noche quería alejar de sí todos los fantasmas y demonios que desde niña la habían atormentado. Esa era la noche de sus sueños, de esos sueños y anhelos que saltaban ahora dentro de su cabeza como elásticos volatineros. Una nueva respiración profunda la anegó de paz.
                Pero camuflados entre los átomos del aire penetraron también los recuerdos, muchos de ellos punzantes y dolorosos, recuerdos que la transportaron hasta su infancia, plagada de ira y golpes, de frustraciones y desaires, de llantos y silencios. Su infancia es una herida abierta que, lejos de cerrarse, no ha dejado nunca de supurar dentro de su pecho, como si una daga permaneciera allí dentro, hasta el fondo incrustada y rotando con sevicia sobre su eje. Amargura y dolor fueron el deletéreo tósigo que alimentó su niñez e hizo de Ruth un juguete roto. Nunca se sintió querida por sus padres, mucho menos valorada, ningún gesto amable, ninguna caricia, ninguna muestra de afecto le vino de ellos, sino que, por el contrario, agresividad, gritos y continuos menosprecios constituyeron el pan nuestro de cada día durante esa trascendental etapa de su vida; unos padres que, lejos de mostrar hacia su persona orgullo alguno, aunque fuese de manera esporádica, no perdían ocasión de hacerle notar lo muy avergonzados que les hacía sentirse, señalándola con el dedo de manera desdeñosa y resaltando, tanto en privado como en público, los que consideraban irremisibles defectos suyos, dentro de lo que se convirtió en un constante bombardeo hostil que de forma paulatina iría minando la moral de la pequeña Ruth hasta conseguir que también ella sintiera vergüenza de sí misma, sensación de vergüenza que se convirtió así en uno de los múltiples complejos que desde entonces asaetearon su alma. Buena parte de sus miedos y actuales perturbaciones se originaron, en efecto, a lo largo de esa infancia marcada por la humillación y repulsa de unos progenitores que tanto de palabra como de obra inculcaron en su cerebro la creencia de que no valía nada, que no era más que un estorbo inútil que no merecía ni el aire que respiraba. Tan arraigada quedó esa creencia en su mente de niña que llegó a sentir que en verdad nada valía, que no era nadie, apenas una sombra perdida en el vacío de una existencia absurda, una sombra que terminó por odiarse a sí misma, hasta el extremo de descargar dicho odio mediante golpes y heridas que infringía sobre su propio cuerpo con la saña de quien cree estar enfrentándose a su peor enemigo.
                   Este vendaval de malos recuerdos provocó en Ruth un penetrante ataque de nostalgia. Como regla general, la nostalgia se nutre de lo vivido, de aquellos momentos que por una razón u otra adquirieron un significado especial en la vida de quien los evoca. Ruth, en cambio, tenía nostalgia de una vida precisamente no vivida, añoranza de esa niñez perdida que transcurrió huera de cariño y comprensión, repudiada por quienes precisamente deberían haberla amado y protegido, sin ninguna defensa externa que pudiera contrarrestar a la legión de demonios que la iba invadiendo y que terminaron por convertirla en un ser asustado y frágil como una hoja en otoño. A resultas de esta nostalgia, el vacío invadió su ánimo, el mismo vacío de siempre, ese que ya le era tan propio como pudieran serlo sus ojos o sus piernas, ese vacío que la sumergía en una espiral oscura donde todo carecía de sentido, que entronaba sobre su mente la idea de que nada merecía en el fondo la pena, que no tenía a nadie, que no significaba nada para nadie, que estaba sola y que, le gustase o no, nunca dejaría de ser una sombra ajena al mundo.
                    Los sombríos pensamientos terminaron por minar las fuerzas de Ruth, que con lasitud se dejó caer al suelo, incapaz de seguir sosteniendo en pie el poderoso empuje de los recuerdos. Se encorvó entonces sobre sus piernas y con la cabeza apoyada en las rodillas comenzó a llorar. Lloró desconsoladamente durante varios minutos. Lloró tanto que sus ojos terminaron igual de enrojecidos que las llamas que allá lejos se alzaban desde las hogueras, inflamados como esa misma noche que la envolvía y que testigo era de su nuevo hundimiento... Pero no, no podía permitir que sus demonios la derrotasen de nuevo, menos aún de ese modo, sin siquiera haberles opuesto una mínima resistencia. Otra vez no. Tenía que sobreponerse al ataque recibido y retomar con brío el pulso de la lid.
                  Más decidida que nunca, se levantó presta a mirar de cara a sus enconados adversarios. Quería acabar con ellos y tomar de una vez por todas las riendas de su propia vida, desafiar con pujanza el oleaje que sus miedos y dudas habían levantado frente a ella y, como una flecha líquida, atravesarlo de parte a parte, salir al otro lado convertida en una persona distinta, airosa, plena, resuelta a afrontar con optimismo nuevos caminos y metas. Lo cierto era que no podía seguir viviendo retenida por un marasmo que le impedía acometer cualquier proyecto, dejando pasar el tiempo como si fuese agua que se escurriese entre los dedos. No podía desperdiciar de ese modo su vida. Tenía que luchar, acometer las escaramuzas que a su paso se presentasen en lugar de inclinar la cabeza y asumir la derrota al primer disparo. Había llegado el momento de dejar de compadecerse y, sobre todo, dejar de sabotearse a sí misma.... Pero para ello tenía que derrotar a esos demonios que desde niña la habían tenido atenazada. Era imprescindible acabar con ellos.     
                Con ese propósito en mientes, Ruth encaminó sus pasos hacia la playa. Bulliciosas multitudes se arremolinaban junto a las piras en medio de un batiburrillo de bebidas y comida que yacía por doquier desparramado, ya sobre la misma arena, ya sobre toallas y esterillas. Las hogueras componían un poderoso ejército blandiendo sus armas al aire de la noche. Ruth pensó que eso era lo que ella necesitaba, un ejército que sirviese a sus órdenes en aquella infernal contienda que se aprestaba a acometer. El fuego sería, pues, su ejército, su leal aliado en esa noche de exorcismo.
                 Se alejó buscando un lugar tranquilo y despejado, lejos de la bochinche, un lugar solitario donde pudiera encender el fuego purificador. Siguiendo la línea de la costa, lo encontró algunos kilómetros más adelante, fuera ya de las fronteras que delimitaban el perímetro de la ciudad, en una cala perdida de difícil acceso. La conocía porque era allí donde solía ocultarse en aquellos momentos en que el desamparo lo sentía tan grande que no soportaba presencia alguna a su lado. Allí, en ese reducido trozo de playa, prendió una pequeña lumbre con algo de yesca que había traído para la ocasión. Segundos después, al compás que marcaba la brisa marina, unas tímidas llamas comenzaron a menear de un lado a otro sus ígneas cabezas. A la luz de ese fuego, Ruth juró en voz alta que no volvería a someterse a la tiranía de sus particulares demonios, convocándolos para que abandonasen su mente y, acompañados de los miedos y complejos que los sustentaban, ardieran para siempre en el infierno, simbolizado en este caso por las danzantes llamas. Para sellar este juramento hizo con un cortaplumas una ligera escisión en la palma de su mano derecha, lo suficiente para que de ella brotase un minúsculo reguero de sangre, y presionó acto seguido sobre la herida a fin de que algunas gotas cayeran en la pequeña pira. Era su particular alianza de sangre. A partir de aquí, Ruth siguió el clásico ritual y comenzó a saltar sobre aquel fuego aliado. Su cuerpo volaba una y otra vez sobre la hoguera, como una bruja en pleno aquelarre, hasta que el espíritu del fuego tomó posesión del suyo y le hizo perder la consciencia de sí misma, sumiéndola en un éxtasis que transmutó las células de su organismo hasta hacer de ella algo etéreo, una especie de aire que flotaba en derredor de las llamas para con ellas fundirse en mágica miscelánea. En consonancia con este místico trance, ya no fueron los suyos meros saltos sobre la lumbre, sino un verdadero baile, una danza ancestral a través de la que su cuerpo metamorfoseado se contorneaba alrededor de las llamas como una sacerdotisa entregada a un culto proscrito. Dominada por un indómito frenesí, Ruth agitaba la cabeza hacia delante y hacia atrás, mientras sus piernas, sus brazos, su cintura se arqueaban en movimientos cada vez más delirantes, torsiones que abrían invisibles escotillas por las que arrojar a sus torturadores. A través de esos huecos empapados de bilis asomó la madre aviesa que la ridiculizara de niña llamándola gordita delante de sus amigas. Por tales huecos se dejó ver la intemperante familia que nunca quiso aceptar su romance con un hombre al que consideraban de peor extracción social. Entre aquellas biliosas oquedades se derramó el desprecio con que sus jefes y algunos compañeros de trabajo la habían tratado en los últimos años. Demonios todos que fueron surgiendo al compás de su danza, conjurados por el rito, hasta que, limpia, cayó sobre la arena completamente extenuada, sin un gramo más de fuerza, pero libre. Permaneció un buen rato tumbada sobre la arena, con la mente en blanco y jadeando dificultosamente. Luego, recobrada parte de la energía perdida, volvió a levantarse, se desprendió de toda la ropa y se bañó en el mar.
                  El abrazo del agua le supo cálido, acogedor como el de un afectuoso amante, un amante que la acariciaba, que la lamía, que la colmaba de húmedos besos, de besos de sal. De espaldas y con los brazos en cruz, Ruth se dejaba mecer por las olas mientras contemplaba el cielo estrellado. Decenas de luminares fulgían en medio de la oscuridad, lunares blancos sobre un rostro negro, y destacando entre todos ellos la luna de sangre, esa gran luna que, asomada al mar cual centinela del Olimpo, perfilaba las delgadas, vaporosas, exquisitas formas femeninas y vestía de plata sus delicados senos de nácar. A lo lejos chispeaba toda la línea costera.                     
                  Ruth se sentía ebria de libertad, una embriaguez que a flote sobre su mente traía toda una falange de anhelos, del mismo modo que su cuerpo desnudo a flote iba sobre la mar en calma. El fuego la había vaciado de engendros. El mar la llenaba ahora de sueños. Soñaba con nuevos horizontes, con nuevos caminos, con nuevas posibilidades. Soñaba con cambiar para siempre su natural pesimismo y revestirlo de esperanza. Soñaba con una Ruth menos cobarde, una Ruth decidida a afrontar con brío las batallas que se le presentasen en cada reto que decidiera asumir. Soñaba Ruth mientras el mar la acunaba entre sus brazos acuosos.
                      Se trataba de sueños, sí, pero algo le decía que esos sueños estaban en el fondo transmitiéndole una imagen real, la imagen de la nueva Ruth que había surgido del fuego y consolidádose en el agua. Y aun consciente de la inevitabilidad de nuevas caídas, desengaños y traiciones, elementos propios al fin y al cabo del escenario de la vida, ya no se sentía tan vulnerable a ellas, pues en su interior percibía el empuje de la fuerza necesaria para combatirlas y seguir adelante.
                     Soñaba Ruth y en sus sueños se veía a sí misma como otra persona, una Ruth mejorada, una Ruth capaz al fin de expresar sus sentimientos sin miedos, sin tapujos, sin temor al rechazo; una Ruth menos hermética, más proclive a dejarse llevar por el maremágnum de las emociones. Paradójicamente, soñaba en ese aspecto con una Ruth más soñadora. Soñaba con ser la protagonista de un mundo donde las risas despuntaran sobre las lágrimas, las caricias sobre las bofetadas, la ilusión sobre las decepciones. Soñaba Ruth y sus sueños creaban sortilegios. Soñaba con un refugio donde poder volar a sus anchas, sin límites de espacio ni de tiempo. Soñaba con una mano tendida que sujetaba la suya. Soñaba con unos labios que palpitaban al besar su boca. Soñaba que era arcilla y que un alfarero le remodelaba el alma con sus manos mágicas.
                     Sí, habría nuevas caídas, pero no esa noche. Esa noche ya no se la podría robar nadie. Era su noche, la noche del fuego, la noche del mar y de la luna, la nit de Sant Joan, la noche de Ruth.



 


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Therry
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Re: El fuego, el mar y Ruth en la noche de Sant Joan

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